03
Jun/2017

Rocío inacabable

manos web

Tengo un amigo de mirada clara. Me gusta escucharlo porque dice siempre la palabra justa, quintaesenciada en ese alambique que va del corazón a la cabeza. Es un hombre con un trabajo difícil y una devoción fuerte. Cuando se retira al campo, —recuerdo los versos de Lorca: “¡Qué blando con las espigas!/ ¡Qué duro con las espuelas!/ ¡Qué tierno con el rocío!”—, él cuida los olivos, templa la guitarra y llama a sus imponentes mastines que le obedecen ciegamente porque se saben amados. Ahora, Josemi estará pisando la arena de la aldea y habrá ido ya hasta la Virgen infinidad de veces. En los ratos mejores, sin que nadie le moleste con insistencias, cuando su espíritu haya querido desbordarse, habrá cantado en el tono medido y exacto con el que hace las cosas unas sevillanas que, palmas sordas y compás lento, habrán provocado lágrimas: “Me voy pa el Rocío/ a ver a la Virgen/ a ver la Pastora/ y a ver qué me dice./ A verle la cara./ A ver si es verdad/ que Ella es tan guapa.” Porque se puede ser un hombre de hoy, conocedor de las más duras realidades, y, a la vez, poeta y músico. Se puede montar en una moto imponente con casco casi espacial, que te riña y te dé miedo; y, sin dobleces de personalidad, acariciar las ramas de los árboles, encender un fuego y explicar, una a una, historias y fotografías de un Rocío perenne. Tú, que lo vives todo el año —como tantos buenos rocieros que allí toman luz para su vida diaria—, acuérdate de nosotros.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.