Monthly Archives: Marzo 2016

19
Mar/2016

Ritos de grandeza

Las hermandades atesoran pequeños ritos cuyo conocimiento rara vez traspasa la estricta intimidad. A veces tienen lugar en los traslados de las imágenes, o con la entrega de una potencia o de un pañuelo para el hermano enfermo, o es apenas un papel doblado que se coloca entre la imagen y su peana. Pero el verdadero significado de estos gestos sólo se alcanza a comprender donde nació y pervive la costumbre. Cuando mi Cristo ha de subirse al paso, o colocarse de nuevo en su altar, se le desprende la parte superior de la cruz que sostiene el INRI y, mientras dura el traslado, el hermano mayor se lo entrega a alguno de los presentes que lo recibe como el mayor de los tesoros. Esta vez lo sostuvo entre sus manos Paco Nieto Moreno y a Paco lo sostenía su hijo que lo llevó en su silla de ruedas como un cirineo obediente y entregado. Paco no ha sido nunca miembro de Junta ni ha ocupado otro lugar de privilegio que el de, como electricista que era, iluminar a su Cristo en tiempos menos boyantes y en los que el mayordomo recurría a él porque era el único capaz de cambiar cables y bombillas desde una inmensa escalera que sólo él sabía manejar con soltura para encaramarse sin miedo en el último peldaño. El pasado martes, quien en otro tiempo recorría incansable la cofradía arriba y abajo con sus pies descalzos, estaba allí sentado —con unos zapatos nuevos que ya no podrá desgastar— mirando emocionado sobre su regazo el remate de su Cachorro.

14
Mar/2016

¡En fila de a tres, ar!

Desde luego, somos de lo que no hay. Y nos vamos a cargar el mejor de los inventos. Les vamos a poner tantas dificultades a los nazarenos que, después, vendrán los lamentos. Pero, claro, algunos pensarán que quienes vengan más tarde que apechuguen con lo que se encuentren. Qué español es esto, ¿verdad? El nazareno sale a hacer penitencia, sí; pero no a una gymkana. No va en busca de un podium, sino, como se denomina con cierta pompa, a dar pública protestación de fe o, más modestamente, a hacer su estación de penitencia. Y esto lo será cada vez más a tenor de algunas normas que acaban de darse a conocer. (¡Qué año llevamos de ordenancismo barato y que mira la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio!) El problema es que parece que el señor vicario no se cree aquello del todo y estima más oportuno, a la hora de visar los cortejos procesionales, que no se moleste demasiado al dios Cronos que, aunque parece no existir, se sigue venerando en selectos círculos de iniciados. Pues bien, vayamos ineludiblemente —como dice la letra de la norma— de a tres en fondo en cualquier punto conflictivo del itinerario (que mañana ya veremos si habrá de hacerse en pastoril rebaño). Todo, eso sí, bajo la mayor autoridad de los delegados de día. Y menos mal que quedó en el camino la idea de imponer el criterio sólo a las cofradías que superasen el millar de nazarenos —como si, además, pudiera penalizarse la devoción en algunas hermandades por considerarse un exceso—. Pero todo habrá de “cumplirse estricta, y obligatoriamente, para el desempeño y consecución del cumplimiento íntegro de los horarios, manteniendo así el espíritu de solidaridad entre las hermandades”. Ya veremos a qué hora se recogen algunas ¿o van a hacer también que los nazarenos vayan a paso de marcha atlética si se aproxima la hora de recogida y quedan no pocos metros por recorrer? Y ay, señor vicario, cómo emplea usted ese concepto laico de solidaridad y desplaza el de caridad cristiana. Nos quejamos de vicio.

13
Mar/2016

Por alusiones

Imagen1(Javier García, El Correo de Andalucía, 11-03-2016, p. 11)

