18
Mar/2015

Echa vino, montañés

Debate significa debatir, discutir, hacer propuestas, aportar datos propios y rebatir, si se puede, los de los demás. En el debate a tres del pasado lunes, si debemos llamarlo así, solo hubo dos peleándose, Susana y Bonilla, y uno en medio, Maíllo, que parecía la carabina, el niño de antaño a quien su madre mandaba al cine con su hermana mayor para que se sentara entre ella y el novio y evitara manoseos impuros mientras Bruce Lee saltaba de tejado en tejado. Aquí no hubo tocamientos, de cara, de puro milagro, porque la cigarrera socialista miró varias veces a Bonilla y temí que sacara la faca de la liga. Uno de los muchos inconvenientes que tiene Susana es que le falta temple, y como el candidato popular lo sabía, supo sacarla de sus casillas citándola continuamente. Menos mal que colocaron a Maíllo en medio, que si no, estaríamos hablando hoy de algo mucho más siniestro. Dos debates a tres y seguimos sin tener ni idea de qué nos espera a los andaluces a partir del próximo domingo. A parte de lo que ya tenemos encima, que no es moco de pavo. Echa vino, montañés, que lo paga Luis de Vargas.

17
Mar/2015

Miguel Funi o el arte de emocionar

Caracolá-1 153 funi

Mañana míercoles, día 18, tendré el honor de entrevistar a Miguel Funi en el Ciclo ‘Trastablaos, de CICUS, a partir de las 20. 00 horas. Es en la calle Madre de Dios, 1, con entrada gratis. Os espero por allí.

Los artistas como Miguel Funi se están perdiendo. ¿O se perdieron ya hace años? En cualquier caso, si quedan no son muchos. Nos referimos a artistas flamencos que vivan en flamenco, que lo sean dentro y fuera del escenario, que lloren, rían, sufran y se diviertan en flamenco. El Funi es así, de ahí que constituya hoy un tesoro de nuestro tiempo. No todos saben ver el valor de este tesoro gitano, de la casta de Popá Pinini, porque, si no es un artista olvidado, tampoco tiene los reconocimientos que merece. Se suele decir que por su carácter, pero precisamente es eso lo que le hace ser diferente, su carácter, esa enorme personalidad que tiene, a veces compleja, pero siempre única. Es un hombre sincero, sin pelos en la lengua, directo, convencido siempre de que le asiste la razón cuando denuncia que no todo es flamenco, aunque se venda como tal. Y si no está convencido del todo, se agarra también a los machos y dice lo que piensa, por si acaso. Así es Miguel Funi. Este artista tiene su público y no es muy numeroso, como no fueron muchos los seguidores de Ansonini del Puerto o Paco Valdepeñas, dos de sus referencias. Los artistas como Miguel no han sido nunca de clubes de fans, de masas, sino de una selecta minoría. Selecta y fiel. Sabemos que existen admiradores y admiradoras de El Funi en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos. Personas que lo esperan años para poder verlo en sus países de residencia, y si tarda en actuar en ellos, sus incondicionales vienen a España y se presentan en Lebrija, el pueblo donde nació el genial artista y donde vive aún, siendo una parte fundamental de su paisaje urbano. Hay quienes van a Lebrija solo a ver andar a Miguel Funi por las calles, derecho como una tabla, con el pañuelo en el cuello y su caminar acompasado. Miguel canta y baila, en una perfecta unión de ambas disciplinas artísticas. Canta su propio baile y baila su propio cante. Esa faceta suya de bailaor le ha restado a veces interés a su cante, cuando es un cantaor estupendo, con un sello personal en seguiriyas, cantiñas, soleares y bulerías. Lo mamó desde niño en su propia casa, entre los suyos, que es algo que no todos han podido hacer. Cuando este artista canta y baila no solo muestra su arte, sino el que ha heredado de los suyos, los de una familia que viene del gitano Popá Pinini y en la que ha habido cantaores como Bastián Bacán y el Chache Lagañas, o cantaoras como Fernanda y Bernarda.

