A Miguel Ángel Fernández Ordóñez le quedan tres telediarios para salir por la puerta del Banco de España. La repercusión internacional de darle ya la patada al gobernador tendría para nuestro país un coste muy superior al de mantenerlo en el cargo los dos meses que le quedan hasta agotar mandato aunque, sinceramente, más que una retirada silenciosa, debería llevar por delante una carta de despido en toda regla, y lo más barata posible para, así, predicar con el ejemplo la flexibilidad laboral y salarial que, desde su puesto, tanto pregonó y defendió. No me valen hoy los panegíricos con los socorridos halagos qué amplia carrera, qué dilatada experiencia, qué intachable independencia, ni tampoco el chantaje emocional de quienes dicen y escriben, ay, pobrecito él, que quiso hacer pero no le dejaron. No, insisto, no me valen porque, a lo largo de los últimos casi cinco años, desde el organismo que aún gobierna, por dejación o por connivencia, se ha urdido la gran mentira de la economía española.
La gran mentira de la economía española no consistió en negar la existencia de la crisis como hizo José Luis Rodríguez Zapatero porque a los políticos –y a ver quién me niega esto– se les presupone dotados de una tremenda capacidad para fingir –estábamos, pues, avisados–. En cambio, semejante carga innata de engaño o, si se prefiere, de simulación, aquí no pasa nada, debiera ser ajena a una institución pública cuya misión primordial es supervisar y, por tanto, vigilar el conjunto del sistema financiero nacional, levantando y sacudiendo las alfombras allí donde es preciso y tantísimas veces como sean necesarias. Y retomando el hilo. La gran mentira de la economía española radicó en presumir de qué bien estaban nuestros bancos y nuestras cajas de ahorros y de cuántas provisiones (reservas) guardaban frente a posibles riesgos de impagos, minimizando la mierda que se acumulaba bajo sus alfombras…
Hagamos memoria. Hasta el otoño de 2008, ya con la crisis económica encima, Mafo se desgañitaba proclamando las magníficas cuentas y balances de la banca española, dedicando sus discursos a hacer hincapié en la urgencia de la reforma de un mercado de trabajo cuya rigidez –sostenía– era nuestro mayor mal, mientras que pocas veces hablaba de los problemas de los bancos y, sobre todo, de las cajas de ahorros, que seguían engordando su abismal agujero inmobiliario y escondiéndolo, dónde, pues bajo la alfombra de la falsa contabilidad. Tendría que producirse, apenas unos meses después, la intervención de CCM (Caja Castilla-La Mancha) para que, de una vez por todas, aflorara a la luz pública lo que era un secreto a voces: la asfixia del ladrillo. Pero aun así, desde el instituto supervisor se insistía en que éste era un caso aislado y, agregaba, al margen de la robustez del conjunto del sistema financiero. Sí, claro, ya se constató… A la castellano-manchega sucedió un rosario de intervenciones y un precipitado y forzado proceso de concentración de cajas donde unas tapaban las mierdas a las otras o sumaban sus mierdas para barrerlas con la ayuda del Estado y de unas autoridades que, desesperadas, legislaban a trompicones.
Y lo hacían porque, desde primera hora, no quisieron abrir el sistema financiero en canal para extirpar el cáncer, y el cirujano, el Banco de España, renunció al bisturí a la espera de que cicatrizaran las maltrechas costuras de las integraciones de Catalunyacaixa, Unnim, Novacaixagalicia, Banca Cívica y Bankia y, además, de que alguien se quisiera quedar con los muertos de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) y el Banco de Valencia, caídos también en desgracia por malos políticos metidos a peores banqueros. A estas alturas de la película, el mapa financiero está todavía descuajaringado, sin que se vislumbre el desenlace. Hoy por hoy, tan sólo un rotundo éxito: la adjudicación mediante subasta pública de la caja cordobesa Cajasur a la vasca BBK, aunque, eso sí, no fue precisamente escaso su coste para el erario del Estado y, por tanto, para el bolsillo de los contribuyentes. Lo demás, insisto, aún son castillos en el aire, y algunos, como Bankia ha demostrado, se edificaron sobre cimientos de barro.
Tanta es la desconfianza de Europa hacia la banca española y, lo que es peor, hacia el propio Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que ha ordenado a nuestro país –porque la UE ya no nos sugiere, nos ordena– que sean expertos independientes los que colaboren (ja, ja) con el Banco de España para valorar la cartera inmobiliaria (suelos, viviendas) en poder de bancos y cajas de ahorros. El supervisor supervisado, el vigilante vigilado, vaya palo, vaya constatación de la gran mentira de la economía española. Pero dentro de dos meses vendrán los panegíricos. Al tiempo…
P. D.
La parva. Álvaro Guillén ha asumido la presidencia de la asociación de empresas agroalimentarias andaluzas Lándaluz. Su primera decisión ha consistido en desempolvar el proyecto de gestar una red de restaurantes especializados en cocina regional y, por tanto, escaparates de las producciones de la comunidad autónoma. El proyecto ha derivado en una red de abacerías y, hasta aquí, un OK. Esperemos que, en esta ocasión se haga realidad, porque llevo escuchando esta idea –en distintas versiones– desde los primeros años de existencia de Lándaluz, cuando esta asociación sucedió a la antigua Alimentos de Andalucía, era Ángel Camacho Perea su presidente y se anunció en el hotel Ritz de Madrid. Así que manos a la obra, que la red de franquicias, dicen, requiere una inversión de 24 millones de euros. A su favor, el auge de la restauración, vean como ejemplo la cantidad de bares nuevos de la Alameda sevillana.
La simiente. Miguel Rus será el nuevo presidente de la patronal sevillana CES. No es precisamente del agrado de la CEA, pero ahí está el hombre y su presencia, asimismo, debe interpretarse como un toque de atención a la cúpula de la organización patronal andaluza porque hoy no, pero quizás mañana sí, puede haber alternativas y modelos distintos para llevar la CEA. Mientras tanto, vaya por delante un consejo a Rus. Cuando en su discurso, ya como presidente de la CES, hable de los empresarios, que lo haga citando a toda la provincia, y no tan sólo a la capital, porque la patronal es provincial y no meramente hispalense, confusión frecuente que hiere sensibilidades. No en vano, en el comunicado en el que Fedeme anunciaba la semana pasada que no presentaría candidatura a la CES, se deslizó la expresión “sectores más representativos de la ciudad”. Y no es la ciudad. Es la provincia.
La paja. Ya estamos con lo mismo de siempre. Seducir al personal y llevarse los titulares a golpe de millones y millones. Hablo del presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, y su reciente anuncio de un plan de choque urgentísimo contra el desempleo que tendrá una inversión de 200 millones de euros. Pues vale, vengan millones y millones para empleos temporales en reforestación, regeneración ambiental, rehabilitación de vivienda y mejora de instalaciones educativas, todos con cargo al erario público. Seguimos sin darnos cuenta de que la economía necesita más iniciativas para crear puestos de trabajo privados, y no más modelos tipo PER. Y cuando se acabe la vigencia del plan de choque, ¿más planes de choque? El tiempo de los parches ha pasado. Quizás sea mejor plantearse dónde dedicar los 200 millones para generar economía, empresa y empleo.
Estamos necesitados de líderes que nos den cariños y arrumacos y, sobre todo, que nos digan cosas bonitas y zalameras que nos gustan susurradas aquí, cerquita de la oreja, uy, qué placenteras cosquillitas. El mundo se volcó con Barack Obama al acceder a la Presidencia de EEUU. Era la esperanza negra que, pensábamos, nos traería la anhelada paz y expulsaría de la economía a los tiburones financieros que tanto daño hicieron a la economía internacional. Pero hoy, salvo revolución de ultimísimo minuto, ni una cosa ni la otra. En Europa, nos aferramos ahora a François Hollande, próximo presidente de la República de Francia, y oímos cantar la muy emotiva Marsellesa como si fuera ya el himno de los Veintisiete contra la dominación de la alemana Angela Merkel y su tiránica austeridad. Pero, señores, las cosas no son tan simples. Los hombres son ellos y sus circunstancias, y a veces las circunstancias pesan muchísimo más que los hombres.
