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05
Feb/2017

Pintura y poesía

Goya y Cervantes Web

Hace dos semanas José María Jiménez Pérez-Cerezal presentaba su cartel de Semana Santa. Ustedes lo conocen y cada uno tendrá su opinión. Demos por sentado que cualquiera será lícita con tal de haberlo visto, aunque me temo que no todas sean válidas. Como decía un afamado crítico, el “me gusta” y el “no me gusta” son siempre el primer escalón del juicio —y esto en cualquier asunto al que nos enfrentemos—; pero no pueden ser determinantes para valorar la calidad de la obra artística. Para apreciarla con justeza hace falta, aparte de los gustos personales, una consciente sensibilidad estética (que nada tiene que ver con arrobos melifluos), un cierto conocimiento técnico (no necesariamente el del especialista) y una suficiente capacidad comparativa (que implica una familiaridad con otras creaciones). Cuando me llegó por wasap la imagen del cartel de Cerezal, dio la casualidad de que me encontraba en el Museo del Prado y además de los cuadros, como siempre ocurre donde hay muchas personas, conviene advertir la actitud de estas. Se supone que todas habrían ido voluntariamente. Sin embargo, si había gentes interesadas por el menor detalle, también otros avanzaban entre las pinturas como quien pasea por un centro comercial, e incluso algunos se echaban sobre los bancos aburridos y agotados. Todos veíamos lo mismo, pero nadie miraba de la misma forma. Claro está que, entre los gozadores del arte, unos disfrutarían más con los pinceles de Velázquez, sus verdes y platas, la rueca que gira o el guante cogido con languidez y otros escogerían las figuras ahusadas del Greco con sus mantos amarillos y sus impactantes carmines. Amar a Goya no implica despreciar a Van der Weyden. Recordé que el gran Leonardo afirmó que la pintura era una poesía visible, —como para Horacio era un poema sin palabras—, y comprendí que, aunque muchos dicen gustar de la pintura y la poesía, después se limitan a una firma o a un único arquetipo como otros solo digieren el romance o la cuarteta. Y no es eso, no es eso.

(Más Pasión, nº 110, febrero 2017)

28
Ene/2017

A mí me encanta

foto cartel web 2

Si quieren, ya pueden dejar de leer. En el titular queda dicho lo que opino sobre el cartel de la Semana Santa de 2017. José María Jiménez Pérez-Cerezal ha triunfado por partida doble: de un lado, ha pintado un anuncio soberbio, impactante y rico de matices; de otro, lo ha hecho sin renunciar a su línea, lo que dice mucho de su honestidad artística. Y es… un cartel. No una fotografía, y menos, una estampa. Avisa de lo que viene y nos da un pellizco en el alma. Ha pintado al Cachorro con una paleta fiera y arrebatada: vibrantes azules, rojos intensos, verdes alimonados, crepusculares violetas…, colores ausentes en la piel de su madera, pero que dibujan el arcoíris de sentimientos que su imagen provoca. Esa visión cenital nos ha situado en la perspectiva exacta desde la que el Padre ve al Hijo entregar su Espíritu cada Viernes Santo. Cristo atraviesa limpiamente los estrechos barrotes que los hombres colocan y vuela por encima de esas quietas golondrinas que, apartadas, le ceden el apagado celeste de la tarde. Y, sin embargo, su cuerpo termina en forma de flecha apuntando al mismo suelo donde nos movemos. No hay nazarenos. Está el Nazareno. No hay incienso ni flores, aunque rezume todos los aromas. No hay música y suena una sinfonía melodiosa. Sí, este cartel es un grito, alto y claro, de lo que llega. Y yo lo pondré en la pared —como ya pende en mi interior— para anunciar que pronto, muy pronto, su Verdad saldrá a la calle.

07
May/2016

Glorias de Sevilla

En esta ciudad, —punta de lanza en la defensa de la Mediación universal de María y su Inmaculada Concepción y en cuyo escudo figura el título de Mariana como reconocimiento a una devoción pública de siglos—, ahora comienza un tiempo que es como una letanía larga, lenta y demorada. Sevilla, desde que el otro día saliera la Virgen de la Cabeza y hasta que la Virgen del Rocío haga de la plaza del Salvador recuerdo de la marisma, va a decir sin prisas a cuantos quieran escucharlo que en la Madre de Dios encuentra Salud, Alegría, Luz o Esperanza todos los meses del año. Y así, cada procesión gloriosa será como una invocación donde nuestra sola presencia se convertirá en un “ruega por nosotros” de respuesta. No habrá bullas, no habrá vallas. Sólo habrá rezos, plegarias, ruegos, agradecimientos, solicitudes… Todo es más íntimo, más limpio, más puro. Por eso, tal vez, me gusta tanto cómo Miguel Ángel González Romero ha pintado el cartel de las Glorias de este año. Es un compendio de devociones, de luces, de dalmáticas antiguas, de simpecados: la cruz delante indicando el camino, la Virgen multiplicándose como los mismos favores que otorga, la ciudad protegiéndolo todo con su muralla y sus torres (altas o chicas)… Y la noche, como un manto extendido de oscuro terciopelo, que nada oculta ni tapa, pero donde se destaca sobremanera la luz de la cera y los cristales, junto a la plata y el oro que no consumen su brillo por siglos que pasen.

09
Mar/2011

Carteles

En la fiebre de carteles que padecemos es difícil la sorpresa (aunque yo espere cada año con impaciencia los que nos regalan Salazar y Bajuelo). Sin embargo a veces, porque siempre hay que fiar de la Divina Providencia, surge algo como un rayo luminoso e inquietante que nos deslumbra y sirve de catarsis. Así me ha pasado con el cartel que anuncia el XVI Pregón de los armaos que firma Teresa Sabater Parejo. Aclararé para malpensados que no conozco a la autora ni a quienes hayan tenido la feliz ocurrencia de premiarlo. Sólo sé que en él hay más Semana Santa —y más vida— que en tantos óleos y fotografías como se dedican a captar simbolismos imposibles o instantáneas de diseño. Veo este cartel y sé de qué me habla: de Cristo y de un papel levantado que lo sentencia, de Sevilla con puertas y murallas, de nazarenos que custodian un arco como centinelas de siglos, de oros y terciopelos, de romanos y armaos… y del evangelio, porque alguien dijo que si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.