10
Dic/2016

Unción sagrada

Cristo Púrpura web

Pocas veces se observa en el mundo de las cofradías una opinión favorable casi unánime. Pero la presentación de la imagen del Cristo de la Púrpura, realizada por Navarro Arteaga, se ha convertido en una brillante excepción. En sus obras se aprecia siempre una fuerza expresiva que trasciende la belleza para provocar la devoción. Esto y no otra cosa es lo que se denomina unción sagrada y esa es la finalidad inexcusable que debe buscarse en las imágenes procesionales, hechas no para ser admiradas sino para conmover a devotos y descreídos en sus altares y por las calles. El barroco hizo de su afán por conmover al espectador el fundamento de su concepción estética y esa es la razón de que nuestras imágenes sigan obedeciendo a dicho canon, y no, como algunos suponen, la mera repetición de un modelo del pasado por falta de creatividad. Cuando se abandona este juego de tensiones y se sustituye la fuerza expresiva por lo simplemente placentero, confundimos lo bello con lo bonito (y, a veces, ni eso). Navarro Arteaga no es un caso único, aunque sí es un exponente claro de coherencia y capacidad. Este Cristo de la Púrpura nace para estar en una capilla y gracias a una donación particular. El futuro dirá si sube o no a un paso. Esto ahora importa menos. Lo que conviene destacar es que hoy se puede seguir haciendo mucha y buena imaginería. Todo depende de la capacidad del artista y de que quienes encargan las obras conozcan su verdadera función.

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Nací a principios de los sesenta junto a Chapina, en una casa de vecinos de la calle Magallanes —la callejuela, le decían los trianeros de entonces—. Desde el balcón de aquella casa se podía ver al Cachorro durante unos instantes mientras avanzaba por Castilla camino del Puente y desde allí, me dicen, lo vi por primera vez en la calle. Me lo han contado tantas veces que puedo repetirlo como si aquello le hubiera ocurrido a otro. Antes de cumplir el primer año, mi madre había cosido una túnica minúscula para que con mi varita pudiera acompañar durante unos metros a ese Cristo que sabe tanto de los cielos de Sevilla. Pero el hombre propone y Dios dispone, de modo que aquella Semana Santa el niño cogió el sarampión y, a la hora de la salida, túnica y capa reposaban en una silla. El Cachorro decidió salir aquel año y yo no podía. Mi tata, una vecina entrañable a la que llamaba así sencillamente porque Rosario se hacía aún de imposible pronunciación, era cachorrista de casta y no se lo pensó dos veces: “—A este niño hay que vestirlo de nazareno para que vea a su Cristo desde su primer Viernes Santo”. Dicho y hecho. El niño, cogido a su madre de la mano y con una varita en la otra, rompió la férrea clausura impuesta por la enfermedad y se asomó al balcón. Aquella estación de penitencia se redujo a unos cuantos pasos indecisos. Desde entonces hasta ahora ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa de mayor mérito, en lo cofradiero, que acompañarlo a Él y a su Madre del Patrocinio sin faltar un año. Bueno, sí. He hecho algo más de lo que puedo sentirme orgulloso, aunque esté al alcance de todo el que se lo proponga: he compartido mi devoción con otras personas y algunas figuran hoy en su libro de hermanos. Lo demás no importa.