A lo largo de esta ya larga crisis económica hemos asistido a la caída de no pocos héroes, tanto políticos como empresarios, a quienes se admiraba puestos en un pedestal. Sin ir más lejos, quienes hoy escriben las glorias de Hollande y el nuevo rumbo que, aseguran, imprimirá a la Eurozona son los mismos que apenas unos años atrás cantaban las alabanzas del presidente saliente, Nicolas Sarkozy, por hacer de contrapeso a Alemania y, asimismo, haber recuperado la buena sintonía en las relaciones franco-germanas para impulsar el euro. Y ni que decir tiene que era envidiado por haberse casado con una modelo, cantante y actriz, quien acaparaba tantas o más páginas de los periódicos que el marido, ése que, en su día, sentenció que había que refundar el capitalismo, y aquí lo vemos, igual de salvaje o más.
La crisis, de hecho, no respeta ni a políticos, sean de izquierdas o de derechas, ni a tecnócratas. Dos países, España e Italia. El primero se sacudió al socialista Zapatero y eligió por mayoría absoluta al conservador Mariano Rajoy, que dijo, esto lo arreglo yo en menos que canta un gallo. Sí, ya lo estamos comprobando, y sufriendo. El segundo optó por la tecnocracia, con Mario Monti al frente, quien comienza a ser cuestionado tanto dentro como fuera de casa, pese a su indiscutido bagaje económico. El colmo de los colmos, Grecia, donde los resultados de los comicios del pasado domingo revelan que se ha trasladado a la ciudadanía la desorientación misma de la clase política.
Tres cuartos de lo mismo sucede con los banqueros, que la crisis se los cepilla. Aquí tenemos, por ejemplo, a Rodrigo Rato, ministro de Economía en tiempos del boom español –él tuvo suerte, la familia no tanto, quebró una de sus empresas– y, posteriormente, director gerente del Fondo Monetario Internacional. Su llegada a la presidencia de Caja Madrid y, más tarde, a la del grupo de cajas de ahorros por ésta liderada –por cierto, venidas a menos tras la gestión de políticos madrileños y valencianos del Partido Popular, incluidas personas cercanas a Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre–, se intepretó como un rayo de esperanza para superar la sangrienta lucha interna –todos contra Miguel Blesa– y para enderezar las cuentas de la entidad, ya por entonces maltrechas pese a la insistencia del Gobierno socialista y del Banco de España en vociferar la salud de nuestras finanzas. Pues precisamente ahora anda el Ejecutivo a la desesperada buscando cómo tapar el gigantesco agujero dejado por el ladrillo en Bankia, y aquí hago un paréntesis antes de afrontar el último tramo de La Siega.
Me preguntan por qué hay que destinar recursos públicos a bancos y cajas caídos en desgracia y por qué, como cualquier otra empresa en ruina, no se cierran y punto. La razón, sencilla: cuesta más asumir la cartera de clientes de una entidad –el dinero depositado y el dinero prestado– que ayudarla a salir del atolladero. Sólo tres datos: 211.378 millones en depósitos, 186.108 en créditos y 37.517 en arriesgados negocios inmobiliarios. Son muchísimos millones de euros como para que el Estado asuma el control no sólo de esta entidad, sino de todo el rosario de las que, por excesos pasados, han tenido que ser nacionalizas o forzadas a entregarse a otras más grandes. Esta consideración que hago, sin embargo, no exime de someter a escarnio público a sus gestores, ni tampoco evita la pregunta de por qué sí hay dinero (ayudas que han de ser devueltas) para salvar a los bancos y no para acometer estregias de crecimiento económico que permitan acelerar la generación de empleo y reducir, pues, la lacra del paro.
Sí. Hollande puede contribuir a reorientar la austeridad sacrosanta para Merkel y dispensar más inversión pública –cuidado, estamos hablando de inversión, no de levantar aceras para construirlas más bonitas–. Sin embargo, no esperemos un inmediato plan Marshall al ritmo del villancico ya vienen los Reyes Magos, cargaditos de juguetes, para el niño Entretener, olé, olé, Hollande, olé, Hollande ya se ve. Al contrario. Me temo que, como todos, terminará ejecutando la política de lo posible, no de lo deseable. Ya veremos qué hace si alguna de agencia de calificación quita a Francia la doble A, que la triple la perdió. Será entonces cuando apreciemos la catadura del líder galo, como ya la hemos apreciado en Obama.
P. D.
La parva. La crisis abierta en la compañía sevillana Alestis es una oportunidad para, de una vez por todas, arbitrar un gran grupo español acorde con las exigencias del fabricante Airbus y con capacidad financiera suficiente como para abordar los encargos sin estar permanentemente con el agua al cuello. De hecho, tal petición es una constante de la multinacional europea, que incluso sugiere nombres para los matrimonios. Que Alestis haya presentado primero preconcurso de acreedores (protección temporal del juez para que no la embarguen) y semanas después el concurso de acreedores (suspensión de pagos) cabría interpretarlo como un intento de limpiar de cargas a la empresa sevillana y así hacerla más atractiva para una eventual fusión. Y los nombres siguen ahí, son los de siempre, con Aernnova y Aciturri a la cabeza. A ver si en esta ocasión es verdad. Los intentos de la Junta de Andalucía, accionista de Alestis, hasta ahora han fracasado.
La simiente. La sevillana Inmobiliaria del Sur (Insur) ha presumido siempre de un reducido endeudamiento financiero a largo plazo, sustentando la actividad en el corto (pólizas) y medio plazo para emprender inversiones. Sin embargo, los tiempos aprietan y, aunque el grupo asegura tener liquidez más que suficiente, ha negociado traspasar a muy largo plazo la mitad de sus deudas –objetivo: 103 millones de euros–. ¿Y eso es bueno o malo? Por un lado, reduce su aportación anual a la banca y eso es dinero adicional a disposición de nuevos proyectos. Por el otro, sólo hipoteca la mitad de sus activos, dejando la otra mitad sin cargas, de ahí que tendrá soporte patrimonial para eventualidades. Y si los bancos han dicho sí, por algo será. Lo que no se le puede negar a los gestores, la familia Pumar, es la suma prudencia.
La paja. El aeropuerto de Castellón, sin aviones, y el de Ciudad Real, en quiebra. Confío en que el proyecto para el aeródromo de Huelva, impulsado por la Diputación Provincial y la Cámara de Comercio y que, en principio, se levantaría en el término municipal de Cartaya, esté muchísimos años metido en un cajón y sin visos de salir. Si de algo nos ha servido esta crisis económica es para cuestionar este tipo de obras faraónicas, cuyas inmediatas beneficiarias son las constructoras, empresas que no están precisamente parcas en grupos de presión. Teniendo a una hora y pico el aeropuerto de Sevilla, me cuesta trabajo creer en la rentabilidad del onubense, por muchas previsiones que, elaboradas en épocas de bonanza, aseguren que se va a duplicar, triplicar o cuadruplicar el tráfico. Anda ya…
La soberbia es tremendamente mala, dañina. Yo y ninguno más. Mi razón y ninguna otra. Cierra tus oídos y tus ojos, te hace insensible, impermeable a quienes te imploran óyenos, míranos, quizás te estás equivocando. Entrar en el quinto año de crisis económica con una subida del desempleo tan tremenda como la contabilizada al cierre del primer trimestre es gravísimo y, además, las previsiones elaboradas para el conjunto del ejercicio son horribles. Los 365.900 nuevos parados que ha sumado España entre enero y marzo, señor Rajoy, son suyos, solo suyos, tan solo suyos, y los que se agreguen de aquí a diciembre serán suyos, solo suyos y tan solo suyos. Que conste: hablo de los nuevos, no de los cinco millones largos que, señor Rajoy, ésos sí, son responsabilidad y herencia de Zapatero.
No se le puede pedir que, en apenas cuatro meses de acción de gobierno, nuestro protagonista enmiende económicamente el país. Sería, por supuesto, injusto y demagógico. Dicho esto, la cruel EPA que acabamos de conocer es tan amarga y asusta tanto que debería servirle al menos para pararse y reflexionar si ha comenzado la casa por el tejado, no por los cimientos. Porque, recordemos, estamos sufriendo apenas el comienzo de los recortes impuestos por una austeridad fiscal elevada a los altares y procesionada bajo palio, parafernalias católicas aquí bien traídas, quede como testimonio ese espíritu de sacrificio al que nos ha llamado la iglesia –palabra ésta escrita intencionadamente en minúscula– de monseñor Rouco Varela, hijos míos, así os ganaréis el cielo, que yo el mío ya lo tengo ganado, vean mis arcas intactas, loada sea la asignación del Estado, loados sean los impuestos que no pago.
