La Gazapera | El blog de Manuel Bohórquez

A la memoria de Paco Cabrera

manuel bohórquez
–Con cuatro años ya cantaba ¿Aprendió a cantar antes que a hablar, entonces?.
–Antes de cantar ya hablaba perfectamente. En las dos cosas fui muy adelantado.
–Pero no nació en una familia de mucha tradición flamenca, si estoy en lo cierto.
–Ni mucho menos. El abuelo de mi padre cantaba muy bien por malagueñas, pero sólo fue aficionado. Eran de Lebrija y le decían los Cebollos.
–O sea, que un poco más y le apodan Miguel el Cebollo.
–Mis apellidos son Pérez Ortega y fue Paco Cabrera quien decidió que me llamara Miguel Ortega, porque este apellido es de mucha enjundia flamenca, como sabe.
–Cuando habla de Paco Cabrera le brillan los ojos. Supongo que estos días lo habrá recordado, después de entrar en la historia del cante minero con este premio.
–Por supuesto. Fue el primero que creyó en mí y me ayudó mucho. El flamenco no puede entenderse en Sevilla sin este gran hombre.
–¿Llegó a obsesionarse con la Lámpara Minera de La Unión?
–Lo intenté hace más de diez años y gané algunos premios, pero la Lámpara se resistía y lo dejé. Supongo que tenía que madurar como cantaor para volver a  intentarlo. Yo canto a mi aire, y a este concurso hay que ir con la lección aprendida.
–¿Cómo se preparó para ir a por todas y ganar lo que ha ganado?
–Estudiando mucho a Antonio Piñana, a Pencho Cros, a Encarnación Fernández, a Eluterio Andreu… Es lo que hacen todos los que quieren ganar la Lámpara.
–Hay quienes, además de estudiar, se trabajan las buenas amistades y, a veces, les ha dado resultado…
–Ese camino nunca lo quise coger  yo.Se dicen muchas cosas, pero yo sabía que sólo estudiando podría conquistar La Unión.
–¿Qué cree que va a ocurrir ahora? Muchos ganaron la Lámpara Minera y se han ido quedando en el olvido. ¿Lo sabe?
–Este premio es muy importante, el más importante de todos, pero no te asegura la vida de cantaor. Te abre puertas y te da un empujón grande, pero lo demás hay que currárselo todos los días. Yo siempre tengo los dos pies en el suelo.
–Miguel Ortega tiene los mismos años que tenía Vallejo cuando ganó la Llave de Oro del Cante Flamenco, en 1926. ¿Le llega este premio en el momento justo?
–Yo llevo 30 años cantando y soy profesional desde hace mucho tiempo. Creo que me va a venir bien para conseguir hacer realidad mis sueños.
–¿Qué sueños son esos?
–Consagrarme en primera figura del cante, cantar en solitario, crear escuela. Vengo soñando con esto desde que a los 5 años me vestía como El Cabrero.
–¿Qué se lo impide?
–Hay muy buenos cantaores y no es fácil hacerse figura. Ahora, con lo del premio, parece que muchos han descubierto a Miguel Ortega como cantaor de flamenco, después de tantos años de lucha.
–¿En su pueblo también? ¿Le rendirán un homenaje multitudinario, como al futbolista Navas?
–Lo dudo mucho. El fútbol es más mediático que el cante y yo no soy profeta en mi tierra. Supongo que ahora me considerarán más.
–¿Piensa dejar de cantar para el baile y para la guitarra de Vicente Amigo?
–De momento voy a cumplir todos mis compromisos, porque estaré en la Bienal con Fernando Romero y José Antonio, con Javier Barón… Y con Vicente me voy ahora once días a México. Eso está sagrado. Si puedo enfocar mi carrera solo, será estupendo; pero eso sólo lo dirá el tiempo.
–¿Cómo va su primer y único disco hasta el momento?
–No corren buenos tiempos para los discos. Me lo produje yo mismo y no tiene buena distribución. Tendré que moverlo ahora un poco más, porque es un trabajo muy serio.
–¿Por qué quiso ser cantaor de flamenco?
–Por afición. Estudié Administrativo y mis padres querían que hubiera ido a la Universidad. Pero yo tenía claro que me gustaba el cante.
–¿Siempre se ha ganado la vida con el cante flamenco?
–Fui camionero durante tres meses, pero no quería eso. Lo que hago ahora es lo que me hace feliz y con lo que me realizo totalmente.
–¿Alguna vez pensó en arrojar la toalla definitivamente?
–Muchas veces. Pero esto es un veneno y uno siempre tira para adelante. Tengo mujer y dos hijos y no puedo permitirme tirar la toalla. Tengo 35 años y he conseguido muchas cosas. Lo mejor vendrá de ahora en adelante, supongo.
–¿Alguna felicitación especial por lo de la Lámpara?
–Muchas. Ha habido una muy especial para mí, que ha sido la de Itoly de los Palacios, un gran cantaor de mi pueblo que no ha tenido suerte. Le llevé la Lámpara a su casa y casi no podía hablar, de la emoción.
–¿Desbordado, quizás, por esta fama tan repentina?
–Si quiere que le sea sincero, un poco, pero bendita sea. No he parado de hablar desde la noche de la final en el Antiguo Mercado. Supongo que pasará, pero lo estoy disfrutando y sacaré provecho de esto.
–Suponemos que ya habrá recibido ofertas para cantar en buenos escenarios, aunque ya conoce unos cuantos en el mundo.
–Varias ofertas, y muy buenas. El Festival de las Minas se encarga de mover mucho a los ganadores de la Lámpara Minera, lo que me parece muy bien. Es un premio que te da mucho como artista.
–¿Qué sintió cuando por fin tuvo en las manos el trofeo?
–Todavía no lo sé, sinceramente. Lo sabré cuando baje de la nube.
Miguel Ortega posó ayer en nuestro periódico con la codiciada Lámpara Minera, para Javier Díaz.

El cantaor sevillano Miguel Ortega posó ayer en nuestro periódico con la Lámpara Minera. Fotografía de Javier Díaz.

Miguel Pérez Ortega, el ganador de la Lámpara Minera 2010, estuvo ayer visitando nuestro periódico con el  trofeo y los diplomas en la mano y tan contento como un niño con zapatos nuevos. Vino acompañado de su padre, aficionado al cante y capaz de bordar los fandangos, aunque nunca se planteó ser artista profesional. Su hijo, en cambio, Miguel Ortega, que vino al mundo en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla el 28 de julio de 1975, lo tuvo claro desde que tenía 4 años, desde que el entrañable palaciego Paco Cabrera de la Aurora lo hizo cantar a esa edad en la ensolerada Peña Flamenca Juan Breva de Málaga. Lleva 30 años cantando y tiene un sólo disco en el mercado, que apenas ha distribuido. Como cantaor de cuadro tiene una más que bien ganada reputación.

