27
May/2017

Caballo de Troya

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El PP ha corrido a presentar la solicitud de una nueva ordenanza para la Semana Santa y el pleno municipal la ha bendecido. ¿Casualidad? Me acojo a Virgilio: “Timeo Danaos et dona ferentes”. Yo también temo a estos griegos (e incluso a los troyanos) que nos asedian y que, por nuestro bien, quieren reglamentarlo todo como panacea. Y no es que lo malo sean las normas en sí mismas (diré esto para que un sabio amigo no me tache cariñosamente de rousseauniano), sino porque sospecho que este caballo hispalense esconde en la barriga más de lo que aparenta. Han dicho en su proyecto que quieren que participen ahí todos los sectores implicados: Consejo, Arzobispado, empresarios, hosteleros, fuerzas de seguridad, sanitarios, asociaciones de vecinos, medios de comunicación y, por supuesto, los partidos políticos municipales. ¡Qué ensaladilla más curiosa! (a ver si habiendo tantas cosas no se encuentran después las gambas). Repasen despacio la lista de intervinientes y examinen ustedes mismos la pertinencia de cada sector. Y, ya puestos, que cada quien añada otros más a este maremágnum. Pero, ¿no será que los últimos informes y testimonios están desmoronando la teoría de la Delegación del Gobierno, en manos del PP, y temen que eso les estalle en la cara? ¿Y no será que el PSOE, sumado rápidamente a la iniciativa, al carecer de una teoría propia, quiere curarse en salud porque tampoco considera creíble la hipótesis del pánico colectivo? Veremos.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.