Fotografía: Bohórquez

17
Mar/2015

La música de las promesas

Cuando me abato suelo hacer dos cosas: pelarme y comprar alguna prenda. No sabría explicar por qué lo hago, pero empecé siendo adolescente y funciona. Si el bajón coincide con una campaña electoral la suelo vivir con intensidad porque es para mí una terapia milagrosa, seguramente por el buen rollo de los partidos entre ellos, el respeto que se tienen los unos a los otros, el hecho de que no se den machetazos ropavejeros y que vayan solo a contar a los ciudadanos lo que a estos les interesa. Ayer me fijé, por ejemplo, en el tipo de voz de cada uno de los candidatos que concurren a las autonómicas y descubrí cosas interesantes de índole fonética. La voz más flamenca es la de Susana, con ese eco aguardentoso que se le ha puesto de repente, casi de Parrala trianera, cantando sus promesas al cuatro por medio, casi al borde del grito prosaico. La de Bonilla, en cambio, es agochonada, sin pellizco: cantaor fino, pero sin duende, que diría Centeno. Sin embargo, la de Maíllo es amojamada, de melismas acres y de un timbre adonis. No sé, es como la música de las promesas. Otra visión de esta campaña.

16
Mar/2015

Zapatero vela por nosotros

Aznar

No sé ustedes, pero yo estoy encantado con que el expresidente Zapatero siga siendo el manijero del Gobierno, aunque el que rece en los papeles y se lleve todas las hostias sea Rajoy. Hasta ahora solo han trascendido su reunión con Pablo Iglesias en casa de Bono y sus viajes a Cuba y Marruecos, pero hay mucho más: Zapatero es el presidente en la sombra, el que ha logrado que bajen la prima de riesgo y el precio de las bacaladillas, y hasta quien ha dado al final con los huesos de Cervantes, que estábamos que no vivíamos, al ser España un país en el que tanto se apuesta por la cultura, de ahí lo del Iva. El que la quiera, que se rasque el bolsillo. Hemos tenido mucha suerte con Zapatero, porque en vez de hacer como sus antecesores, enriquecerse y tirarse a la bartola, uno enseñando tocino proletario en la cubierta de ostentosos yates y el otro perfeccionando el inglés, se ha echado al país a cuestas y lo está sacando adelante. Zapatero vela por nosotros y detrás de esas muecas de hombre memo y patoso, pero sin complejos, está un líder de raza que nos ha cogido cariño. Duerman tranquilos.

14
Mar/2015

El gitano sinfónico de Mairena

Antonio Mairena fue uno de los cantaores más grandes de su tiempo (1909-1983), aunque se hizo figura a raíz de que le dieran la Llave del Cante en Córdoba, en 1962, en un concurso arreglado por su incondicional amigo Ricardo Molina, poeta y escritor de Puente Genil. El de Mairena del Alcor era ya un gran cantaor en aquella fecha, aunque no primera figura, desde luego no a la altura de otros artistas del cante como la Niña de los Peines, Manolo Caracol, Pepe Marchena o Juan Valderrama. Sin embargo, el declive de estos primeros espadas coincidió con la entrega de la Llave del Cante a Mairena, quien acabó convirtiéndose en el amo en muy poco tiempo, algo que aprovechó para reconducir el cante por la verea del clasicismo, comenzando una labor de difusión y rescate de intérpretes gitanos olvidados y estilos en vías de extinción. Los nuevos aires le eran favorables: el acceso del flamenco a la Universidad, la creación de la flamencología, los festivales de verano, los concursos nacionales y las peñas flamencas. También el interés que empezaban a prestarle al flamenco los medios de comunicación social, sobre todo la radio y los periódicos andaluces. Todo esto no fue una obra de Antonio Mairena, como alguna vez se ha dicho, pero el cantaor, que fue un hombre muy inteligente, supo subirse al carro y aprovecharse de ese movimiento histórico con el apoyo de intelectuales y críticos que le ayudaron a fundar el mairenismo, posiblemente el movimiento artístico más influyente de la historia del cante andaluz, además del más reaccionario y absolutista. Afortunadamente, el mairenismo murió hace años, tantos como hace que murió su creador. No así su obra, que es de las más importantes del cante, y su legado es el verdadero mairenismo. Don Antonio Cruz García, que así se llamó el genio de los Alcores, siempre se distinguió por su amor a lo que él llamaba cante gitano-andaluz, por su defensa de la teoría de que el cante jondo fue creado por los gitanos andaluces en el meridiano del siglo XIX. Luchó mucho por rescatarlo del olvido, dignificarlo y ponerlo al día, y fue intolerante siempre con cualquier tipo de manipulación comercial o adulteración. Nunca fue un cantaor comercial, sino un gran conservador del cante. Y jamás se planteó grabar con orquesta, entre otras razones porque sabía perfectamente que en ese campo experimental no podía competir con Manolo Caracol, Marchena o Valderrama, por su tipo de voz, algo salobre, que sin embargo se prestaba a cantar bien con guitarra. Y a la hora de hacer su obra discográfica jamás se planteó cantar los estilos tradicionales a piano o con violines, siendo coherente con su manera de pensar. Por tanto, que después de llevar más de tres décadas muerto se haya manipulado su obra discográfica, algunos cantes, eliminando las guitarras y poniéndole de fondo una orquesta sinfónica, aunque sea la de Bratislava, es una barbaridad como una casa. Y todo para intentar demostrar, como ha confesado el autor del invento, Jesús Bola, que habían encontrado al “cantaor perfecto”. ¿Se puede decir tontería más grande que esta?

