
Imagen de archivo de los restos romanos encontrados durante las excavaciones de la Encarnación y expuestos allí mismo, en ese Antiquarium que hace las veces de sótano de las setas. / J. M. Cabrera
Preciosa, gratuita y tórrida resultó la ruta guiada por la Sevilla Romana que brindó ayer el historiador del arte Ramón Corzo.
Más calor que vendiendo gladiadores, sí, pero ya se sabe lo que dijo el tipo aquel de los laureles: Ignavi coram morte quidem y todo eso, queriendo afirmar con semejante palabreo que los cobardes agonizan largamente ante la muerte, pero los valientes ni se enteran. Ahí se excedió el famoso dictador, porque vive Júpiter que en Sevilla se entera uno perfectamente de que se muere de calor por muy valeroso que sea, y la agonía en plan barbo sacado del agua no se la quita ni un chute en vena de las frases más refractarias de Marco Aurelio. En ese ambiente tan aforístico y tan latino, y con los empastes fundidos merced a los 44 grados que gritaban desde los termómetros callejeros, transcurrió a mediodía de ayer el apasionante recorrido por la Sevilla romana que guio el historiador del arte Ramón Corzo, dentro de las actividades divulgativas de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría.
Esta ruta tras las huellas dejadas por Roma, una civilización célebre por sus mosaicos y sus templos (lamentablemente, no por sus aires acondicionados), se antojaba una locura apasionante en una ciudad donde durante algún tiempo, por influencia de ciertas dietas políticas algo faltas de potasio, casi estaba feo pretender que hubo vida antes de los árabes. Pero eso ya lo había previsto Horacio (el de CSI: Miami, no; el otro) cuando escribió aquella oda que decía: No moriré del todo. Y la vieja Roma, que siempre estuvo a la altura de sus mejores poetas, supo conservarse como un tibio rescoldo de la historia, hasta que los siglos han vuelto a avivar su llama a base de excavaciones, caso de la Encarnación.
Mas no toda la Sevilla romana está sepultada. Como primera etapa de este itinerario, el profesor Corzo detuvo a su media centuria en la calle Mármoles para apreciar aquellas tres columnas que tituló como el principal monumento de aquel periodo. Lo cual puede inducir cierta tristeza si se acepta que el nombre de Colonia Iulia Romula atribuía a Sevilla, según la interpretación tradicional que se da a la tercera palabra, el carácter de una pequeña Roma. Encima, faltan tres columnas: las dos que se trasladaron a la Alameda por el método del butrón (abriendo un boquete en la muralla para sacarlas y otro para volver a meterlas en la ciudad) y una tercera que ordenó trasladar a su casa el rey Pedro el Cruel, con tan magistral proceder que la pobre se partió a la altura de la actual Iglesia de Santa Cruz, acabando sus días como adoquines. Sic transit gloria mundi, que pone en los epitafios con toda la razón.
Poco faltó para que un portón poco acostumbrado a abrirse (habría que ver por qué) impidiera bajar a las cisternas romanas que ahuecan el subsuelo de la Plaza de la Pescadería, adonde llegaba el agua de los Caños de Carmona y desde donde se distribuía hacia las calles de la ciudad deslumbrante que se iba agrandando hacia el norte. Estas cisternas son el único hallazgo de época romana que apareció con la instalación telefónica ya hecha (“Esos tubos de ahí son de Telefónica”, explicó Corzo. “Se ve que algunos ya conocían lo que había aquí abajo antes de que se descubriera”). Y al final, claro, el Antiquarium, la maravilla. Podía haber acabado el itinerario en el Museo de la Macarena, por ver el senatus, que es todo el latín que sabe Sevilla. Pero a esa explanada, a esa hora… ni aunque lo mandara el sursumcorda.
El Estanque de los Lotos despertó ayer entre botellas de vodka y desperdicios, como corresponde a una gran joya del romanticismo sevillano.
Cualquier avispado (que es nombre de toro funesto) aprovecharía para relacionar los restos del botellón entre los que despertó ayer el Estanque de los Lotos del Parque de María Luisa con el primer aniversario, dentro de una semana, de Zoido como alcalde. No sería justo, visto lo bien que le ha ido históricamente al desaprensivo sevillano (en especial, al que opera en el Parque) con todos los colores políticos. Lo de ahora no es nuevo. Se ve que no consiste en una cuestión de siglas; sencillamente, sucede que no ha nacido el alcalde capaz de mantener a salvo de cromañones, cafres, pancistas y asilvestrados en general las 38 hectáreas que condensan lo más romántico (y parte de lo más bello) de Sevilla. La sensación ante algo tan sutil es que no se pone en solfa la capacidad de liderazgo, sino la capacidad de amor. Y el amor ya está harto de promesas y de solfas.
