Monthly Archives: Septiembre 2013

28
Sep/2013

En defensa de la política y los políticos

Por el Colectivo Senda. Un colectivo formado por Antonio Andrades, Francisco Velasco, José Gutiérrez, José Luis Suárez, María Jesús Reina, Miguel Ángel Santos, Pepe Barragán., Francisco Gabriel Montoro y Rafael Gómez.

tribuna1Todos los políticos son iguales”, “Todos son unos corruptos”, “Sólo piensan en robar”…. escuchamos éstas y otras expresiones parecidas en boca de muchos ciudadanos, hartos y asqueados de la actual situación política y económica de nuestro país.

Cansados de tantos recortes que dañan su calidad de vida; de un desempleo galopante; de las subidas en servicios esenciales como la luz, el agua y el gas; de la privatización de la sanidad y la educación; de la subida de impuesto que fundamentalmente gravan las rentas del trabajo y no las del capital; de la vergonzosa amnistía fiscal; de las cuentas en Suiza de ciertos políticos, del recorte de sus derechos…, de un largo etcétera que mina su confianza en la política y por ende en el sistema democrático. Desde la llegada del Partido Popular al Gobierno hemos asistido a una estrategia, especialmente bien definida, de voladura controlada del Estado del Bienestar, y de todo lo que ello representa, bajo los parámetros más neoliberales y retrógrados.

A las acciones se ha unido el discurso, que lamentablemente ha calado en una amplia mayoría de la sociedad, en contra de la función pública, del estado de las autonomías, de los sindicatos (verdaderas bestias negras de Rajoy), y de los políticos (ahí tenemos a María Dolores de Cospedal quitando el sueldo a los diputados autonómicos de Castilla-La Mancha o a José Ramón Bauzá intentando reducir el número de diputados en Baleares).

En frente, un Partido Socialista inmerso en una grave crisis política y económica; sin discurso propio; sin un liderazgo asentado; rehén de su pasado y de algún barón autonómico, e incapaz de ofrecer una alternativa creíble.

Las restantes fuerzas políticas han sido incapaces de romper este modelo bipartidista y de ofrecer alternativas reales a los graves problemas sociales y económicos que nos azotan.

¿Cuál ha sido el resultado de tanta irresponsabilidad, unos por acción y otros por omisión? Un coctel explosivo que nos ha llevado a un desproporcionado desprestigio de la política y de los políticos y a la incapacidad manifiesta de estos para dar respuesta a los problemas de los ciudadanos.

Sin querer ser alarmistas pero sin dejar de ser realistas, no nos cabe la menor duda de que estamos ante un escenario donde peligran nuestras instituciones democráticas fruto de la arquitectura política nacida tras la dictadura franquista.

El caso de Italia y Grecia es el espejo donde los poderes financieros se miran con el objetivo de importar ese modelo a España. Una pléyade de burócratas al frente del Gobierno y a las órdenes de oscuros poderes fácticos cuyos únicos intereses son los de hacer caja a costa de nuestros derechos y de nuestro bienestar.

En contraposición, la política como _servicio público hacia la ciudadanía. La última barrera que evita la dictadura del capital.

Y lo decimos alto y claro, no todos los políticos son iguales. Hay miles de ellos que trabajan cada día por sus ciudadanos desde la honradez y la insobornabilidad. No podemos permitir la generalización a pesar de que desgraciadamente son los corruptos quienes son noticia y quienes desprestigian la política frente al silencio del trabajo bien hecho.

Pero más allá de la política institucional, hoy, si cabe más que nunca desde el fin de la dictadura, no podemos olvidar al conjunto de la ciudadanía. Los ciudadanos deben erigirse en actores fundamentales de la vida política y tomar conciencia de que en otros momentos han sido protagonistas de los grandes cambios acaecidos en nuestro país. Las movilizaciones han sido capaces de favorecer cambios legislativos; de evitar desmanes urbanísticos; de evitar el cierre de servicios públicos; de establecer nuevas leyes, en definitiva, han hecho política en defensa de sus derechos; y eso también forma parte de la política que queremos poner en valor.

Creemos, en definitiva, en la política y en los políticos, al servicio de los intereses generales no de los particulares de una minoría. Sin ellos no hay futuro.

 

09
Sep/2013

Adiós al archivo municipal de Los Palacios

romero-bernal

Por Álvaro Romero.
Doctor en periodismo y
profesor de literatura.

