Monthly Archives: Mayo 2013

22
May/2013

La refundación del socialismo

Por Juan Antonio Molina, presidente de la Unión de Escritores Progresistas.

Para el liberalismo, como pregonaba Margaret Tatcher, la sociedad no existe, sólo individuos aislados, a menudo opuestos, y autoridades públicas limitando derechos colectivos. El sistema político tiende, aceptando la lucha de todos en contra de todos en lugar del antagonismo social, a volverse punitivo como vigilante del capitalismo liberal. El concepto de ciudadanía se diluye cuando la costra tecnocrática sacrifica la solidaridad al Moloch de una caliginosa eficacia. La ideología de la derecha camuflada de racionalidad economicista produce la desactivación del carácter crítico, la desafiliación que induce al declive del “hombre público” en palabras de Richard Sennet. O el relevo de la ética del ser por la del tener. La sustitución de las ideologías, o narrativas según Lyotard, socialmente emancipadoras, por una fragmentación de islotes ideológicos –ecologistas, feministas, postcolonialista o identitarias– tan dispersos que se muestran incapaces de enfrentarse al “orden objetivo de las cosas” impuesto por la ideología conservadora, produce una incapacidad de concebir los antagonismos sociales como desequilibrios intolerables y allanan el camino para la refundación del Estado donde la solidaridad, la justicia social y la igualdad se consideren un lastre para una presunta eficacia que no es otra cosa que la prosperidad de las élites económica y financieras en contra de las clases populares.
El capitalismo neoliberal desemboca en un universo de frustración y represión. En este sistema y dado que la ausencia de finalidad social es la condición misma de su funcionamiento, el individuo queda reducido a simple instrumento de supervivencia y consumo. El conservadurismo es, en la dinámica de las sociedades capitalistas, regresión, que en este ciclo de agresivo declive se ha convertido en una trastorno reaccionario que no consigue organizar el caos. Por ello, la defensa de la democracia y el sostenimiento de la vida se ubican hoy más que nunca, en las antípodas de las propuestas neoliberales. La relación crecientemente contradictoria entre democracia y capitalismo bajo el látigo de un totalitario capital financiero que fía su supervivencia en la demolición de las conquistas sociales y democráticas, cristaliza en una ofensiva despolitizadora y retardataria que favorece el ascenso de una barbarie intransigente que está eclipsando los más elementales valores humanistas.
Este capitalismo que languidece asestando zarpazos a los sectores más débiles de la sociedad, invalida las pragmáticas concepciones socialdemócratas de adaptación a la teoría de que el sistema habría sabido atenuar sus contradicciones internas y moderar los conflictos sociales por medio de la regulación del mercado y de la producción, evitando las crisis. Es, por consiguiente, el momento de que el socialismo, que pasó de ser un ente ideológico a un ente de gestión sistémico, se refunde para recuperar su capacidad como instrumento cívico al servicio de las mayorías sociales y liderar la consolidación de las estructuras económicas y políticas que organicen una nueva sociedad al objeto de superar las contradicciones, las limitaciones y las injusticias de un Estado neoliberal y de una economía exclusivamente capitalista.
Etsi deus non daretur (como si Dios no existiera) era la recomendación que les daba Hugo Grocio a los soberanos europeos del siglo XVII. Claro que también hay responsables socialistas que actúan etsi socialismi non daretur (como si el socialismo no existiera). Debe ser cosa de los finales de ciclo. Joan Romero, que fue secretario general del Partido Socialista valenciano en los años noventa, ha declarado que “el PSOE necesita abrir un proceso constituyente que le saque del exilio interior en el que está instalado”.