Si leyeron ayer El Correo, junto a la entrevista de Pepe Gómez Palas (en cuyo trabajo resplandece ese brillo de lo bueno que decía San Agustín y que exprime a los personajes con sutil delicadeza), y bajo el incisivo artículo que firmaba Ana María Ruiz, aparecía ese soplo de aire puro que es siempre la viñeta de Javier García. Y allí, vestido de nazareno, con figura estilizada —gracias, Javier, por tu generosidad— y con los ojos bien abiertos, me dibujaba a mí pasando esa aduana imaginaria que señalan la Capillita del Carmen y la imponente figura de Belmonte con el pecho abierto para que entren en él la Giralda y la Maestranza al completo. Si algo he aprendido en esta vida es que uno no es nada sin la estimación y el apoyo de sus amigos, que todo logro casi nunca es individual por mucho que así lo crean algunos y que de los enemigos no cabe esperar consuelo. Con estas escasas pero útiles enseñanzas me levanto cada mañana después de rezar un padrenuestro por amigos y enemigos y un avemaría en busca de protección para los míos. He mantenido siempre que la amistad no consiste en que dos personas se vean con frecuencia o se hagan extrañas confidencias, sino en que, por mucho tiempo que haya pasado desde el último encuentro, una conversación pueda retomarse con serena naturalidad. Por eso, ahora que vamos a reencontrarnos con tantos de ellos por calles y templos, muéstrenles su afecto. La amistad es la más rotunda negación del olvido.

07
Mar/2016

En estos días

Hay días como éste en los que las teclas se resisten al empuje de los dedos y en los que la pantalla en blanco es como un largo lienzo donde hubiera que pintar sin ganas. La realidad es terca y se empeña en que nos entre la letra de la vida siempre con sangre —propia o ajena—. ¡Creemos saber tantas cosas que, sin embargo, cuando se nos muestran a los ojos, apenas comprendemos! No tengo cuerpo ni ganas, ahora que se nos ha ido Fernando Carrasco, de hablarles de procesiones piratas, de politicastros que quieren subvertir la historia y la realidad —ya lo hizo él con la perfección que acostumbraba en su última semana—, ni tampoco de insumisiones provocadoras e irrespetuosas de quienes confunden derechos legítimos con agresión al prójimo, o de poetisas vacuas que creen que la blasfemia es un género literario. Me acojo, como siempre, a las palabras del único que importa: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Definitivamente, hoy menos que nunca, osaré dar lecciones a nadie. Me basta con asimilar la que me han obligado a repasar de nuevo este fin de semana sentado en un banco de San Bernardo y me conformaré con agarrarme a esos signos ciertos de la víspera, que son también las huellas más cercanas de la esperanza: mi mujer ha sacado la túnica del altillo y han aparecido cíngulo y escudos con ligeros rastros de cera negra. Mi madre se ha empeñado en que me la pruebe para revisarla con detalle, ¡qué tendrá esa túnica para que a sus ojos escrutadores y precisos de modista antigua cada año necesite algún retoque! He ido después con mi hijo pequeño a sacar las papeletas de sitio y he visto que en sólo dos días se habían expedido casi mil de ellas. Y mientras Esteban miraba alborozado cómo su número de hermano alcanza ya la mitad de la nómina, y lo proclamaba lleno de júbilo, enseguida me preguntó: “papá, ¿este año saldremos?”; yo miré también mi número y le contesté: “hijo, será lo que Dios quiera”. No hay otra…, aunque él todavía no alcance a comprenderlo del todo.

06
Mar/2016

Cien ilusiones

Querían que escogiera sólo una portada y, cuando ya la tenía decidida, me asaltaba otra con igual fuerza. Al final, elegí ésta porque me define tanto a mí como a Más Pasión, que sale hoy a la calle en procesión extraordinaria por su primer centenario. Lleva por título “La ilusión de las vísperas” y, en ella, un niño —ese niño que somos todos cuando llega la Cuaresma— corre sin volver la vista atrás. Sólo le interesa el presente, porque para él no hay otra cosa. Ha salido del colegio y lleva en su mano un capirote de juguete (que jugando se aprenden sin sentir las cosas más importantes). Apenas apoya un pie en el suelo y levanta la blanca cartulina como una antorcha olímpica, la que ha recibido de sus mayores y, un día, habrá de entregar a sus hijos en una interminable carrera de relevos. El niño está a salvo de todo peligro en esa calle peatonal de su edad más dulce. El remolino de su pelo habrá irremediablemente de perderse o volverse de una blancura semejante a la de ese capirote que enarbola. Los dedos de su mano izquierda aletean como las plumas de un ave del paraíso, del paraíso en el que ignora que vive pero que siempre podrá disfrutar una semana al año.
Sigo siendo como ese niño, aunque mis canas digan lo contrario y mis hijos me lo recuerden a cada poco. Los veo y me veo, en edición corregida y aumentada. Corro con este artículo en mi mano como el niño de la fotografía, al que no se le ve el rostro, pero que si se diera la vuelta tendría nuestra misma cara, la de cada uno de los que leemos esto y esperamos el Domingo de Ramos subiendo y bajando a la carrera la rampa del Salvador; porque, cuando alguno de esos pequeños de pantalón corto lo hace, en nombre de todos cumple el rito. Es la misma ilusión de los que hacen esta revista, permanente aviso de que nada acaba del todo. No viviremos un siglo, ni vestiremos la túnica planchada tantas veces, pero ya somos centenarios.