No existe el cantaor perfecto. De hecho, el concepto de perfección no ha encajado jamás en el cante jondo, donde casi siempre priman la anarquía y la libertad, de ahí la variedad de estilos y tipos de voces. Antonio Mairena fue un cantaor técnico y cerebral, quizás demasiado si tenemos en cuenta que era gitano. Musicalmente no fue tan perfecto como Chacón o Tomás Pavón. Ya lo dijo el gran guitarrista Manolo de Huelva, que era un sabio: “En veinte siglos no ha cantado nadie mejor que Chacón y Tomás”. Cuando el de Huelva dijo esto ya era Mairena la gran figura del cante. Aunque suele ser casi siempre una cuestión de gustos, hay hechos objetivos y nadie con dos dedos de frente puede decir que Mairena fue un cantaor perfecto, lo que no quiere decir que no fuera un gran cantaor.

Antonio Mairena condecoró a Paco Celaya con la insignia de oro de su peña flamenca.

Antonio Mairena condecoró a Paco Celaya con la insignia de oro de su peña flamenca.

Tengo Mairena sinfónico desde hace tiempo y he de confesar que hay piezas que me encantan, que suenan bonitas, como la farruca. No deja de ser curiosa la experiencia, que nos da otra dimensión del cante de Mairena. Tampoco es una novedad eso de que se hagan los cantes tradicionales con orquesta, algo que ya empezó el madrileño Angelillo hace noventa años y que han hecho una docena de cantaores más, gitanos y no gitanos. El problema, lo denunciable de este experimento no es el resultado, que no deja de ser curioso y que no convierte a Mairena en mejor cantaor de lo que fue, sino el hecho de que se haya llevado a cabo con el artista muerto. Podrían continuar y hacer ahora otro volumen metiéndole a sus cantes un tambor rociero o el sexteto de Paco de Lucía. ¿Y qué? ¿Sería lógico que se colorearan ahora los dibujos de Goya, la serie de los Desastres? Si la obra discográfica de Antonio Mairena tiene el valor que tiene no es porque mejorara como cantaor a Chacón, la Niña de los Peines, Manuel Torres, Juan Mojama o Tomás Pavón, sino porque es su obra, su compromiso con el cante, su legado, con todos sus defectos y con todas sus virtudes. Antonio Mairena, siempre escéptico ante las justificaciones de la comercialización, quiso que su obra fuera lo que es y nadie tiene derecho a jugar con su voluntad. Ni siquiera su sobrino, Antonio Cruz Madroñal, el heredero de legado musical, quien también ha consentido que salga al mercado algún cedé con cantes en directo, de festivales, que no debió de salir porque él no lo hubiera permitido nunca. Naturalmente, esta aventura experimental no va a perjudicar en nada a la obra de Antonio Mairena, que es muy importante. Tampoco le va a añadir nada nuevo porque le hayan puesto música sinfónica a sus cantes más allá de la que él quiso que llevaran siempre como acompañamiento. Si quieren hacer algo bueno por Antonio Mairena, su memoria y su obra musical, que cuiden el concurso y el festival que llevan su nombre, que creen en Mairena, de una vez por todas, un centro cultural que albergue todo lo relacionado con su vida artística, y que dejen de tratarlo como a Dios porque don Antonio Cruz García fue un ser humano, con sus defectos y sus virtudes, sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus errores. Tampoco él hizo mucho para que se le viera como a un ser humano, porque, como les ocurrió a Marchena y Caracol, acabó también endiosándose, creyéndose que era un elegido, alguien por encima del bien y del mal, que incluso llegó a convertirse en el mayor censor de su tiempo, cuestionando hasta el trabajo de sus propios compañeros.