Es una buena analogía la del exilio interior, que nos muestra el daguerrotipo sepia de un partido cerrado y con escasa capilaridad con las mayorías sociales. Dicen los “vaticanólogos” que de la Sixtina no puede salir lo que no entró, en referencia a que el cardenal que comenzó el Cónclave siendo de una manera no sale Papa con una posición distinta. Las burocracias endógenas tienen esa esclerosis congénita que les impide salvarse como el barón de Münchhausen –con su caballo– de las aguas pantanosas tirándose de la coleta. Aunque algún pensador ha afirmado que cuando las oligarquías disputan entre sí se produce una democracia agregada, esto no es más que una pura ficción como la que refleja la cinta “Pi, el orden del caos” del director Darren Aronofsky, donde el personaje principal se obsesiona intentando buscar cierto orden en lo que no lo tiene hasta llegar a perder el sentido de la realidad.
Una organización, como la socialista, convertida en una autarquía burocrática se vuelve conservadora. Las aguas bajan agitadas y el socialismo parece dormido, entre liderazgos endogámicos y un concepto suntuoso del partido adscrito a los basamentos del poder y, por ello, con más voluntad de ser parte del Estado que parte de la sociedad. Esto deja al ciudadano como decía Álvaro Salvador que andaba el poeta chileno Nicanor Parra por los grandes espacios urbanos: desarraigado, sin ninguna verdad a la que aferrarse ni ninguna utopía con la que resignarse. Como ha escrito López Campillo, los partidos de izquierda han ido adquiriendo “un carácter eclesial, pero de una iglesia sin doctrina. Sin capacidad colectiva de analizar críticamente la situación.”
Sólo otro PSOE –otro PSOE distinto al actual– puede diluir la crisis del socialismo. Sobresanar la invisibilidad con que lo percibe la ciudadanía, que es falta de crédito social previo a la irrelevancia política, demanda nuevos liderazgos nacidos de un proceso abierto de regeneración sin prevenciones ni inercias de intereses clientelares. Porque no hay otra salida que no pase por el rearme ideológico y la capacidad de materializar un proyecto creíble que recupere la verdadera función del socialismo en la sociedad, un proyecto transformador con propuestas claras a los desequilibrios económicos y sociales. Empero, como afirma Vattino, el pensamiento débil (o postmetafísico), adoptado por la izquierda, rechaza las categorías fuertes y las legitimaciones omnicomprensivas, es decir, ha renunciado a una “fundación única, última, normativa.” Es esa confusión entre lo contingente y lo permanente que hace que muchos actúen como oscuros personajes de Shakespeare en busca de un sentido que no es sincero, sino acomodaticio a su causa personal, sin darse cuenta que ya no es posible una procesión en la que se reverencia al santo sin necesidad de que haga un milagro ni un desfile en el que la gente aplauda a la tropa sin necesidad de que aplaste al enemigo.
Serge Halimi, director de Le Monde Diplomatique, ha escrito que nadie cree ya que la razón venza sobre las políticas de austeridad insensatas, ni que la moral prevenga los escándalos que mezclan dinero y poder. De ahora en adelante, la esperanza de un cambio de dirección se basa en el cuestionamiento frontal de los intereses en juego. Por tanto, el PSOE no puede huir por más tiempo de lo que nos decía Dürckheim: “el socialismo no es una ciencia ni una sociología en pequeño; es un grito de dolor, a veces de cólera, lanzado por los hombres que sienten más vivamente nuestro malestar colectivo”.