Me he ido por las ramas y vuelvo al tronco. Cuando, a lo largo de éste y el próximo año, la afilada tijera presupuestaria que Angela Merkel ha prestado a Mariano Rajoy –como si España fuera idéntica a Alemania e idénticas ambas economías– ejecute sus trasquilones con toda la intensidad esperada y sin que, a su paso, se hilvanen estímulos al crecimiento económico, todos nos iremos al paro aunque, eso sí, con el gran consuelo de haber sido ungidos por las sotanas.
Porque, hasta ahora, la política laboral del Ejecutivo del Partido Popular se resume en: como las empresas están mal, porque lo están, facilitémosles el despido antes de propiciar un adecuado entorno económico que, a su vez, favorezca el desarrollo empresarial, al tiempo que, aprovechémonos de la crisis, echemos a los empleados que, a nuestro certero y santo juicio, sobran en las administraciones públicas y, como remate final, no invirtamos, sino que recortamos incluso de obras y proyectos puestos en marcha –y después hablan de la inseguridad jurídica en Argentina– ni renovamos contratos de servicios ni nada de nada de nada. ¿Resultado? Ahí quedan los 365.900 nombres y apellidos, personas, no números, que han pasado a engrosar las negras listas del paro durante enero, febrero y marzo pasados. No estamos mejor que antes. Al contrario, estamos peor, y aún peor estaremos…
Pero la soberbia, ésa que les lleva incluso a decir no estamos solos, sino que somos fuertes, es nuestra fuerza de mayoría absoluta, no atiende a razones. Sencillísimo ejemplo: si las administraciones, sea la que sea, debe dinero a una empresa y ésta, por falta de liquidez, queda abocada a despedir a su plantilla, me pregunto, con la venia de los expertos del Gobierno y, de paso, también la de los curas, si no sería mejor solucionar los impagos antes que retorcer la legislación laboral para que salga mucho más barato echar a la plantilla a las frías calles. Entenderlo al revés me cuesta, créanme, será que me falta esa bendición del dios económico portado por los cardenales reverendísimos e ilustrísimos.
Imagínense una empresa, supongamos que envasadora de arroces, que, agobiada por las deudas, concentra todos sus esfuerzos única y exclusivamente en reducir gastos. Comienza por los laborales (personal), continúa por los administrativos y, por fin, termina con los de publicidad y marketing. Cegada por completo, sin ideas, deja de lado su estrategia de comercialización y, en la desesperación, cual pez boqueando, termina por arañar en lo más sagrado, la fabricación, y arrastrando la calidad. ¿Qué tenemos entonces? Una compañía moribunda tratando de vender arroz partido, el que se les echa a los animales.
Y no se dan cuenta. Y serán los últimos en darse cuenta. Tendrá que venir otra vez Merkel a decirle a Rajoy qué tiene que hacer. Tendrán que venir de fuera a decirle aquello que aquí dentro, en España, no escucha. Yo sólo sé que 365.900 españoles reducirán su consumo, que sin consumo no hay actividad, y que sin actividad no hay economía.
P. D.
La parva. La cuestión de los impuestos es muy compleja, una de las ramas más difíciles de la Economía. Por eso, quienes de estas cosas entienden, hablan como lo hacen los médicos, utilizando un lenguaje técnico que deja con la boca abierta de par en par a los pacientes y, en nuestro caso, a los contribuyentes, usted y yo. Pero una cosa es que sea complejo y otra bien distinta es que nos tomen por tontos. Y algunos, parece, así quieren tomarnos. El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, el ya no tan sonriente Cristóbal Montoro, ha asegurado que no habrá una subida de impuestos en 2013, sino un cambio en “la ponderación” que será “equitativa y temporal”. Claro, señor Montoro. Como el reciente cambio en la composición del impuesto sobre el tabaco, que dijo usted que no tendría impacto alguno, y andan las tabaqueras subiendo los precios de las cajetillas. ¿Así será también en 2013, cuando toque aumentar el IVA y los impuestos especiales?
La simiente. Andaba el presidente de Cajasol, Antonio Pulido, muy preocupado por la imagen que la caja de ahorros daría debido a la recepción oficial ofrecida por la entidad financiera en la caseta de la Feria de Abril de Sevilla. Temía que alguien hablara de derroche en tiempos de crisis económica y de ajustes laborales en Banca Cívica, el grupo de cajas en el que la sevillana se incluye. Por eso, a los periodistas que se le acercaban, les dejaba muy claro que los gastos no corrían a cargo de la caja, sino del casetero, esto es, de quien se hace cargo de la barra de la caseta y, como trueque, ofrece la recepción. Por cierto, por allí pasaron –hasta ahora invitados– los futuros nuevos dueños, los directivos de Caixabank, banco de La Caixa. A ver si el próximo año viene el mismísimo presidente, Isidro Fainé, y contribuye así a quitarles la falsa imagen de pandereta que tienen los andaluces por sus tierras, las catalanas…
La paja. Siempre salta una coja. Dice la todopoderosa vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que, si fuera socialista, le daría “vergüenza” salir de casa habiendo dejado el país como el PSOE lo ha dejado. No le digo yo a usted que no, la verdad. Pero también a usted, como popular que es, le debería dar vergüenza supina cómo han dejado los del PP a comunidades autónomas como la valenciana o la balear, especialmente la primera, que es todo un monumento al despilfarro y a una pésima gestión tanto autonómica como financiera –ahí están sus entidades intervenidas por el Banco de España y que estaban controladas directa o indirectamente por miembros del PP–. Ya lo dijo recientemente un gran empresario valenciano y, de hecho, presidente de la mayor compañía valenciana, Mercadona. Juan Roig: “Si en España nos hemos pasado veinte pueblos, en la comunidad valenciana, veinticinco”. Eso sí, siempre les quedará Andalucía para darle palos.
Había gran preocupación en Caixabank por cómo saludarían los sevillanos la toma de Cajasol y, justo en vísperas electorales del 25-M, también la hubo en la Junta de Andalucía por cómo sería acogida la entrega de la caja de ahorros a los catalanes. Los temores eran, de hecho, fundados. Por un lado, estaba el precedente de Cajasur, que fue adjudicada en subasta a los vascos de la BBK, y bastó decir vascos para erizar los pelos de buena parte de los clientes de la que ayer fuera arraigada entidad cordobesa y hoy mera marca con sede social y fiscal en Bilbao. Y por el otro, la absorción de Cívica por parte del banco de La Caixa daba la estocada de gracia al mapa financiero regional, pues alejaba de Sevilla el centro de decisión que, hasta aquí, trajo el grupo conformado por Cajasol, Caja Navarra, Caja Burgos y Caja Canarias.
El dinero, sin embargo, no entiende de fronteras geográficas ni atiende a excesivos nacionalismos cuando las necesidades aprietan y obligan a buscarse un caballero blanco. Y para Banca Cívica la integración en Caixabank es lo mejor que le podría haber ocurrido. No tendremos para enarbolar la andaluza verde, blanca y verde ni tampoco la madeja hispalense, pero sí la bandera de la seguridad y garantía financieras y de que esta vez –y ya era hora– la estrategia empresarial ha sido la correcta y, además, la más alejada posible de las injerencias políticas a las que, por desgracia, nuestras cajas nos tenían acostumbrados.
Los populares nunca perdonarán a Antonio Pulido por ser socialista y los socialistas nunca le perdonarán por dar la gran espantá y haberse embarcado en el proyecto de Cívica, dejando en su día al presidente José Antonio Griñán con la boca abierta y, además, en vergonzosa evidencia ante todos, pues, en su absoluta inopia de qué se estaba cocinando realmente en el Banco de España y en la hispalense Plaza de San Francisco, insistía en pedir la fusión de Cajasol con la malagueña Unicaja.
