A Jerónimo Roldán
Cuentan en Sevilla que el día de su muerte enmudecieron los gorriones de la Macarena; que las generosas damas del amor de la Alameda se pusieron velos negros en el rostro; que sus amigos más íntimos trasegaron por las tabernas hasta caer redondos al suelo, destrozados por el dolor; y que los aficionados a su cante pasearon de madrugada, como sonámbulos, soñando con encontrarse su eco dormido por callejuelas y plazoletas de Sevilla. Dicen también que su entierro fue una triste y solitaria procesión y que cuando su cuerpo quedó para siempre en el cementerio sevillano, una misteriosa mujer se arrodilló ante su tumba y colocó una rosa roja sobre la fúnebre mezcla que la cubría. Sin derramar una sola lágrima, pero con los ojos tan brillantes como los de una enamorada ante su amado, le pidió perdón y abandonó con premura el lugar mientras salía de sus labios una vetusta melodía flamenca.
Así terminó la vida de uno de los mejores cantaores de flamenco que recibieron su primer beso de luz en la venusta ciudad de Sevilla. Hoy podría tener ciento tres años, si viviera. Nació en la Macarena y pasó de niño prodigio a deshecho humano en sólo veinte años, en los que grabó discos y cantó en teatros, fiestas pueblerinas y plazas de toros de toda España en compañía de las más afamadas lumbreras del cante de la época, en la etapa de la Ópera flamenca. Vivió la vida con una rapidez tal que sólo le dio tiempo a sufrir y comprobar que el mundo es el paraíso de los fuertes. Él era un ser humano vehemente, sensible, frágil y con un descomedido cariño hacia su madre Rocío, quien, cuando murió su hijo, se dedicó a recorrer las casas de discos de Sevilla para comprar todos los registros de pizarra y hacerlos polvo. Es lo que se cuenta, al menos, en la capital de Andalucía. Rocío García no quería que la voz de su hijo ya difunto siguiera recorriendo las estrechas calles del barrio, de madrugada, como un alma en pena. No lo soportaba y quiso borrar del mundo su huella sonora, anular el legado musical del genial artista y recordar sólo al hijo cariñoso y bueno que, por circunstancias de su dedicación al arte del cante jondo, le dio muchos disgustos, demasiados, quizá, para una mujer que tuvo que criar a siete hijos en una España de grandes miserias y enormes desigualdades sociales. Por fortuna, sus discos estaban repartidos por toda España y no todos terminaron en las escombreras, por lo que hoy podemos disfrutar de un cantaor que echaba el alma por la boca cuando cantaba por soleá, seguiriyas, colombianas o fandangos, sus frustraciones y tormentos. Por eso le cantaba a su madre aquel fandango tan sincero que salía de su garganta envuelto en pena y remordimientos:
Pero me voy a enmendar,
es verdad que he sido malo.
Pero yo voy a enmendarme.
Que bastante he hecho sufrir
a la pobre de mi madre
y no lo puedo resistir.
Aunque era conocido en el mundo artístico con el apodo de El Carbonerillo, se llamó Manuel Vega García y vino al mundo el día 8 de febrero de 1906 en una humilde habitación de la sevillana calle Sol. En esta popular calle también nació un gran torero, Manolo González, y mucho más tarde, después de la guerra civil del 36, la cantaora Emilia Jandra. Y, aunque aún no ha aparecido su partida de nacimiento, el popular Antonio Pozo El Mochuelo, según dijo él mismo. Su padre, Manuel Vega Villar, era un afamado carbonero que vendía su género por las calles del barrio de la Macarena y la Alameda con un burrillo. Hay quienes aseguran que era gitano, por el apellido Vega, lo que es más que probable, aunque no se pueda afirmar sin riesgo de equivocarnos. Le gustaba mucho el cante y el baile, y era natural de Benacazón, pequeño pueblo del Aljarafe de buen mosto pero de exigua tradición flamenca. La madre de El Carbonero, Rocío García Cuesta, era natural de Sevilla capital, de padre gaditano y madre pileña, del pueblo sevillano de Pilas. Siempre se dedicó a las labores propias de las mujeres de la época, que eran las de la casa. Con nueve personas en la familia, como mínimo -siete hijos y el matrimonio-, la desdichada Rocío no podía pensar en otra cosa que en trabajar en el hogar de sol a sol.