21
May/2013

Romero Murube o la poesía como arma cargada de pasado

Álvaro Romero Bernal. Doctor en Periodismo y profesor de Literatura.

MURUBEPuede parecer que no –por la promoción positivista con que han contado en los últimos tiempos las ciencias exactas–, pero la Literatura y las ciencias de la palabra en general no es que nos sirvan en el mundo, sino que conforman nuestro mundo. Como nos enseñó el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, “los límites de mi pensamiento son los límites de mi lenguaje”, que es una forma sintética de reconocer que nuestro mundo será tan ancho como nos permitan nuestras palabras. Y por eso la Literatura nos ayuda a ensanchar la vida, porque nos crea otras vidas posibles, no sólo en el espacio imaginario, sino en la línea del tiempo real que va desde el pasado sobre el que nos impulsamos hasta el futuro sobre el que nos proyectamos.

En la segunda parte del siglo XX español, o sea, tras la guerra civil –o incivil, que decía Unamuno–, surgieron, comprensiblemente, poetas obsesionados con el futuro, pues la oscuridad de un régimen que se enrocaba sobre sí mismo para privarnos de luz y esperanza justificaron voces como la del vasco de Hernani (Guipúzcoa) Gabriel Celaya, el seudónimo de un hombre llamado Rafael Múgica que nos descubrió aquello de que la poesía “es un arma cargada de futuro”. Pero también surgieron poetas obsesionados con el pasado, en buena medida por la misma razón, como el sevillano de Los Palacios Joaquín Romero Murube –qué extremos aparentes al norte y al sur–, al que tacharon injustamente de franquista pese a demostrar durante las tres décadas y media en que fue Conservador del Real Alcázar de Sevilla que era un alma libre muy por encima del tiempo vulgar en que le tocó sobrevivir.

“La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento para transformar el mundo”. La frase es de Celaya, pero también la hubiera suscrito Murube, pues ninguno se evadió en la torre de marfil con la que acaso soñaron en sus juventudes vanguardistas, sino que se implicaron personalmente en la mejora de su presente porque, como decía José Bergamín, tenían “sentido periodístico”. Otra cosa es que uno pensara que los resortes para ese perfeccionamiento estaban por inventarse y que otro creyera que ya estaban inventados. El caso es que, por motivaciones y motivos diversos, ningún poeta comprometido del mediosiglo dio por bueno el presente que le tocó, y ese común denominador parece hoy un buen criterio para ponerlos en valor.

Romero Murube no fue el cantor de una Sevilla tópica y de pandereta que construyeron madrileños y franceses casi un siglo antes de que él comenzase a escribir, sino el pensador de una Sevilla eterna cuya eternidad sólo los ignorantes tomaron por cursi. La eternidad en el sentido murubiano tenía mucho más que ver con la puesta en valor del perenne acervo cultural en el sentido pleno que con el rancio inmovilismo, aunque, muerto el poeta sorpresivamente la noche del 15 de noviembre de 1969, sólo unos pocos llegaron a entenderlo.

Tan sólo 34 días antes, Joaquín había protagonizado su último acto público al ofrecer el Pregón de la Romería de Valme en Dos Hermanas, un acto del que, misteriosamente, ni siquiera quedaron fotos para la posteridad. Por no quedar, no quedó ni el propio texto del Pregón, pues el poeta llevaba unos cuantos folios manuscritos que no fueron a parar a imprenta alguna. El nebuloso recuerdo de sus palabras aumentó la leyenda de su discurso para un acto piadoso que se había recuperado el año anterior y que a la hermandad, decidida a que fuera Romero Murube su pregonero, le había costado varias visitas y sendas negativas hasta conseguir su compromiso. Y ha sido ahora, casi 44 años después, cuando tres nazarenos perseverantes –el historiador Hugo Santos Gil, el profesor de Literatura Rafael M. López Márquez y el profesor de Filosofía Álvaro Cueli Caro– no sólo han encontrado aquellos folios manuscritos del pregón –apaisados, como escribía Joaquín– en poder de la familia, sino que los han publicado en el seno de un libro soberbio que analiza con pasión y rigor la tradición literaria de Valme hasta llegar a Romero Murube, el contenido del propio pregón y cuatro poemas previos dedicados a la Virgen y las derivaciones filosóficas que se infieren de él, con un título que es a la sazón un verso de Joaquín –“A la brisa de lo eterno”– y un subtítulo que no es tan pretencioso como concluyente: “El testamento literario de Joaquín Romero Murube”.