Sería complicado sentenciar hoy si el presidente de Cajasol acertó o erró, si hubiera sido mejor o no la alternativa estrictamente andaluza, puesto que, desde entonces, las reglas de juego para toda la banca española se han cambiado en dos ocasiones para exigir más capital y más reservas, al compás de una cada vez peor coyuntura económica. A falta de tal veredicto, sólo cabe constatar, pues, los hechos y, con todo lo malo que ha pasado, está pasando y pasará, nadie acertaría, salvo ejercicio con bola de cristal, a responder a la pregunta de qué hubiera pasado si…
No es que uno quiera actuar precisamente de abogado del diablo, pero ayer me chirriaron –y mucho– las declaraciones de los líderes regionales de CCOO y UGT acusando a Pulido de haber vendido Cívica (es copresidente) para, dijeron, garantizar su propio futuro y estatus económico, sin tener en cuenta “los miles de empleos que corren peligro” y exigiendo conocer el “precio personal” del directivo. A éste le atribuyeron el desmantelamiento de la caja sevillana y el condenar al desastre el mapa financiero andaluz. Como en este país a todos nos gusta escurrir el bulto, cabría preguntarle a Francisco Carbonero y Manuel Pastrana dónde estuvieron cuando, años atrás, se cometieron auténticas barbaridades inmobiliarias en Cajasol y no fueron controladas ni frenadas en los consejos de administración donde ambos sindicatos se sientan. Más allá de sus críticas, ninguno se ha atrevido a solicitar la dimisión –la petición no serviría de mucho, pero al menos constaría en acta– en los casi seis años que Pulido lleva como máximo ejecutivo primero de El Monte, después de Cajasol y, por último, de ésta y de Cívica. Por cierto: fueron los votos de PSOE y Comisiones los que, en 2006, le dieron el sillón. A veces, falla interesadamente la memoria…
Y entramos en materia. A principios de 2011, éste que escribe incorporaba a La Siega una entrada (sigo negándome a llamarla post) titulada Guiadas por la estrella de La Caixa, donde comentaba que su conversión en banco, conservando intacta la Obra Social y sujetando la mayoría del capital y, por tanto, el control del mismo, iba a marcar el rumbo al resto de las cajas de ahorros del país. Y así fue. Todas le siguieron.
El pasado jueves dio otra muestra de poderío que dejó perplejo al mundo de las finanzas. De una sola tacada y en un solo trimestre, Caixabank cumplía, y a pulmón, las nuevas exigencias de provisiones para amortiguar los riesgos derivados de su cartera inmobiliaria. Nada más y nada menos que 2.436 millones de euros cargados contra reservas y beneficios. No le importó declarar una ganancia bruta de apenas 3 millones. Nunca un resultado tan exiguo fue tan sumamente grande. Eso es seriedad y eso es fortaleza. Lo mejor que a Cajasol le podría haber pasado.
P. D.
La parva. El mundo parece necesitado de líderes y, cuando alguien despunta, se agarra a él como a un clavo ardiendo. Así sucedió con Barack Obama, cuya llegada a la Casa Blanca fue un soplo de esperanza para quienes confiaban en una pronta recuperación de la economía y, además, que se pusiera coto a los desmanes financieros de la etapa de George Bush. En el Viejo Continente, sobre todo en los países con serios problemas, entre ellos España, los partidos de izquierda se empeñan en ver al socialista galo François Hollande, quien disputará al conservador Nicolas Sarkozy la Presidencia de Francia, como el baluarte de una nueva Unión Europea sin tanta pleitesía ante el poderío de la alemana Angela Merkel. Seguimos sin aprender que una cosa es la política con sus campañas electorales y otra cosa bien distinta son la realidad y la gobernanza. Como ejemplos, estos dos: Zapatero y Rajoy.
La simiente. Lástima que Felipe González se autodescartara para la Presidencia de la Comisión Europea hace sólo dos años. Si allí hubiera mantenido el discurso que ahora va pregonando por doquier, quizás otro gallo cantaría en los destinos del conjunto de los Veintisiete y, por tanto, en las estrategias para la salida de la crisis económica. González, homenajeado la semana pasada por la SER en Andalucía, cargó contra Angela Merkel, de la que poco menos que dijo que ella es y será la crisis, criticó la caótica situación en la que está sumergida Europa y, por último, consideró que hay que ayudar al Gobierno de Rajoy aunque el Gobierno de Rajoy no se deje ayudar. Pues sí, hay que escuchar al expresidente socialista, aunque en su justa medida. Porque, y enlazo con La Simiente, una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. No lo podemos comprobar, no quiso ser presidente de la Comisión.
La paja. ¿Para qué sirven ya esas mastodónticas asambleas generales de las cajas de ahorros que no son cajas de ahorros sino bancos? Un ejemplo, Cajasol. Una vez consumada la absorción de Banca Cívica, la caja sevillana tendrá poco más de un 1% del capital social de Caixabank, y por este porcentaje recibirá los dividendos y, por tanto, los recursos para una Obra Social que conservará su actual marca y se sumará a la que La Caixa despliega en Andalucía. La asamblea de Cajasol, compuesta por 174 miembros, deberá aprobar la operación en mayo o junio. ¿Y después seguirá? ¿Tiene sentido mantener este órgano cuando carecerá de poder de decisión sobre Caixabank? Hay quienes responden que sí, es necesaria esa representación social (Junta de Andalucía, ayuntamientos, diputaciones, impositores y trabajadores). Yo lo dudo. Son ganas de mantener instituciones… y dietas.
El Gobierno central desconfía de la Junta de Andalucía, ésta desconfía de aquél y yo, ciudadano, desconfío de ambos. Necesito, pues, árbitros que no sean de parte. Sí. Que vengan aquí ya, pero ya, inspectores comunitarios para examinar con lupa las cuentas autonómicas, y que tal petición, mi querida Carmen Martínez Aguayo, sea sincera, no un mero alarde de valentía de quien está segura de que no vendrán –hasta ahora sólo se fiscalizan los grandes números del Estado y, a nivel regional, el uso de los fondos europeos–. Si no hay nada que temer, le conmino a que vaya usted misma a Bruselas y arrastre hasta esta comunidad autónoma al mismísimo Sherlock Holmes si fuera necesario. Porque yo, ciudadano, ya no me creo a nadie. Ni al Rey siquiera. En la Nochebuena de este año apagaré la tele tras el telediario, no vayan a escuchar otra vez mis oídos que de esta larga crisis económica saldremos con el esfuerzo de todos. Manda huevos, diría Federico Trillo.
La confrontación política, mis señores políticos y señoras políticas, no es un juego político que se queda en casa, aquí, dentro de nuestras patrias fronteras. Parece que todavía no son conscientes de que este país, para nuestras desgracias, está en estos momentos en el centro del universo económico, hasta el punto de que en Estados Unidos, donde no saben siquiera dónde situar España en el mapamundi, The New York Times le dedicaba la semana pasada un amplio despliegue a nuestros graves problemas, considerándonos incluso un peligro para el conjunto de la Eurozona y para el futuro del euro. Qué edificantes resultan, pues, las riñas internas…
Las palabras de quien, aun habiendo dependido toda su vida de las administraciones públicas, nunca ha tomado café en horas de trabajo, Antonio Beteta, advirtiendo de cuentas andaluzas opacas que esconden –sugirió sin aportar datos– cosas raras bajo la alfombra, y la indignadísima réplica de la consejera de Economía al grito de a mí la legión de inspectores comunitarios le han servido al prestigioso periódico británico The Guardian para colocar a Andalucía como centro de los grandes problemas de la Eurozona. En su artículo, el periodista es tajante: “Las autoridades españolas no tienen ni idea del tamaño de la deuda (déficit público) en la mayor región del país”. Ni idea. Toma ya.
El autor, asimismo, habla de que las declaraciones de Beteta han hecho estremecerse a la Comisión Europea y, por supuesto, a los mercados de compraventa de deuda española (bonos). Cuanto menos resulta curioso que Mariano Rajoy trate –eso sí, sin nombrarlos, que a tanto no llega la gallardía– de callarles la boca al francés Nicolas Sarkozy y al italiano Mario Monti mientras que en su propio Gobierno y en su propio partido, el PP, a algunos habría que lavárselas con lejía. Si el Ejecutivo central, tal y como ha sugerido el inoportuno secretario de Estado de Administraciones Públicas, puede, podría, pudiere, pudiera o pudiese –empléese la forma verbal al gusto– intervenir Andalucía a partir de mayo como lo hicieron Bruselas y el Fondo Monetario Internacional (FMI) con Grecia, que vaya también lanzando avisos respecto a otras comunidades que, gobernadas por los suyos, están en condiciones aún peores.
