Monthly Archives: Noviembre 2013

26
Nov/2013

El cine agoniza en el centro de Sevilla

Por Juan José Roldan / Periodista
Terminaron los fastos del Festival de Cine Europeo de Sevilla y con ello volvió la miseria a los cines históricos de la capital de Andalucía. Durante algo más de una semana no sólo disfrutamos del mejor cine hecho en nuestro continente, con una selección excelente de títulos de la mayor parte de los países que integran Europa y una organización a muy alto nivel, en el que incluso los premios brillaron en coherencia y diversidad. Disfrutamos también de una calidad de imagen y sonido como hacía tiempo que no disponíamos no sólo en el centro de la ciudad, en cuyos cines se celebró el certamen, sino tampoco en otros cines de la periferia.

Totalmente digitalizadas las pantallas de nuestros cines Alameda y Avenida lucieron más y mejor que nunca. El Alameda fue el primer multicines de Andalucía, con cuatro salas en las que algunos descubrimos las excelencias de títulos como La guerra de las galaxias y All That Jazz. El Avenida Vistarama, llamado así por las dimensiones y curvatura de su pantalla, albergó durante décadas títulos emblemáticos del cine como My Fair Lady o En busca del arca perdida, hasta que a principios de los 80 un incendio lo redujo a cenizas, de las que renació el actual Avenida con cinco salas, donde con dolby stereo triunfaron películas como Terciopelo azul o Las amistades peligrosas. En 1999 entró en el circuito de Europa Cinemas y se convirtió en el primer complejo de nuestra comunidad autónoma en exhibir películas exclusivamente en versión original. Así ha sido hasta ahora, si bien a veces cuelan películas catalanas dobladas bajo pretexto de ser españolas. Pero ni unas ni otras salas han renovado apenas sus equipos de proyección y sonido, con la consecuencia de que hoy la sala cuatro del Alameda ha perdido la categoría que para muchos ostentaba de mejor cine de la ciudad. Por cierto, que habiéndose especializado este centro también en un cine más selectivo, deberían reservarse las películas españolas para este espacio, y dejar que el Avenida diera cabida a un mayor número de títulos extranjeros. El resto de cines de la ciudad presentan una cartelera desoladora, repitiendo títulos con idéntica oferta en todos ellos: violencia y comedia gamberra con contadas excepciones.

Durante el festival nos hemos acostumbrado a disfrutar de cada película sin preocuparnos por la calidad de su emisión, centrándonos sólo en el trabajo de su director. La falta de acondicionamiento de estas salas, que tras el esplendor festivalero han vuelto a su decepcionante estado anterior, está propiciando que cada vez sean menos los estrenos en versión original que podemos disfrutar en Sevilla. Málaga nos ha alcanzado gracias a las magníficas condiciones con las que cuenta su Cine Albéniz, dedicado también al cine alternativo, el del público cinéfilo y más exigente. Esta falta de acondicionamiento afecta también a la inadaptación de estos dos emblemáticos cines a personas con dificultad de movilidad, ya que el acceso a la mayoría de sus salas incluye escaleras.

Hoy son muchas las películas que para su exhibición en versión original cuentan sólo con copias digitales, de ahí que a nosotros sólo nos lleguen cuando están disponibles en DVD o Blue Ray, que son los sistemas de proyección con los que el Cine Avenida ha disfrazado la calidad digital de la que carece. Urge por lo tanto que los exhibidores inviertan más y modernicen unas salas que merecen mayor atención y cariño. El público es consciente de la baja calidad de las proyecciones, mermando su capacidad adictiva y llevándole a consumir cine exclusivamente en casa, ahora que las pantallas de televisión son tan generosas y los equipos de sonido domésticos tan sofisticados. La enorme afluencia de público al festival, motivado entre otras cosas por los bajos precios, debería hacer reflexionar a quienes legítimamente quieren lograr que el cine siga siendo un negocio, porque público hay, pero el producto además de ser bueno tiene que ofrecerse en óptimas condiciones. Quienes exprimimos la vida cultural de Sevilla sabemos que ésta es una ciudad que funciona por espacios. La misma oferta musical triunfa en las 1.300 localidades del Maestranza mientras fracasa en las 400 de Cajasol, de la misma manera que proyectar cine en versión original fuera del Avenida, en Los Arcos o Nervión Plaza por ejemplo, se convierte en una iniciativa estéril.