Como sostienen los autores, en esos últimos poemas y en ese último pregón –también dio el de la Semana Santa sevillana en 1944–, el autor de Los cielos que perdimos concentra todas sus preocupaciones existenciales, desde la soledad hasta la muerte, pero, sobre todo, demuestra cómo un poeta es también un descubridor de cosas útiles para la vida de un pueblo que necesita imperiosamente de esa visión ensanchadora de la realidad –no sólo hacia el futuro, también hacia el pasado– que sólo los poetas demuestran a veces. En el caso de la Dos Hermanas posconciliar, el escritor de periódicos que era Romero Murube fue a contarles que su Virgen era la Virgen total, pues Valme no sólo es una oración en sí misma, una llamada al valimiento que hizo Fernando III el Santo al conquistar estas tierras en pleno siglo XIII y que todo nazareno o ser humano podía seguir reclamando, sino la síntesis semántica de todas las demás advocaciones: “Refugio, Esperanza, Caridad, Misericordia…”. Fue a contarles, en suma, que aquella Romería en “una carreta como altar” no estaba pasada de moda ni podía sustentarse en el jolgorio colorista que los críticos de entonces –los mismos que despreciaban las cofradías– se empeñaban en focalizar exclusivamente, sino que debían sentirse orgullosos de que los hombres de campo, en permanente contacto con el gran misterio de la creación y del cosmos, podían conectar por ende con Dios, o sea, con lo infinito, a través de la sencillez de su Madre, que era la misma sencillez sintética con que los humanos le pedían: ¡Valme!. Y por eso una estrofa tan descriptiva de una Virgen en una Romería podía convertirse en acto de fe y en veraz construcción del sentido existencial intuido: “Antigua y joven, sentada / a la brisa de lo eterno. / Eres esperanza cierta / en atardecer incierto”. No era sólo el atardecer de su vida, apagada por cierto un mes después, sino el atardecer de una época que quiso romper de súbito con un presente que a nadie le gustaba. Sólo un poeta, con su palabra creadora y útil, podía clarificarles que lo eterno deriva de un tiempo que ni empieza ni acaba nunca, y que sólo el misterio del horizonte hacia cualquier punto cardinal es nuestro asidero para no morir del todo, todavía.

14
May/2013

Los aparejadores y el emprendimiento

Fran Villar, arquitecto técnico

En los últimos años, para muchas organizaciones el término “emprendimiento” se ha convertido en una especie de mantra que se repite una y otra vez. Para la mayoría de los aparejadores, arquitectos técnicos e ingenieros de la edificación, muchos de nosotros profesionales liberales, autónomos, pequeños empresarios, el emprendimiento, es decir, la capacidad de acometer nuevos proyectos, es, simplemente, una necesidad. Ahora más que nunca.

Es la verdad: si no tenemos capacidad de emprender, simplemente nuestro futuro profesional se volverá muy negro porque la crisis, especialmente en nuestro ámbito productivo, ha reducido drásticamente las oportunidades de trabajar y, en consecuencia, hay que crear esas oportunidades, tomando la iniciativa.

Dentro de unas semanas se celebrarán elecciones en el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla. Casi 3.000 profesionales están llamados a elegir a la nueva dirección y marcar un nuevo rumbo al Colegio. Con sinceridad, creemos que un cambio sustancial es imprescindible. Un cambio hacia la transparencia, la apertura, la participación, la innovación y desde luego hacia el emprendimiento. Esos son los valores que caracterizan a Somos, la candidatura que tengo el honor de encabezar.

Pero cometeríamos un error si convirtiéramos esos valores en una palabra hueca. El Colegio de Aparejadores tiene que protagonizar iniciativas de calado, ejercer un liderazgo sólido, una apuesta decidida y ayudar a los profesionales a afrontar los retos del emprendimiento con las mayores garantías de éxito posible.

No sólo planteamos que el colegiado cuente con un asesoramiento riguroso a la hora de planificar sus proyectos empresariales (¡eso por supuesto!), sino que vamos más allá y queremos preparar al Colegio para que sea un instrumento adecuado y pueda participar, cuando se den las circunstancias, en estos proyectos, contribuyendo a buscar la financiación necesaria. En definitiva, implicarse a fondo, algo que se echa de menos ahora.

También, y paralelamente, tenemos que remover obstáculos, como los derivados de la inadecuada homologación internacional del título de Arquitecto Técnico, y además generar sinergias y redes de colaboración. En este sentido, vamos a poner en marcha un Servicio de Innovación Tecnológica, para que el Colegio ayude a los aparejadores a estar a la vanguardia en este ámbito, crucial para la competitividad de cualquier profesional o empresa. Y vamos a desarrollar una Plataforma de Investigación Colaborativa que ponga al servicio de los colegiados los nuevos avances fruto de la investigación y cree una red que permita aprovechar la experiencia de nuestro colectivo.

Estamos seguros que todos estos proyectos serán de utilidad para los profesionales. Y, más allá de ello, pondremos nuestro grano de arena para sacar, desde el emprendimiento, a Sevilla y a Andalucía de la crisis.