Porque, además de la estrategia de la tijera, corta que corta presupuestos y políticas sociales, las sugerencias de los distintos altos cargos del Gobierno –Beteta no ha sido el único– o bien son eso, sugerencias desacertadas, o bien trasladan ya a los mercados que España estaría dispuesta a intervenir inmediatamente en las comunidades díscolas, porque así se lo permite la nueva legislación sobre el control del déficit, y acabar, pues, con el Estado de las Autonomías. Yo, Estado, antes de que me intervengan a mí, intervengo yo a mis comunidades. Y sigue rumiando el Estado: si comenzamos por Andalucía, donde se está fraguando una alianza entre socialistas y nada más y nada menos que comunistas –qué horror para los mercados–, mejor que mejor.
Y no considero que vaya mal orientada esta última sospecha. De hecho, acudamos otra vez a la prensa internacional, en este caso al diario económico británico Financial Times. En su edición de ayer, y citando a una fuente del Ejecutivo de Rajoy, decía textualmente que éste se dispone “a intervenir cualquier región justo el mismo día en que se tengan datos que demuestren que no cumple con sus obligaciones (fiscales)”.
Sí. Sería conveniente que una legión de inspectores europeos viniera a Andalucía para rastrear sus cuentas. Y rápido, mayo está a la vuelta de la esquina. No sé qué encontrarían, pero yo, ciudadano, conocería entonces la verdad que, por confrontaciones políticas, ahora me ocultan.
P. D.
La parva. El año pasado, el consejero andaluz de Economía, Antonio Ávila, presentaba a bombo y platillo el Aerospace and Defense Meetings-ADM Sevilla 2012, el mayor evento de negocios de la industria aeronáutica organizado en España y que se celebrará en Sevilla entre los días 14 y el 17 de mayo del ejercicio en curso. La crisis económica, sin embargo, es muy tozuda y el acontecimiento coincidirá con la particular crisis de la mayor firma andaluza del sector, Alestis, que ha solicitado preconcurso de acreedores (protección judicial para que, en un periodo de tres meses, no le embarguen y pueda negociar sus deudas). Los problemas de esta empresa, participada por la Junta de Andalucía, datan de su compromiso (léase, imposición) para absorber a trabajadores de Deplhi y de sus dificultades para resolver los contratos del avión A350, que Ávila negara justo en vísperas electorales y que, tras el 25-M, afloran.
La simiente. Manuel Jurado, hasta ahora presidente de la asociación empresarial agroalimentaria Lándaluz, asume las riendas de la Academia Andaluza de la Gastronomía y Turismo, una iniciativa que pretende vincular la agroindustria con la cocina y el turismo. Esta estrategia de promoción fue iniciada por Lándaluz hace ya casi una década aprovechando la fama internacional que estaban adquiriendo los cocineros españoles, y más recientemente los andaluces. En suma, apostar por una promoción de productos de calidad y con marca propia, frente a las exportaciones a granel y el auge de las etiquetas blancas (marcas de las cadenas comerciales). El turismo gastronómico es, asimismo, una línea de negocio aún con enormes posibilidades para Andalucía, y aquí Manuel Jurado –directivo del grupo Ebro Foods– hará especial hincapié. Iniciativas como ésta necesitan la agroindustria y la agricultura.
La paja. “Las cosas parece que se encauzan”. Pues sí, señor ministro de Industria, José Manuel Soria, ya vemos cómo se ha encauzado el conflicto empresarial y diplomático entre Argentina y España a cuenta de la nacionalización de YPF, filial de Repsol en el país latinoamericano. La presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ha aprovechado la debilidad internacional de nuestro país –que está económicamente cuestionado– para acometer una expropiación que atenta contra uno de los principales grupos españoles. No estamos hablando de la Aerolíneas Argentinas de épocas pasadas, sino de Repsol. Tampoco estamos hablando de Venezuela ni de Bolivia, sino de Argentina. La imagen jurídica de esta última nación como destino inversor cae en picado, sí, pero también descarría la imagen internacional de España para defender, de la mano de Europa, a sus firmas en el exterior.
Pues sí. Esta España está condenada y condenados sus españoles. Nuestros políticos siguen jugando a la política –que no haciendo política– mientras que se generaliza hacia nuestro país una gran desconfianza tanto exterior –encarnada ahora por Nicolas Sarkozy, el marido de Carla Bruni– como interior, siendo ésta incluso peor que aquélla, a ver quién levanta la economía nacional arrastrando como arrastramos alforjas repletas de pesimismo. Escuchando a unos y a otros, no sin mediar vergüenza ajena, me miro en el espejo que semanas atrás me regalara Juan Roig, presidente de Mercadona, y me pregunto qué más puede hacer uno por la causa, qué causa, la de salir de esta crisis. Y el careto reflejado frunce el ceño, se mueve de lado a lado y tan sólo responde, Juan, qué mal está la cosa.
No es para menos. La polémica desatada ayer por Luis de Guindos cuando habló del copago sanitario –señor ministro de Economía y Competitividad, usted podrá llamarle paraguas a su bolígrafo, pero seguirá siendo un bolígrafo, así que, por mucho eufemismo que busque, por copago nosotros entenderemos lo que usted denomina progresividad– es un clarísimo reflejo de una España completamente desquiciada. Por un lado, un Gobierno de Mariano Rajoy que acude a la prensa alemana para decir aquello que aquí –donde debería– no se atreve a decir y que rectifica sus propios Presupuestos apenas una semana después de aprobarlos. Por el otro, una oposición de izquierdas que, excesivamente crecida y agitada tras la derrota del PP en Andalucía, nos adentra en cuatro años de permanente campaña electoral, como si este país estuviera para tanta disputa.
Empecemos por esta última y su ya manido eslogan de las líneas rojas. ¿Quién ha dicho que no se puede hablar de qué? Si algo hemos aprendido de esta crisis económica, señores, es la necesidad de debatir de todo, absolutamente de todo, porque todo está en revisión. Desde la sanidad hasta la educación pasando por la legislación sobre el mercado de trabajo, los impuestos, el dinero otorgado a la Iglesia y, si me apuran, hasta la mismísima Monarquía. Insisto. De todo. El debate en sí ni puede ocultarse ni escandalizar porque para escandalosas ahí quedan ya la coyuntura y la elevadísima tasa de paro que tenemos encima. No me vale el decir de esto no hablamos. No. Las líneas rojas no son las reformas, sino cómo se afrontan y a quiénes realmente afectan, y es aquí donde rastreamos la labor del Ejecutivo.
Si no fuera por la seriedad que entraña el tema, daría hasta risa el intento del Gobierno y del Partido Popular por aplacar ayer la polémica desencadenada por De Guindos, que al fin y al cabo no hacía sino revelar la opinión del propio Ejecutivo –al que, por cierto, pertenece– y de varios presidentes y presidentas de comunidades autónomas por el PP regidas. Si el ministro de Economía quería hacer reflexiones personales, expresión utilizada por quienes salieron a rectificarle, que las hubiera hecho sobre la corrida de toros en la Maestranza de Sevilla y la oreja que cortó Manzanares, pero no sobre economía ni sobre una cuestión tan sumamente delicada como es el copago sanitario. Y no. No coló esa estratagema de la progresividad ni tampoco ese guiño populista de que serán las rentas más altas las que asumirán la adicional carga, puesto que, si así fuera, tan ridícula sería la recaudación como ridícula es también la procedente del recargo impositivo que algunas autonomías, entre ellas la andaluza, fijaron para los ricos.
Solución salomónica de Moncloa? Un anuncio tapadera y tardío, a través de un simple comunicado de prensa, de un recortazo adicional para sanidad y educación, con el que se rectifica el Presupuesto del Estado concebido hace apenas dos semanas. ¿Inaudito? No. Es Rajoy y ya nos tiene acostumbrados. Curados de espanto.
Partiendo del hecho de que la sanidad tiene un problema presupuestario, la cuestión sería sentarse y analizar cómo mejorar su gestión, cómo ahorrar y cómo ser más eficientes para que, en su conjunto, siga siendo universal y, en su conjunto, gratuita y no nos carguemos una prestación envidiada en el resto del mundo. Lo malo es que este Gobierno demuestra una y otra vez su nula voluntad de sentarse para consensuar unas reformas económicas que, con el aplauso de una mayoría más holgada que la suya propia, generarían mayor confianza en el exterior y en el interior, mientras que la oposición persiste en no querer darse cuenta de qué nos jugamos. Unos por otros y la casa por barrer. Mañana me volveré a mirar en el espejo. A ver con qué careto me encuentro.