22
Nov/2013

Atentado a la democracia local y a los servicios municipales

Colectivo Senda / El colectivo Senda está formado por Antonio Andrades, Francisco Velasco, José Gutiérrez, José Luis Suárez, María Jesús Reina, Miguel Ángel Santos, Pepe Barragán., Francisco Gabriel Montoro y Rafael Gómez

Las políticas puestas en marcha a lo largo de estos dos años de gobierno del Partido Popular han supuesto el más grave, brutal y salvaje ataque a nuestros derechos y libertades desde la recuperación del sistema democrático en nuestro país.
Lo hemos visto con las reformas del mercado laboral, de la educación, la sanidad, las pensiones y un largo etc. Y en estos momentos con la anunciada ley, eufemísticamente llamada, de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local (LRSAL).
Esta ley tiene un claro objetivo, reducir la administración local y el municipalismo a su mínima expresión, haciendo depender el futuro de nuestros municipios del Estado, de las comunidades autónomas, y de otras administraciones más alejadas del control de la ciudadanía.
Ello tendrá un efecto demoledor sobre la vida de los ciudadanos, ya que servicios públicos como la educación infantil, los servicios sociales, de atención a dependientes o a mujeres, por poner solo algunos ejemplos, dejarán de ser competencias de los municipios y serán eliminados, lo que agravará, aún más, la difícil situación que muchas personas y familias vienen soportando.
Igualmente, en muchos casos, servicios públicos esenciales como el abastecimiento y saneamiento de aguas, la recogida y tratamiento de basuras, cementerios o bomberos, entre otros, pasaran a ser gestionados por las Diputaciones Provinciales o serán directamente privatizados.
No tenemos dudas de que la privatización de estos servicios públicos traerán inevitablemente aparejado la perdida de empleo público y su precarización (ejemplo de ello lo tenemos en el servicio de recogida de basuras en Madrid, donde las empresas concesionarias planteaban la reducción de seiscientos empleos, la rebaja del 45% de los salarios y la supresión de derechos adquiridos por los trabajadores), con repercusiones negativas en la prestación del servicio y en el aumento considerable de su costo para los ciudadanos.
Así, vemos como una vez más el Partido Popular se pone del lado de aquellos que quieren sacar ingentes beneficios y hacer negocio con los servicios públicos, una vez que han exprimido otros sectores, a sabiendas que éstos son el “negocio del futuro”.
Por otro lado, con esta ley se persigue también acabar con la democracia directa, impidiendo la participación de los ciudadanos en todo aquello que le concierne, al tiempo que sustrae a los representantes municipales, elegidos democráticamente, la capacidad de decidir sobre cuestiones esenciales de sus municipios, trasladándolas a otras instituciones no elegidas directamente por los ciudadanos.
No exageramos si afirmamos que todos los avances que en el ámbito municipal se han dado hasta la fecha quedarán materialmente pulverizados, atentando gravemente a la calidad de nuestro sistema democrático.
En definitiva, si esta ley finalmente se aprueba representará un paso más en favor de los intereses económicos del capital financiero y especulativo, en detrimento de las condiciones y derechos de los trabajadores y las capas más desprotegidas de la sociedad, que ahondará aún más las ya graves diferencias entre ricos y pobres.
Es por ello que, también en este caso, se haga necesario una respuesta contundente de la ciudadanía para evitar que se consume un nuevo atentado, otro más, al modelo social y a los derechos ciudadanos.