Antonio Mairena no era sinfónico. Tampoco era perfecto. Fue un cantaor de Mairena del Alcor, gitano, de familia pobre, que nació con el don del cante, al que amó como muy pocos lo han amado. Fue una primera figura y su labor no cayó en saco roto, aunque sea discutida, que es algo muy natural. Mientras antes se le empiece a tratar como lo que fue, solo un grandísimo cantaor, mejor.

04
Mar/2015

Un hombre derrotado

Es duro ir a escuchar cantar a José Menese, uno de los grandes, de los dos o tres que quedan, y pasar un mal rato en la butaca del teatro. A un crítico de flamenco no tienen por qué gustarle todos los cantaores, como no tienen por qué gustarle a un simple aficionado. En tantos años dedicado a esta profesión, algo más de treinta, nunca he ocultado mi admiración por este cantaor de la Puebla de Cazalla. No sé si eso es o no ético, siendo crítico, pero no lo he hecho. Su voz me cautivó hace cuarenta años y he vibrado muchas veces escuchándole en su pueblo y en muchos otros pueblos de España, en teatros y en peñas, en escenarios y en privado. Puedo presumir, y lo hago, de que me ha cantado solo para mí en su finca de la Puebla, la que tiene en la carretera de Marchena. Fue un día que acudí a hacerle una entrevista y al final me tenía preparada la sorpresa: había citado allí al guitarrista morisco Fernando Rodríguez para cantarme por soleá en el salón de su casa de campo. Lo hizo a un metro de mí, entregado, con el duende enredado en su garganta, y cuando acabó casi me pude venir volando a Sevilla. Menese tiene detalles así, es un cantaor de raza, auténtico, que disfruta con el cante cuando nada le atormenta y está entre cabales que saben apreciar el valor de su estilo y compromiso. Le he escuchado noches memorables, pero también he asistido a noches para olvidar. La de ayer en el Teatro Central no fue ni para recordarla toda la vida ni para olvidarla tampoco. No sé cómo describir lo mal que lo pasé en la butaca viendo a un José Menese derrumbado, hecho unos zorros, una calamidad. Y lo cierto es que fue con la voz estupenda, con las cuerdas de la jondura bien afinadas y sonando con una profundidad increíble, como solo él puede sonar porque tiene el don de la hondura y el de traspasar muros de hormigón. Cuando entonó el polo no me podía creer que le saliera aquella voz a un hombre al que le costaba sostenerse en pie. Y en los tientos, uno de los puñales que le atraviesan el alma, estuvo pletórico, aunque ahí empezó a preocuparme y abandoné el teatro. No quería asistir a lo que pudiera venir, que ni si quiera lo sé. Ni quiero saber cómo acabó todo. A pesar de su estado físico y emocional, la noche tuvo sus buenos momentos, sobre todo cada que vez que sonaba la guitarra de Antonio Carrión. Su solo por bulerías fue sencillamente genial. Este hombre tiene la gloria ganada y no solo como guitarrista, sino como la columna más fuerte que sostiene a Menese en pie. Solo por eso hay que quererlo, aunque como guitarrista es de lo mejor que hay para hacer cantar bien a alguien. Hasta a un José Menese derrotado.

Teatro Central de Sevilla. Ciclo Flamenco viene del Sur. Antología. Artista invitado: José Menese. Guitarra: Antonio Carrión. Palmas: Los Mellis de Huelva. Entrada: casi lleno. Sevilla, 3 de marzo de 2015.

02
Mar/2015

Otro sueño cumplido

Hoy estoy más feliz que un rucho en un verde, porque a partir de mañana tendré mi columna de opinión diaria en El Correo de Andalucía, LA TOSTÁ DE MANUEL BOHÓRQUEZ, de lunes a viernes en la página 2, lo que significa mucho para mí. Será opinión pura y dura, actualidad, con un toque irónico y desenfadado, espero que a compás y sin contemplaciones. Quienes lo deseen podrán desayunar cada mañana leyendo LA TOSTÁ, que unas veces irá con aceite de oliva y ajo y otras con manteca colorá o jamoncito serrano. Una responsabilidad, sin duda, pero también una gran oportunidad. A ver si ahora mi madre me pone por encima de Juan y Medio en la lista de sus periodistas preferidos, que ya va tocando, doña Pepa.

