Santa Catalina es una triste y clara metáfora de la ciudad: pasado esplendoroso, presente incierto, futuro desalentador. Y es, también, un símbolo del sevillano: desidia, lujo, olvido, historia, un desprecio que va del “qué más da” al “que lo arreglen otros”. Nos encanta que las cosas se caigan: primero, para verlas tiradas por el suelo; después, para llorar como viejas plañideras de encargo, con poca pena y mucha desvergüenza; por último, y esto es lo que más nos gusta, para decir un “ya lo avisé yo”, o mejor, “se perdió porque no me hicieron caso”. Ha ocurrido tantas veces que a poco que lo piensen encontrarán ejemplos de sobra. Pero aquí está otra vez el caso delante de nuestros ojos. Pasamos de prisa por su lado como junto a un vagabundo que reclama nuestros céntimos y fingimos no ver porque apenas hemos acelerado el paso. Azulejos tapados, palmera huérfana, desconchones… Pobre Sevilla, que pierde su escasa fortuna por no saber conservarla y olvida su historia como quien acepta el alzhéimer como mal menor.
Salvador Casado culmina, tras dos mandatos, su ciclo como Presidente del Círculo Mercantil y creo que le debía un artículo. Y se lo pago ahora sólo como ciudadano de a pie, que es, bicicletas aparte, el único modo de transitar por ese cardo máximo que es para muchos la calle Sierpes. No soy socio de la entidad y, por tanto, apenas había pisado tan hermosa casa hasta que su labor y la de quienes con él han hecho posible su apertura al mundo cofrade —con Práxedes Sánchez a la cabeza— convirtieron el Mercantil, durante algunas fechas al año, en ese museo de las cofradías que Sevilla perdió. Sus exposiciones nunca pasaron desapercibidas entre las múltiples actividades cuaresmales que llenan las vísperas de la Fiesta. Han sido verdaderos depósitos del mejor arte que hicieron posible otros hombres que, como nosotros hoy, cruzaron antes esta misma vía, tan llena de vida. Gracias. El Mercantil ha proyectado en estos años desde su sede un haz luminoso que quiera Dios no se extinga. Hagan feliz memoria. Sin duda lo merece.
De la Semana Santa que se nos fue: el latir de Alcosa con su cofradía, porque, muy a extramuros, recordé, sí, a mi Triana de niño; los numerosos expertos en meteorología que tenemos (sugiero la creación de una Facultad de Ciencias de la Atmósfera en la Hispalense); la reservada belleza de las Siete Palabras para quienes no se conforman con seguir a las masas; el desmesurado cuerpo de acólitos que acompañó al lignum crucis y la oportunidad –o no– del cortejo; El Sol con sol por la Puerta Jerez en el mediodía del Sábado Santo; los nazarenos mojados y goteantes; por cierto, ¿se sale para ir a la catedral o hasta donde se pueda? (indíquese esto último en las reglas que proceda y todos contentos). Y también: que la ciudad salvó por completo todas sus Esperanzas dándonos consuelo; que la Verdad vive en San Lorenzo y sólo con verlo se comprende, que potencias y corona traen mal fario por el zurraque, que el Santo Entierro es desfile procesional y cofradía al mismo tiempo; y que, hasta la Aurora, nada acaba del todo.
De la Semana Santa siempre hay cosas que hablar en cualquier época. Y ahora, cuando las túnicas aún chorrean en las azoteas como cansados espantapájaros echados sobre un alambre, el problema consiste en escoger un solo tema sobre el que escribirles. Así que me he decidido no por una lluvia de ideas (que ya está bien lo bueno), sino más bien por una retahíla de sensaciones que me han quedado en la memoria. Aquí las tienen: el frío inclemente, el perfecto palio del Socorro, la cera de la Estrella y los lirios de su Cristo, las iglesias llenas por las mañanas, la hostelería tiritando de clientela, los hermanos de guardia acompañando a sus Titulares después de suspender la salida, el sabor de San Bernardo, el roce del antifaz, el túmulo del Cristo de la Fundación pinchando el aire con unas calas dibujadas más que puestas, el Nazareno de Triana surcando Arfe con el mástil sesgado de carey; y, sobre todo, la Madrugá que nos salvó –por poco– un año peor que el anterior (aun cuando pensábamos que esto era ya imposible).