–Con cuatro años ya cantaba. ¿Aprendió a cantar antes que a hablar, entonces?

–Antes de cantar ya hablaba perfectamente. En las dos cosas fui muy adelantado.

–Pero no nació en una familia de mucha tradición flamenca, si estoy en lo cierto.

–Ni mucho menos. El abuelo de mi padre cantaba muy bien por malagueñas, pero sólo fue aficionado. Eran de Lebrija y le decían los Cebollos.

–O sea, que un poco más y le apodan Miguel el Cebollo.

–Mis apellidos son Pérez Ortega y fue Paco Cabrera quien decidió que me llamara Miguel Ortega, porque este apellido es de mucha enjundia flamenca, como sabe.

–Cuando habla de Paco Cabrera le brillan los ojos. Supongo que estos días lo habrá recordado, después de entrar en la historia del cante minero con este premio.

–Por supuesto. Fue el primero que creyó en mí y me ayudó mucho. El flamenco no puede entenderse en Sevilla sin este gran hombre.

–¿Llegó a obsesionarse con la Lámpara Minera de La Unión?

–Lo intenté hace más de diez años y gané algunos premios, pero la Lámpara se resistía y lo dejé. Supongo que tenía que madurar como cantaor para volver a  intentarlo. Yo canto a mi aire, y a este concurso hay que ir con la lección aprendida.

–¿Cómo se preparó para ir a por todas y ganar lo que ha ganado?

–Estudiando mucho a Antonio Piñana, a Pencho Cros, a Encarnación Fernández, a Eluterio Andreu… Es lo que hacen todos los que quieren ganar la Lámpara.

–Hay quienes, además de estudiar, se trabajan las buenas amistades y, a veces, les ha dado resultado…

–Ese camino nunca lo quise coger  yo. Se dicen muchas cosas, pero yo sabía que sólo estudiando podría conquistar La Unión.

–¿Qué cree que va a ocurrir ahora? Muchos ganaron la Lámpara Minera y se han ido quedando en el olvido. ¿Lo sabía?

–Este premio es muy importante, el más importante de todos, pero no te asegura la vida de cantaor. Te abre puertas y te da un empujón grande, pero lo demás hay que currárselo todos los días. Yo siempre tengo los dos pies en el suelo.

–Miguel Ortega tiene los mismos años que tenía Vallejo cuando ganó la Llave de Oro del Cante Flamenco, en 1926. ¿Le llega este premio en el momento justo?

–Yo llevo 30 años cantando y soy profesional desde hace mucho tiempo. Creo que me va a venir bien para conseguir hacer realidad mis sueños.

–¿Qué sueños son esos?

–Consagrarme en primera figura del cante, cantar en solitario, crear escuela. Vengo soñando con esto desde que a los 5 años me vestía como El Cabrero.

–¿Qué se lo impide?

–Hay muy buenos cantaores y no es fácil hacerse figura. Ahora, con lo del premio, parece que muchos han descubierto a Miguel Ortega como cantaor de flamenco, después de tantos años de lucha.

–¿En su pueblo también? ¿Le rendirán un homenaje multitudinario, como al futbolista Navas?

–Lo dudo mucho. El fútbol es más mediático que el cante y yo no soy profeta en mi tierra. Supongo que ahora me considerarán más.

Miguel Ortega recibe la Lámpara Minera de manos del alcalde de La Unión.

Miguel Ortega recibe la Lámpara Minera de manos del alcalde de La Unión.

–¿Dejará de cantar para el baile y  la guitarra de Vicente Amigo?

–De momento voy a cumplir todos mis compromisos, porque estaré en la Bienal con Fernando Romero y José Antonio, con Javier Barón… Y con Vicente me voy ahora once días a México. Eso está sagrado. Si puedo enfocar mi carrera solo, será estupendo; pero eso sólo lo dirá el tiempo.

–¿Cómo va su primer y único disco hasta el momento?

–No corren buenos tiempos para los discos. Me lo produje yo mismo y no tiene buena distribución. Tendré que moverlo ahora un poco más, porque es un trabajo muy serio.

–¿Por qué quiso ser cantaor de flamenco?

–Por afición. Estudié Administrativo y mis padres querían que hubiera ido a la Universidad. Pero yo tenía claro que me gustaba el cante.

–¿Siempre se ha ganado la vida con el cante flamenco?

–Fui camionero durante tres meses, pero no quería eso. Lo que hago ahora es lo que me hace feliz y con lo que me realizo totalmente.

–¿Alguna vez pensó en arrojar la toalla definitivamente?

–Muchas veces. Pero esto es un veneno y uno siempre tira para adelante. Tengo mujer y dos hijos y no puedo permitirme tirar la toalla. Tengo 35 años y he conseguido muchas cosas. Lo mejor vendrá de ahora en adelante, supongo.

–¿Alguna felicitación especial por lo de la Lámpara?

–Muchas. Ha habido una muy especial para mí, que ha sido la de Itoly de los Palacios, un gran cantaor de mi pueblo que no ha tenido suerte. Le llevé la Lámpara a su casa y casi no podía hablar, de la emoción.

–¿Desbordado, quizás, por esta fama tan repentina?

–Si quiere que le sea sincero, un poco, pero bendita sea. No he parado de hablar desde la noche de la final en el Antiguo Mercado. Supongo que pasará, pero lo estoy disfrutando y sacaré provecho de esto.

–Suponemos que ya habrá recibido ofertas para cantar en buenos escenarios, aunque ya conoce unos cuantos en el mundo.

–Varias ofertas, y muy buenas. El Festival de las Minas se encarga de mover mucho a los ganadores de la Lámpara Minera, lo que me parece muy bien. Es un premio que te da mucho como artista.

–¿Qué sintió cuando por fin tuvo en las manos el trofeo?

–Todavía no lo sé, sinceramente. Lo sabré cuando baje de la nube.

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Ago/10

19

Aquellos veranos en Arahal (III)

A mi chacha Rosario Bohórquez

John Wayne me cautivó en Arahal.

John Wayne me cautivó en Arahal.

