02
Abr/2011

Pasión inútil

En estos tiempos en los que las estanterías de las librerías se llenan de libros de entretenimiento o autoayuda, con argumentos risueños y profundidad a la altura de la epidermis, Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) publica Tanta pasión para nada (Alfaguara), una recopilación de relatos en los que profundiza en su nihilismo, en su excepticismo con toques de tristeza optimista o de optimismo triste, en su característico estilo directo, sencillo, claro, de pegada que, sin embargo, crea una atmósfera poética.

El volumen se resume en una frase sensacional del autor: “La vida es una pasión inútil”.

La vida es una pasión inútil. Sin más. Es la conclusión que se extrae de la lectura del nuevo libro de Llamazares. Al diablo con Freud, que diría Francisco Umbral. Llamazares siempre ha criticado con virulencia a Umbral. Lo hizo en la Feria del Libro de Sevilla del año 2.005, cuando presentó su novela El cielo de Madrid. Dijo que en los años 70 y 80 del siglo pasado Umbral era como un dios. O se estaba con él o contra él. A Umbral, malabarista de la prosa, no debían gustarle nada los libros del joven Llamazares, que persigue la creación de atmósferas por el camino más corto, con el mayor ahorro posible de adjetivos, comas, puntos y palabras ornamentales.

Estamos dejándonos la piel en una pasión inútil. El día de mañana no existe. Nuestros padres nos hablaban permanentemente del día de mañana y ya han muerto y el día de mañana no ha llegado. Todo eso nos lo dice Llamazares en este libro. Que arranca con un cuento/reportaje magistral titulado El penalti de Djukik. Reinventa, entremezclándolo con datos reales, lo que piensa el defensa central del Deportivo de La Coruña mientras se dirige al nunca mejor llamado punto fatídico para lanzar un trascendental penalti en el último minuto en un partido frente al Valencia que, de haber sido gol, hubiese proporcionado contra todo pronóstico una Liga al modestísimo Dépor. Pero Dujkic erró. Hay que reescribir las últimas líneas del inmenso relato: “Arrodillado en el césped tras el fallo, como un boxeador caído, sólo pensaba en huir de allí mientras se repetía a sí mismo, como cuando se mató su hermano, lo que su padre solía decir cuando la vida le golpeaba como a él ahora: tanta pasión para nada”.

Tanta pasión para nada, sí.

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