07
May/2013

El consenso ya existe

Por Antonio Gutiérrez Limones. Alcalde de Alcalá de Guadaíra y senador.

Cuando se debatió en el Senado el primer proyecto de Presupuestos Generales presentado por el Gobierno de Mariano Rajoy tuve ocasión de plantear dos objeciones de fondo. La primera, recogiendo el sentir común de analistas y expertos, fue que nadie creía en las cifras en las que se fundaban; ya que las previsiones del conjunto de los organismos y expertos que analizan nuestra situación económica diferían significativamente de las que servían de base al proyecto. La segunda, quizás la más relevante, destacaba una ausencia: faltaba una hoja de ruta, de un proyecto que aunara y potenciara los esfuerzos de los sectores que podrían traer el crecimiento a nuestra economía y de las instituciones que podrían dar sustento a ese propósito.

rajoyUnas cifras de base erróneas y la ausencia de un mecanismo capaz de orientar y congregar esfuerzos no eran la base más adecuada para alcanzar el éxito. Poco después de presentar los Presupuestos Generales del Estado, el Gobierno se enmendó a sí mismo. Cambió las previsiones, ciertamente, pero siguió sin proponer un proyecto que sumase voluntades.

Hubo algo peor, cuando la mayoría difería de las magnitudes propuestas por el Gobierno, o criticaba la falta de un proyecto, los responsables gubernamentales no ahorraron descalificaciones a quienes defendían lo incorrecto de este planteamiento. Reconocido el error no hubo el menor atisbo de humildad o apertura a las razones expresadas por otros: la arrogancia siguió a la arrogancia.

En el siguiente ejercicio presupuestario reincidirían: sus previsiones volvieron a basarse en guarismos que no compartía nadie más y su optimismo, además de no estar fundado, volvió a carecer de fuerza tractora, de capacidad para aunar voluntades. Sobraron, de nuevo, las críticas de trazo grueso a quienes dudaron de cifras y objetivos. Tal como había sucedido con la aprobación del proyecto de presupuestos anterior, poco después se rendirían a la evidencia amoldando sus previsiones a lo que el conjunto de los analistas había vaticinado.

¿Cómo puede alguien exponer, como si se tratara de un pequeño detalle, que la caída del PIB triplicará sus previsiones? ¿Cómo es posible, en unas circunstancias como estas, que nadie convoque a un esfuerzo colectivo y reoriente la totalidad de los esfuerzos a combatir el desempleo?

Nadie ha dudado, ni duda ahora, de la legitimidad del Gobierno para proponer las políticas que estime oportunas, pero tampoco nadie duda de los límites de las políticas de austeridad. Los principios en los que se basaban subestimaron sus efectos contractivos. Lo ha reconocido el FMI por boca de su economista jefe (Oliver Blanchard), pero también lo dicen instituciones como la OCDE. El cálculo inicial era que cada punto de PIB impactaría en 0,5 puntos de crecimiento negativo y ahora se habla de entre 0,9 y 1,7 puntos. Lamentablemente, en el caso de España, este impacto es mayor que en otros países, se calcula en 1,5 puntos según Goldman Sachs. Es aún más preocupante que el conjunto de los documentos que están viendo la luz estos días consideren que el mayor impacto de las medidas de austeridad se produce en los dos años siguientes. Esto es, las medidas que ustedes pongan en marcha este año lastrarán el crecimiento del 2014 y 2015.

Ustedes pueden seguir afirmando –en contra del criterio de la mayor parte de los expertos– que estamos próximos al comienzo de la recuperación. Recientemente el HSBC auguraba que sólo dos países estarían en crisis en 2014: Chipre y España, que decrecería un 0,2% y tendría una tasa de desempleo del 27,4%. Yo espero, deseo también, que se equivoquen, pero no basta con el optimismo, hay que tomar otras medidas. Alguna razón debe asistir a quienes piensan de otra forma cuando Japón, tras años de crisis, lanza un ambicioso plan de medidas de estímulo. Quizá no estaría de más un poco de modestia, los resultados de las políticas seguidas no hablan precisamente de su infalibilidad.

