19
Feb/2010

No estar ahí

Se acerca la primavera. Bueno, no: dictan las costumbres que en un mes se nos acortarán las mangas de la camisa, y que el corazón —suponemos— se nos reactivará, por mucho que a finales de marzo mantengamos el nórdico sobre la cama y lana gruesa en los pies. Sin embargo, así es el tiempo: cambia según le da, se marcha rápido. La pregunta de esta semana nos parte el corazón: Nuria confiesa haber dañado a una amiga, haberse alejado de ella sin motivos, y arrepentirse cuando los meses y los años habrán agotado, es probable, su paciencia. ¿Pedir perdón ahora? ¿Más vale tarde que nunca, o (casi) todos los refranes mienten?

Una película se estrena en un festival, pongamos que Cannes, en mayo de 2007. Con sus aplausos y sus buenas críticas, con sus victorias y nominaciones en premios de postín. En un país cualquiera, pongamos que España, jamás se proyecta: desconozco si cae en algún festival, sí que el dvd importado se vende en grandes almacenes de cultura, en videoclubs —¡quedan!— escogidos, sí que los más modernos de su barrio se la descargan —yo no he escrito eso—, buscan los subtítulos, la proyectan en su casa una noche de sábado. Después charlan sobre ella, o permanecen en silencio un rato largo, y por último igual salen a tomar unas copas o se marchan a casa, del brazo. Y casi tres años después, la película estrenada, aplaudida, más que vista, se estrena en ese país cualquiera, pongamos que España: ha ocurrido con I’m not there, de Todd Haynes, que cumple todos los requisitos mencionados, y que se programará en los cines de nuestro país a partir de este viernes.

I’m not there no estuvo aquí cuando debió: tirones comerciales desaprovechados, público potencial que ya se ha buscado la vida, ¿quién la verá en pantalla grande? ¿Románticos? ¿Despistados? ¿Pasthunters? Con la duda de Nuria ocurre lo mismo: intención correcta, resultado catastrófico. Pero lo cortés no quita lo valiente, y si de no estar ahí se pasa a estar, quizá poco a poco se arañen algún gesto o alguna entrada, ¿no?

12
Feb/2010

La impotencia de la cultura

En los árboles genealógicos, una rama bajo la nuestra: aún no la prole, sí el hermano pequeño, la prima pequeña, alguien que irrumpe más tarde y borra nuestro protagonismo en las celebraciones familiares. Para digerirlo nos recetan novelitas sobre la armoniosa vida familiar, películas con chanzas entre el bebé y el destronado, dosis excesivas de cariño. A David, el hijo de Virginia, le toca en cuatro meses: nacerá su hermana, y un cincuenta por ciento de los mimos se desplazarán hacia ella. Virginia nos pregunta, entonces: ¿cómo repartir el cariño, y hacerle notar que, aunque no permanezcamos junto a él, él sí con nosotros?

En El secreto de tus ojos, de Juan José Campanella, brillan guión, dirección, reparto: pero, sobre todo, destaca un actor poco conocido —quizá por algún musical, o algún secundario en otro filme—, y a quien no olvidamos al abandonar la sala. Javier Godino nació en Madrid, aunque su interpretación pulcra, exacta, le sitúe por su acento en el mismo Buenos Aires. Javier es el malo de la película, nos lo creemos —y tanto—, se come la pantalla sin importar el apellido con el que dialogue. A la altura de los grandes, destacado en las críticas entusiastas, nominado en los Sur —la versión argentina de los Goya—, sin embargo aquí el entusiasmo me sorprendió por su tibieza: para empezar, la Academia le rondó de puntillas, no distinguiéndole como uno de los cuatro mejores. Me apenó no encontrar su nombre entre los candidatos, ni revelación ni de reparto, porque creo que supera a muchos otros. Así son las cosas.

A modo de Infante Don Juan Manuel comparto este ejemplo: no basta con hacerlo bien. La soledad de David en los momentos cruciales —el cambio de pañal, los llantos nocturnos— no la amainará ni su buen comportamiento, ni vuestros achuchones de después. Se impone la resignación. Y mientras tanto Javier Godino presentará cada trabajo suyo como una lección de interpretación, apabullante, por mucho que quienes deben reconocerlo no se enteren, o no quieran.

