Monthly Archives: Abril 2013

16
Abr/2013

La marca la crean los de abajo

Por Álvaro Romero Bernal. Doctor en Periodismo y profesor de Literatura.

Los de abajo es una expresión a la que en tiempos de crisis, como los de ahora, se recurre más –porque somos más los que andamos por aquí– y también el título de una estupenda novela sobre la revolución mexicana de la que en 2016 estaremos celebrando su centenario –quién sabe si algo más–. Los de abajo, con toda su connotación de escala social y toda su sonoridad de bloque de vecinos, somos los que ahora, cuando va quedando menos –a algunos casi nada–, no sólo estamos soportando el peso sinvergüenza de este vacío repentino –de dinero, de valores, de esperanza–, sino también la humillación de que desde arriba se rían descaradamente y nos den lecciones de marca. Se les llena la boca a nuestro presidente y a sus ministros al hablar de la Marca España, como si se tratase de un logotipo que los demás, los de abajo y los mensajeros sobre todo, no debiéramos manchar porque la crean con esfuerzo otros, esas élites intocables que no terminamos de comprender: la alta clase política, la alta clase empresarial, la alta clase financiera, los grandes de España y otros grandes visionarios de los tejemanejes internacionales de los que por aquí abajo no tenemos ni idea. Precisamente por eso no ha estallado la revolución, porque apenas nos enteramos. Al fin y al cabo, todo nuestro pataleo social se reduce a unos cuantos ladrones de guante blanco en las tesorerías de algunos partidos y sindicatos; unos cuantos chupatintas en las habitaciones aledañas de La Zarzuela; unos cuantos listillos en las patronales y en los bancos; y otros cuantos tramposos en los deportes de alta competición. Nada más. Y nada menos. Que aquí el que menos se compra unos trajes –de Vuitton o de gitana– y se los apunta al contribuyente, que puede con todo, desde aquí abajo.

tribunaComo venimos cargando con todo el peso de la ironía, es preciso decir, directamente, que esa supuesta Marca España no existe, es un bulo, una alucinación descarada, una tapadera sin disimulo, una broma de mal gusto para quienes utilizan España y no saben nada de los españoles, para quienes hacen grandes negocios en la inmune burbuja internacional y recalan por aquí en yate o en hoteles de cinco estrellas, levitando al amparo de otras élites amigas. Si existiera, la Marca España la sustentarían los millones de ciudadanos que cada día madrugan para trabajar en ese puesto que pende de un hilo, que se toman en serio su vida y la de los demás, que se preocupan y se ocupan de que los otros sobrevivan. Si existiera esa Marca España, no brillaría con la artificiosidad digital de ningún logotipo estatal, sino con la humanidad sudorosa de los millones de españoles que marcan el paso sin desfallecer. Por eso la supuesta Marca España cotiza tan bajo en la prensa internacional, donde siempre se habla de nuestros peores pajarracos, y sube como la espuma cuando nos visitan y nos tratan de verdad.

Hablo de la Marca España, pero claro que podría hacerlo de la Marca Andalucía o de la Marca Sevilla. La interesada confusión es siempre la misma. Y si los políticos honrados que quedan, que son muchos, tuvieran verdadera visión de futuro, se desvivirían por focalizar y fomentar esa verdadera Marca que nos ha de vender a todos en el exterior, el sello inconfundible que nos hace particularmente interesantes. Pero no lo hacen, o no con suficiencia. Fíjense qué malauva la de La Sexta con nuestra Semana Santa, ridiculizando al costalero y a la señora que cree en Santa Ángela aunque no sepa explicarlo. Desde Madrid o desde Alemania se aprovecha esta deficiencia comunicativa para cargar precisamente con lo auténtico que podemos exportar como Marca. Lástima que no estuviera vivo Joaquín Romero Murube, que lo dejó escrito en su Sevilla en los labios: “¿Quién se atreve a transcribir estos matices sutilísimos de la emoción, estos sesgos tan finos y recónditos, donde los sentimientos más complejos se purifican y concentran en una común apariencia: la cofradía?”. Se atreve una tetona tontona, don Joaquín, podríamos contestarle hoy con guasona aliteración. Y un teutón atontado. Los de siempre, añadiría él. En su pueblo y el mío, Los Palacios y Villafranca, ocurrió algo parecido el año pasado con un programa de Canal Sur, que trazó las líneas gruesas con quienes no salían del tópico cateto recordando la pachocha del tiempo del hambre, sin recordar, sin embargo y por ejemplo, que se cumple medio siglo del nacimiento de uno de los mejores restaurantes de la provincia, el Manolo Mayo, que comenzó con las fatigas de Manolo y Emilia, su mujer, cuando la marca del país se pintaba en blanco y negro, pero que hoy, en el mismo sitio, se erige como uno de los mejores escaparates de la gastronomía andaluza, capaz de crear marca por sí solo. Como dijo Romero Murube en su Discurso de la mentira, hace ahora 70 años, “a Sevilla la representa todo aquel que en su oficio o profesión logra captar e infundir el espíritu de la ciudad. (…) Y no olvidemos que este espíritu es la gracia sobrehumana, que nunca muere porque reside sólo en Dios, y Dios la da y otorga cuando le place”.