Llevan tiempo hablando las autoridades de pagarse algo a escote, es decir, hacer eso que se llama involucrar a todas las administraciones en el cuidado del Parque de María Luisa, con la consecuencia natural de que de lo dicho, nada. Esta indefinición la aprovecha esa Sevilla que disfruta haciendo lanzamientos nocturnos de botellas al borde de unas aguas que podría haber firmado Renoir, aguas que se desperezan cada mañana con el aliento fúnebre de las tórtolas, los choteos de borrachuzo de los mirlos y, no bien azulea, con las carreras de patos en celo y los silbidos procaces y perentorios de docenas de pajaritos que no pueden más de calor, de primavera y de ganas de roce. Se nota que tienen el alma forjada en sustos, y no les quita el sueño ni la voracidad sexual el que unos manojos de paisanos hayan decidido sumarse a su ecosistema con unas cuantas botellas de vodka, otras de refrescos y montones de cubitos de hielo, relación que se deja aquí por no hacerla cansina a base de explicar los recipientes, otros bebedizos y demás atrezzo de fin de semana.
Será que se corre la voz entre las corrucas y lavanderas, los autillos y los carboneros de rama en rama, y ya saben todos que aquello es un no parar; que cuando no hay que lavarles la cara manchurreada de rojo a los leones de piedra, toca reconstruir una glorieta entera (vaya cómo quedó en marzo pasado la de Rodríguez Marín, con los respaldos de forja de los bancos arrancados de cuajo, que ya hay que ser licántropo). O reponer ranas y jarrones, que lleva Sevilla gastado en cerámica trianera más que Corea del Norte en megafonía. Y pese a todo, la belleza es apabullante. Incluso antes de que pasen los limpiadores del lugar, discretos y eficientes. Ayer, el espectáculo de serenidad que ofrecía este estanque tenía un algo balsámico para los nervios y para la vista. Con excepción del numerito de cierto pato exaltado que por poco no ahoga a una colega suya a la que usó de lancha motora de una punta a la otra de la lámina de agua, con la excusa del sexo por el sexo y de que es primavera en Sevilla. Mientras, indiferentes, las carpas y los barbos paseaban sus sombras verdes bajo los reflejos del sol hiriente, y unas hojillas moradas trenzaban alfombras bajo las enredaderas crecidas ya, cual flequillo de joven capillita, sobre las pérgolas. Macetones con geranios dan un no se qué florentino desde los poyetes a los dorados del sol y a los turquesas del agua. Un ciclista se apea y vacía un bolsón de gusanitos formándose una patulea de palomas y de patos. Se recogen luego todos a rascarse: los patos, las palomas, el ciclista y hasta un señor que duerme en un banco de ladrillo. Pero falta amor.

En el Convento de Santa Clara, que ya no es convento, se exponen las fotos de una España que ya no es España. Un planazo para cuando se ponga metafísico.
“Lo feos que éramos, eso es lo que me llama la atención”, espeta Alfonso Gómez, anciano visitante y a la sazón el único. Se agacha y se estira de una fotografía a otra, como olisqueándolas, señalando las buenas con el índice y descartando las malas con un revés de muñeca que hace chascar su aparatoso reloj dorado como si este fuese una vieja diciendo que no con la lengua. Atesorar España se llama la exposición, en el antiguo convento de Santa Clara. La vista antigua del río y sus barquichuelas le gusta; la mujer subida en una escalera con una cámara de fotos, no. “Más feos y más pobres que las ratas”, dice el viejo militar para sí, al fin, entre dientes, con la seriedad de un oteador apache. De repente se asoma casi hasta caerse a una especie de bodegón humano, tan extraño que parece inventado. Es la posada toledana donde Cervantes escribió La ilustre fregona. Un patio, un charquillo por el empedrado, alguien bebiendo, sillas de enea… Gente amomiada que se asoma a su vez, casi hasta caerse, a los ojos engurruñados de Alfonso Gómez, quien definitivamente no tiene razón: los españoles de finales del XIX y principios del XX no eran necesariamente más feos ni más pobres; lo que pasa es que España era un país en blanco y negro. Eso provocaba una especie de redundancia fúnebre en las fotos que tomaban –que capturaban– esos forasteros ansiosos de naturalismo y folclore, y todo lo fotografiado tenía aspecto de pieza cobrada en un safari.
Tal vez los españoles hayan aprendido con el tiempo a ser en color, pero a cambio han convertido un antiguo convento en una especie de instituto de FP y lo han llamado Espacio. Espacio Santa Clara. En la fachada de la calle Becas, por donde se entra a esta mole, hay dos pintadas que dicen así: Ninguna polizía tendría que existir (con zeta, sí) y Mucha policía, poca diversión. De los curas no dicen nada estos amantes de la ley y el orden. ¡Como lo conventual está camuflado…! Solo dentro hay algo incamuflable: la mirada negra y bellísima de esa niñita gallega morena, esa lecherita de Noia, medio escondida entre fotos de rostros que lo miran a uno como si se hubiese atrevido a pasar sin dar los buenos días. En ella hay una verdad como no se ha visto en un papel desde que empezó la era de los píxeles. Algunos llaman a eso ser más feos. Deberían mirar la foto de nuevo.
