Desde que en 1976 el Consejo de Hermandades tuvo la feliz idea de organizar un viacrucis, este día se señala en rojo en el calendario cofrade. Y es importante porque, además del valor intrínseco de esta práctica penitencial y lo sustancial de la oración realizada en común, sirve de termómetro que mide, a la vez, la vida de la propia hermandad cuya imagen es designada para presidirlo (más allá de los dimes y diretes que rodean su elección) y la implicación de los cofrades en un acto público de fe sin cornetas ni tambores. Salir a la calle a decir que se es cristiano —en la medida que cada uno puede asumir esa declaración— es tal vez ahora un reto mayor. Hasta hace poco, la manifestación religiosa externa podía cosechar la simple indiferencia de los que acaso pasaran por allí. Hoy, hay quien aprovecha para la burla o el sarcasmo. Y esto nos incumbe no tanto por lo que puedan decir de cada uno de nosotros —no ofende quien quiere, sino quien puede— sino por el dolor que causa la incomprensión del prójimo. Quienes procuran, haciendo gala de un pretendido laicismo aséptico, recluirnos en el templo, creen que con el viacrucis o las procesiones se impone algo a los demás. La fe no se impone y, cuando se ha intentado hacerlo, la huella que deja resulta triste y difícil de borrar. Se trata de dar testimonio, y en este caso a cara descubierta, de que el mensaje de Jesús es, no sólo válido para el hombre de hoy, sino más necesario que nunca en las difíciles circunstancias que atravesamos; donde los problemas abstractos se graban a diario con nombres concretos y que tan conocidos nos resultan. Acompañemos esta tarde al Cristo de la Salud convencidos de lo que proclama el lema escogido: “Sed luz del mundo y salud de los hombres”, la evangelización es cosa nuestra.