07
Feb/2010

Todas esas cosas

El lenguaje, allá vamos: ¿qué palabra significa según dicta la lexicología, literal e inflexible? Los senderos de cuanto pronunciamos, ¿resultan o no inescrutables? La consulta que Ana nos plantea se bifurca, cual ruta borgiana o excursión de senderismo dominguero: cómo afrontar el cruce de una amiga desde la acera de la simpatía al liderazgo insoportable de una fiesta de cumpleaños o inauguración de piso. En nuestro blog, Ana oscila entre la pena por esa relación tapicería abajo, y la arcada por unir con pegamento un jarrón que ya debiera extinguirse en la basura; la llama «mamarracha». Respondamos con cautela, con cultura.

Para Luis Gordillo, Cernuda es «demasiado cursi», y puntualiza que «todas esas cosas» (¿los poemas?) le «aburren mucho». De sus bostezos no se salvan Lorca ni Alberti, y Gordillo reutiliza una bolsa del supermercado y mezcla andaluces del 27 y otros año arriba, abajo, aprovechando la presentación de un libro que compila sus libretas de apuntes. A mí sus declaraciones me fascinaron: si su sinceridad busca la provocación, apenas ha recogido un eco más de palmadita en la espalda, de qué gracioso, de qué enfant terrible.

Igual, Ana, que si tú te presentaras en la fiesta de cumpleaños o inauguración de piso de tu amiga, y reproduces con sus comas y espacios tu comentario en la bitácora: te tomarían a chiste, a broma, qué borde, qué enfant terrible. Con los pies en su terreno, la amiga y los poetas siempre ganan. Uno regresará a Cernuda, se asomará a Gordillo, preferirá el bostezo a lo nuevo por conocer más; si ocurriera en el terreno del pintor, si confesara que los garabatos que Cernuda dibujaba al hablar por teléfono le aburrían mucho, otro gallo cantaría.

En fin, Ana: a saber si la cultura te ha desenredado el quebradero de cabeza, o ha ajustado el nudo. Por lo pronto, Ana, lee a Cernuda o a Machado, a Lorca y a Alberti, a Gordillo incluso: emplearás bien el tiempo. Y revisa la agenda del móvil, porque los números que no se utilizan ocupan memoria.

29
Ene/2010

Rasca y gana

El paso del tiempo no lo certifican las arrugas ni las canas —he visto a las mejores cabelleras, o pieles, de mi generación…—, sino la distancia entre las referencias de uno y las de la generación a la que se dirige. Los dibujos animados en que invertí mis tardes, sus bandas sonoras, ¿cómo sonarán a un adolescente? Las marcas de golosinas, los juegos, ¿en qué agujero negro crían pelusas?

Recuerdo el rasga y gana, la recaudación de monedas para obedecer y descubrir el premio, y lo menciono ante un casi coetáneo que me intenta traducirme: no sabe, y por ello no contesta. A Nerea, con quien sí —sospecho— comparto edad, le llama la atención el esfuerzo al que hoy, pese a la sobreinformación, se nos obliga para descubrir qué merece la pena. Más allá: por qué nos cuesta tanto descubrir lo bueno.

Disculpen la autoayuda, disculpen el a propósito. Coinciden dos noticias: la probable admisión —mientras escribo, aún el secreto— de Soledad Puértolas en la Real Academia de la Lengua, y la antológica de Maruja Mallo en la Real Academia de Bellas Artes. De la fuerza de la pintora gallega, una de nuestras puras surrealistas, feminista comprometida, nada se sabe si no se rasca en la enciclopedia para ganar su nombre; tampoco de las mujeres que podrían haber accedido a la institución del idioma («aquí no hay plazas para señoras»), aunque Puértolas reniegue de cuotas y anhele que la entrada de una mujer en la RAE deje de ser noticia. No estoy de acuerdo: mientras quede la igualdad tan lejos, necesitamos porcentajes; mientras necesitemos porcentajes, los titulares ayudan. A escandalizarse, en un caso, y a disfrutar con la obra de Mallo, en el otro.

El paso del tiempo no lo certifican los amigos que se pierden, o cuya pista se extravía, sino la distancia entre la normalidad de unos y la sorpresa de otros. Nerea nos preguntaba por esas joyas que se nos ocultan, y yo las relacioné con pasatiempos infantiles, con mujeres relegadas a las notas al pie. Están ahí, pero para que los busquemos. ¿Por qué?

