17
Jun/2017

Domingo de Corpus

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Mañana será cuando la iglesia universal celebre la festividad del Cuerpo y Sangre de Cristo; aunque Sevilla, como reducto numantino, haya mantenido su procesión solemne en la fecha tradicional del jueves. Es una buena ocasión para acompañar a Jesús Sacramentado por las calles que pisamos a diario. En la agenda verán que, entre hermandades, parroquias, monasterios y conventos, hay un elevado número de procesiones eucarísticas. Cada cual puede escoger así la más próxima a su casa, o incluso a su lugar de trabajo, para adorar al Santísimo. Si aceptamos que él permanece verdaderamente junto a nosotros hasta el fin de los tiempos, no está de más que lo acompañemos algunos instantes, como haríamos con un buen amigo que nos sale al encuentro. Gocemos de su presencia. Aquí no hay bullas, ni vallas, ni cortejos excesivos, ni representaciones imposibles de reconocer. Por eso espero también que quienes critican por su desmesura la magna procesión que sale de la catedral participen con agrado y sin excusas de alguna de estas, más pequeñas pero igualmente valiosas en su profundo significado. Y, como en la variedad está el gusto, cada barrio lo celebrará de acuerdo con su carácter: con lujosas custodias de asiento o con ostensorios conducidos bajo palio, con bandas de música o con el canto de los feligreses, con acompañantes de chaqués o con niños vestidos de comunión. Pero allí va Él. El mismo que nos espera en el sagrario cada día del año.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.