Cuántas esclavinas y roquetes, cuántas túnicas pequeñas y minúsculas capas, están hoy colgadas esperando la estación de gloria de incipientes cofrades. Sus padres y madres quizás estén más nerviosos que ellos, pues al prender sus escudos en sargas o terciopelos tienen la certeza de que sus apellidos continuarán en la nómina o marcarán el inicio de una saga. Ahora, mis padres han cumplido sus bodas de oro y yo fui una vez, gracias a ellos, nazarenito de mi cofradía. Han pasado los años y he ido retrocediendo poco a poco hasta sentir el aliento de mi Cristo pegado al antifaz. Esto que es el mayor orgullo de un nazareno, como muchas cosas de mi vida, se lo debo a ellos. A mi padre, que me pagó los recibos y la papeleta de sitio cuando eso suponía un descalabro en la economía familiar. A mi madre, que me ha hecho las túnicas y costales que he necesitado y que todavía hoy me viste cada mediodía del Viernes Santo; tan exigente consigo misma que, si tuviera que dar seguidas todas las vueltas que me ha pedido para redondear el bajo de túnica y capa, me caería al suelo en redondo. Por eso aquí, al darle las gracias a los míos, pongo también voz a todos esos monaguillos y nazarenos que a partir de esta tarde van a estrenarse por las calles de Sevilla.
(Más Pasión, abril 2012)
Se vive de milagro, suele decirse. Pero es que literalmente es así. Hasta lo más cotidiano puede cambiar para bien o para mal en un instante y nos sorprende en la práctica aquello que en teoría sabemos admitir como lo más cierto. Que no nos pase con la Semana Santa, tan delicada y tan firme, que ha superado los siglos porque no sólo depende de nosotros —aunque eso queremos creer—; como la devoción al Señor de Sevilla no depende en exclusiva de su Hermandad. Vamos a convivir juntos, en la calle, muchos días y muchas horas. Saquemos de esto su enseñanza, aunque no toda lección sirva de bálsamo. El árbol del conocimiento está lleno de espinas y sólo quien se ha arañado con ellas sabe lo que cuesta comprender las cosas. Vamos a proclamar unas verdades, lo son para nosotros, que no encontrarán fácil acogida más allá de lo externo y, a veces, ni eso. Pero el evangelio es un árbol frondoso que ofrece su fruto y su sombra a cuantos bajo él se cobijan, sin exigir visados. Puro milagro, como la vida, como la Semana Santa.
Ya pueden verse sobre canastillas y peanas Cristos y Vírgenes en la penumbra del templo con el único ajetreo de hermanos con batas o vaqueros. Faroles y candelabros están aún ciegos sin codales y guardabrisas. La cera va levantando una cordillera, que será de luz, a lo ancho del palio. En las casas, cuelgan túnicas de puertas o lámparas que han cambiado por unos días su función y no pueden cerrarse o encenderse. La papeleta de sitio juega con nosotros y aparece o desparece a su antojo y nos guiña su ojo de papel cada vez que quiere: al abrir la cartera, al coger un pañuelo del cajón, al entrar en el despacho… Bruñidores de plata y pan de oro se afanan en sacar brillos a la historia antigua o reciente de cada barrio para mostrarse en perfecto estado de revista en esa puesta de largo anual que es el día de la salida. Los coches en los semáforos ponen a la mañana una banda sonora de maderas y metales. Al caer la tarde, serán cornetas y tambores quienes den el toque de queda y nos avisen de que falta un día menos para ver a esos mismos muchachos que ahora visten de chándal con entorchados ficticios sobre uniformes variopintos. Capirotes desnudos, apenas cubiertos por una bolsa, asoman sus puntas curiosas por las calles que pasearán en unos días revestidos de terciopelos y ruanes, orgullosos también de haber adquirido esa forma que los ha indultado de cajas y embalajes. Chicas que enseñan sus piernas subidas sobre alturas imposibles o sacan a la luz el mismo ombligo que rodearán de esparto en unos días, hombres impecables con traje y corbata, jóvenes de pantalones caídos y boxers levantados hasta la cintura, mujeres presurosas —urbanas velocistas de diario— que miran el reloj camino de algún sitio, cada uno a su modo, ensayan su paso sobre asfalto y adoquines, como haciendo una prueba de resistencia a esas calles por las que habrán de pasar sus cofradías. Palabras que no se las llevará el viento, porque salieron de un corazón y a otros llegaron, prosa y verso tejidos en pregones, han sido pronunciadas para entretener la espera más que para anunciar la celebración, porque nadie ignora ya que estamos a su puerta. Pero, al igual que el niño necesita ver la cabalgata la víspera de Reyes para dormir algo más tranquilo esa noche, la ciudad exige contarse a sí misma lo que va a ocurrir, porque de tanto como espera se resiste a creerlo. Y nadie, salvo Dios, puede ya impedirlo… o concederlo. Que así sea.