Atesorar España prueba que, antes de la aldea global, un leonés y un andaluz podían tener más parentesco con un paisano de Mongolia y con un colega de Zambia, respectivamente, que entre sí. Quienes quieran bucear en este hallazgo, que vayan a Santa Clara, entendida como espacio, antes del 29 de junio. Son los fondos fotográficos de la Hispanic Society of America, en Nueva York, para experimentar el vértigo de la negación de la propia identidad, de los abuelos descalzos, del puchero huérfano. Métanle silicona a eso.
Cierran las escuelas taller que enseñaban viejos oficios en el Bajo Guadalquivir y mi mente, que es una mente de niño y de abuelo a la vez, con lo cual hace lo que le da la gana, me lleva cuarenta años atrás porque sí, hasta aquella tarde en que mi padre me mandó abajo a por diez puntillas como la que acababa de darme de muestra y, de paso, a llevar los zapatos de salir a que les pusieran unas suelas. Abajo de casa estaba todo lo que un consumidor de entonces podía querer para sus asuntos de diario: el remendón (al que le faltaba ser mudo para ser más serio), la tortería de Arturo (el tío que demostró que siendo malaje se tienen más clientes), Pepe el droguero (las manos más agarradas de Occidente) y, finalmente, el bar, el estanco, el fontanero y el puestecillo. Anda que el droguero te iba a echar una puntilla de más en el papelito de estraza, sí. Pero bueno, tampoco las daba de menos, y como nos conocíamos todos y hacía ya mucho que no se producían malentendidos de índole comercial en el barrio, uno volvía a la paz del hogar cinco minutos después de haber salido, con los mandados hechos y la vuelta en la mano. Pasaron pocos años que parecieron muchos y llegaron las grandes superficies. No recuerdo, lo juro, cuándo cayeron para siempre esas persianas chirriantes del remendón, el droguero y el lechero, que cada mañana hacían las veces del gallo en mi calle de la infancia. Yo creo que arramblaron con todos ellos las grandes superficies, cuando llegaron con su fanfarria de megafonías y plastiquitos y presuntas baraturas. Los zapatos nos los arreglaba allí un muchacho, en diez minutos, hasta que empezó a estar mal visto arreglar zapatos en un mundo donde la gente compraba a carros. Y las puntillas (que eran esas y no otras, te gustasen o no) nos las vendían en cajas de quinientas que nunca me entretuve en contar. Creo que entretenerse en esas cosas también empezó a estar mal visto, pobre droguero.
La sociedad de los oficios, que era la que sostenía literalmente a las ciudades (los edificios se alzaban sobre estos locales a pie de calle) se vino abajo con ese estruendo de trompetas de Jericó procedente de los hipermercados y similares. En los noventa hubo un colosal movimiento de las entidades locales (ayuntamientos, comarcas, mancomunidades), a veces más romántico que eficaz (pero aún más veces al revés), por resucitar aquellos oficios tradicionales, viendo venir lo que finalmente se nos ha venido encima. Puede que nada ni nadie hayan hecho tanto por ello como la Mancomunidad del Bajo Guadalquivir que ahora echa ella también, quién sabe si para siempre, esas persianas no tan chirriantes que mantenían abierta la vieja esperanza de un mundo de hábitos minoristas, de maestros y aprendices, de oficiales y caballeros, de papelitos de estraza, de puntillas de diez en diez, de tradiciones bellas y sencillas; un mundo donde el crecimiento no era tener más dinero. El único mundo que sabía remendar las cosas.
Gorrillas, winstoneros, apalancados, merodeadores… Descubra la apasionante fauna flotante de un barrio harto de coles
Cuando el segundo motivo por el que un barrio no puede dormir, tras las sirenas de las ambulancias, es el jaleo que arman los mangantes al reventar los cajetines de las cabinas telefónicas o al partirse los morros entre sí por pura territorialidad, lo normal es que los vecinos se quejen sin tregua hasta que les echen cuenta, como han vuelto a hacer en Bami. Eso es lo que dicen Antonio y Marisa, dos tenderos cuyos alias obedecen a las pocas ganas que tienen de que les den un susto cualquier noche, al ir a echar el cerrojo. Bami es un sitio forrado de coches mal aparcados donde hasta los árboles parecen estresados y amarillean a destiempo, y al que van mucho los políticos en tiempo de elecciones a comprar un kilo de mandarinas. A la sombra del principal hospital de Sevilla y provincia, el Virgen del Rocío, germina no solo el aclamado gorrilla ibérico, un endemismo tipo hongo que se ha hecho resistente a todas las ordenanzas, sino infinidad de otras criaturas de diverso tipo, pelaje y condición que conforman una de las faunas flotantes más peculiares de toda Sevilla, si no la que más. Fauna que incluye mucho más que personal perseguible de oficio por la policía.
