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27
Jun/2010

Del morado al púrpura

100620 Caricatura AsenjoNunca podría pensar el prelado de Sigüenza que conseguiría ese difícil pleno en las portadas de todas las cabeceras de los diarios sevillanos al enredarse en fías y porfías, en esos pleitos con unas cofradías que, como todos los toros, tienen una lidia a la que aún no le ha encontrado el aire. Refractario a airear en los medios las cuitas de la Iglesia, ha acabado siendo protagonista involuntario de una polémica a la que aún no se le adivinan los bordes: un panorama que podría marcar las pautas del recorte de muchos de los excesos de un mundillo para el que podría llegar su particular y lógica recesión.
Seguramente ni él mismo podía prever el alcance de una opinión frontal, sincera y directa que, de alguna manera, ha cuestionado la adhesión eclesial de un estamento fundamental de la iglesia diocesana. Don Juan José no ha terminado de tomar la medida a un amplio planeta que, eso es seguro, estará a sus órdenes siempre que lo pida. Tampoco acertó al condenar indisimuladamente el resultado de un cabildo legítimo que él mismo alentó para certificar el viaje del Señor de las Tres Caídas a un vía crucis sin precedentes presidido por… el Papa. No se trataba de un jolgorio para bandas y costales. El vicario de Cristo era el último y contundente justificante de un traslado que no supo ser vendido, justificado ni comunicado por ninguna de las partes a ese cuerpo de hermanos que tumbó de forma rotunda una difícil propuesta. El arzobispo se jugaba mucho, fiscalizado muy de cerca por el mariscal Rouco.

Y el resto es más que conocido: los perros viejos de esta bendita tierra de Frascuelo y María saben de sobra que las cofradías funcionan mejor en la obediencia que en la recomendación. Asenjo habrá tomado buena nota para lances futuros. Quizá le cueste aterrizar, pero cuando lo hace no hay paso atrás.
La llegada de Juan José Asenjo a la silla de San Leandro no fue casual. Contó con un ensayo general, Guadalquivir arriba, mientras Roma esperaba sin prisa pero sin pausa a que el calendario despejara las estancias de palacio de esa sombra alargada que no siempre bailaba al son de los despachos de Madrid.

El pastor alcarreño aterrizó en Córdoba para recomponer el puñado de platos rotos que un tal Martínez se había empeñado en quebrar, que sigue estrellando en la archidiócesis que le sirvió de exilio dorado, esa patada hacia arriba que llegó después de un urgente viaje de Miguel Castillejo a los palacios apostólicos. Enredado con las cofradías, enfrentado visceralmente con ese virrey destronado que marcó la gloria y la tragedia de la extinta Cajasur, el actual arzobispo de Granada dejó el campo quemado a Juan José Asenjo, que tuvo que arar con los únicos bueyes de los que disponía. Hubo paz en las cofradías cordobesas y una tregua en la caja –gracias a la sintonía con Griñán- que despejaron los 138 kilómetros que aún tendría que recorrer para sentarse en la sede hispalense.

Su toma de posesión como arzobispo coadjutor se verificó en medio de un impresionante despliegue de mitras, no pocas indiferencias premeditadas y alguna ausencia sonada que apuntó algunas de las claves de la ruptura que se avecinaba. El resto es historia reciente. El anillo del Pescador no tardó en sellar la jubilación de un altísimo jarrón chino para el que no había sitio en las estancias dieciochescas del palacio episcopal y al que sólo le quedaban días antes de cruzar Despeñaperros.
Definitivamente liberado y dueño de la escena, Asenjo podía comenzar un pontificado basado en la revitalización de un seminario del que se contaban demasiadas cosas; empeñado en la animación y reordenación de un presbiterio que cambiará de mapa después del verano. Hombre sensible, don Juan José ha sufrido con los dientes apretados algunas bofetadas que llegaron cuando más necesitaba el abrazo de todos. Hay quien sólo se quiere quedar en su torpeza para ubicarse y manejar unos tiempos y unos modos que asimilará naturalmente. Estatua, procesión, Macarena en Triana, trono en el Salvador… son sólo anécdotas que se enhebran en un báculo que llegó a la tierra de Justa y Rufina señalado desde muy alto. Algunos analistas estiman que no pasarán muchos años antes de que reciba la púrpura cardenalicia que le coloque más allá del mal y del bien. La amnesia es selectiva y pocos quieren recordar ese escepticismo, tan hispalense, que sólo logró sacudirse el anterior prelado cuando fue tocado por la birreta escarlata de manos del llorado Juan Pablo II. A Monseñor Asenjo aún le queda un amplio secarral de molinos con los que luchar: sus particulares cuarenta días en el desierto en la cúspide de una iglesia local tan diversa como amplia en sensibilidades que ha tenido voz y voto sin salirse de su disciplina. El pastor no volverá a tropezar en esas piedras, pero ha encontrado una extraña cuaresma en un calendario que apunta al verano.