Arahal no tiene playa ni un gran río ni caño con mucho brío. Tiene, eso sí, un mar de olivos, un piélago verde y fresco con el que sueño todas las noches y en el que quiero envejecer junto a mi compañera y mis perros, si me dejan los que llevan Urbanismo en el Ayuntamiento. Cuando de niño pasaba allí algunos veranos apenas me mojaba el cuerpo, porque la casita de mis tíos era tan humilde que no tenía ni agua. Había que abastecerse con la pipa del aguador ambulante y me lavaba todos los días en una palangana. Mi prima Ramona, una de las hijas de Antoñita y El Menuo -Antoñita era hermana de mi abuela materna-, se encargaba de lavarme la cabeza con un jabón verde casero que te dejaba el pelo tan brillante y sedoso como el mejor champú. Pero era tan nerviosa, que cada vez que se le resbalaba el jabón me golpeaba con él en la cabeza y un día me dejó casi sin sentido del jabonazo que me pegó. Mi tía se irritaba y le pedía por favor que no me lavara más la cabeza, que lo haría ella misma. Como era verano y el calor era sofocante, un día me junté con el hijo del Chico Miriñaque y mi primo Juanito -el de la Consuelo la Merina- y nos fuimos al arroyo El Salaíllo, un riachuelo que pasa por Arahal y que está a un kilómetro por la carretera de Morón. Lo hice desobedeciendo a mi tía Rosario, que sabía lo peligroso que era bañarse en ese afluente, donde había ocurrido algún ahogamiento alguna vez. Pero ese día estaba dispuesto a bañarme como fuera y lo hice sin ningún miedo a Rosario la Serena. Cuando regresábamos al pueblo, en bañador y con los pelos sucios por el alpechín del río, algunos vecinos me decían que mi tía andaba buscándome con una vara en la mano y un disgusto tremendo. No me lo creí porque jamás me puso una mano encima. Sin embargo, como la había desobedecido pensé que podía castigarme dándome unos suaves varazos. Todo lo contrario. Contenta porque hubiera regresado a casa por mis propios pies, sólo me echó una pequeña regañina y me preparó una suculenta merienda: medio bollo con aceite de oliva y azúcar.

Para mí todos los caminos llevan a los olivos Arahal.

Para mí todos los caminos llevan a los olivos de Arahal.

Otro día me zampé medio cubo de higos chumbos y agarré un atasco en el recto que casi me tienen que llevar a Sevilla de urgencia en uno de aquéllos taxis de Pelota. Mi tía lo solucionó con un brebaje infalible y eché por el recto los higos chumbos y hasta las primeras papillas. ¡Que poción más milagrosa! Los higos chumbos eran mi delirio, pero me atascaban mucho. En Arahal se podían comprar en la puerta de los cines de verano, el de la calle Madre de Dios y el de Doctor Morillas, de Peña, al que iba casi todas las noches porque el cine es una de mis grandes aficiones. Mi tío Manolo conocía al dueño y me dejaban entrar gratis muchas veces. Fue entonces cuando me aficioné a las películas de vaqueros, al western. Recuerdo que una noche echaban una de Jonh Wayne en la que se lleva dudando toda la película sin besar o no a la protagonista, como en casi todas sus cintas. Cansado ya de esperar, uno le preguntó desde la butaca: “¿Te la vas a cepillá o no, tonto vaina, que mañana hay cogía?”. De aceitunas, claro. La que se formó en el cine. Me encantaba ir al cine de verano porque, además de que disfrutaba de lo que me gustaba, el Séptimo Arte, aprendía mucho con las ocurrencias de mis paisanos. En una de las películas de Manolo Escobar, en la que canta la odiosa canción del carro, alguien le dijo en alta voz: “El día que encuentres el carro se te acabó el chollo, Manolillo”. No sé en otros pueblos, pero en Arahal hablaban mucho con los actores en los cines, sobre todo en los de verano, que, lamentablemente, desaparecieron y con ellos el agua fresquita de los búcaros, los higos chumbos y los altramuces en la puerta.

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Ago/10

19

El decano del cante vive en Herrera

A Antonio el Monino

Hay un pueblo en Sevilla que tiene su historia flamenca y nunca se ha contado en los libros. Sólo Fernando el de Triana, en ‘Arte y artistas flamencos’, se ocupó de hablar de su fandango de besana y de las cualidades de un tal ‘Carlillo’. Me estoy refiriendo a Herrera.
Allí vive uno de los cantaores de este pueblo, el decano, con 89 años de edad. Aún es capaz de cantar de maravilla, con la voz más sana que una pera, como pude comprobar hace unos días. Antonio Muñoz Peña, de Marchena, esposo de la soprano Pilar Marchena, se encargó de fijar el encuentro y estuvimos algunas horas charlando con él y paseando por el pueblo.
Se trata de Antonio Bermúde Arjona ‘El Monino’, sobrino del que fuera dueño del cólebre Salón de Manuel Arjona, cuyo local todavía existe, aunque sin actividad alguna. Fue el único salón flamenco de la comarca y desde los años 20 del pasado siglo tuvo una gran actividad. Según El Monino, “por aquí pasaron todos los más grandes, desde la Niña de los Peines hasta Pepe Pinto, pasando por Marchena, Pepe Palanca, el Niño de la Huerta, Canalejas de Puerto Real y Tomás Pavón”, dice El Monino con gran sentimiento y orgullo..
El Monino pudo llegar a ser una primera figura, por sus grandes cualidades, pero prefirió la seguridad de un trabajo fijo y dormir todas las noches en su casa. “La Niña de los Peines me subió una vez en una silla para que le cantara, aquí en Herrera, pero la primera vez que canté al público fue en Osuna”.
Sin embargo, decidió irse a Madrid en 1949 a trabajar en el Ministerio de Defensa colocado por un tío suyo que era Coronel. “No estaba bien visto eso de cantar flamenco, pero yo combiné mi trabajo en Defensa  con el cante jondo, y la verdad es que gané mucho dinero. Tenía una voz preciosa y era muy apañado, y supe codearme con los mejores. LLegué a cantar saetas con Vallejo, aquí en Herrera y en otros lugares, que para mí ha sido uno de los más grandes”, asegura este veterano cantaor sevillano, que ya está jubilado y dedica su tiempo a hablar de flamenco con los amigos y a cuidar de su esposa.
Todavía canta, pero poco. La peña flamenca de Herrera lleva su nombre y ha cantado mucho en el festival de este pueblo. Sorprendentemente, El Monino conserva la voz intacta, una voz entre las de Vallejo y Marchena, dos de sus ídolos. “Eran dos genios, aunque entonces hubo muchos genios. Tuve la suerte de vivir una época de oro”, dice el cantaor de Herrera.
Cuando le preguntamos por las figuras de hoy no dudó en dar el nombre de Miguel Poveda. “Tiene una voz bonita y lleva bien los cantes; es muy alegre”, dice.
A Antonio Bermúdez Arjona le gustaría que el Ayuntamiento convirtiera el antiguo Salón de Manuel Arjona en una especie de museo flamenco, “porque por aquí pasaron todos y el local está todavía intacto, con la barra y todo. Sólo hay que proponérselo y hacerlo”, exige el decano del cante sevillano.
Herrera ha dado otros muchos cantaores, como fueron Manuel Favores, Manuel el Guerra, Pedro el de la Timotea y Juan el Beato, además de un guitarrista, Morenito de Herrera, que llegó a ser guitarrista del Niño de Marchena.
El único que vive es Antonio el Monino, que es el decano de los cantaores sevillanos.
El Monino tiene 89 años de edad y todavía es capaz de cantar de maravilla. Fotografía: Antonio Muñoz Peña.

