13
May/2017

Artículo 56

Libo de reglas web

Vivimos, ¡ay!, tiempos de ordenancismo. Lo que hasta ayer se hacía con naturalidad y eficacia, ahora encuentra una férrea barrera burocrática que, difícilmente, digiere el sentido común. No digo que las normas en cualquier terreno sean innecesarias, sino que cuando las reglas no se sostienen en el uso y las buenas costumbres acaban por verse como cortapisas despóticas por parte del legislador y, por lo mismo, tienen los días contados (exactamente los mismos que dure en su puesto la cabeza pensante que las impuso). Afirma el diccionario de la Academia que ordenancismo es la “tendencia a una reglamentación prolija o excesiva”, o peor, la “tendencia a un exceso de celo en la aplicación de las normas”. Y exactamente eso es lo que padecemos hoy en el mundo de las cofradías. Ya lo experimentamos en los viacrucis de cuaresma y ahora toca sufrirlo a las hermandades de Gloria. Y, como quien hace la ley hace la trampa, se dice que basta con cambiar las reglas y todo solucionado. Por eso, si antes las reglas de cualquier hermandad pervivían durante generaciones con escaso articulado y menos variaciones; ahora, cada poco tiempo se convocan cabildos generales para enmendarlas. A esto se suman los reglamentos de régimen interior, los de uso de la casa de hermandad, los que afectan a capataces y costaleros, los derechos sobre el columbario (toquemos madera)… Dios mío, y el evangelio tan sencillo. Pero, claro, eso lo escribieron cuatro privilegiados.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.