Tribunas |

Abr/10

14

Progresismo frente al fantasma de la ultraderecha

Tribuna Josu Gomez Barrutia

Josu Gómez Barrutia. Ensayista y Presidente de la Asociación Progresistas.

Vivimos en un tiempo de cambios, de convulsas manifestaciones en los ámbitos sociales y políticos que hacen que día a día estemos asistiendo a hechos significativos en toda Europa, hechos que a la vez son sumamente alarmantes para el propio sistema democrático. De esta forma situaciones como el aumento significativo de simpatizantes y votantes en los partidos de la ultraderecha europea, teniendo como ejemplos claros de ello lo acontecido en países como Austria, Holanda, Italia o Francia, la pérdida de votos de los partidos de derecha moderada frente a los partidos de ultraderecha y el aumento de la abstención de los votantes en los barrios obreros de las principales urbes europeas pone énfasis en la crisis social y de participación a la que el viejo continente parece condenado, parálisis que de manera directa entronca con el vertiginoso ascenso de movimientos de corte ultraderechista y nuevos movimientos sociales de ultraizquierda que desde un extremo y otro responsabilizan al sistema de partidos actual y a la propia sociedad democrática nacida al abrigo del final de la segunda guerra mundial y desarrollada en Europa en los últimos años.

Y es que las situaciones vividas en el ámbito económico, político y social de principios del siglo XX que supusieron el aumento del pensamiento nacionalsocialista y fascista podrían recordarnos en parte a los actuales momentos que en este siglo XXI la sociedad europea esta viviendo, todo ello fruto de una crisis económica global que de modo directo azota a los estados nación poniendo en jaque las estructuras del bienestar que las clases medias europeas entendían como conquistas de imposible pérdida.

Así a principios del siglo XX asistimos a una situación de fuerte crisis económica que de manera compartida fue sufrida por gran parte de las democracias liberales, sistemas que a raíz de dicha crisis quedaron fuertemente desacreditados, debido tanto a la situación de falta de previsión de dichas democracias ante la crisis económica como de igual forma por la falta de respuesta a la misma. Este hecho potenció de manera directa que las reivindicaciones obreras buscaran el apoyo de los movimientos radicales de ultraizquierda en los cuales la masa social encontraba una respuesta sencilla y populista a sus anhelos de superación de sus problemas sociales y económicos, problemas que se agudizaban cada día más en su entorno más inmediato. Al mismo tiempo se empezó a generar en Europa un pensamiento ultraconservador que haciendo gala de los ideales nacionalistas por encima de la solidaridad internacional y las alianzas de progreso entre países lograron penetrar en las estructuras de poder político de gran parte de Europa. En este marco de aumento de la tensión social y política en la que Europa se encontraba sumergida tuvo lugar la aparición en primera escena política del pensamiento nacionalsocialista alemán de Hittler y el fascismo italiano Mussolini, que encontraron acomodo rápidamente en diversos países tales como Finlandia, España, Francia, Inglaterra entre otros. De esta forma y de la mano de propuestas económicas, sociales y políticas como el corporativismo estatal totalitario y la economía dirigista o la sumisión de la razón a la voluntad y la acción todo ello enmarcado en un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas que potenciaban la violencia hacia los enemigos del estado y su eliminación, el pensamiento fascista encontró un rápido acomodo entre las clases medias y obreras.

Hoy en pleno siglo XXI y dentro de una crisis económica más globalizada, los estados nación liderados por los partidos democráticos tradicionales sufren de nuevo como anteriormente les pasó a las democracias liberales de la desafección de la política por parte de la ciudadanía, ciudadanía que ya anteriormente a la crisis económica sufría en su seno de una crisis de participación social y política, la primera motivada por un modelo educativo social de crecimiento al abrigo de unos medios de comunicación en donde la prensa rosa y el deporte como alienador de masas parecería recordar a la escena de Pan y Circo con la que los emperadores romanos adormecían a la plebe de Roma, realidad que además se ve agravada más si cabe por un sistema educativo y económico en donde se prima la competitividad y el éxito frente a los tradicionales valores del compañerismo, la lucha por la igualdad, la libertad o la creatividad, la segunda como una consecuencia de la primera pero también con una responsabilidad compartida por los propios partidos políticos en donde su propia estructura hermética de participación indirecta de su militancia alejan aun más a la ciudadanía.

Es este perfecto caldo de cultivo el que ha servido para la aparición de nuevo de líderes populistas de ultraizquierda y ultraderecha que poco a poco van encontrando acomodo en las estructuras del propio sistema democrático actual castrando el pensamiento progresista y poniendo en peligro los derechos y libertades que tanto costaron alcanzar tras la fatídica segunda guerra mundial. Por ello, cabe ahora desde el seno de los partidos políticos poner un énfasis decidido en la defensa de los valores de la democracia y el pensamiento de progreso basado en la solidaridad internacional, la igualdad real, la libertad y la justicia social así como la apertura en el seno de sus propias estructuras a la participación de los movimientos sociales. Pero de igual forma tenemos ante nosotros la necesidad de revisar nuestro sistema educativo en pos de una educación en valores democráticos y de ciudadanía a todos los niveles llevando dichos aprendizajes al ámbito de los medios de comunicación como las televisiones públicas en donde espectáculos alienadores de masas son exhibidos en horarios de máxima audiencia haciendo olvidar a la ciudadanía las verdaderas preocupaciones y desafíos que hoy tiene ante sí el mundo.