Monthly Archives: Octubre 2010

31
Oct/2010

No tengáis miedo

Algunos silencios son muy elocuentes. Por eso, el silencio con el que las diversas administraciones implicadas envuelven la ubicación del monumento a Juan Pablo II es, cuando menos, sospechoso. En dos mil años, ha sido el único Papa que nos ha visitado, y por partida doble: la beatificación de Sor Ángela y la clausura del Congreso Eucarístico Internacional. Su peregrinaje y su entrega hasta el último momento conmovían incluso a través del distanciamiento que imponen las pantallas y, a su muerte, la multitud gritaba “santo subito!” como una revelación. No les vale a nuestros gobernantes acogerse al argumento de que todos los sevillanos no son católicos, por supuesto; pero ellos saben bien que los monumentos se erigen y el nomenclátor de las calles se establece sin necesidad de un criterio unánime. (Omitiré ejemplos.) Les vendría bien acogerse al mensaje que Juan Pablo II lanzó al mundo en el inicio del pontificado y que ha sido uno de los pocos gritos de esperanza en el atribulado siglo XX: “No tengáis miedo”.

28
Oct/2010

Perdón, oh Dios mío

No hace ni siquiera un año que la sede hispalense cambió de prelado y, en estos pocos meses transcurridos, me llama la atención el interés filológico tan marcado del que han hecho gala algunos cofrades por subrayar los errores semánticos del arzobispo, sus lapsus linguae y hasta por el análisis de su pragmática oratoria, indicándole qué es o no oportuno mencionar según el momento. Y, qué quieren que les diga, yo sólo busco en mi obispo a un pastor y no a un pregonero o a un erudito; alguien que preste la atención debida a un número grande de católicos que tiene su particular carisma. No quiero olvidos, pero tampoco cabe exigir exclusivismos. Eso es lo importante y no las concretas divergencias. (Yo mismo manifesté aquí mi opinión sobre el envío a Madrid de nuestras imágenes.) Mientras tanto, algunos se afanan en señalar anécdotas que refieren de manera incompleta con interés malicioso o señalan una mano oculta y lejana contra la que deberíamos protegernos. Frente a éstos, la lección de D. Juan José es sencilla: cumple con su ministerio y no duda en pedir perdón públicamente si hace falta. Ha demostrado a todos, mal que les pese a algunos,  que sabe entonar el canto penitencial del “Perdón, oh Dios mío” con absoluta sencillez. No es poco para dar ejemplo.

(Más pasión, octubre 2010)

23
Oct/2010

Qué sabe nadie

Manuel J. Fernández es un fino periodista de esta casa y un puntal de la revista Más Pasión, donde acaba de publicar unas declaraciones de Falete sobre su visión de la Semana Santa. Léanlas y se sorprenderán. Yo les confieso que estuve tentado de saltar sus páginas, porque, aunque sé que el entrevistado es un buen artista, la televisión hace indigeribles a aquellas personas  a las que convierte en el estribillo de una mala copla. Cuando leí aquellos renglones, quedé emocionado y di gracias a Dios. Las palabras de Falete encierran más verdad que no pocas predicaciones de quienes dicen una cosa y hacen la contraria. Muestran a un sevillano que vive la grandeza de la fiesta con pasión y, agárrense, con más sacrificio y sentido penitencial que muchos  de los que ejercen de cofrades profesionales con pedigrí. Pedí perdón a su Cautivo y Rescatado por lo fácil e injusto que es opinar sobre los demás sin saber qué piensan ellos y porque olvidé, una vez más, aquello de “no condenéis y no seréis condenados”.

16
Oct/2010

Rafael Ariza

Cuando el martillo suena, el costalero tiene la obligación de estar siempre preparado. Pero ocurre a veces que lo coge bebiendo del jarrillo o hablando con el compañero. Entonces, aunque intenta incorporarse con celeridad, se coloca mal en el palo y la caída del paso le hace más daño del debido. Algo así nos ha pasado a muchos. El divino Capataz, ése que siempre nos lleva, aunque no vista de negro sino túnica de terciopelo morado, agarró el llamador y dijo con la elegancia de los antiguos que no necesitaban chillar en el respiradero: “—Rafael, que viayamá”. Y desde el zanco trasero de la vida se escuchó una voz, ya débil pero sincera, contestarle lo mismo que a él le respondieron otros tantas veces: “—Llama cuando quieras”. Sólo él estaba preparado, porque sólo a él se convocaba. Los demás nos dolemos, y lo haremos largos años, por haber perdido a un capataz señor que no necesitaba contar sus méritos porque de todos eran conocidos. Él sabe ya cómo suena la voz del Nazareno cuando dice: “—¡A ésta es!”.