Cuento con ustedes.

28
Feb/2015

El gallo que lloraba con Camarón

Los que nos hemos criado con animales en casa tenemos una sensibilidad especial con ellos, con los animales domésticos, que no es poco en un país donde tanto se les maltrata, con una legislación cicatera con sus derechos e injusta para nuestros hermanos planetarios. En mi casa de Palomares siempre hubo gallinas, pollos, cabras, gatos y perros. A las gallinas y a los pollos no se les podía coger mucho cariño porque se engordaban para ser sacrificados, para alimentarnos. Nacían en casa y la noche en la que rompían el huevo apenas dormíamos. Conforme iban naciendo les íbamos poniendo nombres, siempre sacados de los tebeos y las series de la televisión. Ni se imaginan la de veces que tuve que despedirme de algún pollo llorando a lágrima viva e intentando hacerle ver que no era yo el responsable de su inevitable destino, de que fuera a acabar ahogado en cebolla y aceite hirviendo. Era duro despedirse de un animal al que a lo mejor le habías salvado la vida horas después de nacer, cuando por alguna razón se echaban a morir y tenía que meterles una pimienta en el buche para calentarlos o las patas en agua fría para que reaccionaran. Afortunadamente eso ya se acabó, aunque aún haya casas en las que se crían animales para el consumo familiar y en las que se sigue practicando el milenario ritual de la matanza, sobre todo en los pueblos de la sierra. Hace siglos que no asisto a una de esas matanzas, quizás desde que estuve en una en la que fueron sacrificados diez cerdos en solo dos horas y en la que gente echaba las vísceras y el pestorejo a la barbacoa aún con vida, como si en cada trozo de carne palpitara un pequeño corazón. Hace años ya de eso y aún escucho los terribles chillidos de aquellos pobres animales a los que arrastraban con cuerdas hacia la mesa de sacrificio, ensangrentada, donde los esperaba un señor con un mandil también manchado y un cigarro consumiéndose en la comisura de sus labios llenos de sangre. Y al lado, un grupo de mujeres llenando tripas con carne picada ensangrentada para hacer la chacina, esas morcillas y chorizos que engrasan nuestros potajes y descomponen nuestra figura.

Gallo

En cierta ocasión fui a dar una conferencia a un pueblo de la provincia de Huelva y el presidente de la peña flamenca, de profesión granjero, quiso agradecérmelo regalándome un precioso gallo de campo, de esos que se crían con maíz, hierba fresca y pipas de girasol. En mi vida había visto un pollo tan hermoso, con una cresta tan roja como la granada y un plumaje con tantos colores como el catálogo de telas de Ágata Ruiz de la Prada. El buen hombre me lo regaló para que me lo comiera y me explicó cómo había que matarlo para que no sufriera mucho. La verdad es que había visto sacrificar en mi casa a cientos de pollos, pero seguí sus explicaciones con mucha atención. El animal escuchaba al que ya había dejado de ser su dueño como si la criatura entendiera sus palabras. Comenzó a ponerse insepulto, descompuesto, con la cresta tirando ya a un rosa pálido que conmovía. Los pollos tienen también su corazoncito, aunque no se lo crean. Tienen sentimientos y no son tan diferentes de nosotros como pudiéramos pensar. Me llevé el ave de corral a mi apartamento de la Gran Plaza, que era pequeño, como un estudio. La cocina era tan ajustada que los huevos había que tirarlos a la sartén desde la terraza. Intenté meter al pollo en la cocina para que se fuera familiarizando con el horno, pero se abrió de alas, colocó sus dos grandes patas en el bastidor de la puerta y no hubo manera de hacerlo entrar. Cuando llegó la hora de acostarme dejé al pollo en la barra de la cortina del cuarto de aseo y enseguida se durmió, aunque cerró solo un ojo, como no fiándose de mí. Al amanecer, comenzó a cantar y del susto que me llevé casi me dio un infarto. Me levanté decidido a cortarle el cuello y me puse a afilar el cuchillo más grande que había en la cocina. Los pollos tienen muy buena memoria y reconoció, sin duda, el macabro sonido del pulido acero sobre la basta piedra de amolar. Se me ocurrió ponerle unas seguiriyas de Camarón de la Isla para que no escuchara nada. Al principio se sobresaltó un poco, pero no habría pasado un minuto cuando comprobé, estupefacto, que el animal estaba llorando, que le caían las lágrimas por el pico abajo como corren las gotas de rocío por las hojas de los olivos. No sé si lloraba porque habría adivinado su inevitable destino, el de acabar en el horno, o porque las seguiriyas de Camarón al estilo de Tomás Nitri le habían conmovido. Lo cierto es que el pollo escuchaba al genio de San Fernando y lloraba más que Jeremías.