El Monino tiene 89 años de edad y todavía es capaz de cantar de maravilla. Fotografía: Antonio Muñoz Peña.

Hay un pueblo en Sevilla que tiene su historia flamenca y que nunca se ha contado en los libros, al menos que sepamos. Sólo Fernando el de Triana, en Arte y artistas flamencos, se ocupó de hablar de su fandango de besana y de las cualidades de un tal Carlillo. Me estoy refiriendo a Herrera. Allí vive uno de los cantaores de este pueblo, el decano, con 89 años de edad. Aún es capaz de cantar de maravilla con la voz más sana que una pera, como pude comprobar hace sólo unos días. Antonio Muñoz Peña, de Marchena, esposo de la soprano Pilar Marchena, se encargó de fijar el encuentro y estuvimos algunas horas charlando con él y paseando por el pueblo. Se trata de Antonio Bermúdez Arjona El Monino, sobrino del que fuera dueño del célebre  Salón Manuel Arjona, cuyo local todavía existe, aunque sin actividad alguna. Fue el único salón flamenco de la comarca y desde los años 20 del pasado siglo tuvo una gran actividad. Según El Monino, “por aquí pasaron todos los más grandes, desde la Niña de los Peines hasta Pepe Pinto, pasando por Marchena, Pepe Palanca, el Niño de la Huerta, Canalejas y Tomás Pavón”, dice El Monino con gran sentimiento y orgullo. Pudo llegar a ser una primera figura, por sus grandes cualidades, pero prefirió la seguridad de un trabajo fijo y dormir todas las noches en su casa. “La Niña de los Peines me subió una vez en una silla para que le cantara, aquí en Herrera, pero la primera vez que canté al público fue en Osuna”.

Además de un gran cntaor, El Monino es un gran conversador. Fotografía: Antonio Muñoz Peña.

Además de un gran cantaor, El Monino es un gran conversador. Fotografía: Manuel Bohórquez.

Sin embargo, decidió irse a Madrid en 1949 a trabajar en el Ministerio de Defensa colocado por un tío suyo que era Coronel. “No estaba bien visto eso de cantar flamenco, pero yo combiné mi trabajo en Defensa  con el cante jondo, y la verdad es que gané mucho dinero. Tenía una voz preciosa y era muy apañado, y supe codearme con los mejores. LLegué a cantar saetas con Vallejo, aquí en Herrera y en otros lugares, que para mí ha sido uno de los más grandes”, asegura este veterano cantaor sevillano, que ya está jubilado y dedica su tiempo a hablar de flamenco con los amigos y a cuidar de su esposa. Todavía canta, pero poco. La peña flamenca de Herrera lleva su nombre y ha cantado mucho en el festival de este pueblo. Sorprendentemente, El Monino conserva la voz intacta, una voz entre las de Vallejo y Marchena, dos de sus ídolos. “Eran dos genios, aunque entonces hubo muchos genios. Tuve la suerte de vivir una época de oro”, dice el cantaor de Herrera. Cuando le preguntamos por las figuras de hoy no dudó en dar el nombre de Miguel Poveda. “Tiene una voz bonita y lleva bien los cantes; es muy alegre”, dice. A Antonio Bermúdez Arjona le gustaría que el Ayuntamiento convirtiera el antiguo Salón Manuel Arjona en una especie de museo flamenco, “porque por aquí pasaron todos y el local está todavía intacto, con la barra y todo. Sólo hay que proponérselo y hacerlo”, exige el decano del cante sevillano. Herrera ha dado otros muchos cantaores, como fueron Manuel Favores, Manuel el Guerra, Pedro el de la Timotea y Juan el Beato, además de un guitarrista, Morenito de Herrera, que llegó a ser acompañante del Niño de Marchena. El único que vive es Antonio el Monino, el decano de los cantaores sevillanos.

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Ago/10

18

Aquellos veranos en Arahal (II)

A mi chacha Rosario Bohórquez

Manolito

¡Menudo galán estaba hecho!

