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08
Ene/2017

Cuenta de resultados

gran poder más baja

Hemos echado la persiana al 2016 y conviene hacer balance desde la atalaya de la memoria, donde queda impreso cuanto merece ser recordado. Casi habría que empezar por el final, pues, si el calendario de la iglesia universal quedó marcado por el año de la misericordia, el de las cofradías sevillanas tuvo su cénit en el traslado del Señor del Gran Poder a la catedral para la clausura de aquel. Y resaltar esta salida no es solo porque saliera a la calle la mayor devoción de la ciudad, sino porque nos devolvió la confianza en lo mejor que encierran las hermandades: el contacto directo con la imagen de Dios que sale siempre al encuentro de todos y por esas mismas calles en las que hacemos nuestra vida diaria. Sevilla se dio a sí misma una lección de respeto y hondura religiosa que será difícil olvidar. Junto a esto, todo palidece. Pero no pueden olvidarse otras circunstancias extraordinarias: la coronación de la Virgen de la Paz, el 450 aniversario de La O y los cuatrocientos años de la fusión que dio lugar a la actual hermandad de la Esperanza de Triana. Cada una cumplió sobradamente con la importancia de lo celebrado. Hubo por vez primera nazarenos por Ciudad Jardín y se demostró que en pleno siglo XXI el modelo de religiosidad que desarrollan nuestras corporaciones sigue vigente y pujante. La Semana Santa tuvo, cómo no, luces y sombras. De las primeras, mencionaré que la lluvia no solo trae disgustos cofradieros, sino que permite ver recorridos y modos de procesionar que, además de posibles, son deseables. De las sombras, la dichosa obsesión por las vallas, que se extendió incluso al Corpus. No insistiré demasiado. Pero esta separación metálica viene a desnaturalizar la celebración e implica un trasfondo peligroso, aunque no todos parecen darse cuenta (o sí). Y, por último, permanecerán ya siempre en el recuerdo Fernando Carrasco y El López, que dejaron su huella como esas gotas de cera que caen y se quedan fijadas sobre los adoquines del tiempo. Un año irrepetible… como todos.

(Más Pasión, nº 109, enero 2017)

28
May/2016

Tu quoque, Corpus Christi!

Iba el jueves camino de la Avenida cuando, ¡oh sorpresa!, me encuentro con un vallado desde la Puerta de los Palos hasta la Puerta del Perdón. Sí, la del Perdón, porque, para colmo, los responsables de montarlo ignoraban que la calle Alemanes solo se ocupa desde Argote de Molina; de modo que se dificultaba, de paso, la entrada al Patio de los Naranjos. ¿Alguien recuerda en sus años una bulla de Corpus?, ¿o cangrejeros en la magna procesión eucarística?, ¿han visto empujones a los canónigos o a las autoridades civiles y militares?, ¿hay masas tan osadas como para apostarse a pleno sol en la Plaza de la Virgen de los Reyes desde el Palacio Arzobispal a la fuente? Después, vi en televisión cómo los niños tenían que sacar sus cabecitas por entre los barrotes de esas vallas, como un modelo aggiornado de “Soleá, dame la mano”, aunque esta vez solo eran infantes que pretendían ver la procesión. Desde luego, se me escapa la razón de este nuevo desatino y sigo sin comprender en manos de quiénes estamos. Pero, visto qué ocurrió en la pasada Semana Santa y la aquiescencia del Consejo de Cofradías, solo me queda esperar que el Cabildo catedralicio proteste oficialmente por esta separación forzada entre Dios vivo discurriendo por las calles y los fieles, cada vez menos, que se acercan a rendirle culto. Todo muy simbólico: Jesús Sacramentado en viril de oro y custodia de plata pasea entre vallas de aluminio. Pero, eso sí, ¡con qué seguridad!

09
Abr/2016

Para el balance

Empezamos la semana pasada por lo que resultó más llamativo (que casi nunca resulta lo mejor): el uso de las vallas —y que deja misterios inexplicables como ese inmenso espacio desperdiciado a los pies de la Giralda—. Pero pasemos a otras cosas más gratas: señalar, por ejemplo, que cofradías como La Cena, La Amargura, El Calvario o Los Negritos deberían declararse piezas de calidad suprema en el patrimonio de la ciudad. Es más, debería exigirse su contemplación íntegra para poder afirmar con conocimiento que se ha vivido la Semana Santa. Y esto desde antes de la llegada de su cruz de guía hasta bastante después de que el palio nos haya superado, como demostración también de que los nazarenos no son ninguna excrecencia eliminable sino un elemento esencial. O, de otro lado, que si en lo fundamental todas las hermandades deben tener un mismo guión y un único motor que llamamos evangelio (nunca estará de más recordarlo); en las formas, no todas son iguales ni deberían serlo. En la variedad no es que esté el gusto, sino un valor importante de nuestra celebración. Que las preferencias puramente personales no nos hagan olvidar o minusvalorar que la estética no obedece a un solo canon y se necesitarían largos folios para precisar tanto trabajo bien hecho por cuadrillas, capataces, vestidores, floristas, encendedores… A mí se me acaba el espacio, pero díganse a sí mismos cuántas cosas buenas han visto. Y den gracias a Dios por ello.