21
Nov/2013

Nuestro Correo

Por Olivia Carballar y Patricia Rodríguez, periodistas

Cierro los ojos. Veo a Alicia Gutiérrez. El teléfono pegado a la oreja. Un tecleo trepidante acompaña al humeante cigarrillo que se consume en el cenicero. ¿Alguien ha llamado a los Bomberos?, se oye de lejos. Pilar Benítez está enterrada en planos del metro de Sevilla y Daniel Blanco termina la segunda apertura del día en Local. Carlota Muñoz, sentada junto al becario repasa concienzudamente el texto, una y otra vez. El móvil de Diego Suárez suena. Mira la pantalla, se levanta, descuelga y con una sonrisa contesta: “¿Qué pasa?… Aquí estamos, en el andamio”.
Una inmensa redacción. Dos, tres, cuatro radios de fondo. Y un par de televisiones. Un ejército de concienzudos periodistas pelea por sacar a la calle la fotografía de una ciudad en forma de periódico. Decenas de historias de personas, de paisajes. El Correo de Andalucía ha contado un siglo de Sevilla. Hoy se cuenta a sí mismo a través de los que estuvimos, fuimos y sentimos aquellas paredes como una extensión de nuestra propia familia. ¿Tú qué recuerdas, Oli?
Pues yo recuerdo también a la tal Carlota haciendo una cosa que llamaban El Correo Agrario. Y a una tal Iria, que salía y entraba mucho en la redacción, que iba y venía de ver no sé cuántos muertos con la poli. En la mesa de edición, una tal Inma manejaba de arriba a abajo unos folios a los que llamaba “planillo”. Y al fondo, un tal Juan Carlos, entre palabros y apodos que sólo entendían él y sus compinches, imprimía en color varias opciones de fotos de portada. Ehhhh… También había un tal Morente en aquella Carretera Amarilla que hacía otra cosa a la que llamaban El Correo de la Provincia. Y hablaba por teléfono con muuuuchos alcaldes una tal María José. Y espera, espera, Patri, que me acuerdo también de un tal Paco Veiga, que lo mismo te soltaba una perorata en ruso que se ponía a contarte historias de los barrios. “Ché, boluda”, me decía un tal Claudio cada vez que me equivocaba. Y cuando no, también. Creo que la primera vez que supe que la Esperanza de Triana y la Esperanza Macarena no eran la misma Virgen fue leyendo una crónica de un tal Pepe Gómez Palas. “A mí que no me toque cubrir la Semana Santa”, me decía una tal Ana Trujillo, una becaria muy lista a la que le encantaba trabajar en Deportes con un tal Pepe Elías.
Mis primeras imágenes de El Correo tienen ya 14 años. Y Carlota Muñoz, Iria Comesaña, Inma Rivera, Juan Carlos Rodríguez Aparicio, Antonio Morente, María José García, Paco Veiga, Claudio Guarino, Pepe Gómez Palas, Pepe Elías y Ana Trujillo –si me he olvidado de alguien ha sido para quitarle 14 años de canas o arruguitas– siguen peleando por El Correo de siempre, por El Correo de todos los que nos fuimos, por El Correo al que tanto debemos y al que tanto, tanto, tanto quisimos. Y queremos, Patri, y queremos.
Ay, Oli, pues yo vuelvo a cerrar los ojos y veo a mucha de la gente con la que crecí haciendo una entrevista, con la que me emocioné defendiendo su misma lucha y con la que me enfadé tras descubrir tres o cuatro mentiras. La noche que dije adiós, cogí una caja y guardé un montón de papeles que creí importantes. Bajé aquella escalera preguntándome si había vida después de aquel periódico que me había dado tantas cosas y por el que sentía un cóctel de emociones difícil de definir. Hoy veo a Manuel Ruiz Rico, a Manuela Reyes, a Mónica Ureta, a ti y pienso que nunca trabajé con nadie mejor. En aquella sección, donde peleábamos por una historia como si nos fuese la profesión en ello, donde luchábamos por hacer el mejor reportaje aunque apareciese en las páginas más comunes, las que parecía que nadie leía. Aquellas páginas que nos invitaban cada día a ser mejores y a través de las que soñamos con hacer el mejor periodismo. Las mismas páginas por las que seguimos queriendo a ese periódico.
Pues sí, Patri. Porque El Correo, el de ayer, el de hoy, el de siempre, simboliza en estos días más que nunca lo que tanta gente necesita en la calle: una oportunidad. Así llegó a mis manos. Yo no soñaba con trabajar en otro periódico que no fuera El Correo. Llegó a mi vida como la gran oportunidad, la oportunidad de trabajar en el oficio más bonito del mundo –¡El más bonito del mundo!–. La oportunidad de ser mejor persona, de crecer. La oportunidad de encontrar grandes amigos y, ¡venga!, seamos románticas, El Correo también me dio la oportunidad de amar. Jajaja
¡Y de reír! ¿Te acuerdas de aquellas noches en Los Jiménez? El bar, empapelado de carteles de conciertos en La Barqueta, ya no está pero siguen en el ambiente las bromas inconfundibles de Miguel Ángel Parra –¡hombre ya!–, los debates improvisados de madrugada tras catorce horas de trabajo, donde Carmen Rengel soñaba con Jerusalén, o Raúl Bocanegra seguía persiguiendo el próximo Tema del Día. Luego llegó Artacho y se bebió la noche… Como aquel hombre al que definió en uno de sus obituarios.
En El Correo reímos hasta la saciedad con los buenos momentos y descubrimos, mucho más en los malos, que esta profesión era nuestra vida. Es nuestra vida. “¿Todavía estás en El Correo a estas horas?”, me pregunta muchas noches mi madre por teléfono, Patri. ¡Catorce años después! Porque para mis padres, trabaje donde trabaje, no existe más periódico que El Correo. Puede que a usted, que está leyendo estas líneas frente al ordenador o manchándose los dedos de tinta pasando las páginas de El Correo en alguna cafetería, sienta este relato como ajeno. Pero sepa que detrás de las historias que lee cada día están ellos, gente que cree por encima de todo en una cosa: el periodismo.

