
Olivera, bailando. Foto: PueblaFC
Nico Olivera no para. A sus 32 años, el delantero uruguayo que defendió los colores del Sevilla entre 1998 y 2002 continúa jugando al fútbol. Su actual equipo es el Puebla mexicano, octavo y, por ahora, enésimo destino de este auténtico trotamundos del balón que desde que abandonó la disciplina nervionense ha militado en el Valladolid, Córdoba, Defensor Sporting (Uruguay), Albacete, Defensor -segunda etapa en este equipo- y los mexicanos Atlas, Puebla y Tiburones Rojos de Veracruz.



Cristian Daniel Colusso fue un claro ejemplo de promesa frustrada, aunque nunca ha llegado a estar claro si siquiera llegó a ser promesa. Lo cierto es que con esa vitola llegó al esquizofrénico Sevilla de José María González de Caldas. Tras haber debutado en la Primera división argentina en 1994 en el club de su ciudad, Rosario Central, y tras derrochar en sus inicios frescura y calidad, según algunos informes, llegó al Sevilla en 1996 como la gran joya del fútbol argentino. Ese fue su cartel, el que le colgó su representante, Roberto Rodríguez, y el que compraron los por entonces rectores sevillistas, incluido su entrenador, José Antonio Camacho. Pero su trayectoria no fue la de una promesa, ni la de una joya, más bien todo lo contrario. La primera vez que saltó al Pizjuán admitió que sus piernas “temblaron”. Con tal panorama Camacho no tardó en relegarlo a un segundo, tercer y cuarto plano. Pero su ostracismo, además, vino fomentado por motivos extradeportivos. Al poco tiempo se descubrió que su venta al Sevilla fue un timo en toda regla, que el club nervionense pagó a su representante, propietario de sus derechos, tres veces más de lo que en realidad costó el jugador (1,7 millones de euros, cuando Rodríguez se hizo con él por 500.000).
Esta polémica en la que se vio envuelto acabó de hundir su carrera en el Sevilla. La mala jugada de su representante dejó al argentino parado durante un año. A medida que iba avanzando la investigación del club sobre el traspaso al argentino se le fueron cerrado todas las puertas, hasta llegar incluso a no ver abierta más, esa misma temporada, la que comunicaba a la ciudad deportiva donde entrenaba. Colusso apenas pudo entrenarse con el Sevilla B (actual Sevilla Atlético). Un año que el argentino recuerda con mucha tristeza y por la cual tuvo que necesitar ayuda psicológica, pues no sólo perdió la ilusión por jugar, sino también dinero. Su proyección, cierta o no, se vio cortada y en el limbo.
ivocarnos, como uno de los futbolistas más particulares que han pasado por la centenaria historia del club de Nervión. Precisamente, esa particularidad fue la que le permitió dejar de ser un jugador ‘odiado’ por la afición durante su etapa malaguista -marcó goles al Sevilla que hicieron mucho daño- a convertirse en uno de sus emblemas tras el golpe de efecto que se intentó dar con fichaje, en 2003. Una serie de frases afiladas contra el eterno rival y su pasión a la hora de defender el escudo le hicieron ganarse pronto el apoyo de una afición que, pese a su carácter díscolo, no tardó en mostrarle su aprecio.
Llegó a celebrar una Copa de la UEFA con el Sevilla, estuvo en la foto de Eindhoven y participó activamente en la histórica temporada 2005/06, pero el crecimiento permanente del equipo nervionense, la llegada de Poulsen al centro del campo y la tremenda competencia le dejaron de lado de los siguientes años sevillistas.
Rachid Rokki fue uno de esos jugadores exóticos que llegó al Sevilla en una de las épocas más mediocres del club. Cuando deambulaba por la Segunda división y era lo opuesto a lo que significa actualmente la entidad. Cuando se recuerda su nombre es inevitable acordarse de otros de paso fugaz por Nervión, como Lawaree, Tethis, Eboué, Lucio Wagner, Molnar, etc. Pero lo cierto es que, con la perspectiva de los años, el caso de Rokki ha virado e incluso, teniendo en cuenta su discreto nivel, ha dado de sí en el futbol. Rachid Rokki tuvo un paso discretísimo por el Sevilla. Ocho partidos, un gol, en Vallecas. Llegó (1998/99) como delantero vertical, veloz y goleador, se fue como fiasco y poco más. Tras abandonar el conjunto hispalense volvió a probar suerte en un conjunto que servía como destino a varios fracasos sevillistas, el Albacete, que le dio otra oportunidad. Su balance, algo mejor, 24 encuentros, tres tantos. Pero evidentemente, no cuajó. España era demasiado para Rachid Rokki, que no se lo pensó y emprendió carrera qatarí. El jugador nacido en Casablanca en 1974 se marchó primero al Al-Taaoune, durante dos años. Luego se marchó hasta 2006 al Al Khor, equipo en el que logró sus mayores glorias deportivas. De hecho, se llegó a proclamar pichichi en Qatar en el año 2003, con 15 tantos. En ese equipo, tras un breve paso por el Umm-Salal, continúa hoy día, a los 34 años. Evidentemente, Rokki nunca llegó a dar lo que se esperaba de él, probablemente porque no lo tenía y porque en aquel Sevilla se fichaba casi a ciegas, pero sí que ha hecho carrera futbolísitca digna. Es más, llegó a estar en el Mundial de Francia 1998 con Marruecos, convocado al menos, y puede presumir de haber disfrutado de minutos, poco más de 30 en total, en la Copa de África de Malí 2002.

