Se acerca la primavera. Bueno, no: dictan las costumbres que en un mes se nos acortarán las mangas de la camisa, y que el corazón —suponemos— se nos reactivará, por mucho que a finales de marzo mantengamos el nórdico sobre la cama y lana gruesa en los pies. Sin embargo, así es el tiempo: cambia según le da, se marcha rápido. La pregunta de esta semana nos parte el corazón: Nuria confiesa haber dañado a una amiga, haberse alejado de ella sin motivos, y arrepentirse cuando los meses y los años habrán agotado, es probable, su paciencia. ¿Pedir perdón ahora? ¿Más vale tarde que nunca, o (casi) todos los refranes mienten?
Una película se estrena en un festival, pongamos que Cannes, en mayo de 2007. Con sus aplausos y sus buenas críticas, con sus victorias y nominaciones en premios de postín. En un país cualquiera, pongamos que España, jamás se proyecta: desconozco si cae en algún festival, sí que el dvd importado se vende en grandes almacenes de cultura, en videoclubs —¡quedan!— escogidos, sí que los más modernos de su barrio se la descargan —yo no he escrito eso—, buscan los subtítulos, la proyectan en su casa una noche de sábado. Después charlan sobre ella, o permanecen en silencio un rato largo, y por último igual salen a tomar unas copas o se marchan a casa, del brazo. Y casi tres años después, la película estrenada, aplaudida, más que vista, se estrena en ese país cualquiera, pongamos que España: ha ocurrido con I’m not there, de Todd Haynes, que cumple todos los requisitos mencionados, y que se programará en los cines de nuestro país a partir de este viernes.
I’m not there no estuvo aquí cuando debió: tirones comerciales desaprovechados, público potencial que ya se ha buscado la vida, ¿quién la verá en pantalla grande? ¿Románticos? ¿Despistados? ¿Pasthunters? Con la duda de Nuria ocurre lo mismo: intención correcta, resultado catastrófico. Pero lo cortés no quita lo valiente, y si de no estar ahí se pasa a estar, quizá poco a poco se arañen algún gesto o alguna entrada, ¿no?
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