22
Ene/2010

El hombre y la tierra

Un fin de semana incita al bucolismo: quién no paseó el sábado por la mañana, quién no retozó por la tarde bajo los árboles, quién por la noche no, quién el domingo por la mañana no contempló las hojas en el parque, y ya. Cuán a gusto esos ratos y, sin embargo, cuán poquito frecuentamos las zonas verdes urbanas, por lo menos, o las casas rurales, el pueblo de los abuelos y los fines de semana de senderismo y/o acampada, por lo más. Jose se arroja sobre nosotros cual bomba atómica: ruptura entre hombre y naturaleza. Es más: La Grieta. Le imaginamos al otro lado de la pantalla, preguntándonos desde su Mac los motivos del resquebraje entre tú y ese laurel que tu madre te regaló al independizarte, y ahora se seca al sol.

El vínculo entre la flora y nuestra fauna se comprende, querido lector, hojeando los periódicos y conociendo el estado avernal, Orfeo y Eurídice de bajón infinito, en que se encuentra el anárquico museo al aire libre en el que se pretendieron convertir —Expo mediante— la Cartuja. Mosaicos y esculturas, aire libre; vandalismo y tiempo (atmosférico) que erosionan el esmalte, que oxidan el metal. ¿Quizá Ciudad Encantada, quizá tres euros por pasear entre el fruto del viento y la lluvia? ¿Dejadez, puede, también?

He pensado en esos presupuestos, ahí varados, invertidos en la creencia de que el arte se revaloriza con el tiempo (¿atmosférico?), y he creído que esos apellidos para folletos trilingües respondían a la duda: grieta, decíamos, o por qué nadie echa ya su ratito en el campo, o qué cruza la mente de quien encarga arte, ahí lo planta, ahí deja que se busque la vida, inanimado, o por qué uno contempla una pintura mural y clama, de repente, dame el spray que voy a poner aquí mis pensamientos. Oh lector, lo he tarareado: el hombre y la tierra. El cani acechando a su soporte presa. El burócrata tramitando la factura. La paz recobrada en pensión completa, o con churros y chocolate en el quiosquito junto al jardín. Tarán, tarán, tarán.

15
Ene/2010

El orden y el desconcierto

Pijama, edredón: duermes. O no: lo intentas, cuanto menos. Una mano sujeta tu pierna, te impide soltarla. ¿Por qué el insomnio? Nos preocupan el amor, el desamor, la crisis —mucho—, más nosotros frente a los demás que al revés. Igual que el café las cuestiones pequeñas, los problemas domésticos: en la consulta de esta semana, Paco se plantea los motivos del orden. Más que preguntar él describe los cambios de ropa en el armario, de invierno a entretiempo, de manga larga y fina a verano, y filosofa con el empeño en las etiquetas y las estanterías, la frontera raquítica entre la aliteración y la cacofonía.

Enfilando las primeras semanas del primer mes, planteándonos si hemos cambiado de década o queda un año para las serpentinas, la resaca de los mejores discos, los mejores libros, las mejores películas. He intuido a los mejores cerebros de mi generación arremetiendo contra una novela que no lograron terminar, llegando a las manos virtuales del insulto. En las redes sociales el vecino de enfrente te invita a establecer tu canon de veinte canciones inolvidables, etiquetándote junto a una tropa que comenta y comenta, y tu primo del pueblo —a quien reencuentras de boda en boda, cada vez con más barriga, cada vez con menos pelo— te conmina a formar parte de un grupo que decida qué director sí trascenderá la Wikipedia, y cuál borrarán por sospecha de vanity.

La pregunta de esta semana se me pega igual que un resfriado, y reflexiono —la mano en la barbilla— yo también. Fijaciones humanas, redoble de tambores: todo al revés. Ordenamos aquello que no podríamos ordenar —¿en qué bolso cabe El Mejor Cantaor De La Década, qué anaquel soporta a La Compañía De Danza Más Brillante?—, mientras amontonamos sin concierto lo tangible e inmediato, desde el jersey de anoche que cruzó de nuestro cuerpo al suelo a ese teléfono móvil que encierra no números, sino voces. Transmuto en Paulo Coelho: no escuchamos conversaciones, sino estribillos, y los diálogos los vivimos en el cine. ¿Razón aquí?