Sendos ayuntamientos, el de Sevilla y el de mi pueblo, reaccionaron tarde y mal ante las afrentas de esta nueva televisión que se regodea en la vulgaridad, la nueva marca de un país que se deja arrastrar por el vocerío ramplón y concatenado del zafio anecdotario. El sabio Schopenhauer ya previó este mundo al revés de quienes buscan la marca donde más lejos se encuentra, y nos previno: “Uno debe acostumbrarse a oír todo sin inmutarse, incluso las historias más descabelladas, ponderando la insignificancia de quien habla y sus opiniones, y absteniéndose de cualquier discusión. Ello permitirá luego recordar la escena con satisfacción”. Amén.

14
Abr/2013

14A, una brújula común: la transparencia

Por Juan Cornejo, Secretario de Organización del PSOE de Andalucía

Libertad, justicia, igualdad y solidaridad. Este 14 de abril la defensa socialista de estos cuatro conceptos claves toma más fuerza que en anteriores aniversarios. La defensa de los cuatro valores sobre los que nos miramos los y las socialistas, nuestro homenaje diario al innegable avance que supuso para este país la proclamación de la II República, se hace hoy más necesaria que nunca y mucho más para alguien como yo, con unas firmes convicciones republicanas.
Peligrosamente cuestionados por designio e imperativo ideológico de la derecha, los cuatro valores sobre los que se sostiene nuestro Estado del Bienestar han sido convertidos en el vellocino a sacrificar en falso, en la cabeza de turco de una crisis económica en la que no todo vale.

Libertad, justicia, igualdad y solidaridad. Estos son los cuatro puntos cardinales de la política socialista que, por y para las personas y en bien del interés colectivo, tienen en Andalucía un espejo de referencia. Tienen en este Gobierno de izquierdas un garante. Políticas hechas desde el diálogo y el consenso, políticas construidas de abajo hacia arriba, políticas que no comercian ni mercadean con los servicios públicos esenciales, políticas diseñadas para responder a un contexto social y económico que nos apremia; que nos obliga a examinarnos y a corregir errores, a mejorar en eficiencia, transparencia y participación activa. Para preservar esos valores nos vemos obligados, hoy más que nunca, a cerrar filas frente a la nostálgica y errónea revisión que la derecha se empeña en hacer del centralismo. No podemos mirar hacia otro lado mientras se pervierte el sentido último de la democracia, mientras se pretende sepultar bajo la doctrina única el ejercicio del autogobierno y la autonomía.

Porque avanzar no es recentralizar. Porque avanzar en la dirección que nos reclama hoy la sociedad española pasa por repensar soluciones y emprender una etapa de revisión y reflexión que haga de nuestra Constitución un reflejo de la España del siglo XXI. Nuestra actual Carta Magna responde a las necesidades de los españoles y las españolas de 1978, de aquella España que salía del NODO mirando hacia Europa y hacia el progreso. Reconozcamos que aunque valioso, ese texto no da respuesta a las necesidades de los españoles y españolas de 2013. De los andaluces y andaluzas de hoy y ahora.

Es el momento pues de afianzar los principios de igualdad y solidaridad como estandartes de un Estado federalista que cierre el actual modelo territorial autonómico; de concertar y fijar, de una vez por todas, un sistema de financiación basado en los principios de suficiencia, corresponsabilidad, coordinación, solidaridad y estabilidad. Éste es el momento de que los partidos políticos nos miremos y hagamos un nuevo pacto con la ciudadanía, de que hagamos más participativas y abiertas nuestras estructuras internas. El momento de afrontar una reforma de todas las administraciones e instituciones públicas, haciéndolas más eficaces y eficientes. De abajo a arriba, desde los ayuntamientos (recordemos que muchos están hoy en peligro por una absurda reforma local) al Senado o la propia Casa Real. Como única brújula común: la transparencia y el deseo de la ciudadanía.
Por la libertad y con justicia. Por la igualdad y con solidaridad.