Cierto es que, además de sanitarios, pacientes y familiares, que están allí porque no tienen más remedio y se escapan a fumar, hay una buena porción de trashumantes que acuden a ver qué dinero sacan, y son estos quienes tienen de los nervios al vecindario. Encabeza este subconjunto el gorrilla citado. El gorrilla se pone delante de los coches como El Cordobés padre se ponía delante de los toros. Vamos, que se lo lleva uno por delante y a la altura del Parque Celestino Mutis todavía está el tipo dando manotazos en el capó, señalando un hueco libre justo debajo de una señal con una calavera. Toda esta búsqueda del euro tiene un puntito de clandestinidad que afea el barrio. Dime que quieres esa clase de cosas que el dinero no puede comprar, cantaban The Beatles en su legendario Can’t buy me love. Seguramente lo cantan también los residentes de Bami cuando piensan en la gente que les gustaría ver por su barrio. Al final, con lo bueno y con lo malo, aquello es sencillamente un ecosistema donde, a falta de zarigüeyas, gorgojos, meloncillos y zancudos, hay otros elementos singulares de entre los cuales cabría destacar, por ejemplo, los siguientes:
1. El nota apoyado. Están el pinturero y el estándar, según si presenta gafas de sol y pantalón granate o bien un estilo más casual. Vive apalancado en la pared. Lo que sea que espere solo lo saben él, Dios si acaso y un tercero sin identificar. Puede usted pasar y verlos a las once de la mañana y volver a pasar y volver a verlos a las cinco de la tarde, en el mismo sitio, con la misma postura de ballet, que oscila entre el comienzo del pas de chat tirando ocasionalmente al inicio del grand developpé en passant la jambe, para acabar en sissonne o salto con los dos pies, también llamado brincatto, si ve que se aproxima la autoridad competente en cantidad de dos. Su ambiente natural son los poyetes de las verjas de los jardincitos de la calle Torcuato Luca de Tena.
2. Las señoras de pijama y oro. Grupos de dos o tres mujeres ataviadas todas ellas con batas rosas de pelitos, babuchas zoomorfas y, como contraste, oro en las orejas como para darle una segunda mano a la canastilla del Desprecio de Herodes. Charlan animadamente entre ellas, compran el cupón e intercambian una o dos palabras con el tercer especimen de la lista.
3. El tabaquero. El tabaquero, uno de los muchos ambulantes del lugar, tiene una cara de sueño importante, un depilado imperfecto del cejamen y los recovecos y cierta amistad con el resto de la grey que pulula por la acera de Torcuato Luca de Tena. En esa calle hay población de acera y población de calzada. El problema es que lo que vende es Ducal, que no se sabe qué es, si más malo o más barato.
4. El cruzador temerario. Lleva una bolsa de plástico blanca y no cruza uno de los siete mil doscientos pasos de cebra de la calle principal hasta que ve venir un coche lo bastante rápido y lo suficientemente cerca. Lo normal es que a mitad de trayecto se pare a vocear a alguien que se ha quedado atrás.
5. Jack el Escupidor. Combina la mirada taimada de las cantinas del salvaje Oeste con los modales menos exquisitos del Whitechapel victoriano. Se fuma un cigarro de una vez, a menudo sin necesidad de encenderlo siquiera, y su flema no es exactamente como la británica, sino más espesa. Te la sirve a los pies, si hace falta, y camina como en tenguerengue, con sus pantalones grises de camuflaje urbano y una incipiente chepa. Deambula por Bami como si no pudiera salir de allí. Su carácter polivalente lo habilita también como aparcacoches espontáneo, si se tercia.
6. El furgonetero. El furgonetero del lugar, amante de las cosas claras y el portazo limpio, deja el vehículo en lo alto de un pie, de una acera, de una madre enferma o en el ala de Infecciosos, sexta planta a la izquierda, con tal de descargar los paquetones de magdalenas o lo que sea. El mundo se divide entre los que aparcan y los que no, y él tiene clarinete cuál es su bando.
7. Las exvecinas. Llevan diecisiete años sin verse, desde que una de ellas se fue del bloque, y ahora coinciden en la esquina del quiosco porque una tiene al marido fatal de las piernas (eso sí, él no se queja nunca) y a la otra le acaba de parir su hija un nieto. El reencuentro prosigue con una actualización de los males espantosos acaecidos en las respectivas familias y el juramento solemne de quedar para verse en cuanto se salga de esta. Pero en otro sitio, claro, que en este… ni con dinero. Can’t Bami love.

