16
Sep/2017

Cambios a la vista

sillas 2 web

La Semana Santa que hemos conocido ha llegado a su fin. Han cambiado las circunstancias. En realidad, la celebración no se ha detenido nunca; por eso pervive. Si un sevillano del siglo XVII la viese hoy, no sabría reconocerla; pero tampoco uno de la más cercana posguerra. Es verdad que algunos problemas requerían soluciones que ya debían haberse adoptado y, como el avestruz, se prefirió esconder la cabeza bajo tierra. La cruda realidad de una bulla convertida en masa, la falta de civismo, la ignorancia social y religiosa y, ahora, la amenaza terrorista han puesto al aire las vergüenzas de una fiesta pública. No pocos hemos venido diciendo que esto o lo solucionábamos los cofrades o nos lo acabarían arreglando. Ya han sonado las trompetas. Además de la aplazada decisión sobre el Martes Santo, en la que el CECOP tendrá mucho que decir, está el tema de la Madrugada. El mismo organismo ha advertido claramente que sobran sillas en Sierpes y que, en la Avenida, es necesario crear una zona de evacuación. Digo más, o las sillas que permanezcan en Sierpes se anclan o apenas servirá de nada y, más importante aun: las zonas de paso que atraviesan esta calle deben ensancharse y coincidir a un lado y otro de la misma para  no convertirse en peligrosos embudos. ¿Y qué dirá el CECOP de la Campana, donde la salida natural de emergencia hacia Martín Villa está colapsada por una inmensa parcela de abonados? Les hemos dejado el campo libre. Y lo saben.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.