La parva. Una nota de prensa. Sí, una nota de prensa. Una magnífica labor de comunicación –por si no lo captan, esto es suma ironía– por parte de Moncloa para anunciar que acelera los recortes en educación y sanidad por valor de 10.000 millones de euros. Es decir, días después de que Luis de Guindos lo sugiriera a la prensa germana. Y de aplicación inmediata, este mismo mes, de lo que cabe deducir que la tijera estaba detallada desde hace tiempo pero de ella ni nos informaron tras la habitual rueda de prensa del Consejo de Ministros de hace dos semanas ni tampoco en la presentación de los Presupuestos Generales del Estado en el Congreso el pasado martes. Una simple nota de prensa con la que se intenta por parte del Ejecutivo calmar a unos mercados que constatan que la principal deficiencia de las cuentas públicas es que no contribuirán al necesario crecimiento de la economía española y, por lógica, del empleo.
La simiente. Normalmente la simiente es buena, con ella sembramos y cosechamos. Pero el pesimismo es tal que la simiente de hoy viene vana, vacía, seca, podrida. Seguimos, pues, con los recortes presupuestarios y el énfasis que se pone en el gasto social. Desde el Ejecutivo de Mariano Rajoy se anunciaron ayer recortes en materia de educación. Sólo recortes, sin concretar más. Se aparca, por tanto, una de las grandes reformas que requiere este país, la del sistema educativo. Con miras cortas, no a largo plazo, así se actúa. Confiemos, una vez más, en que sea tijera para el gasto superfluo, y no para el esencial en unos momentos en los que, debido precisamente a la larga crisis económica, el fracaso escolar se reduce mientras que la permanencia en clase se alarga y las necesidades de formación se incrementan. Se habla de la generación perdida. Esperemos que, dentro de cuatro años, no hablemos de ésta en plural…
La paja. Y rematemos esta nueva entrada de La Siega con los recortes y sus protagonistas. Luis de Guindos achacaba a las dudas sobre el conjunto de la economía europea, y no sólo sobre la española, la nueva ola de ataques de los mercados a la deuda de nuestro país. Sí, claro. Justo en los días posteriores a la presentación de los Presupuestos Generales del Estado en España se acordaron los mercados de Europa. Para colmo, el Gobierno y el PP aplauden a Sarkozy en sus críticas a la situación de España, echando por tierra los cables de credibilidad que nos había echado la canciller alemana, Angela Merkel, a quien cabría ahora calificar de bendita en comparación con el francés. Pero de esta paja tampoco se libra el PSOE, que ha pedido al Ejecutivo de Rajoy no ser tan duro con los recortes del dinero público destinado a financiar a los partidos políticos. Sí, señores socialistas, su solicitud es todo un ejemplo para la ciudadanía.
Y aquí vemos a las dos grandes comunidades, Madrid y Cataluña, peleándose por acoger Eurovegas e intentando seducir, eufemismo de mendigar –los barriobajeros dirían lamer el culo–, al magnate estadounidense de los casinos Sheldon Adelson, a quien el juego y, de paso, la ludopatía le han granjeado dinero a espuertas para invertir decenas de miles de millones de euros y crear decenas de miles de empleos en la copia de Las Vegas en Europa, en concreto en España. En un país, éste en el que vivimos, con cinco millones largos de parados, es lógico que a los gobiernos se les pongan los ojos como platos ante la oportunidad de hacerse con tamaño despliegue de viciodólares y se presten al juego de la suerte de aquel multimillonario, quien, cual tragaperras, les canta al tiempo que les destella: mientras más insert coin, más posibilidades de llevarse mi megaproyecto.
Y aquí vemos a la prensa de Madrid y Cataluña pugnando por destacar lo mejor de sus respectivas regiones y advirtiendo: tú, gobierno autonómico, cuidado, muévete, mira que el rival ha enviado ya una comisión de autoridades autonómicas a la ciudad de Las Vegas para negociar directamente con el que tiene perras, so carajote, que te quedas atrás, y tú, Ejecutivo de Mariano Rajoy, ni se te ocurra intervenir, escrupulosa imparcialidad, boca cerrada aunque aquel insert coin suponga modificar las leyes (urbanísticas, sanitarias, medioambientales) al gusto del señor. Hagamos la vista gorda pues, de lo contrario, correremos el riesgo de que se le estropee y se nos estropee el negocio.
Imagínense por un momento que no es Madrid ni Cataluña sino Andalucía. Esos del sur, los de Depeñaperros para abajo, los que cobran el PER y están todo el día en los bares, en ferias y en romerías, los palmeros de duquesas y señoritos; esos intentando atraer a tierra patria la viciosa calaña de medio mundo, a la mafia, a las prostitutas y, todos juntos, haciendo de España un país de servicios.
Imagínense, además, a la prensa y a movimientos de toda índole de una Andalucía cainita. No podría venir a Sevilla, lo impediría la altura de la Giralda y la contaminación lumínica que, desde aquí, llegaría hasta la muy lejana Doñana, con los linces cegados con las luces de neón y, por tanto, sin aparearse. No lo permitiría tampoco el Gobierno regional de izquierdas, dado que este tipo de complejos de megaocio no tendría cabida en sus manidos eslóganes de la segunda, tercera, cuarta o quinta modernización de Andalucía –he perdido la cuenta de cuán modernos somos– y de una economía sostenible que, por cierto, sin iniciativas empresariales privadas no se sostiene. No se enviaría una comisión de autoridades a negociar a Las Vegas, se diría, ésas van de turismo de lujo a costa del erario público. Y, por último, jamás de los jamases se rendiría pleitesía al magnate, salvo que éste se avenga a ejecutar su sueño lúdico bajo la fórmula del cooperativismo social que tanto gusta a los de Marinaleda. Son elucubraciones –lo cierto y verdad es que no hay infraestructuras de transporte y hoteleras suficientes– aunque no faltas de realidad.
Ni estoy en contra ni a favor de Eurovegas pero sí cuestiono tres cosas. Primera, la condescendencia hacia un proyecto para el que, si fuera necesario, se cambiaría hasta la mismísima Constitución para que ésta se amoldara a aquél y no –como debería ser– a la inversa, mientras que a quienes aspiran a instalar una industria, por pequeña que sea, se le ponen por delante mil y una trabas, como si el magnate de los casinos fuera un bendito y el empresario de aquí, un demonio. Segunda, y enlazada con la anterior idea, me pregunto el porqué de tanto celo hacia la industria en todas y cada una de las comunidades, salvo en la vasca, y el porqué persistimos en hacer de España un país de servicios, cuando la diversificación de los destinos turísticos internacionales menguará la afluencia de turistas, de ahí que, a largo plazo, sólo podremos competir en calidad y no en precios. Y tercera, qué lástima que los esfuerzos realizados por los gobiernos para cautivar a los ricos no se desplegaran también para hacerle la vida un poco más fácil a los pobres, entendidos como emprendedores y pequeños empresarios –no me puedo abstraer aquí de la amnistía o perdón fiscal aprobada el pasado viernes por el Consejo de Ministros y de la que se beneficiará principalmente el dinero negro de las fortunas–. Si así fuera, quizás no necesitaríamos tantísima reverencia.
Y concluyo. Malsana envidia no hay por parte de los andaluces, así que vayan por adelantadas las felicitaciones desde Despeñaperros para abajo hacia cualquiera de esas dos comunidades que, de Despeñaperros para arriba, aspiran al Eurovegas.
P. D.
La parva. En la Confederación de Empresarios de Sevilla se busca a un empresario de verdad –ni abogado ni técnico ni funcionario– que sustituya al dimitido presidente, Antonio Galadí. Y el problema es encontrar a ese empresario de verdad que no tenga problemas en sus propias empresas y sí suficiente tiempo para compaginar la resolución de éstos y las exigencias del cargo en la CES. Movimientos los hay para posicionarse, y suenan desde la rama del metal, de la construcción, de los jóvenes empresarios, de las asociaciones turísticas y de la Cámara de Comercio. Sin embargo, las tensiones en la CEA, a raíz de sus pérdidas económicas en 2011 y el vaivén político de su cúpula, ponen más difíciles las aspiraciones de Francisco Herrero, presidente de la institución cameral y hermano de Santiago, su homólogo en la patronal andaluza. Eso de los Herreros controlándolo todo…
La simiente. Vistas desde el punto de vista político es muy rentable llamar “embajadas” a las oficinas comerciales que las distintas comunidades autónomas tienen en el extranjero. Lo cierto y verdad es que no pocas cuestan al erario público una pasta gansa y, por tanto, no estaría mal cerrarlas si no hay retornos económicos suficientes. Sin embargo, precisamente ahora que las empresas necesitan más que nunca el mercado exterior para dar salida a sus productos ante el depauperado mercado español, los gobiernos deberían resistir la tentación de reducir las partidas presupuestarias a los organismos regionales de promoción que sí funcionan y están ayudando, y mucho, a la internacionalización de la economía. No estamos hablando de la “marca España” o de la “marca Andalucía”, sino de empresas concretas y, sobre todo, de vender. No estamos hablando, pues, de política, sino de economía.