Aunque El Carbonerillo ya era conocido por cantar en fiestas familiares y tabernas, cuando acompañaba a su padre o a sus abuelos, Isidoro Vega Silva y José García Oporto -abuelos materno y paterno, respectivamente-, su fama comenzó a ser importante cuando debutó en el Café-Concierto Novedades de Sevilla, que estuvo en la Campana hasta el 19 de marzo de 1923, en que fue derribado por la piqueta por orden del Conde de Alcón, entonces alcalde de Sevilla. Manolito Vega acompañaba a su padre a este café, en compañía de otro niño cantaor de la Macarena, Pepito el Pinto, que iba también con su progenitor, y una noche conocieron a otro jovencísimo genio que daba ya mucho que hablar entre los aficionados, el Niño de Marchena. No se sabe cómo ni por qué, pero los tres críos se vieron cantando en el escenario del afamado café y formaron un gran revuelo por fandangos. Esto fue, al parecer, en el año 1918, aunque en la prensa de la época no consta nada referente a este acontecimiento.
Según nos contó su hermana Anita, ya desaparecida, con sólo 6 años de edad cantaba de maravilla:
Mis hermanas y yo trabajábamos en una fábrica textil de la calle Froilán de la Serna, cuyos dueños eran los Píckman, una familia sevillana de mucho dinero. A la hora del bocadillo, lo subíamos a una mesa y se ponía a cantar fandanguillos. ¡La que formaba! Revolucionaba a todos los trabajadores de la fábrica, que le daban perras gordas y chucherías.
Ya adolescente, El Carbonerillo cantaba con reiteración en distintas salas de Sevilla y en lugares como la Venta Vitoriano, con guitarristas como el Niño de la Flamenca y Antonio Peana. Con éste último hizo una gira por todos y cada uno de los pueblos de Sevilla, en los que alcanzó gran fama, principalmente en Cantillana, Alcalá del Rio, Villaverde, Alcolea del Río y otros de esa parte de la provincia de Sevilla. Según Peana, los viajes los hacían en un borriquillo:
Como parábamos en todas las tabernas de todos los pueblos por los que pasábamos, tardábamos todo el día en llegar al lugar donde estábamos contratados para cantar. Cuando llegábamos, claro…
Su primera novia, con la que sufrió mucho, su madre y otros familiares, viendo la vida que llevaba, que lo estaba destrozando -se aficionó bastante a la bebida siendo muy joven-, lo convencieron de que tenía que dejar el cante y entrar a trabajar en la fábrica de telares antes citada, con sus hermanas, para hacerse un hombre de provecho. Lo hizo, pero Manuel Vega era un cantaor de raza y pronto tomó la decisión de volver a los escenarios. Porque, además, a mediados de los años veinte el cante estaba muy considerado y se ganaba mucho dinero con las compañías que recorrían las ciudades y los pueblos de toda España, cantando en plazas de toros, corralones y, algo más tarde, en cines de verano y teatros modernos. Trabajó mucho con varias compañías, sobre todo con Torres-Palacios y Vedrines, compartiendo cartel con todas las figuras de la época: José Cepero, El Cojo de Málaga, la Niña de los Peines, El Corruco de Algeciras, Pepe Pinto, Manuel Vallejo, Caracol, Guerrita, etc. Pero fue con Pepe Pinto con quien más cantó, porque se criaron juntos en el mismo barrio. El Pinto era de la calle Monedero y El Carbonero se fue a vivir a esta misma calle cuando abandonó la calle Sol, llegando a vivir algún tiempo en Don Fadrique, donde murió. Formaron una pareja artística tan importante, en los años 20 del pasado siglo, que los aficionados de Sevilla le sacaron incluso un fandango:
De bailaoras y toreros,
Sevilla tiene la fama.