La idea de pelar su cuello y darle un tajo ya no me apetecía nada, sinceramente. Y lo peor es que al abrir la despensa para ver qué podía almorzar, dos ratones se estaban dando el pésame el uno al otro y no paraban de maldecir a la maldita Troika. No había nada que pudiera llevarme a la boca. O me comía al plumífero o me quedaba sin almuerzo. Solucioné la papeleta haciendo palomitas de maíz en el microondas, que devoramos entre el pollo y yo en animada complicidad. Fui incapaz de comérmelo. Le puse por nombre Crestón y estuvo cerca de un año conmigo en el apartamento, durmiendo en el espaldar de mi cama y gastándome los vinilos de Camarón. Hasta que una mañana, al despertarme, comprobé que no estaba ya en el apartamento y que la ventana de la cocina delataba una huída al amanecer. Me había dejado una nota en la puerta del frigorífico con una conocida letra de soleá: La Andonda le dijo al Fillo/ anda y vete pollo ronco/ a cantarle a los chiquillos. Se había aficionado al flamenco y quiso volar en libertad para disfrutar de este arte. Crestón se había ido sin despedirse, el muy desagradecido. Así me pagó las panzadas de palomitas de maíz que me pegué junto a él escuchando a Camarón o viendo por televisión los partidos de fútbol de los sábados. Cuánto le eché de menos en aquel estudio tan reducido, sin poder escuchar su ronca melodía al amanecer ni ver cómo cambiaba de color su enorme cresta roja cuando sonaba en el tocadiscos una pieza de buen cante. La próxima vez que alguien me regale un pollo por dar una conferencia, que me lo dé ya en pepitoria. O mejor, que me dé los seis euros que cuesta que ya me los gastaré yo en lo que me dé la gana.

26
Feb/2015

Paco no era eso, sino todo lo contrario

Digo yo que se podría haber homenajeado a Paco de Lucía sin aburrir al personal. Que si no llega a estar Gerardo Núñez, que fue el único que llevó el espíritu del genio al escenario, acabamos roncando en la butaca. Todo muy oscurito, con una puesta en escena latosa, siempre igual. Que Los Mellis son geniales, pero vaya empacho. Que  El Piraña es un percusionista único, pero parecía que había nacido allí, encima de la caja. Que los sobrinos de Paco tocan bien -me refiero a Antonio Sánchez y a José María Banderas-, pero en Sevilla hay paquistas como Manolo Franco y Niño de Pura, por ejemplo. Es que Paco no era eso que nos dieron el pasado miércoles en el Maestranza. No solo eso, quiero decir. Era algo más, era también improvisación y desmadre, rebeldía. Ese artista que era capaz de dejar que El Carpetilla le robara medio espectáculo, como ocurrió la última vez que actuó en Sevilla, en este mismo escenario. Era un guitarrista de concierto que le dio protagonismo al cante y al baile, y aquí no apareció por ninguna parte. Hubiera quedado bien ver una pataíta del Grilo o escuchar un quejío de La Tana por bulerías. Pero se optó por un Paco desconocido, casi por un Manolo Sanlúcar. No estuvo su concepto del sexteto y fue casi todo frío, demasiado cerebral, de partitura. A veces parecía que asistíamos a un casting o a un certamen de guitarra de esos de Castilla. Y se tocó bien, todos tocaron de maravilla, aunque el espíritu del genio tardó en llegar, si es que llegó. Lo intuimos, solo eso, en la prodigiosa bulería de Dani de Morón y, sobre todo, en el vendaval de música flamenca que nos trajo desde Jerez el mejor de todos, Gerardo Núñez. Gerardo fue el que dijo aquí está Paco, vivo, fresco, presente. El día que estrene algo nuevo, aunque sea unos pantalones, será el nuevo amo porque tiene el don, los veinte reales del duro, el aire, el son, la sal y el compás. Si hubiéramos empezado al revés, de Gerardo para atrás, todo hubiera sido muy distinto. Y no es por quitarle méritos a la preciosa colombiana de Banderas y al adagio de Gallardo, el de Rodrigo, su Concierto de Aranjuez. Tampoco a la bulería casi envasada de Juan Carlos Romero ni a la granaína de Antonio Sánchez. Pero estábamos allí para homenajear a quien fue más fuego que hielo y más arena caliente que agua helada. Todo muy elegante, sí, aunque demasiado frío para rendir honores a alguien que todavía tiene temperatura, aunque se muriera hace un año. El flamenco también puede ser eso, lo que vimos y sentimos la noche del miércoles. Pero Paco no era precisamente eso, sino todo lo contrario. Solo muy al final se apuntó algo, se estuvo cerca de reflejar lo que eran él y su música.