14
Oct/2010

Milagros

En la madrugada del sábado, cuando el Arco era un enjambre de personas, escuché a un joven decir a dos amigos en tono despectivo: “y todo esto porque dicen que una monja ha hecho un milagro”. Pues sí, lo dicen… y los vemos, ¿o no es ya un milagro que existan las Hermanas de la Cruz? En realidad, milagros hay a diario, pero como casi siempre miramos sin ver, o vemos sólo lo que nos interesa, pasan desapercibidos para la mayoría. Y sí, por eso estábamos allí con la Esperanza, que es otro milagro cotidiano, —la misma que las hijas de Sor Ángela llevan a tantos y a todas partes—; porque, cuando una madre sale a deshora, es cuando más falta hace que los hijos la acompañen en su camino. Los macarenos, por si cabía alguna duda, pueden añadir ya a su escudo el NO-DO. Y por último, ¿no ha sido también un milagro sencillo, cercano e íntimo el que la Amargura haya bajado a recibir a Madre María de la Purísima y a sus hermanas a ras de suelo? Sólo nos ha faltado oír cómo le habrá susurrado: “Mira, cómo las quiere Sevilla”.

(El Correo de Andalucía, 25-IX-2010)

13
Oct/2010

Libro de hermanos

Los libros son la memoria colectiva de una comunidad. No hay civilización completa hasta que un pueblo fija por escritos sus leyes, da testimonio de los hechos principales acaecidos y es capaz de generar textos artísticos que sirven para el placer o la doctrina. Por el contrario,  los periodos de barbarie se inician casi siempre con la quema de libros, que no es sino la escenificación del desprecio a la cultura del otro. También se ha dicho, y con razón, que bastaría con ver los libros que hay en una casa para hacerse una clara idea de sus moradores.  Pues bien, en toda Hermandad hay también dos libros de especial valor y que ponen de manifiesto el verdadero carácter de su existencia.

El primero, en todos los sentidos, es el libro de Reglas. En él están fijadas las normas que rigen los fines y el funcionamiento de la corporación. Las han redactado sus miembros de pleno derecho y han sido aprobadas por la autoridad eclesiástica. Nadie puede alterarlas sino en contadas ocasiones y sólo por consenso de sus hermanos. Tan importante es que en los dos actos principales de cada hermandad —su salida procesional y su función principal— está necesariamente presente y ocupa un lugar de privilegio. En la cofradía, suele presidir uno de los pasos y, en la función de instituto, se ha de situar a los pies del altar para que todos los hermanos renueven su juramento. Su propia encuadernación, de terciopelo y plata la mayor parte de las veces, da prueba del valor que se le concede.

Pero hay otro, a mi juicio, más importante. No se pasea ni se exhibe. Se guarda bajo llave y el Secretario es el depositario del mismo. Es el libro de hermanos. En él están inscritos todos los miembros efectivos de la Hermandad, sin distinciones formales, sin más orden que el sucesivo que imponen la fecha de entrada en la corporación o el alfabético de sus apellidos. No es libro lujoso. Hay tachones y, a veces, la letra es ilegible. Una cruz y una fecha señalan que la muerte fue la única capaz de desprender el nombre de esa larga lista; otras veces la anotación del fiscal o el mayordomo dan noticia de la baja y su motivo. Cuando existe recurrencia en los apellidos, señala la fidelidad de una familia en su devoción a los Titulares y bien es como la alegría del árbol que sigue creciendo frondoso; o sólo el lamento del que se secó y apenas deja ver ya una brizna verde en lo que estuvo antaño vivo y fuerte.

Éste es el libro que a mí me interesa. El libro en el que todos importan y todos son necesarios. Por eso he dado su nombre a este blog que ahora empieza y en el que espero que tú quieras apuntarte como cofrade. Cuando te interese, podrás sacar tu papeleta de sitio en esta cofradía y, si no, podrás verla pasar mientras discurre. No seré fedatario de nada, ni puedo ofrecerte certezas o verdades —ya están escritas en otro libro, el más importante para cualquier hermano de cualquier hermandad, lo llamamos Evangelios y puedes consultarlo cuando quieras—. Sólo daré testimonio de lo que mis ojos ven, mi cerebro piensa y mi corazón siente. Como diría el poeta: “Yo no puedo darte más./ No soy más que lo que soy”.