La obligación de un proyecto
político es ofrecer un proyecto,
no la resignación ante lo inevitable

Algunos fracasos están fuera de toda duda, es el momento de abrirse a nuevas ideas. Destacaría tres: la primera es un debate articulado desde el que resulte posible rendir cuentas y evaluar los resultados obtenidos, fijemos objetivos y hagámonos colectivamente responsables de su consecución, comprometámonos –por ejemplo– a ofertar determinados niveles de crédito a las PYMES o formación a sus trabajadores; en segundo lugar, apostemos –como sugiere la política de cohesión 2014-2020– por la “especialización inteligente”, por “identificar las características exclusivas de cada país y región”, hagamos las políticas en las que podemos tener más éxito, aquellas más cercanas a nuestras capacidades; tengamos en cuenta, finalmente, a los territorios, buena parte de la industria de este país está territorialmente agrupada, tradicionalmente el enfoque las políticas de crecimiento ha considerado a las pymes individualmente, es necesaria una nueva visión que contemple la relación de las empresas con los territorios, las instituciones, las personas y las empresas que hay en los mismos, sólo así se podrán construir las “agendas integradas de transformación económica territorial” por las que apuesta la Comisión Europea.

Muchos comienzan a preguntarse si estamos persiguiendo los objetivos adecuados, no es casual que las regiones más industrializadas tengan un volumen de desempleo inferior a la media, lo que ratificaría la necesidad de un cambio en el modelo productivo. Sin industria no habrá crecimiento sólido. Así lo ha entendido la UE al proponerse que un 20% del PIB de la eurozona tenga origen industrial. Es urgente hacerlo, los datos del INE dan cuenta de un retroceso de 7,3 puntos en el Índice de Producción Industrial y los del BdE hablan de un retroceso de la producción industrial que acumula una caída del 30%. Todo ello, lógicamente, ha conllevado la destrucción de una parte significativa del empleo industrial de nuestro país. Esos son el tipo de objetivos que necesitamos.

La esencia de la política es la elección y elegir exige tener alternativas y planes claros. Cuando un gobierno dice que no hay elección, que las medidas son inevitables (tanto que en realidad ellos no las quieren tomar) cuestionan nuestra capacidad para transformar la realidad. Sólo se es protagonista de algo cuando se hace algo, y la obligación de un proyecto político es ofrecer un proyecto, no la resignación ante lo inevitable. Para hacer política no basta con mover el BOE, en su caso a golpe de Decreto, sino liderar un proyecto transformador, al que empresas, universidades, autónomos, consumidores e instituciones puedan sumarse.

Con motivo de la celebración del Primero de Mayo ha vuelto a plantearse la necesidad de un gran acuerdo para impulsar el crecimiento económico y reducir el desempleo. Un acuerdo propuesto por los sindicatos, planteado por el Instituto de Empresa Familiar al presidente Rajoy, ofrecido por el presidente Griñán con motivo de su intervención Fórum Europa hace unos días, reclamado por destacados representantes del mundo académico, editorializado por multitud de medios de comunicación y sentido como necesario, a juzgar por las encuestas, por el común de la ciudadanía. No es, por tanto, consenso lo que falta, sino que se sume a él el único que se resiste a ello: el Gobierno.

¡Anímense, la sociedad española les está esperando!

05
May/2013

Construir futuro sin que arrasen el presente

Francisco Álvarez de la Chica. Portavoz del Grupo Parlamentario Socialista

Usted y yo sabemos cuánto esfuerzo y tiempo han de invertirse en cualquier proceso de construcción. Y lo rápido y ligero que todo se destruye. Ha pasado un año desde que gracias al apoyo de una mayoría de izquierdas nos enfrentamos al enorme reto de gobernar Andalucía y de construir un proyecto de futuro. Casi el mismo tiempo que una mayoría absoluta de Partido Popular en el Congreso de los Diputados está tardando en destruir el actual sistema de convivencia, ése que nos ha permitido crecer como país y que hoy se está convertido en una sombra de lo que fue. Cuánto ha cambiado la vida de muchos ciudadanos y ciudadanas en estos meses. Cuánto dolor y cuánto sufrimiento traducido mes a mes en las terribles cifras del paro o en las notificaciones de desahucios. Este Gobierno está despojando de forma decidida a este país de todo lo que le hacía ser un lugar habitable, un espacio de igualdad, de solidaridad, de futuro y de esperanza. Un lugar donde la salud era gratuita, donde la educación pública no estaba en cuestión, donde la justicia era asequible para todos, donde las mujeres tenían pleno derecho a decidir sobre su maternidad y donde los jóvenes no hacían las maletas como antes hicieron sus padres o abuelos.