Los 35 grados de ayer desvelan que este verano se va a llevar mucho la quemadura en el cogote, en materia de complementos. Y ojo, que vuelven a bajar.
Venían las muchachas extranjeras por el Puente de San Telmo, a mediodía de ayer, con un desaliño tan extremoso y unos acaloramientos tan turbadores que parecía que cada una de ellas tuviese tres o cuatro piernas, es difícil de explicar; una carnalidad excesiva con la que celebrar la llegada a Sevilla de los 35 grados según los termómetros callejeros. De los 43, si vale la excentricidad del que está en la confluencia de María Auxiliadora y Juan XXIII (que no vale). Y los muchachos no eran menos: venía uno corriendo por la Torre del Oro con unas calzonas que habrían escandalizado a Nureyev. Pero si el forastero recibía las puñaladas del sol con albricias, del sevillano mejor no hablar. El sevillano, que hace exactamente una semana estuvo a punto de morir ahogado, recibía al dios Ra con un ánimo que un cura viejo no dudaría en calificar de concupiscente. “Ya echaba yo de menos el calor”, decía una muchacha en el C2, con el aire acondicionado a chorros, cinco segundos antes de que dos señoras de Sitges subieran con sus pañoletas al cuello, sus chaquetitas sobre los hombros, un enervante sofoco y una aseveración sentenciosa: “En Sevilla hay que ir por la sombra, ¿eh?” No lo saben ellas bien.
Dos horas antes, a las once y media y con los vasos de café con leche vacíos todavía sobre los veladores, ya estaban los camareros de Triana echando los toldos; esos mismos toldos que hace apenas siete días desaguaban a escobazos. La naturaleza lo venía anunciando desde la madrugada, cuando con el cielo negro empezaron a canturrear los mirlos a las cinco en punto, en vez de callarse como tienen por costumbre hasta la alborada. Se ve que les estorbaban las plumas. Media hora después ya tenían alborotados a todos los gorriones.
A las excursiones de franceses que bajaban por el Cristina les faltaba exclamar si era buen sitio aquel para clavar la sombrilla. Les faltaba la colchoneta. ¿Exageración? La brisilla fresca que corría por las sombritas del Parque de María Luisa, por los soportales del centro y de República Argentina no ocultaba una verdad: que a este paso, las tendencias en complementos para la temporada de verano de este año van a ser la quemadura del cogote y el manchurrón sobaquero. En la Puerta de Jerez estaban todos los bancos vacíos. En la Avenida cantaban un bolero y daba calor oírlo. De aquí al domingo, subiendo un grado diario. Y luego, caída de diez grados desde el domingo al viernes siguiente y vuelta a los 25. ¿Es o no es para caer malos?

A los 60 años debutó como atleta y ya no caben más trofeos en su casa. Ahora, Bellavista homenajea a su campeón Paco González, todo un héroe de barrio.
Cuando llegó a Bellavista en 1947, huyendo del hambre que hacía en Jaén, Paco González se puso a trabajar en el canal maldito y allí le daban de comer las sobras de los presos. Fue lo mejor que le había pasado en la vida hasta entonces. Tenía veinte años y venía de hacer toda clase de faenas en los montes (que había muchas) y buscar cáscaras de patatas que llevarse al estómago (que había pocas), con la mala suerte de que por aquel entonces en España no existía el concepto desperdicio, y la mayoría de las veces se acostaba con las tripas llorando el llanto mudo de los pobres. En otras ocasiones, las menos, le sonreía la suerte y encontraba un tesoro: “¡No estaban buenos ni nada los papeles de las magdalenas!”, recordaba ayer a mediodía, de paseo por el barrio, escoltado por ese jaleo ensordecedor de holas y adioses que montan a su paso los vecinos, viéndolo pasar de vuelta a su casa. Allí, en su tierra natal, a su casa solo volvía cada quince días para acostarse y que su madre pudiera lavarle la ropa mientras tanto, echarle una pieza de tela cualquiera si estaba rota, y zumbando de vuelta a la sierra. Quién le iba a decir que a los 85 años acabaría siendo un hombre feliz, querido y hasta homenajeado en su barrio de adopción, como una especie de héroe humilde y entrañable que ha sabido ponerle cara y alma a las mejores virtudes del vecindario.
Piensa Paco que mientras haya picos y palas no debiera faltar el trabajo remunerado, a costa de mandar algunas máquinas al desguace. Él viene de una época en que la felicidad era una palabra que daba mucha risa. “Eso era como preguntarle a un moribundo: Amigo, ¿se moriría usted de buena gana? Pues eso. Nos conformábamos. No había más.” Acaba de dejar atrás uno de los muchos carteles que tienen Bellavista empapelada en estos días, avisando al vecindario de la carrera popular que el 3 de junio se celebrará por allí en homenaje a Paquillo, a Paco González, el hombre que se llevó treinta años impulsando el deporte de base enseñando a jugar al fútbol en el campo del Bellavista; el forastero que acabó siendo Paco a base de ir todos los días a trabajar a la Uralita; el señor que cuando por fin tuvo tiempo, a los sesenta años, se inició en el atletismo con tan buena fortuna que hoy ya no cabe en su casa ni una copa más, ni un trofeo, ni un plato, ni una medalla. En los campeonatos por edades no tiene rival.