08
Ene/2010

El corazón tiene razones

Bajo el árbol, junto a los zapatos, ¿carbón o papel brillante? Si lo segundo, ¿pijamas por deseo materno? ¿Cajas de experiencia que nos tiren en paracaídas o instruyan en la cocina multiétnica? Quizá la tradición les haya regalado la edición especial de alguna película, puede que algún CD, puede que algún libro, así, tirando por lo clásico.

Para hablarles agarro un bastón, me encojo en el sofá. Porque nos pregunta Mercedes, en la paradójica vía del e-mail, si aún queda espacio para el romanticismo en tiempos de grandes almacenes culturales, libros electrónicos y reproductores de mp3. Yo confieso que me atrae la magia del tocadiscos: los dedos cruzados para que funcione, el chasquido de la aguja al rozar el vinilo. Vaticinaron su desaparición: en cambio, cada vez más artistas se regalan, y regalan a sus fans, un álbum con dos caras. Y me atrae, también, el encanto de las librerías: hojear en la mesa de novedades, rebuscar en las estanterías, tocar el papel que el editor ha escogido, gozar con el diseño. Tipo de letra, portada… Para que la tarde se marche entre volúmenes sobran los argumentos.

Quedémonos en los libros. Me llama la atención que muchos defensores del e-reader insistan en que el libro electrónico y el clásico no podrán convivir: que vaticinen la desaparición de un formato con siglos de éxito, y que la mayoría de las ocasiones reprochen a quienes defendemos esa existencia conjunta que somos unos antiguos, en plan teleserie. Hablo de motivos sentimentales: el olor a nuevo o el olor a viejo, y la posibilidad de tocar lo que lees, que a mí me seduce más que configurar el tipo o tamaño de letra según despierte esa mañana. Caeré en la tentación, imagino: usaré uno cuando el precio baje y la oferta de títulos se amplíe. Pero —me temo— alternaré el clic con el doblez de la esquina cuando algo me llama la atención, con el marcapáginas, con el placer de tocar un papel de calidad en el que han impreso un buen libro, porque el corazón tiene razones que la tecnología no entiende.

18
Dic/2009

El entusiasmo y los pimientos

Marina nos pregunta desde el sofá o la cama: ante su duda no caben las dudas. Se confiesa perezosa, coartada por el edredón para no despertarse, feliz sólo cuando el sábado le augura veinticuatro horas sin deberes. Se plantea cómo responde la cultura a su pecado capital: no tanto una canción que le despegue las sábanas, no tanto una obra de teatro para calzarse el abrigo, sino machacar la cabeza hasta proporcionarle un antídoto que le libre de bostezos.

No nos imaginamos al cineasta Manoel de Oliveira con los brazos cruzados: estrena en estos días su filme más reciente, prepara para ya el rodaje de su próxima película… Y asegura a los periodistas que no puede «parar de rodar». «Si lo hago», imagina, «me aburro y me muero». Oliveira se plantea con el mismo entusiasmo un cortometraje, un largo o un documental, y asume con pasión envidiable la construcción del guión o la elección de los intérpretes. La clave: nació en 1908. Sumen, resten, y admiren.

En las antípodas, la promesa del novelista Ildefonso Falcones, que abandonará la escritura «en el momento que se pueda leer mi libro gratis en Internet». Extingue al vinilo como los dinosaurios, y afirma que «lo que he escrito es mío y si alguien lo quiere utilizar me tiene que pagar». Si yo formara parte de su legión de seguidores, hoy me sentiría importante cual pimiento: me pregunto qué opina Falcones sobre las bibliotecas, o los amigos que se entusiasman con sus dos libros y los prestan a otros amigos. Al margen de la lógica —es lícito, ¡faltaría más!, que un creador cobre por tu trabajo, y un editor—, la postura de Falcones le sacude cualquier magia, y desvela que teclea por lo que teclea: el cheque, sin más.

¿Preferirá Marina a Oliveira? ¿Optará por Falcones? Consulta a la almohada, amiga, y medita qué te parece cada ejemplo: la pasión de uno, su amor por la profesión y por el público, y la atención a la máquina registradora de otro, los ejemplares —vendidos, eso sí— igual que hortalizas, y —entonces— desperézate según.