Ha pasado un año desde que esta aldea gala en la que se ha convertido Andalucía, lucha no sólo por construir futuro, sino por impedir que arrasen con el presente. El Gobierno de coalición formado por el PSOE de Andalucía e IU es un Gobierno estable, cohesionado, y con unos objetivos y prioridades claramente definidos. Estamos demostrando que las cosas se pueden hacer de otra manera, que es posible combatir esta terrible crisis sin pisotear derechos, sin destruir lo hasta ahora conseguido, sin dejar a miles de personas a su suerte. Y lo estamos haciendo mediante la política. Porque gobernar no debe ser otra cosa que situar el bien común como prioridad y, a los ciudadanos y su bienestar, como eje de todas las acciones. Ejemplo de ello son las recientes medidas aprobadas, que apuntan de forma directa a dos de los grandes problemas actuales, el riesgo de exclusión social y el derecho a la vivienda. El decreto contra la exclusión social -que puede y debe ser el germen de la Estrategia Nacional en esta materia que venimos reivindicando desde Andalucía- y el decreto por la función social de la vivienda.

Además, Andalucía está luchando por mantener los servicios públicos gratuitos y de calidad, como la educación y sanidad. El Gobierno andaluz ha aumentado las becas propias y de los programas de apoyo a las familias y ha mantenido el 100% de la oferta educativa sin privatizar, dando prioridad a la pública frente a los conciertos.  Aquí  la sanidad  es y seguirá siendo pública, y mantenemos el apoyo a los pensionistas: se ha aumentado un 2% las ayudas sociales extraordinarias para las pensiones asistenciales y no contributivas. Andalucía no ha cerrado, como sí han hecho otras comunidades como Castilla-La Mancha, ni un solo recurso de apoyo a las víctimas de la violencia de género. Aquí, los niños no dan clases sentados en el suelo ni portan fiambreras con su almuerzo.

Transcurrido un año desde que este Gobierno andaluz firmó su compromiso con los ciudadanos tengo la certeza de que aquellos que nos otorgaron su voto en las urnas sientan que ese acto ha servido para defender aquello que tanto trabajo nos costó conseguir como pueblo. No estoy seguro de que muchos de los votantes del Partido Popular en las pasadas elecciones sientan los mismo. No corren buenos tiempos, pero el orden del día de la crisis no puede ser una excusa para incumplir una vez tras otra, como está haciendo el señor Rajoy, su contrato con la ciudadanía.

03
May/2013

Ni izquierda ni derecha sino todo lo contrario

Álvaro Romero Bernal. Doctor en Periodismo y Profesor de Literatura

EmpleoHace un siglo, los movimientos de vanguardias, tomando esta palabra del campo semántico de tantas guerras como se avecinaban, deshumanizaron el arte para intentar reflejar un mundo que tampoco tenía demasiado de humano, en plena espiral futurista, dadaísta y surrealista hacia la desembocadura de la misma guerra mundial versión dos, que fue lo que ya empujó a los artistas más sensibles del globo a volver la vista al esperpento de Valle-Inclán y a las pinturas negras de Goya, que habían intentado avisar en vano, como ceros a la izquierda en un mundo que se precipitaba hacia la bomba atómica que sólo nos dejó en claro el absurdo en escena tras la deflagración, algo así como a Vladimir y a Estragón esperando a Godot. A partir de entonces, nuestra sociedad civilizada tuvo que hacerse de nuevo, como si la historia de la humanidad fuera una fórmula libresca que en rigor nunca hubiera existido cronológicamente y todos fuésemos hijos repentinos de esa náusea que patentó Sartre. La frialdad se fue templando y la mayoría de los países que aspiraban a que el futuro fuese lo que era contribuyeron, desde sus realidades o sus ficciones, a engordar eso que llamaríamos Estado del Bienestar, obesa y obtusa abstracción de la que no tardaremos en reconocer que entre todos la engordamos y ninguno la mató.