Teatro de la Maestranza.Un año sin Paco. Artistas invitados: Antonio Sánchez, Dani de Morón, José María Gallardo, José María Banderas, Juan Carlos Romero y Gerardo Núñez. Palmas: Los Mellis de Huelva. Percusión: El Piraña. Entrada: Casi lleno. Dirección artística: José Luis Ortiz Nuevo. Idea original y guión: Fernando González-Caballos. Sevilla, 25 de febrero de 2015.

25
Feb/2015

La emoción de La Farruca

Farruca

Brillante apertura ayer noche de Flamenco viene del Sur, con el Teatro Central lleno y buen ambiente. No era para menos, porque se abría con una de las pocas bailaoras de raza que nos quedan, de esas que son capaces de meternos el baile dentro en solo cinco segundos. Nos referimos a la Farruca, una de las hijas de Antonio el Farruco, que además no fue sola, sino acompañada por su hijo más pequeño, El Carpeta, convertido ya en un hombre y en un bailaor espectacular. Y por su hermana, La Faraona, una mujer con el arte impregnado en la piel y el inconfundible sello de los Farruco en la mirada. Sorprendió lo corto que fue el espectáculo, ni una hora, aunque en el programa de mano constaba que eran setenta minutos. Menos de sesenta minutos y un solo baile de la Farruca, digamos completo, dejando el resto del tiempo para su hijo y su hermana. Tampoco es que La Farruca necesite más de un baile para llenarnos de flamenco puro, de arte y de sentimiento, pero salimos con la impresión de que el público se quedó con ganas de más baile. El Carpeta se lució, que iba de artista invitado. Lo hizo desde que compartió escenario con su madre, los dos vestidos de blanco, en unos tangos muy canasteros. Luego, en alegrías, unas alegrías interminables, en las que demostró tener una fuerza sobrenatural, aunque poco más. Los bailes se alargan cuando se está sobrado de repertorio, pero no cuando hay que recurrir tantas veces a las mismas poses, vueltas y pataítas, aunque sean recogidas con arte. Es algo en lo que suelen fallar estos hermanos, geniales, sí, pero limitados. Y no es por falta de condiciones, que las tienen todas, sino de actitud y estudio. El Carpeta es un portento, un bailaor con una agilidad pasmosa, ligero de pies, con buena planta y una rara habilidad para transmitir la emoción que siente al bailar. A lo mejor le falta la experiencia que tiene su madre, pero para eso tendrá que esperar un poco. La Farruca es de una pureza impresionante, baila lo jondo con todo el cuerpo y con una gitanería que cautiva desde antes de empezar a bailar. Cuando lo hace por soleá se desangra en el escenario por la vieja llaga de su familia, de su padre. Ya no es una adolescente y su fuerza sobrecoge todavía, como ocurrió anoche. No se va a un teatro a ver bailar a la Farruca, sino a sentirla y a vibrar con su gitanísima estampa y emoción.

Ciclo Flamenco viene del Sur. Mi herencia, La Farruca. Artistas invitados: La Faraona y El Carpeta. Guitarra: Román Vicenti. Cante: David el Galli y Juan José Amador hijo. Percusión: Celu. Entrada: Lleno. Sevilla, 24 de febrero de 2015.