18
Mar/2017

Ad experimentum (sí, sí)

SENATUS WEB

El latín no es una lengua muerta, como no lo es en puridad ninguna que pueda ser entendida y siga transmitiendo sus saberes y belleza. Y en nuestro entorno cultural está mucho más viva que otras con millones de hablantes. Tal vez por eso hasta quienes no han traducido un solo renglón de César o Salustio se atreven con ella. Pero debe volver a las aulas el estudio de las declinaciones, la conjugación de los verbos deponentes y la consecutio temporum. E incluso debería exigirse un B1 en la lengua del gran Horacio, como mínimo, para formar parte del Consejo o ser diputado mayor de gobierno de la Madrugada. Evitaríamos serios problemas. ¿En qué parte del “ad experimentum” se han perdido algunos? O es, quizás, algo peor: que de nada sirve ya la palabra dada. Obligar a una sola hermandad —precisamente la que más puso de su parte el año pasado para llegar a un acuerdo y la que mayor riesgo corrió— es sentar un gravísimo precedente. No sé, a partir de ahora, quién va a ceder en lo más mínimo, si los mismos que se vieron beneficiados después miran al tendido. Todos los hermanos mayores de la Madrugada deberían haber cerrado filas junto al de Los Gitanos, aunque solo fuera por precaución al ver pelar las barbas del vecino. Y flaco favor se ha hecho a sí mismo el Consejo que, pretendiendo en el futuro remodelar otras jornadas, ha puesto también en guardia al resto de hermandades y colocado bajo sospecha a sus delegados de día. O tempora, o mores.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.