Manuel Romero Luque

La Literatura, como todo en la vida, tiene sus galas y miserias. Hay justicia poética cuando los personajes que han obrado bien reciben su premio al final de la obra y los malos son castigados; mas también hay frecuentes injusticias literarias que se cometen cuando se relega o ignora, sin razón, a quien practicó su arte con excelencia. Entre estos damnificados se encuentra un poeta que, a mi juicio, escribió el mejor libro de versos sobre la Semana Santa y, ahora que se celebra la feria del libro antiguo, sería una buena ocasión para leerlo. Me refiero a Juan Sierra y a su Palma y cáliz de Sevilla (1944). Él, como otros que sufrieron el cruel ostracismo sevillano, no dio el Pregón –obra efímera, gracias a Dios, casi siempre– y todos lo perdimos; pero escribió poemas que piden no mármol, sino bronce. Viene El Gran Poder y exclama: “¡Oh coagulada sangre negra, gorda,/ oh leño de clavel carbonizado,/ oh joya navegando un frío morado/ en la luna que plena se desborda!”, y vemos cómo pasa el Señor en cada verso.