13
Nov/2013

Otros presupuestos son posibles

Por el Colectivo Senda, formado por: Antonio Andrades, Francisco Velasco, José Gutiérrez, José Luis Suárez, María Jesús Reina, Miguel Ángel Santos, Sebastián Gamero, Francisco Gabriel Montoro y Rafael Gómez.

Somos conscientes de la dificultad que entraña la elaboración de unos presupuestos en la actual coyuntura política y económica, marcada por las políticas de austeridad –impulsadas con entusiasmo por los gobiernos de derechas y asumidas con escasa oposición desde los gobiernos de izquierdas- que están llevando al abismo a millones de europeos y a la destrucción del Estado de Bienestar tal como hoy lo conocemos, beneficiando hasta extremos nauseabundos al gran capital.

Particularmente difícil se hace en España, donde el gobierno del Partido Popular está imponiendo a las comunidades autónomas unas condiciones leoninas, en busca del sacrosanto control del déficit. Especial énfasis pone sobre Andalucía, a la que reduce considerablemente las transferencias procedentes del Estado, un total de 1200 millones menos para 2014, y le impone la obligatoriedad de alcanzar un déficit del 1%.

Sin embargo, este escenario, en vez de hacernos más complacientes con los presupuestos andaluces nos hace ser aún más exigentes. Dicho en términos deportivos, si sales a empatar un partido lo acabas perdiendo. Por eso no entendemos ni compartimos que los presupuestos presentados por el Gobierno Andaluz sean calificados de resistencia o se busque el pretexto del “no podemos hacer más”.

Las cuentas autonómicas tienen que ser justas, equitativas y solidarias. Tienen que visualizar que otra política es posible, dando respuesta a las demandas y anhelos de la ciudadanía. Deben marcar otra agenda al margen de las grandes directrices impuestas desde Europa. En definitiva, tienen que renovar la alianza con la ciudadanía nacida tras las últimas elecciones autonómicas, cosa que desgraciadamente no vemos que suceda.

Para ello es necesario que el presupuesto apueste por la obtención de mayores ingresos por vías propias, así como por un mayor gasto en políticas sociales y una reducción de los gastos superfluos.

Las vigas maestras del presupuesto de Andalucía, sus prioridades, deben descansar en los cimientos del Estado de Bienestar. Sanidad, educación y ley de dependencia no sólo no pueden sufrir recortes sino que deben ver incrementadas sus partidas económicas. Es imprescindible enviar un mensaje claro y contundente en su defensa a ciertos poderes no emanados de la voluntad de los ciudadanos.

Así, se hace indispensable un aumento en la presión fiscal para las rentas más altas y la creación de nuevas tasas, por ejemplo, a las grandes superficies. Quienes más capacidad económica tienen son los que más deben aportar al conjunto, especialmente en estos momentos de dificultad extrema para la mayoría de la sociedad.

El sacrificio y el esfuerzo no pueden volver a recaer exclusivamente en los de siempre. Recortar, ¡una vez más¡, a los empleados públicos supone un nuevo varapalo para la función pública y los convierte en los chivos expiatorios de este tsunami austericida.

No podemos obviar la necesidad de reforzar la inversión en dos apartados, políticas activas de empleo y obra pública. Dos motores económicos fundamentales para la salida de la crisis.

Junto a ello, es necesario acometer la puesta en marcha de un plan de racionalización en la administración andaluza, con el objetivo de adecuar el número de cargos públicos y directivos de las empresas públicas, y ajustar la remuneración que reciben, en muchos casos cantidades estratosféricas muy alejadas de la realidad social de nuestra comunidad.