La paja. ¡Chssssss! Entre los empresarios y los periodistas de Economía de Sevilla se ha acuñado un apodo para quienes, dueños y directivos de empresas, acuden a todos los saraos habidos y por haber a pesar de los problemas que arrastran sus compañías, intentando dar una falsa imagen de normalidad. Es el llamado “clan de los tiesos”. Están por todas partes ejerciendo aún una gran influencia sobre las patronales andaluzas y sobre la sociedad andaluza en general, tanto política como empresarial. Quizás deberían retirarse a reflexionar un poco sobre sus problemas y sacar adelante sus empresas antes que persistir en la continua búsqueda de la ascendencia social. No se trata de esconderse y de ocultar penas, sino de dar ejemplo y dedicarle todo el esfuerzo posible a mirar la viga en el ojo propio y no ver sólo la paja en el ajeno. Recordemos qué le pasó a Gerardo Díaz Ferrán…
Teófila Martínez: ¿A quién pretendía usted engañar? Sus saltitos de alegría en el balcón de San Fernando, justo cuando Javier Arenas salía a anunciar las malas nuevas, porque buenas no eran, resultaron tan infantiles como verla disfrazada de La Pepa para una revista de domingo. Falsos como Judas. Porque hecho el papelón de la alegría, mi señora alcaldesa, las caras del personal, incluidos los dos ministros allí asomados, parecían participar de un velatorio. Imaginemos la escena. Siento mucho el disgusto, rezaban los asistentes mientras miraban de reojo al muerto…
Era para sentirlo. Que levante la mano aquel periodista que no tuviera de antemano esbozada e incluso escrita la crónica de la jornada electoral otorgándole la mayoría absoluta al PP andaluz y mandando a hacer las maletas a José Antonio Griñán. Yo confieso y me aplico un merecido correctivo de cura de humildad ante la contundencia del voto democrático que, una vez más, revela que las encuestas son eso, meras encuestas, no ciencia exacta, y que, en muchísimas ocasiones, mienten más que aclaran, sobre todo cuando vienen previamente cocinadas para meter miedo a unos y/o animar a otros.
En sus oraciones nocturnas, bien entrada la madrugada del domingo al lunes, Arenas habrá alzado su voz al cielo y clamado, padre mío, por qué me abandonaste no una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces, ya no sé qué más puedo hacer. Y en verdad os digo que muy poco. De hecho, el PP-A tenía ya ganada su ascensión a San Telmo hasta que se hizo la luz, qué luz, la de la mentira.
Sí. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, aquí no valen medias tintas. En esta ocasión, el candidato popular ha perdido Andalucía debido a unas mentiras electoralistas de su partido nacional que, al acudir a las urnas, los ciudadanos no han perdonado. Maldita sea la hora en que el socialista Griñán independizó los comicios autonómicos de los estatales y finalmente ha hecho que aflore la verdad, estarán lamentándose quienes, a pesar de su triunfo, se llevan la derrota.
Pero esto no justifica tantos aplausos y llantos de alegría en San Vicente. La victoria real es de Izquierda Unida, no del PSOE. 654.831 votantes han abandonado a este último partido respecto a la cita electoral de 2008, con la agravante de una altísima abstención, evidente síntoma del desencanto –especialmente entre unos jóvenes a quienes la política les resbala– y que suele dejar en casa a quienes prestaron su confianza al partido que en ese momento ejerce el poder. Un lógico castigo como consecuencia del desgaste de treinta años en la Junta de Andalucía, la gestión de la crisis económica, la alarmante tasa de paro, las batallas internas y, por supuesto, el escándalo de los ERE fraudulentos. En cambio, 119.883 nuevas papeletas cosecha la formación liderada por Diego Valderas, que ampara así a la mayor parte de los huidos de aquél.
Ambos sumandos de la izquierda se dejan 534.948 votos entre una y otra convocatoria –insisto, con una elevadísima abstención–. Pero este rojo es aún muy intenso. Sólo hay que analizar cuán escasa es la distancia entre populares y socialistas: 43.742 sufragios a favor de la gaviota, apenas un punto porcentual. Qué raquítica victoria sobre el puño y la rosa. Como para dar saltitos, mi querida Teófila…
Basta de números, vayamos a la reflexión. No han sido precisamente los andaluces quienes han impedido la mayoría absoluta del Partido Popular en estas regionales. No. Que Arenas apunte directamente a Mariano Rajoy desde el mismo momento en que éste se jactó –porque no se quejó ni se lamentó, se jactó– ante sus socios comunitarios de que la reforma laboral le iba a costar una huelga general. Era reconocer que cargaría sobre los trabajadores españoles el principal esfuerzo de la salida de la crisis vía recortes y sin una auténtica estrategia de crecimiento de la economía y del empleo, que fue precisamente lo que prometió durante la campaña a las generales del pasado noviembre. Que no se extrañe, por tanto, del revés labrado no sólo en Andalucía, sino también en Asturias, apenas cuatro meses después de haber ganado por goleada en España. Duro de asumir, ¿verdad?
El jueves hay huelga general. Si extrapolamos los resultados de esta cita electoral, al menos en la comunidad andaluza la convocatoria debería ser un éxito porque aquí las izquierdas, juntas, incluidos los sindicatos, han torcido el brazo a la derecha, que ya no está ni para dar saltitos de alegría ni para disfraces.
P. D.
La parva. ¡Un comunista en la Delegación de Economía del Ayuntamiento de Sevilla! La patronal CES y la Cámara de Comercio, además de las empresas más renombradas de la ciudad, no escatimaron improperios cuando el exalcalde socialista Afredo Sánchez Monteseirín cedió a la Izquierda Unida de Antonio Rodrigo Torrijos el área económica. Imaginemos, pues, lo que podría decir la CEA si Izquierda Unida consiguiera arrancar de los socialistas departamentos económicos (Economía, Hacienda, Agricultura y Empleo) de un futuro Gobierno autonómico de coalición. Y aunque todos nieguen que no habrá una pelea por las carteras, a nadie se le escapa que alguna importante tendrán que ceder, y no hay nada más importante para los comunistas que hacer valer su modelo económico y agrario. El asunto promete.
La simiente. Y viernes, los Presupuestos Generales del Estado de 2012. Otra papeleta para el Gobierno de Mariano Rajoy y, se quiera o no, tendrá su interpretación en clave andaluza. Que si nos castiga a los andaluces por haberle hecho el feo a Arenas o que si no nos castiga y, en cambio, nos reconforta. Versiones las habrá para todos los gustos políticos. Lo que sí está claro es que el Ejecutivo central debería abandonar cualquier tentación de otorgar argumentos a las izquierdas que pudieran abonar el discurso de los agravios comparativos. Porque los ciudadanos lo que quieren son respuestas ante la crisis económica y puestos de trabajo, y no una confrontación donde la fuerza se va por la boca.
La paja. Y hablando de la CEA. A su presidente, Santiago Herrero, se le habrá cambiado también la cara al conocer que el PP-A no lograba la mayoría absoluta en las elecciones autonómicas, después del endurecido discurso patronal contra el Ejecutivo de José Antonio Griñán, poniendo a la altura del betún los treinta años de gobiernos socialistas, y su clara defensa por el cambio político en la comunidad. Herrero apostó a caballo perdedor creyendo –como todos, esto también hay que reconocerlo– que Javier Arenas sería caballo ganador. Toca suma prudencia a la espera de qué ocurrirá en la Junta de Andalucía, pero Herrero debería ir pensando en cómo recomponer unas relaciones seriamente tocadas.