“Y luego están las que tienen mis hijos”, dice Palmira, su señora, nada más recibir a su marido y a la visita en su portal de la calle Ambrosio de la Cuesta. Una cuesta, por cierto, que tuvieron que allanar cuando, hace 52 años, compraron por 12.000 pesetas los 80 metros cuadrados donde edificarían su hogar con sus propias manos y un principio elemental: si tienes cuatro, no puedes gastar cinco. Lo que les permitió criar felizmente a cinco hijos bien estudiados y bien colocados, de los cuales tienen doce nietos, y vivir tranquilos. Un ejemplo: “Yo me como un guiso de piedras”, dice Paco, que se lo puede permitir porque está fibroso como una palmera. La fórmula empleada para ello es la siguiente: “Me levanto a las ocho y me como una naranja y un pero. Luego me afeito y me voy ancá el Moreno a desayunar mi leche manchada y mi media tostada”, a lo cual añade su señora que a eso de media mañana se toma alguna que otra pieza de fruta más “y después, almuerza”. Mucha verdura, mucho pescado. “Y después de comer”, prosigue él, “a andar desde las cuatro hasta las seis. Todos los días. Y luego el cafelito de por la tarde, o ayudo a recoger una lavadora tendida… Aficiones no tengo ninguna. Andar. Y ya está”.
–Para que la gente joven sea feliz –dice al rato–, lo que tienen que hacer es administrarse lo mejor posible y estar a bien con la familia.
–Yo lo que digo –interviene ella– es que, mira: la vida es la misma, lo que pasa es que la han cogido muy ligera. Que se respeten y se quieran, como hacemos los antiguos.
–Claro –aprueba el marido.
–La vida es así. La hacemos nosotros.

Dos enigmáticos huevos y un aparcamiento libre en todo el centro invitan a preguntarse si existen los prodigios
Dos huevos y un velón poblaban ayer la repisa del retablo de San Antonio de Padua, a la vista de todo el que pasara por la calle San Vicente. Este naturalismo en el pedir es una de las facetas más singulares del fervor popular. Del santo en cuestión, portugués, dicen las fuentes que es milagroso en grado sumo, y aún más en lo concerniente a tres líneas de búsqueda: novios de los que se carece, objetos perdidos y personas lejanas. Oraciones aparte, basta con echar un ojo a la tradición para observar que las gestiones ante este negociado de San Antonio de Padua son muy diversas: tirarle del cordón, besarle el pie, mostrarle la tiranta del sujetador o un muslo… En Ceuta, es costumbre que las muchachas que ansíen pareja acudan a refregar el culo discretamente por unas losetas en forma de cruz dispuestas nada menos que delante del altar de la ermita de San Antonio, dándose la feliz circunstancia (comprobada científicamente por una encuesta citada en la Revista de Folklore, de la Fundación Jiménez Díaz) de que casi la mitad de las adolescentes entrevistadas reconocieron haber perpetrado el ritual, sin que se sepa si a efectos sentimentales o de cualquier otra índole valió la pena el trastorno.
Pero lo que sí demuestran estos mínimos ejemplos es la importancia crucial que tiene hoy todavía, en la sociedad, la fe en los milagros. Para algunos, cómodos en una interpretación metafórica de la Providencia, podría llamarse así a la victoria de Hollande, anteayer, en las presidenciales francesas. Para otros, en cambio, existe una intervención literal de la divinidad en los trasiegos diarios de los humanos. A un puñado de centenares de metros de donde los huevos y el velón, en la calle Alfonso XIII, había ayer alrededor de seiscientas velas petitorias acumuladas alrededor de la pequeña escultura de San Judas Tadeo. La señora que las vende allí mismo, a 50 y a 90 céntimos, musita algo reacia que no sabe cuántas se vendrán a despachar al día, pero en menos de un minuto han salido doce ejemplares de ese mostrador con sus correspondientes carcasas rojas. Cuatro de ellas, en las manos de una misma señora. Se llama Antonia Sánchez, es pensionista y cuenta que acude allí siempre que puede. Y que ella no es quien para decir si tendrá mucho o poco que ver con eso, pero que lo cierto es que su hijo y su nuera, que estaban parados los dos con un niño chico, no se colocaban de ninguna manera y ahora tienen trabajo ambos. Y que estando su marido muy enfermo, fue andando desde San Jerónimo, donde vive, hasta Castilblanco de los Arroyos como promesa a San Benito, y su marido sanó. “Sí, sí creo en los milagros”, dice, al fin, con una voz tan deliciosa que parece formar parte de ellos.
