24
Jun/2017

Tiempo fijado

nazarenos

Que la fotografía vive un momento extraordinario en Sevilla es un hecho contrastado. Profesionales del gremio y aficionados excelentes sacan de la ciudad y sus manifestaciones matices que no dejan de sorprendernos por conocido que sea el tema propuesto. El ojo que está tras la cámara ve más y mejor a través del visor que muchos otros que permanecen frente al objeto sin obtener de él sino una desvaída imagen de lo que contemplan. La fotografía es un arte —como la pintura, la música, la escultura…— y lo es en el doble sentido del término: pretende la búsqueda de la belleza y requiere de una técnica necesaria para fijarla. Además, para que brille y destaque en su variedad, es necesaria la concurrencia de distintas firmas que nos permitan oponer, comparar o realzar unos resultados frente a otros. Así ocurre en los periodos de esplendor de cualquier manifestación artística. No pretendo aquí lanzar una batería de nombres que justifiquen cuanto digo. Ustedes sabrán hacerlo con sobrado conocimiento de causa. Lo que sí puedo decirles es que a mí cada vez me interesa más ese reflejo que estos verdaderos artistas del tiempo fijado proyectan de las cofradías y que se vierte en revistas, webs o exposiciones diversas. Hago esta reflexión cuando acabo de ver una antología admirable firmada por J. M. “Silva” en el Hospital de la Caridad. Luces, sombras, color y perspectiva llenan la Sala de la Virgen. Acudan a verla. Se harán un inmenso favor.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.