Tocábamos las campanas y charlábamos, como dos adultos con memoria y poso suficiente para la reflexión, aunque yo no fuera más que un mocoso con una curiosidad por el mundo que iba más allá de lo que aparentaba. Pese a mi juventud, había aprendido que la señal en los entierros de las mujeres era una tin y una tan, mientras que en los de los hombres era dos tan, monótonos, periódicos, cada minuto o así, a lo largo de todo el funeral. Como éramos dos monaguillos, yo disfrutaba cuando la misa le tocaba al otro y podía compartir con Francisco Mayo, que iba para 80 años, la aprovechable velada de sus conocimientos mientras nos turnábamos en el toque. De siempre me pareció un caballero educado y memorioso. No olvidaré jamás el contraste entre su conversación fluida y genial y la de otro viejo que yo había conocido al principio de mi llegada a la parroquia, Pepe el Moreno, el sacristán, que estaba a un paso de la agonía y que se desesperaba cuando me veía barrer tan torpemente. Me arrancaba el escobón de las manos, barría con suavidad, haciendo montoncitos con el arroz de las bodas para irlos a recoger después, mientras mascullaba con su dentadura postiza inadaptada: “Mira que es sencillo barrer”… A Pepe lo conocí poco porque, como digo, yo llegué cuando el Señor empezó a llamarlo, así que me dejó la imagen de hombre serio que no se correspondía tal vez con la realidad de sus buenos años, de esa época en la que, según me contaron luego, tenía graciosas salidas como decir en los entierros: “Yo no quiero que se muera nadie, pero que no se acabe el chorro”. A Francisco me dio más tiempo tratarlo. Me enseñó muchas cosas mientras tocábamos las campanas de los entierros como quien echa un cigarro al atardecer.

En la misma época, yo aprendí mecanografía, informática, taquigrafía y hasta principios básicos de contabilidad en la academia que regentaba una de sus hijas, Rosario. Y conocí a uno de sus nietos, Julio, que apuntaba maneras de historiador y que, con el tiempo, se convertiría en el archivero municipal del pueblo. De modo que intimé con buena parte de su familia. Pero lo más conmovedor es que, también por la misma época, conocí una de las anécdotas que él me contaba mientras tocábamos las campanas que yo nunca hubiera conocido por otra fuente y que me pareció providencial para intimar con la mía sin tratarla siquiera. Francisco hizo la mili y participó en la guerra civil con mi abuelo parterno, Manolo Romero Castellano. Durante varios años fueron compañeros muy unidos. Pero yo, por motivos familiares que no vienen al caso, lo conocía poco. Apenas hablé con él unas cuantas veces. Y tal vez por ello me deslumbró más que Francisco me contara, entre risas que lo rejuvenecían, que durante aquellos difíciles años de la guerra, como mi abuelo tenía novia (mi abuela) y él no, Francisco le cedía el pase que le pertenecía para que se viniera a ver a mi abuela. “Iba a ver a María cuando le tocaba a él y cuando me tocaba a mí”, decía Francisco con una risa que lo hacía retorcerse, con los ojos chiquititos. “Le decía: Toma, Manolo, vete con María, y allá que iba tu abuelo para ver a la novia”, me contaba. Aunque niño, no se me escapaba la causalidad de que gracias a aquellos pases que le cedía a mi abuelo, la relación con mi abuela se consolidó hasta el punto de casarse con ella, tener siete hijos, incluido el penúltimo que fue mi padre y que, consecuentemente, yo mismo viniera al mundo.

Muchos años después, cuando todos murieron, a mí me siguió resonando en la memoria la risa franca y pueril de Francisco Mayo contándome aquellas batallitas y se me disparaba la imaginación para concluir que, de alguna manera, yo nací gracias a su generosidad soldadesca con uno de sus compañeros de pelotón. No se lo conté nunca a su nieto, Julio Mayo, a quien la vida me acercó por el amor común a las letras, y que el otro día, cuando el archivo del que él es responsable salió ardiendo, parecía un chiquillo consternado con el mundo, abrazado al único libro, el del Becerro, del siglo XVII, que salvó de las llamas.

Viéndolo llorar, me acordé de su abuelo, no sólo de cuando tocábamos las campanas, sino de cuando, ya mayor, coincidimos en su casa del campo, delante de una bandeja extraordinaria de tomate del pueblo bien aliñado. Viéndolo llorar, me pareció injusto para el pueblo que las llamas se llevaran en un rato toda la historia de un pueblo a la que él se ha entregado en cuerpo y alma, y no sólo él, sino el espíritu de su familia desde la afición a la historiografía de su propio abuelo. Me pareció injusto que Julito tuviera que llorar delante de un archivo carbonizado que era del pueblo entero pero que, sobre todo, era su archivo. Fíjense si Julito Mayo y el archivo y el pueblo son lo mismo que la dirección de su correo electrónico, antes de la arroba, es archivo41720. Nunca he conocido a nadie que, al margen de la lógica o ilógica vocación por su oficio, no pensara además en su trabajo como forma de llegar a fin de mes, sino como forma de vida. Julio siempre ha dicho que se aficionó a la Historia por su abuelo Francisco, que tenía un diario en el que escribía lo más relevante del acontecer del pueblo. Cada día apuntaba quién se había muerto, quién había nacido, quién se había casado con quién, qué hecho memorable había que recordar. Durante años. Esas libretitas empolvadas las guarda Julio en su casa como oro en paño. Y se han salvado de la quema. Al acordarme de ellas, me acordé también de Francisco, de mi abuelo, del arroz de las bodas, de las campanas, de mi cara de asombro descubriendo el mundo desde el porche de la parroquia… como si las llamas que han destruido el archivo me iluminaran la memoria hacia el origen de cómo empiezan los archivos personales de quienes no pueden vivir sin la Historia, la suya y la de todos.

