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10
Nov/2009

El ‘Techo de cristal’ sí existe

María Luisa García. Presidenta del Consejo Social de la Universidad de Sevilla.

El debate abierto en torno a la realidad de la desigualdad de género ha puesto de relieve que, ni el incremento vertiginoso de su nivel formativo, ni la incorporación generalizada al mercado laboral, ha generado un incremento proporcional en la presencia de la mujer en cuadros directivos con auténtica capacidad de decisión y mando. Sin embargo, sí es un hecho constatable la mayor presencia femenina en equipos de trabajo cuando éstos son liderados por una mujer.
El Consejo Social de la Universidad de Sevilla, dentro de su Plan de Actuaciones Anual, ha abordado en dos ocasiones actividades relacionadas con el concepto de “Techo de cristal”, término que hace referencia al conjunto de normas no escritas que constituyen la base sobre la que se eleva ese obstáculo invisible, pero real, que impide el acceso de las mujeres a los puestos de alta dirección. En ambas ocasiones, se abordó el tema a través de una reflexión abierta y honesta sobre las causas que lo provocan, la búsqueda de propuestas alternativas y, por qué no, las posibles medidas para combatirlo. El papel de la mujer en el diseño de esas posibles soluciones se llevó a cabo partiendo de un análisis crítico que permitió llegar a importantes conclusiones a la finalización de ambos encuentros.

En primer lugar, es una realidad constatable que la sociedades más ricas y con mejores indicadores de académicos tienen un directo paralelismo entre su nivel de bienestar y la incorporación de la mujer al tejido productivo. También es obvio que una empresa, o sistema, que utiliza tan sólo el 50% de sus recursos, sean del tipo que sean, será más pobre que otra que utiliza el 100%. Andalucía tiene un menor ratio de incorporación de la mujer al mercado laboral que el resto de España y ésta, a su vez, está muy por debajo del de Estados Unidos. No es casual, por tanto, que los indicadores de riqueza muestren la misma correlación en los tres ejemplos citados ni que, de igual forma, aquellos países más pobres sean los que mayores divergencias presentan en lo que a derechos entre géneros respecta. Especial atención merece el caso de aquellas regiones deprimidas del planeta en las que la actividad de mujeres ligada a la independencia que suponen las políticas de microcréditos está contribuyendo a una disminución del índice de pobreza de las mismas.

Parece, por tanto, una necesidad vital de nuestra región y, por extensión, de nuestro país, lograr una mayor incorporación de la mujer a todos los ámbitos profesionales, incluyendo entre ellos las altas esferas del poder, de manera que dicha participación constituya un elemento impulsor del desarrollo y el progreso. Garantizar esto último es clave como factor catalizador del acceso y avance de las mujeres en puestos de alta responsabilidad, como correspondería por su participación en la sociedad. En gran medida, las mujeres garantizan como líderes una forma de trabajar claramente orientada a resultados y que trasciende valoraciones del desempeño parcialmente sobrepasadas como puede ser el factor presencial en el puesto de trabajo. Ese hecho diferencial contribuye, sin duda alguna, a la mejora de la conciliación entre vida personal y profesional.

En segundo lugar, es de justicia reconocer que se han producido ya avances importantes. En esta última etapa se han promulgado leyes sobre la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, en nuestras universidades se licencia mayor número de mujeres, incluso en estudios tradicionalmente masculinos como son las ingenierías donde la presencia femenina representa ya casi su porcentaje poblacional. Por último, y en lo que respecta al mundo de la Política y la Administración, es la primera vez en la historia de este país que la Vicepresidencia es ocupada por una mujer y existe una altísima representación de la mujer en los resultados exitosos de las oposiciones a altos cargos de la administración.

En tercer lugar, sin embargo, el poder parece seguir siendo un coto vedado a las mujeres, como si esa barrera que un investigador americano llamó Techo de cristal fuera totalmente impermeable al avance de la mujer en la sociedad. Pensemos quién manda en nuestra región, en nuestro país, en nuestras empresas, nuestros medios de comunicación, en quiénes toman las decisiones que condicionan el futuro y estaremos pensando en gran medida en hombres. Pensemos en los veinte primeros puestos de los ranking de las personas más influyentes en el contexto socioeconómico de nuestra región y son hombres.

Incluso, a veces, la norma no puede prever determinados desenlaces: por ley se obliga a listas paritarias en las elecciones, pero cuando analizamos el reparto de presupuesto por las delegaciones municipales resulta que las mujeres sólo gestionan el 19% del mismo. De la misma manera, son numerosas las empresas públicas que no siguen la recomendación normativa relativa a la incorporación de mujeres a los consejos de administración, por lo que tendría sentido hacer un balance o seguimiento del nivel de éxito de las medidas puestas en marcha, antes de profundizar en las mismas, valorarlas como positivas o negativas, o diseñar nuevas actuaciones.

Pero también se puso de manifiesto que las mujeres hacemos mucha menos red de relaciones que los hombres, que debemos buscar su complicidad en esta batalla que no es sólo nuestra, si no de toda la sociedad, que decimos menos lo que queremos y lo que necesitamos, y que en ocasiones renunciamos a luchar por ello, olvidando que si las primeras sufragistas no hubieran peleado (incluso con la vida) por el derecho al voto, hoy no lo disfrutaríamos.
Y precisamente hemos creado el premio Techo de Cristal, para decir que existe, pero que se puede romper, que es importante hablar y reconocer los problemas (y derrochar talento lo es) para poder solucionarlos, y que no es sólo cuestión de que nuestra sociedad sea más justa, si no que también será más rica económicamente hablando. De la misma forma, las experiencias de las premiadas serán un estímulo para los muchos hombres y mujeres que consideran que las mujeres tienen todo el derecho a sentirse realizadas profesionalmente, asumir retos y aprender cada día, a la vez que disfrutar de su vida personal y familiar: conciliar esos dos papeles que además de enriquecernos y hacernos más felices son mucho más rentables para la sociedad a la que pertenecemos.
La generación de nuestras abuelas luchó por el derecho al voto, la de nuestras madres por una identidad personal independiente de la figura masculina y porque no hubiera campo de actuación vedado a la realización femenina. Cada una de ellas combatió para que la siguiente tuviera un mejor entorno para desarrollarse como mujer. Esta sociedad no tiene mejor manera de saldar su deuda con el pasado de lucha y esfuerzo de esas mujeres, que resquebrajando definitivamente el Techo de cristal.