07
Abr/2013

¡Venga ya, DGT!

reigPor Ramón Reig / Catedrático de Estructura de la Información de la Universidad de Sevilla

A tu lado vamos todos”, dice la Dirección General de Tráfico (DGT). ¡Y una leche! Voy a contarles una historia verídica que vengo viviendo desde los 18 años en que me saqué el carnet de conducir (o sea, desde cuando Franco).
Me caducaba el carnet en enero de 2013, de manera que ya me tocaba la renovación. Voy a la DGT, ventanilla Información. Se lo digo al funcionario:
–Oiga, que se me agota el carnet. ¿Qué hago?
–Vaya usted a un centro de revisiones, allí le dan un papel y con el papel viene usted aquí, rellena este otro papel y solicita la renovación.
–Esos centros de revisión que están por aquí por los alrededores, ¿son de fiar?
–Sí, si están homologados por la DGT.
Salgo, y en la puerta de la DGT me aborda un señor que me da un papelito para que vaya a uno de los centros –homologados– donde se supone que me van a decir si soy apto para seguir conduciendo. Acepto y me ruega que le entregue el papelito a su jefe para que lo tenga en cuenta a la hora de la comisión. Muy bien.
Llego al centro, entrego el papel, relleno una ficha que acompaño con mi carnet antiguo (el que caduca en enero) y una foto de esas de carnet en la que cualquier parecido con tu cara real es mera coincidencia.
Casi al instante, una señora con bata blanca me hace pasar a un lugar donde hay diverso material médico. Yo llevo gafas desde los nueve años, hay quien me dice que nací ya con gafas, barba, y un diario bajo el brazo. Me tapo un ojo:
–¿Qué lee aquí? –pregunta señalando una típica pantalla de oftalmología.
–H, R, Q, B.
–Ahora destápese ese ojo y tápese el otro. ¿Y aquí que lee?
–Z, E, H… y para mí que la última es la D.
tribunaParece que mi examinadora se ha quedado satisfecha. Me pregunta:
–¿Tiene la tensión alta?
–Que yo sepa, no, –respondo mientras veo que allí mismo reposa, aburrido, un aparato para tomar la tensión–.
–¿Es diabético?
–No, ahora mismo no, que yo sepa.
–¿Le dan mareos?
–No –respondo, mientras pienso que a mí me dan mareos de vez en cuando, como a todo el mundo pero si se lo digo, ¿qué hará?–. Me pregunta por mi profesión, le digo que soy profesor en la universidad y los profesores y los periodistas estamos todo el día con el ordenador y se nos jode de vez en cuando la cervical y nos dan mareos, pero eso no parece importarle a mi sanitaria, no lo deduce ni yo se lo digo porque la sanitaria es ella.
–¿Tiene usted alguna enfermedad?
–Que yo sepa, no.
–¿Se hace usted revisiones médicas?
–Sí, de vez en cuando, por la edad, para eso de la próstata y el colesterol.
–¿Toma usted tranquilizantes?
–De vez en cuando, anoche me casqué un Tranxilium 10 para descansar mejor.
–Pero pastillas habituales, de algún tratamiento, no, ¿verdad?
–No.
Y ya está. Realmente, salgo maravillado de cómo confían en mí, he contestado la verdad pero podía no haberlo hecho. El acto de fe y confianza en mi persona es realmente extraordinario, como si yo fuera la misma Macarena o la Virgen de Guadalupe. Yo y todos los que pasamos por allí.
A continuación, un señor me pone ante una pantalla de ordenador y me hace una prueba de concentración y reflejos. Como llevo noches durmiendo poco porque estoy terminando una investigación para la universidad y además varios días con más clases de la cuenta y más tutorías y poca siesta, siendo yo un forofo de la siesta a lo Camilo José Cela, con pijama y orinal, que de tanto cultivarla me despierto tan tarde a veces que no puedo ir a actos sociales que me interesan, la prueba de reflejos y concentración me sale bastante dudosa. No le cuento al señor que me ha hecho la prueba mis cuitas pero no hay problema, ya tengo allí un papel de la DGT donde me conceden un nuevo carnet por ¡diez años!, como cuando era joven. Pago cerca de 70 euros por menos de diez minutos de “reconocimiento”, y listo. No me dan ni tique ni factura de lo que he pagado. Yo no la he pedido, no he caído, con mi despiste y mis pocos reflejos, pero eso no se tiene que pedir, se entrega. ¿Quién controla ese dinero? ¿No contribuye a la disminución del déficit?
Agarro el coche y por el camino voy pensando en qué país estoy, desde los 18 años de farsa en farsa, conduciendo, aguantando las pamplinas de la DGT. “¿Le han quitado puntos?”, me preguntaron también. “Poquitos, por exceso de velocidad yendo para Huelva, pero no sé si como luego he sido bueno me los van a devolver”. “¿Ha tenido algún accidente en los últimos cinco años?”. “No”. Pero nadie comprueba si mi tensión está alta, si tengo azúcar en la sangre… Nada. Claro, la venta de coches es lo primero y más ahora, con esos bajones del 37%, nada menos.
Todos somos cómplices de estas chapuzas. El Estado no nos quiere complicar la vida para que compremos coches y le votemos (a sus partidos) y da por hecho que todos estamos sanos y que podemos conducir sin problemas diez años más cuando casi hemos llegado a los sesenta. Y la DGT sigue con sus tonterías y los guardias multando cada vez más por placer y por interés monetario, sin preguntarle al conductor nada, sin diálogo como hacía la Guardia Civil no hace mucho. Todo gira en torno al dinero y la muerte en la carretera es menos importante, nos digan lo que nos digan.