De bailaoras y toreros.
Pero en el cante flamenco
se llevan la laureada
El Pinto y El Carbonero.
Sus primeros discos los puso en las tiendas la casa Regal en 1929 con la guitarra del Niño Ricardo, sevillano también como él y uno de los fenómenos de la sonanta flamenca. El acontecimiento fue muy celebrado en Sevilla y todos sus pueblos, y también en ciudades andaluzas como Cádiz y Málaga, donde le profesaban un gran cariño. En aquellos primeros discos, el cantaor macareno grabó fandangos como Mi jaca de muerte hería, Fue tu ignorancia tan grande, El otro tiene dinero, La pena grande es la pena, Te encontré sola y perdía, etc. Un año más tarde, consagrado ya en figura del cante, grabó otra serie para Discos Odeón, con Manolo de Badajoz a la guitarra, dando a conocer otras músicas y otras letras. Después hizo dos series más con Miguel Borrul (1931) y Sabicas (Parlophón,1932), sus últimos discos, donde ya se aprecia el declive del todavía joven cantaor. Los últimos años del artista fueron un verdadero calvario -tanto para él como para su familia-, porque se echó a la bebida y llevaba una vida poco recomendable y, sobre todo, perjudicial para su salud. Todavía no había cumplido 30 años cuando un médico sevillano le diagnosticó tuberculosis pulmonar. Era la enfermedad de la época, la que se llevó también a Manuel Torre en julio de 1933, y a otro célebre artista como fue Currito el de la Jeroma. En vez de llevar una vida tranquila, en el campo o en el mar, como le recomendó el médico, siguió viviendo el ambiente del flamenco, sobre todo la noche, y se terminó matando solo. Su familia hizo por él todo lo que pudo. Sus cuñados, que regentaban una finca, El Judío, en lo que hoy es Valdezorras, se lo llevaban a ella largas temporadas, pero en seguida volvía a las andadas y en ocasiones amanecía tirado en alguna acera de Sevilla en unas condiciones lamentables. Enfermo para el trabajo, en los últimos meses de su vida recibió algunos homenajes en Sevilla y La Línea de la Concepción. Algunas veces firmaba algún contrato pero no lo podía cumplir. Hasta que el día 6 de abril de 1937 falleció víctima de la tuberculosis, que lo había ido minando poco a poco. Murió en la calle Don Fadrique, nº 51. Tenía sólo 31 años de edad y el cante sevillano había perdido a un verdadero genio, al último romántico del cante macareno.

Última fotografía del cantaor, un mes antes de morir. Sentado con él aparece el guitarrista sevillano Peana. 1937.
Aunque en su discografía predomine el palo del fandango, El Carbonero fue un cantaor largo de estilos, destacando en soleares y seguiriyas, tarantas, malagueñas, granadinas, saetas, tientos-tangos, serranas y colombianas por bulerías, entre otros palos. Sin embargo le tocó vivir la época del reinado del fandanguillo y tuvo que grabar una gran cantidad de ellos, unos personales –o sea, de cosecha propia–, otros inspirados en maestros como los onubenses Pepe Rebollo y Antonio Rengel, los jerezanos Manuel Torre y José Cepero, y los sevillanos Niño de Marchena y Pepe Pinto. Y otros, los menos, eran verdaderos híbridos musicales que, sin embargo, le dieron mucha fama. En los cantes grandes o básicos -seguiriyas y soleares, sobre todo-, Manuel Vega siempre se miró en el espejo de los Pavón y, por supuesto, en el coloso jerezano al que llamaban El Torre. No había muchos espejos, a parte de éstos, donde mirarse a la hora de forjar un estilo. Quizá algunos viejos aficionados anónimos de Triana y la Alameda, o de pueblos como Utrera, Alcalá, Morón, Marchena o Cantillana.
El Carbonerillo. Fandanguillos. ‘La pena grande es la pena’. Guitarrista, Niño Ricardo. 1929.


