Y mientras el pueblo dictaba sus sentencias, haciendo coincidir los indicios con los incendiarios; mientras los políticos se dedicaban a su estéril pelea… mientras crepitaban tantos disparates en el fuego amasado del odio y la hipocresía, yo me acordaba de los diarios de Francisco Mayo, a los que ahora tendrá que acudir su nieto para empezar a reconstruir la memoria de tantos desmemoriados. Que Dios le ayude. Y su abuelo desde la Gloria.

06
Sep/2013

Atender la dependencia, cuestión de ideología

joya

Por Francisco Joya Díaz.
Doctor en Psicología.

Es socialmente progresista, pero también altamente rentable en términos laborales. El PP acaba de un zarpazo con los avances logrados con el Estado del Bienestar.

Uno de los mayores avances sociales de los últimos 30 años en España, junto con el desarrollo de un sistema sanitario público, gratuito y universal, ha sido, sin duda, la puesta en marcha de la ley de la Dependencia. Ha supuesto una auténtica revolución en la mejora de las condiciones de vida y trabajo de miles de familias, a la vez que ha contribuido a la creación de cientos de puestos de trabajo relacionados con la atención social y los cuidados a los dependientes.

Sin embargo, a pesar de las ventajas notables de este sistema de protección, el Gobierno de la nación del PP, en una de sus primeras decisiones al tomar posesión, decidió congelar las partidas destinadas a financiar la Ley de la Dependencia. Una decisión soportada en los mismos argumentos peregrinos y demagógicos que también se están usando para privatizar servicios sanitarios, para reducir drásticamente las becas, para despedir docentes de manera masiva, o, más recientemente, para pensar en reducir la cuantía de las pensiones.

Argumentos que se escudan en la crisis económica, y en cumplir el objetivo de déficit impuesto por Europa para intentar convencernos de que el sistema de protección social de nuestro país es inviable e insostenible.

La Ley de la Dependencia no sólo es socialmente progresista, sino que, además, es altamente rentable en términos económicos por la creación de empleo y de nuevas actividades relacionadas y, lo que es más importante, no supone un gasto extraordinario al Gobierno, ya que la inversión en dependencia vuelve a las arcas del estado en calidad de cotizaciones a la Seguridad Social de los puestos de trabajo y de impuestos de las nuevas empresas creadas al amparo de este sistema de protección social.

Lo mismo ocurre con el sistema sanitario público de nuestro país. Un sistema envidiado por otros países, un sistema eficaz, un sistema que garantiza la atención sanitaria universal, un sistema, además, rentable por el alto volumen de negocio que genera en empresas auxiliares y por los miles de empleo que ello supone.

Sin embargo, en este mismo contexto de crisis económica, junto con el desmantelamiento progresivo del Estado del Bienestar, convive otro tipo de políticas como el rescate de las entidades financieras, a las que se han inyectado miles de millones de euros (se supone que para que el crédito vuelva a fluir a empresarios y familias, hecho que aún no se ha producido); o el mantenimiento de infraestructuras tan faraónicas como inútiles, inservibles e ineficaces, que son la clara evidencia de que este Gobierno no pone al ciudadano en el eje de sus políticas.

Este desalentador panorama nos ha retrotraído a tiempos que creíamos olvidados, donde la falta de sistemas de protección social empujaba a la gente necesitada a la beneficencia, dada la ineficacia y el desinterés del Estado para poner en marcha políticas dirigidas a mejorar la calidad de vida de las personas y a garantizar sus derechos básicos.

Todo apunta a que para cumplir el déficit a este Gobierno le resulta más fácil destruir todo un sistema de derechos y de protección social, construido a base de mucho esfuerzo, de mucha lucha y de muchas ganas, que trabajar en buscar fórmulas alternativas de ahorro en otras actividades. Es decir, es mejor contentar y garantizar las ganancias de sectores económicamente potentes y políticamente relevantes como la banca, las farmacéuticas, las eléctricas o las empresas armamentísticas, que gastar en mejorar la vida de nuestras familias, en garantizar los derechos ciudadanos o en crear empleo.

Por tanto, y teniendo en cuenta que junto a estas decisiones el Gobierno de la nación ha adoptado otras medidas como reformar de la Ley del aborto, aprobar la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, la pretendida reforma del régimen local, la reforma del código penal, la supresión de ayudas a las energías renovables, etc., que nada tienen que ver con la austeridad económica o con el mantenimiento del déficit público, podemos concluir que el PP ha aprovechado la cálida y protectora sombra de la crisis para acometer una imparable batería de reformas legislativas que sólo son justificables con la pretendida imposición de un determinado modelo ideológico conservador en nuestro país, que pretende reducir la atención social a simple beneficencia, acabando de un zarpazo con los avances conseguidos gracias a la consolidación del estado del bienestar en nuestro país.