11
Dic/2009

Goliat pregunta, David responde

Una de las novelas de A.M. Homes se titula Este libro te salvará la vida. Su obra no nos redime, sino que nos destruye, pero al tirar del hilo nos preguntamos cuántas obras ajenas han salvado nuestra vida o, al menos, han transformado nuestra rutina en tiempo llevadero. ¿Nos comprendemos mejor gracias a un poema o una coreografía? ¿Una imagen en celuloide, en papel fotográfico, al óleo, disipa nuestros titubeos? ¿Todas las canciones hablan de nosotros, o casi?

Esta semana me pregunto yo —entre retórica y tramposa, con la página de un diario digital esperando con la solución en otra ventana— cómo respondemos a la cultura. ¿Arrimamos el hombro con un proyecto independiente, sin logos y arriesgado, o cruzamos los brazos y miramos a través de la ventana, igual que en el autobús nos zafamos de posibles compañeros? La respuesta, a un clic: los ciudadanos de Murcia han frenado las máquinas que pretendían sustituir los restos de un barrio árabe del siglo XIII por un aparcamiento. Frente a la ignorancia del ayuntamiento y el gobierno de la comunidad, empeñados en arrasar el jardín de San Esteban, han asumido la responsabilidad quienes debieran gozar del hallazgo, y no velar por él.

Así, los ciudadanos con sus firmas, con su empeño, con sus ideas, han impedido que se pierda el mayor yacimiento árabe de toda Europa: la huella de cincuenta casas, siete palacios y una mezquita que la burocracia pensaba trocar por unas imprescindibles plazas de garaje. ¿La fórmula? Exprimir la red (desde un blog divulgativo a una webcam de vigilancia, pasando por las típicas cadenas o la promoción en redes sociales) y suprimir las fronteras para impedir, así, que bajo los adoquines se escondiese la historia. Una orden judicial ha paralizado las obras, y las altas instancias que las defendían ahora reculan, alabando su «magnitud e importancia» y calificando de «imposible» la construcción. Los milagros existen. Goliat pregunta, David responde: ¿qué hacemos nosotros por la cultura? Ahí se asoma la solución.

04
Dic/2009

Yo, mí, me, nosotros

Existe el futuro: claro. Claro que existe la hora próxima, el día de mañana. Algo ocurrirá en ellos, aunque nos limitemos a encadenar las horas de trabajo y el descanso. Existe la posibilidad de intuir qué nos deparan esa hora próxima, ese día de mañana. La cazó al vuelo Nostradamus. Lo intuyó la quiromancia. Y con un sms, ahora, durante los anuncios te indican si todo marchará bien con tu pareja, o si el empleo al que aspiras te caerá en las manos.

La cuestión de esta semana se vincula a ciertos fenómenos paranormales: Ramón se cuestiona el abuso del nosotros. Por qué la parte se interpreta —ya por siempre— como el todo; por qué un gremio se empeña en presentarse como tal para subrayar sus reivindicaciones; por qué uno no tiene derecho a desmarcarse, ir por su cuenta. Desde el dilema de Ramón salto, igual que un enlace en una web, a las fotografías de los artistas que solicitan medidas contra la piratería. En una de ellas he distinguido al cantante de Mägo de Oz, a David de María, a Chenoa y a Rosario. El nombre de otra de ellas ni siquiera me suena. A una sexta, con sus gafas de aviador y su melena en su sitio, no la he reconocido. Todos ellos posaban ante un panel que repetía que la música es cultura, la música es empleo. Toda la razón: claro.

Sin embargo, entre los más de dos mil firmantes no he identificado a uno solo de los artistas (vivos, españoles) que alegran mis paseos con el ipod. Un amigo músico, miembro de la SGAE porque no le quedaba otra, con sus cientos —miles, en algún caso— de discos vendidos y sus temas en la radio alguna vez, jamás ha visto un duro. Sobrevive a base de conciertos; con los pagos de la discográfica sufraga los cafés, algún almuerzo, y entiende el cambio de panorama, y se consagra al directo, mientras otros músicos se aferran al cartel. Ellos, que utilizan nosotros, han pronosticado —el futuro existe— el fin de la música dentro de cinco años: se extinguirán las versiones flamencas de Rosario, los devaneos celtas de Mägo de Oz. Que el destino se cumpla.