Creo que la primera vez que me enamoré fue en Arahal, en uno de los muchos veranos que pasé allí en la infancia a finales de los años 60. Mi tía Rosario siempre quiso que me echara novia en el pueblo para que estuviera más cerca de ella, porque me quería como al hijo que nunca tuvo. Me solía mandar a una tienda que había en la calle Óleo, donde nací. Era de aquellas con mostrador de madera sobre el que siempre había dulces y la clásica caja redonda de exquisitos arenques, el jamón de los pobres. Pero había algo en la tienda que me gustaba mucho más que los dulces y los arenques: la hija de la tendera. Yo era entonces extremadamente tímido y me costó mucho hacerle ver que estaba por sus pecas, aunque lo adivinó pronto porque iba diez veces diarias a la tienda con cualquier pretexto. La timidez es un gran pecado contra el amor, dijo Anatole France. Mi tía me informó de que en Arahal había que acercarse a las mocitas en el paseo, o sea, en la Corredera. Cuando una muchacha te gustaba te acercabas a ella en el paseo y, aunque no le hablaras, en seguida adivinaba que la habías elegido como tu futura esposa. Me acerqué una tarde a ella y a su hermana pequeña, que tenía entonces muy malas pulgas. No le dije absolutamente nada, sólo me limité a acercarme a ella y a seguirla paseo arriba y paseo abajo. Cuando llevaba dos horas andando, como no me hacía ni puñetero caso, abandoné el paseo y decidí que nunca me casaría, que me quedaría soltero como mis tíos. Se lo conté a mi tía Rosario y me hizo ver que había que insistir, que a una muchacha tan guapa y de tan buena familia no se la podía conquistar en una hora. Pero después de andar kilómetros y kilómetros junto a ella, de comprar arenques para un regimiento y de gastar el sardinel de la tienda de tanto entrar en ella, comprendí que aquellas uvas estaban verdes, como en la famosa fábula de la zorra y las uvas. Cuando se quiere dar amor, se corre el riesgo de no ser correspondido. El que quiere estudiar amor se queda siempre en alumno, y eso fue lo que me pasó a mí. Lo peor es que habían nacido unos sentimientos por mi parte y que, como iba a Arahal una o dos veces al año, en Palomares la echaba de menos. En Cuatro Vientos conocía a niñas de mi edad que me gustaban mucho, pero había sublimado de tal manera aquel amor quimérico de Arahal, que me atormentaba y sufría como un penado. Sin embargo, como la distancia hace el olvido, el sarampión amoroso de la pubertad pasó pronto y no pude darle a mi tía Rosario el gusto de casarme con una mujer de Arahal en la Magdalena o en la Victoria, como ella planeó. Pero como la vida es larga y da muchas vueltas, al final acabé casándome con una hermosa mujer de Arahal, aunque mi tía nunca se enteró porque llevaba muchos años fallecida. Obviamente, de aquel primer amor no correspondido sólo queda ya la lógica cicatriz en el corazón y el vago recuerdo de unas pecas y unos venustos ojos del color de la miel que apenas se cruzaron con los míos. El amor hace pasar el tiempo y el tiempo hace pasar el amor. Cuando alguien nos rompe el corazón comenzamos a dar pedazos, desesperados, porque no sabemos vivir sin amor. Yo no sé respirar sin estar enamorado y creo que no he pasado ni un solo segundo de mi ya larga vida sin estarlo. De hecho, escribo estas cosas sin ningún pudor porque en el florido jardín de mi corazón siempre es primavera.

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Ago/10

18

Aquellos veranos en Arahal

A mi chacha Rosario Bohórquez

A la izquierda está mi primo hermano Frasquito. A la derecha, mi tío Antonio, el camarero.

A la izquierda está mi primo hermano Frasquito. A la derecha, mi tío Antonio, el camarero, que murió hace unos meses a los 90 años de edad.

Estos días he recordado con nostalgia mis veranos en Arahal. Mi madre me mandaba allí todos los años para quitarme de Palomares, donde, sin colegio, por lo de las vacaciones, sólo ideaba aventuras arriesgadas y temía que pudiera pasarme algo. Me llevaba a la Alfalfa, en Sevilla, donde nació Franconetti, me montaba en uno de aquellos taxis grandotes y destartalados, y cuando veía que nos íbamos y que mi madre se iba quedando atrás diciendo adiós con la mano, con las lágrimas saltadas, comenzaba a llorar y llegaba a Arahal hecho unos zorros. Pasaba el verano en la casa de mis tres tíos, que eran hermanos de mi padre: Rosario, Antonio y Manolo Bohórquez, solteros los tres. Ya han muerto todos los hermanos de mi padre. Estos tres vivían en una casita muy humilde de la calle San Eutropio, que es la paralela a San Antonio, cerca de El Rueo. Eran pobres, claro, como toda mi familia. Mi tía Rosario se ocupaba de las labores de la casa y mis tíos trabajaban de camarero, Antonio, y Manuel de barbero. Cuando trabajaban, claro. Eran muy distintos. Dormían en la misma habitación y, curiosamente, no se hablaban desde muy jóvenes. Ni se miraban a la cara. Yo solía dormir en una cama de mueble que mi tía colocaba en medio de los dos y apenas les daba conversación, porque si le hablaba a uno, el otro ponía mala cara. Mi tío Antonio, el último en morirse, era el más flamenco de todos. Como trabajó siempre de camarero se aficionó al juego y a las juergas y llegaba todos los días a las cuatro de la mañana, aunque jamás llegó borracho, sólo pintón. El barbero era un poco menos flamenco, pero leía novelas de vaqueros y contaba unas historias increíbles. Yo sabía que eran historias inventadas, pero hacía como el que me las creía y se dormía con el pájaro de la felicidad posado en el rostro. Me dijo una noche que solía ir a ver el Betis andando desde Arahal a Sevilla, y que regresaba también andando. Era imposible que hiciera noventa kilómetros andando en un mismo día. Me hacía el sorprendido y él disfrutaba metiéndome sus trolas. Le pregunté una noche que si alguna vez se había dejado el carné en Arahal y había tenido que volver a por él desde Sevilla, andando, para después regresar a Heliópolis, y me dijo que sí. ¡Qué fantasía!

El cruce de Los Tres Gatos, donde paraban los táxis y autobuses.

El cruce de Los Tres Gatos, donde paraban los taxis y autobuses.

Algunas noches se levantaba en sueños y daba unas voces terribles espantando a los perros callejeros, que ladraban sólo en su cabeza. Recuerdo que una noche cogió una vara de acebuche que tenía mi tía para hacer las camas y se lió a palos con el colchón de mi tío Antonio. Menos mal que todavía no había llegado, porque lo hubiera matado a varazos. La pobre de mi tía tuvo que aguantar muchas cosas de los dos, pero los quería y nunca le importó sacrificar su vida para que no se quedaran solos. Sólo algunas veces, cuando se irritaba, les echaba en cara que estuviera desperdiciando su vida por cuidarlos, pero se le pasaba pronto. No se me olvidará nunca una mañana en la que vino a cobrar el tío de los muertos y mi tía, encolerizada, les dijo a los dos: “Como un día me jarte, aquí cada uno se va a pagá su muerto”. Cómo nos reíamos con sus ocurrencias.  Estas cosas me servían para formarme como contador de historias, que es lo que siempre he querido ser. Me reía a mandíbula desencajada y los hacía reírse a ellos, que les venía bien porque eran muy pobres y pasaron las fatiguitas de la muerte. Cuando íbamos a almorzar mi tía me mandaba al bar de El Cólico a por tres botellines de cerveza, y yo le preguntaba: “Chacha, si somos cuatro, ¿porqué sólo me encargas tres botellines?”. Me decía siempre que ella no bebía, pero al final cataba más que nosotros porque de cada botellín se echaba un cuarto en un vaso grande. Si pedía cuatro botellines, El Cólico se daba cuenta de que ella también bebía. Entonces estas cosas se ocultaban en los pueblos. Cuando iba con ella a la plaza de abastos, con su cesta de mimbre colgada del brazo, era el niño más feliz de Arahal. Entraba en la plaza, siempre enlutada y con un delantal y la saludaban desde todos los puestos. Rosario la Serena era una celebridad en Arahal. No solía comprar mucho, pero algunas veces tiraba la pobreza por la ventana y se llevaba un muslo de gallina para el puchero o uno de pollo para hacerlo con arroz. Nunca compró un pollo entero, o un conejo, o una gallina. Cuando La Perejila le daba el muslo de pollo liado en un papel de estraza, siempre lo guardaba pronto en la cesta para que no lo viera nadie del pueblo. “No quiero que vean tanto lujo”, decía, cuando yo la miraba con asombro. “Hoy vais a comer como los señoritos”, decía la pobre. Me voy a la cama, que recordando a mi tía Rosario me están dando ganas de llorar y estos días ya he derramado más lágrimas de la cuenta. Felices sueños. Seguiremos otro día.