Atravesé el viejo barrio camino del trabajo y pasé por la puerta del templo. Era temprano y en la tranquilidad de sus calles sin coches sólo se oía el crepitar de una plana enfoscando una fachada cercana. Miré el reloj y dudé. Pero, al traspasar el cancel de la iglesia, me recibió el rezo del padrenuestro y la trasera de los dos pasos colocados uno junto al otro. Ver de espaldas lo que aún está por venir era como una bella metáfora barroca sobre la brevedad de la vida. El Cristo desnudo y muerto, su piel blanca con la sangre más viva y hermosa, su cabeza coronada de espinas y aún sin potencias. Se oían pájaros que parecían querer picotear las flores bordadas que formaban una primavera sobre el manto. La Virgen, con su candelería a medio fundir, era como un centinela protegiendo el sueño del Hijo. Y, para no perturbar la misa, me conformé con avanzar por los costeros sin llegar a verlos de frente. Eso quedará para el Miércoles Santo cuando San Bernardo lo llené todo con sus morados, negros, granas y dorados.
Hay que estar siempre dispuesto a aceptarlas —vengan de donde vengan—, si el que las imparte lo hace con corazón limpio y sin ánimo de ofender. El alumno debe seguir a su maestro, pero el maestro debe saber que el discípulo, si aprende rápido y bien, podrá encajarle alguna también cuando menos se lo espere. Esta norma puede aplicarse sin problemas al mundo de las cofradías. La hermandad más antigua debe mirarse en el espejo de las jóvenes, pues ella lo fue aunque haga varios siglos; las más recientes están obligadas a mirar a sus mayores para ver cómo se permanece en el tiempo con viva pujanza. Y de ese fecundo enlace que mantienen todas las corporaciones, surge una celebración que atraviesa la dura barrera del tiempo. De ahí la hermosa lección que acaba de impartir la Hdad. del Dulce Nombre de Bellavista a la ciudad. Sus pasos no son los mejores (no pueden serlo por sus reciente fundación), pero nos ha regalado el estreno más bello de cuantos harán este año las hermandades de Sevilla. Crear un comedor cuando la gente pasa hambre (he dicho hambre, sí) es bordar cada día una orla en el manto de la esperanza de muchos, es trazar con la gubia un roleo con el que escabullirse de la miseria más absoluta, es cincelar una corona de oro macizo con la que decirle al otro “tú me importas”. Y no es que ellos no quieran tallar el más soberbio de los canastos dorados, ni bordar el palio más elegante para lucir a su Virgen por el barrio. Es, sencillamente, cuestión de prioridades. Que para ponerse el antifaz hay un día al año, para dar la cara a sus convecinos 364.
Este Viernes de Dolores qué orgullosos irán sus hermanos del estreno y qué orgullosos también todos los que nos acerquemos a esas calles limpias, de pueblo honrado, para ver sus Sagradas Imágenes. Pueden estar seguros de que las advocaciones que aprobaron sus fundadores habrán obtenido perfecto cumplimiento: N. P. J. de la Salud y Remedios y Mª. Stma. del Dulce Nombre en sus Dolores y Compasión. No faltaré a la cita por las calles de su barrio, cuyo nombre podría cambiarse de Bellavista a Mejoracción, (quizás el nombre sea más feo, pero retratará con absoluta fidelidad la calidad de sus gentes). Y quienes acudamos diremos entre oraciones un “Que Dios se lo pague”, con la misma fuerza que se decía antiguamente. Es decir, no como excusa de quien carece de medios o no quiere poner su parte del precio, sino como quien todo lo fía al mejor pagador posible.
Así se titula la página que firma y dibuja Javier García para la revista Más Pasión y, con su venia, me permito tomarlo prestado para agradecerle los sentimientos que en mí despierta con cada una de sus viñetas. Hace tiempo que quería dedicarle estas líneas y, ahora que en Cuaresma las disfrutamos a diario, es tiempo de quedar en paz conmigo mismo, porque los comentarios al hilo de la actualidad demoran ciertas cosas, aunque no debieran. Gracias, Javier, porque tus viñetas más que hacernos reír (algo al alcance de muchos con cualquier procacidad o maledicencia) logran algo mucho más difícil, más íntimo, más matizado: emocionarnos. Javier nos hace sonreír, que es tanto como la inteligencia de la risa, y nos recuerda quiénes somos. En sus trazos —sencillos, limpios y claros— nos vemos retratados por su mano y nos recuerda a los que nunca aprendimos a pintar con aquellos lápices Alpino o con los rotuladores Carioca que de ilusión también se vive. Se vive plenamente, como la Semana Santa, cada día de nuestra vida.
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