(Más Pasión, nº 100, marzo 2016)

05
Mar/2016

Querido Fernando,

No podía imaginar al levantarme que tú serías el destinatario principal de estas líneas. Estuvimos charlando hace unos días en compañía de buenos amigos, ¿te acuerdas? Relatabas ilusionado tu viaje a Tierra Santa, con esa misma ilusión que llenaba de luz tus crónicas, tus reflexiones, tu conversación. Me recomendabas que no dejara de ir lo antes posible, que visitar aquel lugar marca la vida. Hablamos de todas tus pasiones: de periodismo, de cofradías, de toros, de literatura… —pasiones compartidas y con gran coincidencia de pareceres—. Y, en todo, resplandecía tu cordura y tu rectitud. Dondequiera que nos viéramos, y por prisa que te exigiera tu labor, siempre encontrabas unos minutos para conversar y siempre con esa sonrisa que sólo poseen los hombres de bien. Ya no tendremos que poner fecha para que vengas a la universidad y expliques a los alumnos cómo se hace una novela y cómo los lectores están en ella desde el primer momento de la escritura. Tu Cristo de la Salud ha dispuesto otra cosa, aunque se nos escape por qué. Mira, Fernando, ayer de mañana entré en San Bernardo y vi en ese palio a medio montar de tu Virgen del Refugio, de cuyos respiraderos cuelgan caireles toreros, una perfecta alegoría de nuestra primavera. Y luego en clase, no sé a cuento de qué, mencioné a Valdés Leal y su In ictu oculi. ¿Cómo pensar entonces que tú estabas más cerca de comprobar lo segundo que de disfrutar los primero? Descansa en paz, amigo.

01
Mar/2016

Último tramo

Cuando se reparten los cirios del último tramo, las caras son otras y otras las ilusiones. Se cantan los nombres y las voces que responden suenan graves, incluso algunas de las llamadas no encuentran respuesta, porque, aunque la papeleta de sitio se expidió, las fuerzas han decidido finalmente otra cosa. (Pero estarán luego en la calle, con traje oscuro y ojos brillantes, con su procesión por dentro, y recibirán palabras de ánimo.) Es el tramo de las túnicas marcadas por la huella del tiempo y que forman cercanas a su devoción. Al recoger el cirio numerado, recordarán sobre todo las ausencias de quienes sus cenizas reposan para siempre junto a su Cristo y su Virgen y que hasta hace poco eran también nombrados en aquella sala. Alguna broma, intenta distender y distraer el pensamiento: “—¡Te veo hecho un chaval!”. Entre tantas canas, de cuando en cuando, entra un niño que reparte besos y caramelos, un monaguillo para endulzar la espera del nazareno antiguo, que dirá orgulloso: “—Este es de mi Paco. Ya tengo seis nietos y los seis salimos hoy en el Cristo”. Y una satisfacción indisimulada e indisimulable le hace sonreír sin pretenderlo. Y aquel otro que lo escuchó guardará silencio, porque ellos también fueron muchos en la nómina, pero hoy su apellido se apaga y él lo sabe, y se pregunta por qué… Por eso, los que sólo se fijan en la piel de las cosas —y dicen al pasar la cofradía que se aburren por lo interminable del cortejo— ignoran que, en realidad, apenas ven una mínima parte. Con cada nazareno de ese último tramo hacen la estación de penitencia otros muchos que ya sólo están en la memoria, pero que él logra ver de manera diáfana y precisa: la persona que lo apuntó en la hermandad, la que lo llevaba de niño a sacar la papeleta de sitio, sus vecinos que se paraban a verlo camino de la capilla, sus hermanos de sangre que el tiempo dispersó, sus hijos que renunciaron o se fueron antes de tiempo. Todos van con ellos. Sí, son verdaderamente interminables esos últimos tramos.