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Ago/10

15

Réquiem por ‘Pitingo’

A María Luisa Mateo

pitingo 2

'Pitingo' estuvo suelto por el patio de mi casa las últimas horas.

El gorrión Pitingo ha muerto y estoy desolado. Lo encontré en mi patio una mañana, sin apenas plumas, lo crié a mano con pasta para alimentar inseparables y ha estado en un jaulón unos veinte días. Sabía que un día tendría que abrirle la jaula para que viviera en libertad y lo hice el sábado por la mañana, después de llenarle el buche de comida y darle mil besos. Sorprendentemente, Pitingo no voló alto para salvar las paredes del patio y se quedó jugueteando en el rosal y los helechos, picoteando en el mantillo y bebiendo en una cerámica. Decidió quedarse conmigo en casa, donde todo han sido mimos. Sin embargo, el mismo sábado por la tarde, cuando almorzábamos, comenzamos a sospechar que algo ocurría porque no lo escuchábamos. Salimos al patio y descubrimos su cuerpo ya cadáver en un helecho. Al parecer, se enredó en alguna hierba seca y acabó ahorcándose solo. Tantas precauciones para que no terminara sus días en la barriga de un gato del barrio y ha muerto de la manera más estúpida. Les parecerá una chiquillada, pero le había cogido cariño a Pintingo el señoritingo, porque se llevaba todo el día dando respingos. Tuvo la opción de coger el vuelo y unirse a su familia, pero decidió quedarse en los helechos, al fresquito, comiendo alpiste y recibiendo mis caricias, que no siempre le gustaban. Me consuela saber que le salvé la vida, en un primer momento, porque cayó en el patio adecuado. Ha vivido poco tiempo pero ha sido feliz y lo hemos inmortalizado en La Gazapera. Pitingo el saltaringo, el señoritingo, el que se llevaba todo el día pitingueando, era ya una celebridad entre los flamencos del mundo, entre los lectores del blog. Se ha ido y me ha dejado el corazón espachurrado, como cuando pisas un tomate maduro contra la tierra. Ahora sólo podré verlo en La Gazapera, algo que haré todos los días para no olvidarme de esa pequeña criatura de plumas que en dos semanas me ha enseñado muchas cosas, quizás más que algunos de los maestros que tuve en el colegio. Me ha enseñado que se puede amar a un gorrioncito a pesar de que siempre que le daba de comer con la jeringuilla me picaba con toda su fuerza. Era un gorrión morisco valiente, orgulloso y esquivo, pero tan hermoso y simpático que me ha roto este corazón mío ya lleno de cicatrices.

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Ago/10

15

Una extraterrestre en Los Corrales

A mi paisano Rafael Frías

Rocío Márquez está llevando su voz a unos terrenos increíbles. Foto Bohórquez.

Rocío Márquez, anoche en Los Corrales.

El Festival Flamenco de Los Corrales, la localidad de la Sierra Sur de Sevilla, la patria chica de la cantaora y cantante Ana Reverte, podría mejorar en algunos aspectos, pero año tras año descubrimos sobre el terreno que no es nada fácil. Son ya treinta y dos ediciones y continúa teniendo los mismos defectos de siempre. Hay uno que no es fácil de corregir: el público es demasiado hablador y ruidoso, así que en este pueblo habrá que poner un cartel que diga, en la misma entrada del festival, eso de que escuchar es un arte, por si sirviera de algo para ediciones venideras. Es una pena porque el recinto donde se celebra el festival, el patio del Colegio San José de Calasanz, es muy cómodo y caben muchas personas, y el Ayuntamiento se esfuerza cada año en componer un cartel interesante, como el de este año, a pesar de la ya manida crisis económica. Con todas las sillas ocupadas, unas cuatrocientas, el festival comenzó con una hora de retraso porque hubo que esperar a que acabara una boda que se celebraba en el pueblo, con idea de meter más público. Peor hubiera sido que se hubiera celebrado el casamiento en el mismo recinto donde tuvo lugar el evento flamenco. No se espanten, porque en el Festival de Cante Grande de Puente Genil descubrimos hace unos años una despedida de soltero. Con ese retraso ya anunciado, el primero en cantar fue el gran aficionado Iñibi de la Jara, un cantaor con un gran metal de voz que lo mismo recuerda al de Mairena que al de Caracol. De hecho, cantó la soleá charamusquera de Mairena y algunas zambras del genio de la Alameda. Me encantó su guitarrista, Paco Mora, por su sabor añejo. Le siguió Kiki de Castilblanco, un cantaor poderoso que, acompañado muy bien por Manolo Flores, dejó unas granaínas de bella factura y algunos fandangos espectaculares, que el público agradeció puesto en pie. Con el respetable ya calentito y muchos niños correteando por el patio del colegio -¿sería la hora de recreo?-, se plantó en el escenario la artista local Ana Reverte, con su guitarrista Antonio Gámez.

Ana Reverte, artista nata. Foto Bohórquez.

Ana Reverte, artista nata.