“Yo me encomendé a todos los santos, a la Virgen, al Señor… pero sobre todo, fui a por ella, a por Santa Ángela María Purísima de la Cruz”, cuenta Javier Vargas, junto al pozo rebosante de geranios que preside, alegre y silencioso, el compás de San Antonio Abad. “No tenía salvación. Tenía un cáncer de próstata de los fuertes. Era un siete, de diez que tiene la escala. Y me curé sin radioterapia ni nada. Tengo 51 años y medio. Mejor dicho, un año y medio, porque volví a nacer entonces.” Javier tiene prisa, pero sabe detenerse, amable y cordial. Lo mismo era así antes de esa curación inesperada, pero lo cierto es que viene de rezar y busca el tacto, habla tomando a su interlocutor por el brazo y charla despacio, como si el tiempo, después de todo, no tuviera la menor importancia. Jimmy es igual: este nigeriano entrañable sabe que el tiempo le pertenece a él, y no él al tiempo. Canturreando, intenta vender paquetitos de pañuelos a todo bicho viviente que pase, a pie o en coche, por la Plaza de la Concordia, junto a la Gavidia. “Sí. Muchas veces he sentido que Dios ha hecho por mí lo que yo no podía hacer solo”, y en ese momento, viendo que se marcha un coche de un aparcamiento, se pone a hacer señas alborozado para que el que viene zumbando se encuentre con el prodigio de un aparcamiento justo a la sombra de El Corte Inglés. “Muchas gracias, machote”, es la recompensa que le dedica, con un palmetazo amistoso en el hombro, el gomoso caballerete que baja del coche. En esto que otra persona le da dos euros a Jimmy: “Toma, para que le regales un paquete de pañuelos a una niña guapa que pase por aquí.” Quién sabe. Lo mismo ella se pone de buen humor con el gesto y lo que iba a ser un no en sus labios se convierte en un sí inesperado que alguien recibirá como un milagro. Cómo pueden cambiarlo todo dos huevos y un velón.
Lo más asombroso de aquella pequeña cola formada en la puerta del Alcázar, que habría sido mucho más larga si la maleducada temporada de lluvias de este año no hubiera elegido ese momento para despedirse con un aguacero homérico, es que todos eran forasteros. Y más de uno, repetidor. La gente prefiere volver que venir (la principal razón para el viaje, citada por un 37% de los que lo hacen, es “su propia experiencia”, según la última estadística oficial andaluza). Sevilla es un país de golondrinas, l’oiseau du retour que dicen los franceses, el pájaro del regreso. Mauricio Wiesenthal las eligió para titular uno de los libros más bellos que ha dado jamás el castellano, El esnobismo de las golondrinas, y en ese recorrido de más de mil páginas por los viajes del autor de mundo en mundo, de los zíngaros del Danubio y los salones al Dublín de las viejas leyendas, de la Estocolmo vivida a la luz de las velas a los patios del Palacio de Topkapi, no se olvidó de hacer escala en Sevilla en condición de eso mismo, de ave del recuerdo, de antiguo morador. Entró por donde le pedía el alma que debe hacerse, “por el Guadalquivir, a la hora de las primeras campanas, igual que los almorávides llegaron por el mar, cubiertos con sus velos oscuros. A Sevilla debe llegarse”, dice al fin, “como las golondrinas, las gaviotas y las cigüeñas”. Y su primer destino fue el Alcázar, el jardín secreto de los visitantes, el que los sevillanos aún no conocen. Sobra el aún. El que nunca conocerán.
Wiesenthal regresaba a la Sevilla de sus primeros años universitarios después de mucho tiempo y de muchos amores y gozos exquisitos; medio mundo lo echaba de menos, pero él volvía aquí como una necesidad, tras empalagarse de trascendencia en Marrakech, Estambul… “Me había dado por escribir tan místico que podría haberme matado cualquier cosa, como esos gorriones que, cada madrugada, amanecen en los parques con un rayo de luna clavado en sus buches”, anotó. Necesitaba alegría, esa honda superficialidad de Sevilla donde reponerse del dramatismo de vivir. “La poesía, la melancolía del destino, los libros, los adioses –el recuerdo de lo que fue– y la pasión de enamorarme de todo me estaban devorando, pero yo no quería morir como Rilke de un pinchazo de rosa, sino vivir la vida y sentirla en mis labios como una gota espesa de miel.” De semejante guisa se plantó en el Alcázar igual que los forasteros de la otra mañana, en busca de ese algo imperceptible para los propios sevillanos, y que puede tener que ver con la experiencia de vivir un sueño, una hipótesis. Ahora que tan de moda están las rutas temáticas por la ciudad para los propios vecinos (la del Romanticismo, la del Siglo de Oro, la del Tenorio, la del 29…) no sería mala idea tomar como guía de viaje los libros de quienes vinieron a Sevilla y acabaron amándola.