Ajenos a esa construcción virtual que algunos llamaron la posmodernidad, sobrevivieron algunas mentes lúcidas a lomos de ese humor que, por necesidad, se convierte en sinónimo de inteligencia. En nuestro país, por ejemplo, trazaron su disimulada curva de ballesta, en torno a una torpe e indolente censura, genios de la talla de Miguel Mihura y Luis García Berlanga, por citar sólo a dos de los principales artífices de esa película que ahora cumple 60 años, Bienvenido Mr. Marshall, que es la misma edad de todos aquellos que, como cantaba Ana Belén, también nacieron en el 53. Es la generación que vino al mundo en las postrimerías del hambre, que ascendió en la escala social de la ilusión de los nuevos ricos y que ahora, ya abuelos, vislumbran en cada taperware que rellenan para sus retoños el eterno retorno a un país cainita destrozado por la ambición.

Mihura, sabedor desde pequeño que la vida era puro teatro, se sacó de la manga aquella comedia brillante y lastimera que fue Tres sombreros de copa que en 1932 se topó con un país inválido para su asimilación y que tuvo que esperar 20 años, aunque no fueran nada –pero sí lo fueron–, para volver a estrenarse con un mínimo de garantía de que a algún españolito le escociera de verdad, con aquel retrato de matrimonio absurdo y aquellos tipos absurdos que retrataban al terrateniente y al militar que aquí conocíamos de siempre mientras, al final, la pareja protagonista se alejaba del happy end norteamericano para tirar cada cual por los tristes caminos del convencionalismo que Dios mandaba por entonces. Un año después del estreno dramático de veras, es decir, en el 53, se estrenaba la película a la que él y Juan Antonio Bardem le habían puesto unos diálogos tan disparatados como agudos no sólo para definir a los políticos del momento que prometían todo sin pensar en nada, sino para despistar a los censores del régimen con la cupletista del momento que lo cantaba todo sin decir más que “Osú” o “Vaya”. García Berlanga, como director, logró que Lolita Sevilla, bajo el azulejo monocromo de Carmen Vargas, tapara con su canto de “Americanos, os recibimos con alegría” y “viva tu mare, viva tu tía” la verdadera crítica sagaz a un alcalde sordo que le debía una explicación a su pueblo y se enredaba en su promesa de dársela, mientras el secretario dormitaba, y a un delegado del Gobierno que reconocía decir siempre y sin pudor lo del ferrocaril, aunque las vías férreas –no ya la ayuda americana que pasa de largo– nunca fueran a llegar.

Ahora, 60 años después, el panorama es un déjá vu que ha ganado en patetismo y en color: la cupletista blanquea dinero, muchos alcaldes siguen sufriendo sordera y el Gobierno promete siempre lo del empleo aunque sepa que es mentira. Al pueblo hay que entretenerlo, en este nuevo teatro del absurdo que consiste en mostrar el anverso de una realidad palpable para sonrisas de unos y lágrimas de la mayoría. Otra vez pasó la época de la lógica, y por eso tenemos que trabajar hasta los 70 ahora que no hay trabajo para nadie; por eso se suben los impuestos ahora que baja tanto el consumo; por eso inventan una reforma laboral que facilite el despido ahora que los despidos llueven solos; por eso fomentamos el vicio de Eurovegas y los cuernos del toreo mientras se cargan las Humanidades… Quién piensa ya en la lógica mientras el ilógico mundo se nos derrumba. Quién piensa ya en izquierda o derecha mientras el presidente Rajoy es un holograma que se aparece como la Virgen de Fátima pero sin niños y el PSOE alternativo es una gallina sin cabeza.

El pueblo soñador está despertando de su letargo profundo, mientras las banderitas sucias y las consignas ridículas corren por el agua negra de la acequia. Llegó la hora de pagar el sueño, sin rodeos por la izquierda o por la derecha, sino por derecho: en fila india y pagando el pato entre todos. ¿A cuánto cabremos? Ya harán las cuentas nuestros nietos.