Dos reflexiones para el PP. Primera: si Javier Arenas no consigue gobernar en Andalucía tras su cuarto intento, y parece que no lo hará a tenor de la mayoría absoluta de izquierdas fraguada por PSOE más IU, nunca podrá hacerlo, así que debería pensar en hacer sus maletas y dedicarle por entero la vida política al partido de Génova, no al regional de San Fernando, buscando en el Ejecutivo de Rajoy el acomodo que no tendrá en San Telmo. Se impone un cambio de líder y un ejercicio de generosidad –y consciencia– por parte del actual abandonando su papel de eterno candidato. Y segunda: en Madrid y en Génova deberán reflexionar, y muchísimo, sobre si todo vale, incluidas las mentiras electoralistas, en la acción de gobierno y, además, sobre si recortes sociales y reforma laboral son las estrategias más factibles para el crecimiento económico y la creación de empleo. ¿Queríais doblar el pulso a los trabajadores? Ahí tenéis la respuesta. Si estos comicios se concebían como plebiscito para determinar el grado de aceptación de sus actuaciones, ahí tenéis también la respuesta.
Y dos reflexiones para el PSOE. Primera: han ganado las izquierdas, juntas, no por separado. Entran aquí IU-CA y los sindicatos CCOO y UGT, cuya convocatoria de huelga general, a celebrar cuatro días después de la cita electoral, ha contribuido decisivamente a la causa. No estamos en 1996, cuando, por sí solo, Manuel Chaves logró darle la vuelta a unas encuestas que vaticinaban el triunfo popular. Este 25-M de rojo color, en cambio, ha sido una aportación colectiva, de ahí que, para formar gobierno, se exija negociar sobre un auténtico programa de izquierdas, no sobre un mero reparto de consejerías. Si no fuera posible, mejor que Arenas accediera al poder en minoría con apoyos puntuales de los socialistas, suficientes y leales como para propiciar la salida de la crisis. Y segunda, acertada fue la decisión de Griñán, criticada en su día por Ferraz, de evitar la coincidencia entre las elecciones generales y autonómicas. Al menos, con lo más sagrado en democracia, el voto, el ciudadano le ha podido decir al PP: por ahí no.
Eran tantísimas las tonterías que decían nuestros políticos que el autor de La Siega decidió, durante las pasadas elecciones generales, ésas que desde el principio tenía ganadas Mariano Rajoy, difundirlas en Twitter bajo el epígrafe Estupideces de Campaña para mayor escarnio público. Los cronistas de partidos y, en general, de la cosa política suelen justificar la verborrea de mítines y ruedas de prensa con el argumento de la búsqueda del titular por parte de sus protagonistas, y de aquí cabe inferir que, a mayor sandez, mayor posibilidad de salir en la prensa.
Un ejemplo. A Rafael Escuredo, quien acudía la semana pasada a respaldar al candidato socialista José Antonio Griñán, se le escapó: “Los del PP son tan gilipollas que van de sobrados”. Después pidió perdón. “Se me calentó la boca”, se excusó. Perdonado queda, aunque tal exabrupto, además de restar votos al aspirante, es merecedor de mandar al personaje al baúl de los recuerdos y sacarlo sólo para actos conmemorativos de la patria autonómica, dicho esto con todos los respetos hacia el primer presidente de la Junta de Andalucía.
Si los comicios generales dieron juego al libertinaje de la lengua, en los andaluces, hasta ahora, no. Quedan, eso sí, cuatro días de traca final, en los que aún cabe esperar de todo porque a todo nos tienen acostumbrados los políticos. Al margen de los eslóganes sobre cuestiones de actualidad, siendo los ERE fraudulentos, la reforma laboral, el copago en sanidad y los recortes sociales las más socorridas, para esta cita regional con las urnas los mitineros han escatimado en chistosas perlas, frecuentes sustitutas de la enriquecedora dialéctica cuando ni tienen ni saben qué decir. Son conscientes de que la comunidad y su millón largo de parados no están para gracias y, por tanto, cualquier estúpida salida de tono podría espantar a los aún indecisos –que son masa y quienes realmente decantarán el resultado final en estos comicios–, empujándolos a votar al adversario. De incumplimientos, de unos y otros, y de engaños, de unos y otros, está la ciudadanía hasta las narices, así que no se las toquen más…
Lo que nunca falla por parte de los socialistas es el discurso del miedo que, en Andalucía, tiene su máxima expresión en el antiguo PER y el subsidio agrario aparejado. Desde que surgiera, allá por principios de los ochenta, el sistema de protección de los trabajadores eventuales del campo de esta comunidad y de Extremadura, en todas las convocatorias electorales han amagado con la oportunista amenaza de su extinción por parte del PP si éste alcanzaba el poder. Ya está bien, ¿no?
Uno, que es de pueblo y conoce los entresijos del PER en sus distintas denominaciones, no puede dejar de preguntarse si serán necesarios otros treinta años, que son los que acumulan los socialistas en la Junta de Andalucía, para que la actual necesidad –y reitero, necesidad– del subsidio agrario, que reciben 123.600 jornaleros en esta región, se reduzca al mínimo porque efectivamente haya un entramado productivo suficiente que compense la carestía y la temporalidad intrínsecas a las labores del campo y evite, pues, esa dependencia de las prestaciones públicas.
El PP no cuestiona el PER. No se atrevería, como tampoco se atreverían los populares del norte plantear la radical desaparición de las ayudas a la minería del carbón, ni tampoco los catalanes a las subvenciones otorgadas a sus industrias textil y automovilística. Es más, el candidato andaluz del PP, Javier Arenas, reformó, pero no erradicó, la protección agraria cuando fue ministro de Trabajo en tiempos de José María Aznar. De justicia es recordarlo y reconocerlo, como también lo es admitir que el sistema tiene imperfecciones que se deben corregir a través de esa palabra hoy tan maldita llamada reforma.
Sacar otra vez a relucir el PER resulta, pues, un intento desesperadísimo del PSOE-A para extender el miedo en los últimos días de campaña, como también han sido desesperadísimas esa lluvia de millones y millones anunciada por la metereóloga ministra de Empleo, Fátima Báñez, y su llamada a la fibra sensible de las raíces, soy andaluza, para sentenciar que ni un euro de recorte habrá para Andalucía. Quizás si unos, los socialistas, y otros, los populares, salieran de despachos, plazas de toros, hipódromos, teatros y demás variopintos lugares de verborrea mitinera y se dieran una vuelta por el campo –que está asqueroso por una sequía de la que, por cierto, ni hablan ni se preocupan–, comprenderían realmente el sentido del PER más allá del mero rédito electoral. Se dejarían, entondes, de tantas estupideces y tonterías.
P. D.
La parva. Hacen bien Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo en desvincular la huelga general del resultados de las elecciones andaluzas del 25-M. Sin embargo, y a pesar de los muchos intentos de los líderes de UGT y CCOO, a nadie se le escapa que la convocatoria del paro masivo ha ejercido un gran poder de arrastre sobre la campaña y, por supuesto, también lo tendrá el día de la cita electoral. Eso sí, tal desvinculación revela una grandísima prudencia puesto que si el PP gana la contienda por mayoría absoluta, como vaticinan casi todas las encuestas, en cierta medida se estaría evaluando el respaldo de los ciudadanos a las reformas del Gobierno central, incluida la del mercado de trabajo. Démosle la vuelta al argumento. El PP estaría viendo en los comicios un plebiscito para sus reformas.
La simiente. En una Andalucía cuyo campo, el más importante de España, está más seco que una mojama, no han sido sus propios gobernantes, los del Ejecutivo de José Antonio Griñán, sino el ministro de Agricultura, el jerezano Miguel Arias Cañete, el que mayor preocupación ha demostrado por la sequía. En Bruselas anda reclamando el adelanto de las ayudas agrarias de la PAC para que los agricultores y ganaderos las ingresen cuanto antes y, además, se dispone a convocar la mesa de la sequía. No basta con constatar los hechos, como la Consejería andaluza del ramo, sino que se requiere actuar porque la cuestión es grave.
La paja. Red Eléctrica Española es una empresa privada pero, aunque cotiza en bolsa, una quinta parte de su capital es público y atiende a una planificación pública de las redes de transporte de electricidad. Estas dos excepciones deberían haber sido causas más que justificadas para haber alejado al marido de María Dolores de Cospedal del consejo de administración de la compañía. Es más, por tener la mujer que tiene, ni siquiera tendría que haberse pensado aceptar el puesto de consejero que se le ofreció o que le habían buscado. Me recuerda al episodio de los talleres de empleo en la Sevilla de Zoido. Enchufismo.


Comentarios recientes