Esta mujer lleva toda su vida reñida con el duende flamenco, pero es artista, domina el escenario y tiene mucha psicología. Sigue destacando en los cantes de ida y vuelta, aunque cuajó una buena malagueña de La Peñaranda. Lo mejor, sin duda, esa milonga que dedica a su pueblo; lo peor, que cantara entre el público a lo Bisbal. Menos mal que llegó luego un vendaval gitano de Jerez, Vicente Soto, algo acelerado pero cargado de duende y compás. Con la buena guitarra de Miguel Salado, el hijo del Tío Sordera se dejó el alma en unas impresionantes seguiriyas jerezanas del Marrurro, para acabar su faena con unas bulerías que hicieron bailar a los conejos del monte. Dormidos andarían ya cuando le tocó el turno a la joven cantaora local Laura Ríos, una muchacha con gran carisma en el pueblo y muchas ganas, que tendrá que seguir preparándose si quiere llegar a ser una buena cantaora. Como, por ejemplo, la onubense Rocío Márquez, que fue la triunfadora de la noche, según mi criterio y, desde luego, el del público. Acompañada magistralmente por un guitarrista de lujo, el jerezano Alfredo Lagos, la cantaora de Huelva deslumbró con su fantástica voz de cristal de Bohemia y una manera de cantar que embelesaba. Maravilló con sus alegrías, tangos y fandangos de Huelva y el Carbonerillo, además de por su belleza y simpatía. Si los conejos se habían ido ya a dormir, se despertaron cuando escucharon la prodigiosa voz de esta artista y bailaron a su son entre la jara. Es una extraterrestre, sin duda. Su voz no es de este mundo.

Vicente Soto tuvo una destacada actuación por seguiriyas y bulerías. Fotos: Bohórquez.

El cantaor jerezano Vicente Soto tuvo una destacada actuación por seguiriyas y bulerías. Fotos: Bohórquez.

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Ago/10

15

Miguel Ortega gana la Lámpara Minera

Miguel Ortega recibe la Lámpara Minera de manos del alcalde de La Unión.

Miguel Ortega recibe la Lámpara Minera de manos del alcalde de La Unión.

El cantaor sevillano Miguel Ortega, de 35 años, el guitarrista Gastor de Paco, de Morón de la Frontera, de 17, y el bailaor gaditano Jesús Fernández, de 28, son los ganadores de los primeros premios en el Festival Internacional del Cante de las Minas 2010. La Lámpara Minera ha recaído este año, pues, en el artista sevillano, de Los Palacios, Miguel Ortega, cantaor que canta desde niño y que este mismo año ha presentado su primer trabajo discográfico, de escasa repercusión. Además de la preciada Lámpara Minera, que tiene una dotación económica de 15.000 euros, Miguelito Ortega ha conseguido el primero de Mineras, el de Cartageneras y el de los Cantes bajoandaluces. O sea, que se ha embolsado 30.000 euros. El Desplante, que premia al baile, se adjunta con 10.000 euros y el Bordón Minero, con 6.000. Lluvia de euros en el Festival de las Minas de La Unión, en época de crisis económica, que este año conmemoraba su cincuenta aniversario y lo han celebrado por todo lo alto. Como lo estará celebrando Miguel Ortega, cantaor hecho así mismo, de grandes facultades y mucha afición, que llevaba mucho tiempo preparándose para dar el pelotazo que acaba de dar. Habitualmente canta para bailar y suele ir de cantaor con Vicente Amigo. Suponemos que estos premios le van a servir para enfocar su carrera en solitario y conseguir el sueño.  Gastor de Paco tiene sólo 17 años y ya toca muy bien la guitarra. Es nieto de un gran guitarrista de Morón, Paco del Gastor, que se está encargando personalmente de su preparación. En cuanto al bailaor Jesús Fernández, poco podemos decir puesto que disponemos  de escasa información. Seguidor de Mario Maya, es ya un bailaor conocido fuera de España, quizás más que en Andalucía.

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Ago/10

14

¿Se puede vivir sin corazón?

A la memoria de Currina.

Dana fue recogida en la calle a los dos meses de ser abandonada por su dueño. Miren la expresión de su rostro.

Dana fue recogida en la calle a los dos meses de ser abandonada por su dueño. Miren la expresión de su rostro. Todavía sigue en tratamiento.

La noticia, aparecida hoy en El Correo de Andalucía, de que cada día se abandonan once animales en las calles de Sevilla, es tremenda, demoledora. Definitivamente, el ser humano es el más animal de todos los animales del planeta Tierra. Aunque, sinceramente, estoy convencido de que el hombre es cruel no porque sea un animal, sino porque es un ser humano. Hace muchos años tuve una chihuahua cruzada que no pesaba más de kilo y medio, Currina. Era negra con babero color fuego y tenía unas orejas inmensas. Estuvo conmigo siete años y vivió como una auténtica reina. Pero un día se escapó de la casa, con tan mala fortuna que un coche la mató. No estaba en Sevilla y no pude hacer otra cosa por ella que llorarla desconsoladamente durante una semana. Tan conocido era lo que quería a aquella perrita, que algunos de mis amigos, al enterarse, llamaron a casa para darme el pésame. Recuerdo que un día, escuchando un buen programa de radio, supe el número de perros que eran abandonados al año en España y me llevé las manos a la cabeza. Me preguntaba una y otra vez cómo una persona podía abandonar a su perro, al cachorro ya crecido que un día llevó a su casa metido en una caja de zapatos, que alimentó con cariño, con el que jugó tirado en el pasillo del piso y al que acarició tantas veces, dormido en su regazo, ante el televisor. Recuerdo que ese mismo día llevé a Currina al Parque de los Príncipes, como cada tarde, para que correteara detrás de las palomas y persiguiera a los gorriones. ¡Oh, Dios, qué feliz era mi perrita en este lugar! ¡Y qué feliz era yo haciéndola dichosa! Se me ocurrió esconderme detrás de una enorme palmera, simulando un abandono, para ver su reacción y averiguar así cómo debía sentirse un perro al que su dueño abandonaba en un parque o una carretera. Al instante de esconderme detrás de la palmera comenzó a mirar para todas partes, pero sin moverse del mismo sitio. Estuvo quieta un minuto, como paralizada por el pánico. Luego comenzó a correr en distintas direcciones, y viendo que no me encontraba se volvió a quedar quieta y se meó. Enseguida corrí a buscarla, la abracé y noté cómo corría su pequeño corazón de chihuahua. Me sentí luego tan mal que durante algunos días no podía conciliar el sueño recordando su cara de terror al no encontrarme en el parque. Durante algún tiempo desconfiaba de mí cuando le lanzaba la pelota de tenis. Corría a por ella, como de costumbre, pero hacía pequeñas paradas para mirar atrás y asegurarse de que estaba allí. Por eso me espanto cuando leo estas noticias, cuando me entero de que en los primeros cinco meses de 2010 la Delegación de Salud y Consumo de Sevilla ha recogido de las calles a más de mil cien perros abandonados por sus dueños. Me dan pena estos animales, pero también los que los han abandonado, porque son enfermos. Se trata de una enfermedad todavía no reconocida por los médicos, quienes se preguntan cómo pueden sobrevivir estas personas sin corazón. Es un misterio que tendrá que resolver la ciencia algún día.

http://www.elcorreoweb.es/sevilla/101233/dia/abandonan/once/animales/calles/sevilla

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Ago/10

13

La trágica muerte de El Canario

A Andrés Borrego

El Canario valida

Única fotografía que existe de El Canario, el de la izquierda. El otro cantaor es el Canario Chico. 1884. El guitarrista podría ser Robles. Archivo Hita.