En esa línea se enmarcaría la bajada en torno al 20-30 % en los emolumentos de todos los cargos públicos; la eliminación de las cesantías para aquellos que puedan incorporarse inmediatamente al mercado laboral por ser funcionarios o por otras circunstancias, o la inexistencia de sueldos superiores a la de la presidenta de la Junta de Andalucía. Es un sinsentido y una verdadera vergüenza que directivos de empresas públicas, total o parcialmente sostenidas por las arcas públicas, por ejemplo Canal Sur TV, tengan mayor remuneración que la máxima representante de nuestra autonomía.

Estas y otras decisiones son las que ponen de manifiesto la voluntad política de un Gobierno que dice apostar por la cercanía y solidaridad con el conjunto de la ciudadanía en estos difíciles momentos.

Esperemos que en la tramitación parlamentaria los presupuestos reflejen esa otra forma de gobernar y entender la política. Esa es nuestra exigencia.

09
Nov/2013

El milagro se llama trabajo

Por Enrique Cervera, periodista.

Decía Pepe Guzmán, el inolvidable maestro del ingenio con el que conviví muchos años en la redacción de El Correo, que este periódico, a lo largo de su vida teñida de modestia y dificultades, se había caracterizado siempre por su dignidad.

Creo que es precisamente este ataque a la dignidad de El Correo lo que más ha soliviantado no sólo a los periodistas sevillanos y andaluces sino al conjunto de la sociedad sevillana en las últimas semanas.

Desconozco si El Correo, el viejo Correo de Andalucía, está abocado a su desaparición. Sólo con pronunciar mentalmente estas palabras y oír como resuenan en el teclado del ordenador desde el que les escribo, se me abre un dolor hondo en el pecho. No me gusta escribir en primera persona, pero necesariamente he de hacerlo hoy, cuando respondo con gusto a la solicitud de unas palabras de solidaridad por parte de los compañeros de mi periódico, el que lo fue durante los doce años que pasé en la vieja y destartalada redacción de la Carretera Amarilla, y el que, pase lo que pase, lo será ya para siempre.

Para muchos, muchísimos periodistas sevillanos, El Correo fue una escuela. Para otros, como yo, fue mucho más: fue mi casa durante largos años y ya les digo que de alguna manera lo sigue siendo. La casa en la que me acogió el viejo cura Javierre, la casa en la que me enamoré de Rosa, una periodista que desde entonces es el amor de mi vida y me ha dado dos hijos, uno de los cuales estaba, hace un minuto, asomado a estas líneas por encima de mi hombro, mientras ataba la cuerda del trompo, ajeno a la tristeza desde la que escribo.

La casa en la que a punto muero de risa con las cosas de Tato Furest o de Juan Holgado, la casa de la que salíamos indefectiblemente casi de madrugada, camino en general del Amanecer o del Avelino, o del Líbano, o de las Codornices, o de los Cuevas, a seguir hablando de la fuente que no nos devolvió la llamada o de la noticia que conseguimos adelantar, contra viento y marea, a la en general mejor pertrechada competencia.

La casa del escándalo en el tomo de marzo, del bloqueo en la A, de dónde coño está el disco del quark y, naturalmente, del copyfit OK. Al lector desprevenido esto le sonará a chino pero es algo peor, aunque más íntimo: retales de historia de generaciones de periodistas y personal de taller y administración que ahora amenazan con hundirse en el pozo de la maldita crisis.

A veces, cuando la vida me ha llevado por otros derroteros, he pensado en que El Correo sobrevivía gracias a un milagro del Cardenal Spínola, que era un señor que estaba en un azulejo sobre la máquina de cervezas que había camino de la ventanilla de cobros, que durante muchos años peinaba telarañas. Se decía que Carmona, el viejo y adorable jefe de talleres, podía hacer andar la vieja rotativa metiendo un dedo donde haría falta un cojinete, si hacía falta. Eso no llegó a hacerlo (creo), pero sí metió una foto de Urtáin en el lugar de una información censurada y casi arde Troya (y la jefatura provincial del Movimiento).

Pero no creo en los milagros, aunque a veces me gustaría. Al contrario, el secreto de la supervivencia de El Correo de Andalucía a lo largo de 115 años de historia –se dice pronto–, ha sido y es el enorme esfuerzo de los hombres y mujeres que le han dado vida.

Sus trabajadores, hoy encerrados, dolidos e indignados, pertenecen a esa clase de gente a la que hay que apoyar por la admirable dignidad que destilan. Por eso hoy escribo tan dolido y tan indignado como ellos y les deseo toda la suerte que merecen.