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14
Ago/2011

Mañana de Reyes

Quejarnos sabemos todos. Dar las gracias es ya más difícil. Ir en busca de alguien para pedirle lo que necesitamos se nos da bien y, a veces, hasta nos atrevemos a exigirlo si creemos que algún derecho —real o atribuido— nos asiste. Visitar a esa misma persona sólo por el gusto de estar con ella, acompañarla, o simplemente cruzar un saludo, se nos hace complicado si ello supone un mínimo sacrificio. Entonces, saltan las excusas: “hoy no me viene bien” o “es muy temprano” o “tengo otras cosas que hacer”. Ante esta última actitud, hay dos posibles respuestas según sea la calidad de esa persona que esperaba nuestra posible asistencia. Unas dirán: “¡que te zurzan! Ya te esperaré la próxima vez que quieras algo de mí”; otras sonreirán, acostumbradas ya a nuestros fallos e inconstancia, y pensarán: “no importa. Aquí seguiré estando cuando me necesites. Tú tienes ahora otras urgencias, pero yo te esperaré siempre. A mi edad las prisas ya terminaron”. Cada uno sabe cómo es él y cuántas veces ha estado en un lado u otro de este río de fidelidades y desdenes.

            Mañana, día de la Asunción de la Virgen, muchos sevillanos acudirán a lo que ellos consideran una cita obligada. Dejarán muy temprano su barrio o su pueblo para acudir a las gradas catedralicias a pie o llenando los autobuses más tempraneros de un día festivo —¡y vaya si lo es!—, o abandonarán su cercano lugar de veraneo para la única ocupación fija que tienen contraída en estas fechas o, incluso, habrán ordenado sus días de descanso pensando que, en la mañana el 15 de agosto, no hay mejor visión que el tapiz de piedra de la catedral y los ladrillos de la Giralda cuando la Virgen de los Reyes pasa delante de ellos. Otros también acudirán, aunque para ellos sea algo sólo ocasional, movidos por la curiosidad, la historia, el recurso de una petición urgente y tal vez escéptica o el agradecimiento de un favor concedido. A su casa vienen con igual derecho y a todos sonreirán Madre e Hijo con el mismo agradecimiento por su visita. Algunos de éstos serán ya fijos para años próximos, aunque ellos no lo sepan todavía. También los hay que se quedarán en la cama riéndose de los que van. No importa. Ella les tiene reservado un sitio para cuando se decidan. Ella ha visto ya muchas cosas, muchos reinados de éste y del otro mundo, y sabe que para su Hijo nada hay imposible. Y mientras duermen, por ellos se dirigirán no pocas oraciones.

            Pero habrá otros que a esa misma hora ya estarán levantados y que, sin olvidar la cita, no podrán acudir para estar a su lado. Lo hicieron tantas veces que ya sus fuerzas o limitaciones se lo impiden. No por eso renuncian a la celebración. La viven a su manera y en su recuerdo. En él están con quienes los llevaron de niños a la plaza más hermosa de Sevilla por primera vez. Allí se ven con sus dudas juveniles y sus proyectos, o de recién casados, o con sus hijos pequeños en alto explicándole cada detalle de esta mañana inacabable ahora en la memoria. Para éstos sevillanos con la vista puesta en el recuerdo, la Virgen guarda su mirada más tierna y prometedora, la de esos ojos abiertos que no se cansan de bendecir a su gente, todos reyes de su antiguo reino.