Tal día como hoy, pero de hace 125 años, ocurrió en Sevilla una gran desgracia: el catalán Lorenzo Colomer Ricart acabó con la vida del Canario de Álora, el gran cantaor malagueño, de una certera puñalada en el corazón. Fue la noche del 13 de agosto de 1885 en la Nevería del Chino, al lado del puente de Triana, la sucursal del Café del Burrero. El crimen conmocionó al mundo del flamenco y sirvió para que las autoridades de Sevilla acabaran cerrando este popular café cantante y otros, donde rara era la noche que no había algún herido por arma blanca o de fuego. A las pocas semanas de presentar mi libro El cartel maldito, sobre la vida y la muerte de Juan Reyes Osuna El Canario, el pasado año, encontré este extraordinario documento de hemeroteca que ya dimos a conocer hace unos meses en La Gazapera. Se trata de una entrevista a doble página que le hicieron a Fosforito de Cádiz en El Heraldo de Madrid, el día 13 de noviembre de 1929. El genial malagueñero habla de muchas cosas interesantes, y a la pregunta sobre la leyenda del Canario que le hace Antonio V. de la Villa, responde dando una gran cantidad de datos interesantes, que no vienen sino a darme la razón cuando dije que a Juan el Canario lo mataron más por celos profesionales que por cuestiones de amoríos con la Rubia de Málaga. Aunque, como apunta Francisco Lema Fosforito, hubo también cierta pretensión amorosa por parte del Canario de Álora. Hay cosas, de las que cuenta Fosforito, que no son ciertas, como la de que El Canario hirió primero a Lorenzo Colomer, padre de la Rubia, su asesino, pero me parece un documento de un gran valor histórico:

Torre García

La famosa Torre García, de Almería, que El Canario dio a conocer en su célebre letra 'Tengo que poner espías'. Esta torre está en la playa de Torre García, cerca del Cabo de Gata. Foto: Bohórquez.

-¿Qué hay de esa leyenda del “Canario”?

-Mucho se ha fantaseado sobre su trágico fin. La muerte del coloso fue otra copla más, con sabor de sangre y leyenda, que tejieron sus partidarios. El Canario, por aquel tiempo, trabajaba mucho y bien. En el cenit de la gloria empezó a refulgir una nueva estrella que le hacía sombra a la aureola de divo… que gozaba: la Rubia de Málaga. Mujer en promesa, chavalilla que apuntaba muy notables condiciones para el arte jondo, y que muy pronto diezmo atrayéndose al coro de admiradores que la acompañaban, a modo de aureola, los más recalcitrantes canalistas. A los celos y rivalidades profesionales, el Canario añadió más tarde cierta propensión amorosa, que los antagonismos disfrazaron de odio. El caso es que el Canario tenía que cumplir sus compromisos artísticos en el café cantante del señor Manuel el Burrero, que regía los destinos de la catedral sevillana, en donde se contrastaban valores y recibían el espaldarazo los que se dedicaban a tan difícil modalidad, en ocasión en que se hallaba actuando la Rubia. El padre de la malagueñera vió con muy malos ojos y presagios funestos la llegada del rival. Sin pérdida de tiempo se fue en busca del señor Manuel para darle conocimiento de todo ello y aplazar si se podía el debut del Canario. El Burrero no participaba de aquellos tan sombríos augurios, y a sus razonamientos le opuso el buen crédito de la casa y la formalidad que siempre había disfrutado el negocio. El progenitor de la Rubia de Málaga, fatalista como todos los de su raza, como las nostalgias supersticiosas que destilan las coplas, frunció el ceño, ensayó un gesto torvo, y partió raudo, acompañado de los negros cuervos del pensamiento. Y surgió el choque; y se alborotó la sangre en el potro de los instintos que todos llevamos dentro, enfrenado por las conveniencias sociales. En el puente de Triana, el Canarioy el autor de los días de la Rubia se buscaron el corazón con toda la fiereza de los enemigos fuertes. En los primeros asaltos el arma del cantaor tocó, corajuda, el pecho del rival. La sangre azuzó mucho más a los combatientes. El herido, a los pocos instantes, se tiró a fondo en un salto de felino y la hoja centelleante de la faca se adentró en la carne contraria hasta arrebatarla la vida. Pronto corrió la noticia: “¡Han matado al pobresito der Canario! ¡S’acabó lo bueno!” ¡Ya no cantarán los pajarillos del río, porque se ha muerto el rey de los vergeles! Hasta los oídos del señor Manuel el Burrero llegó la triste nueva con la velocidad de la pólvora. El dueño del café cantante soltó una blasfemia y tiró para el puente, dispuesto a comprobar la noticia. En el camino se cruzó con el padre de la Rubia, que, muy entero, con la palidez de los momentos decisivos en el rostro y palabra firme, le espetaba como un lamento de los manes del sino esta frase: “¡Aquello tenía que pasar, y pasó! ¿No se lo dije yo a usted?”. A partir de entonces, como si el suceso hubiese sido un capricho de la fortuna, la fama del Canario subió como la espuma, celebrándolo todo con verdadera idolatría. Se copiaron sus gestos, las salidas en el cante, sus coplas favoritas. Tardías justicias para unos laureles regados con sangre e indiferencia durante su vida”.

OFERTA PARA CONSEGUIR ‘EL CARTEL MALDITO’

Aquellos gazaperos que quieran conseguir el libro El Cartel Maldito, sobre la vida y la muerte del Canario de Álora, lo pueden hacer durante el mes de agosto a través del sello editor Pozo Nuevo, que lanza una oferta con motivo de los 125 años de la muerte del genial artista malagueño.  El libro podrá adquirirse hasta septiembre por el precio de 20  euros más gastos de envío, y pueden tenerlo en su casa en 24 horas.

pozonuevo.editor@gmail.com

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