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24
Jun/2017

Tiempo fijado

nazarenos

Que la fotografía vive un momento extraordinario en Sevilla es un hecho contrastado. Profesionales del gremio y aficionados excelentes sacan de la ciudad y sus manifestaciones matices que no dejan de sorprendernos por conocido que sea el tema propuesto. El ojo que está tras la cámara ve más y mejor a través del visor que muchos otros que permanecen frente al objeto sin obtener de él sino una desvaída imagen de lo que contemplan. La fotografía es un arte —como la pintura, la música, la escultura…— y lo es en el doble sentido del término: pretende la búsqueda de la belleza y requiere de una técnica necesaria para fijarla. Además, para que brille y destaque en su variedad, es necesaria la concurrencia de distintas firmas que nos permitan oponer, comparar o realzar unos resultados frente a otros. Así ocurre en los periodos de esplendor de cualquier manifestación artística. No pretendo aquí lanzar una batería de nombres que justifiquen cuanto digo. Ustedes sabrán hacerlo con sobrado conocimiento de causa. Lo que sí puedo decirles es que a mí cada vez me interesa más ese reflejo que estos verdaderos artistas del tiempo fijado proyectan de las cofradías y que se vierte en revistas, webs o exposiciones diversas. Hago esta reflexión cuando acabo de ver una antología admirable firmada por J. M. “Silva” en el Hospital de la Caridad. Luces, sombras, color y perspectiva llenan la Sala de la Virgen. Acudan a verla. Se harán un inmenso favor.

24
Oct/2015

Del blanco y negro al azul y plata

Sorteando veladores y ciclistas, acompañado por los gritos de unos guías que vociferaban sin pudor y con el hilo musical de un grupo andino, al que hacían contrapunto varias rotaflex funcionando al mismo tiempo, logré ver la exposición que la Hermandad de la Hiniesta ha organizado en la Avenida. Casi siglo y medio de los 450 años que ahora cumple se resumen en una selecta colección de fotografías. Allí está lo permanente y lo cambiante, lo fundamental y lo accesorio,  el triunfo y las penurias: la vida, en definitiva, —de entonces y de ahora— fijada en un instante que trasciende hasta pellizcarnos el alma. Siempre conviene saber de dónde venimos para mirar al futuro. Historia, arte, folclore, urbanismo, sociedad…; y, sobre todo, la manera en que San Julián ha vivido su fe como hermandad se dan la mano en esos niños que visten túnica de cola plisada, en el difícil exilio al que condenan unas vigas quemadas sobre el suelo, en esa pareja de novios que atraviesa las filas por un barrio derruido, en los fúnebres jarrones de un antiguo paso, en la anciana que ha sacado su silla de comedor a la calle para ver la cofradía, en el color desvaído de los ochenta, en sus Dolorosas siempre jóvenes como niñas del barrio y así hasta el cromatismo limpio y rutilante que hoy luce el Cristo de la Buena Muerte. Cuando esta tarde la Virgen de la Hiniesta vista de azul y plata las calles será el triunfo de todos los que han resistido y han ganado.

 

20
Jun/2015

JAZ_*.jpeg

Quien cree que la perfección se ha alcanzado en cualquier disciplina se condena de por vida a repetir motivos. Quien dice que en arte no se puede innovar él solo reduce su espacio. Los verdaderos creadores siempre encuentran un resquicio por donde ars e ingenium unidos —la técnica y las dotes naturales de las que Horacio nos habla— consiguen deslumbrarnos. Aquello tantas veces visto o vivido se nos muestra de pronto con una apariencia insospechada. Así me ocurre cada vez que en mi correo electrónico recibo un mensaje firmado por el fotógrafo José Antonio Zamora, que esta semana ha recibido su enésimo galardón profesional. A mitad de una mala mañana, o en el cansancio de la tarde vencida, o en el sosiego final del día, el teléfono, con su campanita de muñidor, puede avisarme de que un nuevo regalo está por abrir en la bandeja. Rodeado de un celofán virtual que reconozco de inmediato: JAZ_*.jpeg, corro, como niño ansioso, a romper su envoltorio con un doble clic. Qué será esta vez. Entonces aparece alguna maravilla teñida con el resplandor de lo bueno y de lo bello. Ustedes han tenido ocasión de comprobarlo recientemente en dos paneles con cuarenta y ocho instantáneas de la plaza de San Lorenzo y la Basílica del Señor. Díganme si no era Manet cámara en mano en lugar de pinceles; si Sevilla, con luz imponente o con ese gris de plata, no parecía Rouen y el templo, a su vez, calle cubierta y huerto cerrado.