
Benito Castro. Periodista y blogger.
Las recientes y reiteradas críticas que el reglamento incluido en la disposición final primera de la Ley de Economía Sostenible han generado, incluyen diferentes perspectivas de análisis. A mí me gustaría en este artículo centrarme en un aspecto concreto que, no obstante, es transversal en esta reacción suscitada. Mi enfoque plantea la propuesta de protección de la propiedad intelectual versus la evolución tecnológica. Como primera aproximación en este sentido, el reglamento difundido ha apostado claramente por perpetuar un sistema de protección de derechos de autor propio de un modelo productivo y de difusión superado por otro alternativo, basado en internet, que crece de forma rápida y exponencial.
Si pudiéramos retrotraernos a los momentos en los que la imprenta de Gutemberg se expandía progresivamente, reviviríamos los episodios de desconcierto de los amanuenses que vieron cercenados sus derechos y privilegios frente a un instrumento que mejoraba notablemente la producción y difusión de los libros. Ahora como antes, lo que ocurre es que el viejo status quo rechaza la pérdida de una serie de derechos, que eran lógicos en unas circunstancias que cambian de forma evidente. Pero, las innovaciones están ahí y no se pueden parar, lo que queda es adaptarse a ellas y generar un nuevo status quo que garantice la posibilidad de que los creadores de contenidos se ganen la vida.
Siempre se podrá contrarrestar que realmente lo que se pretende, como dijo la ministra Sinde, es perseguir a unas 100 o 200 webs que eran las que realmente se estaban enriqueciendo ilícitamente con el trabajo de otros, no más. Para eso, quizás no hubiera sido necesario proponer un sistema de respuesta administrativo/legal que puede fácilmente poner en el punto de mira a miles y miles de plataformas en internet que son las que están creando el nuevo modelo de la economía del siglo XXI. Corremos ahí un riesgo cuando, por defender los derechos de unos cuantos autores establecidos (los músicos jóvenes quieren que su música sea copiada y difundida en internet), se cometa el error de ralentizar una mejor adaptación hacia un sistema de competitividad diferente, que no está circunscrito a una escala nacional sino mundial.
Entre la gente que defiende el manifiesto contra la resolución incluida en el proyecto de Ley de la Economía Sostenible, se encuentran aquellos que ayudan a construir Wikipedia, la principal enciclopedia del mundo; los que a diario vierten su conocimiento en blogs de forma gratuita, generando un entramado de inteligencia colectiva que está dando pasos adelante en muchos sectores de nuestra economía, en el sistema educativo, en servicios, en instituciones, en movimientos civiles y políticos…; y también están los que apuestan por nuevos canales de comunicación que reúnen a millones y millones de personas a lo largo del mundo, capaces de conectarse para dar respuestas solidarias a graves problemas de nuestro tiempo.
Vivimos en otro mundo. Copiar música y difundirla de manera infinita tiene un coste cercano a cero. Eso quiere decir que tecnológicamente se ha mejorado de forma muy eficiente un sistema que, hasta hace poco tiempo, requería inversiones enormes en esas dos fases del proceso productivo: la multiplicación de las copias y la distribución de las mismas. Quien no quiera ver que aquí el negocio ha cambiado, que se gradue la vista. Esta clara mejora, tal cual, se está poniendo en entredicho o se está intentando interrumpir, lo que es peor, con el reglamento incluido en el proyecto de Ley de Economía Sostenible, apostando por la alternativa de poner el ancla en un escenario tecnológica y económicamente superado.
Resulta paradójico que tal reglamento haya aparecido de rondón en un texto legal que pretende poner a nuestro país en la necesaria senda de un cambio de modelo productivo. Esta senda supone un maridaje inevitable de la explotación de energias alternativas eficientes con la participación de los consumidores y su capacidad de transmitir bits a coste cero a través de internet . Éste sí es un campo realmente interesante a indagar que requeriría de una base legal con vocación de futuro. Colocar en este entorno la idea de la preservación de la propiedad intelectual de toda la vida es un contrasentido que genera un efecto frenada en el intento lícito y necesario del Gobierno por superar el modelo económico basado en el ladrillo.
En este estado de cosas, querámoslo o no, el concepto de propiedad intelectual entra en un período de revisión. Es imposible mantener a toda costa un sistema de derechos de autor concebido en una época anterior. Habrá que estudiarlo, no digo que no, pero dejarlo todo igual que antes, es imposible, sobre todo cuando el empeño por perpetuarlo limita la capacidad de productividad que aporta la red. Quizás estaría bien indagar un poco en lo que hacen para ganarse la vida los artistas (algunos de fama mundial) que han sabido apoyarse en las nuevas tecnologías e internet.
Se me hace difícil entender que el debate suscitado se haya acabado. Me parece obligado repensar los pasos dados, haciendo hincapié en la flexibilidad que las nuevas tecnologías tienen en manos de cientos de millones de personas en todo el globo. El concepto de control total está en jaque, surgiendo con fuerza el de la participación. Y no ha sido un movimiento revolucionario el que nos ha instalado en ese panorama, sino la incidencia de nuevas herramientas tecnológicas que se desarrollan en un escenario verdaderamente global como es internet.


luis · 22 Enero 2010 a las 10:33
Muy buen artículo y muy oportuno, especialmente en unos momentos en los que tanto la minstra Sinde, como el director general de Industrias culturales Guillermo Corral, caen en el ridículo cada vez que hablan