08
Abr/2017

Personajes secundarios

Romano Amargura 2

En un mundo tan exhibicionista como el que vivimos todo el mundo quiere cobrar protagonismo. No importa el costo. Cedemos la privacidad por un plato de lentejas, cuando la intimidad es como un buen plato de langostinos sanluqueños regados con la mejor manzanilla. “O César, o nada” parece ser el lema de nuestro tiempo, aunque el imperio que gobernemos sea demasiado estrecho e inane. Quedar entre los diez primeros en alguna cosa se considera irrelevante, aun cuando eso mismo lo pretendieran miles de aspirantes que ni siquiera consiguieron llegar a la meta. Queremos ser únicos y brillantes. Raramente reconocemos la primacía de alguien en cualquier campo, porque equivaldría a confesar la propia inferioridad. Pero miremos sobre las canastillas de los pasos. De respiraderos para arriba solo hay dos protagonistas entre tantas imágenes: Jesús y María. Los demás, todos, personajes secundarios; pero no iguales: Juan, Pedro, Judas, María la de Magdala y Marta la de Betania, sayones, romanos o sanedritas. Cada uno explica la Pasión a su modo, solo aquellos dos imprescindibles. Pero ¿no importa Pilatos?, ¿no actuó el hombre de Cirene? En lo bueno y en lo malo cada uno puede verse reflejado anónimamente. Cuando suene “Cristo del Amor” y el Señor baje montado en su burra a la Plaza del Salvador, a su plaza, todos quedaremos convertidos en personajes secundarios, inapreciables como gotas de agua dentro de un océano. Uno entre tantos. ¡Qué gloria!

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.