La lluvia deja un barrizal de reflejos ocres y verdes en las losetas de los jardines, y el rey de los parques, con su cuerpo de cobalto y su larga cola forrada de ojos, hace honor a su nombre pavoneándose por la tapia donde pelaban a su tatarabuela el emperador Carlos V y su prometida Isabel. Para los demás, simplemente llueve. Pero mayor es la tormenta de megapíxeles; no hay un solo sitio donde uno, incluido el pavo, no esté estorbando a un fotógrafo en busca del arabesco perfecto. Recuerda Wiesenthal que entre los imperiales regalos del novio a la novia estuvo llenar estos jardines de unas flores persas, “y así, en esa luna de miel, nacieron los primeros claveles de España”. Fuera, en lo terrizo, los alrededores de esa onírica fuente de la Gruta de las Sultanas son un pantano amarillo que parte en dos el Alcázar, y aun así no hay sitio en Sevilla más hermoso e inspirador para sentarse a escribir el comienzo de una novela o el final de una carta. Huele a alma.
Dentro, los forasteros han sucumbido a la maldición del monumento: Si vas mirando los techos, te pierdes. El laberinto se ríe de los visitantes y los pone a dar vueltas, y entonces cobra lógica el juego repetitivo de los azulejos y los garabatos. Wiesenthal lo llamó el palacio encantado, “con sus bóvedas que parecen plumas de halcón combadas por el viento” y “con sus columnas de mármol que, mojadas por el rocío, brillan como párpados que han llorado”. Y todo esto sería gratis para los sevillanos, si lo visitaran. Será necesario irse de esta tierra de asombros e indolencias, aunque solo sea para regresar y comprenderlo.
Cuando Grecia comenzó a arder y la gente lloraba por las calles, con el país en la más solemne ruina (y no es un chiste), la anécdota que más circuló por los medios de masas para hacer comprender las razones del siniestro fue que cierto hospital de Atenas tenía contratados a cuarenta y cinco jardineros para cuidar de un parterre con cuatro arbustos. Vi la foto; era ridículo, y encima me pareció que los ramajos aquellos estaban resecos. Me impresionó. Eso y lo de los cincuenta chóferes para un solo coche oficial, en algunos departamentos. Pero sobre todo me impresionó observar que en esa sesión tremenda que celebraron los parlamentarios griegos a medianoche para ver cómo podían salvar la nación, no faltaban sobre las relucientes mesas lacadas en color abedul las pertinentes botellitas de agua mineral, a razón de una por cabeza. Recuerdo que en ese momento me pregunté cuánta crisis más serían capaces de aguantar los políticos griegos hasta que no hubiese dinero para las botellitas y tuviesen que beber agua del grifo. Lo juro que me lo pregunté, porque en ese objeto menudo y excesivo, en esa botellita, en esa tontería que no iba a ningún lado, había implícita una obscenidad, o parte de esa gran obscenidad colectiva que llevó la situación hasta ese punto y aún ha de llevarla más lejos. Hay detalles que llevan la marca del demonio. Entendiendo por demonio un ser absolutamente nada sobrenatural. ¿Qué hacían bebiendo agua mineral, costara lo que costase? ¿Cómo podían? ¿De qué estaban hablando? ¿De qué y con qué legitimidad, con qué alma, con qué consciencia?
No me agradan los pensamientos miserables. La mezquindad es, sin la menor duda, una enfermedad terrible y contagiosísima. Es el extremo más enfermizo de tener razón. Me gustaría pensar que mi reacción de entonces no fue tal cosa, sino una subida de vergüenza ante la inmoralidad colectiva. Pero es que estos días me ha estado pasando algo similar, cuando he leído que uno de los recortes que el Gobierno español tiene en mente para que Alemania no nos eche a los perros es que para conseguir una beca el alumno tenga que sacar al menos un cinco y medio, y que para mantenerla luego deba aprobar la inmensa mayoría de las asignaturas. Y mi reacción ha sido: Ah, pero… ¿eso no era así ya? Luego leí también que los funcionarios que estén de baja por enfermedad lo mismo no cobran todo el sueldo, y mi pregunta al viento fue parecida: Ah, pero… ¿lo cobraban? Descubrí que algunos de ellos también disponen de préstamos sin intereses. Y descubrí, en particular, que nadie se escandaliza ante eso. ¿Hasta cuántos millones de parados tenían previsto esperar los políticos para ahorrar a base de hacer limpieza de privilegios laborales, trátese de funcionarios o no? El mundo llora, pero para sofocar su llanto bebe agüita mineral. Tenemos lo que nos merecemos.














