Ahora resulta que Para Elisa, de Beethoven, es de otro músico. ¡Mechachis! Lo mismo dicen del Adagio de Albinoni y de otras obras perdurables de la música clásica. Y eso que es música escrita, reglada. Sin embargo, en el complejo mundo del flamenco hemos elevado a la gloria de la inmortalidad a creadores que seguramente no crearon ni una sola letra en sus vidas. Curiosamente, la mayoría de los creadores de la historia del flamenco son gitanos, porque lo dejaron escrito Demófilo, Ricardo Molina y Antonio Mairena. ¿No deja de ser curioso que en aquella época crearan tanto y que ahora no creen nada o creen mucho menos que entonces? Yo diría que es más que curioso. Todo esto sucede porque Demófilo se dejó asesorar por el gitano Juanelo de Jerez, y Ricardo Molina por el romaní Antonio Mairena. Pregúntele usted a un gitano de Utrera o de Jerez quiénes son los que cantan hoy mejor y apueste todo lo que tenga a que no le dan el nombre de ningún cantaor payo. Eso mismo ocurrió con Juanelo y Mairena.

¿Alguna vez vamos a descubrir que la seguiriya de El Planeta no era de él sino de otro creador? Nunca. Por eso se asegura con tanta vehemencia. El mismo Mairena creó algunos cantes y nunca se atribuyó las autorías por no ir contra sus propias creencias y postulados. Defendió siempre que todo lo crearon los gitanos de los siglos XVIII y XIX. Como no reconoció jamás que Marchena, Vallejo o Morente fueran creadores, le dio vergüenza autodefinirse como un creador, que sin duda lo fue. Al menos tanto como pudieron serlo los citados unas líneas más arriba.

Para Elisa, la obra de Beethoven que ahora es de otro, es una de las piezas musicales de mi vida. Les cuento cómo la descubrí. Estaba yo empapelando un piso de la sevillana calle Águilas en el año 1975. La vivienda la había heredado un señor y me dijo que tirara todo lo que no sirviera. Al retirar un viejo ropero sentí caer algo metálico al suelo y descubrí que era una pequeña cajita de música que imitaba una gramola. Era de oro macizo. Al abrir la tapa comenzó a sonar una melodía maravillosa desconocida para mí por completo. Tanto me gustó la música y la cajita, que me la llevé a mi casa y dormía todas las noches con ella para que no la viera mi madre y preguntara por su procedencia. Pero un día, el nuevo dueño de la vivienda que yo estaba empapelando me preguntó por la cajita. “¿Has visto una cajita de oro? Mi tío me dijo que la buscara por la casa. Es un recuerdo de familia”, dijo el hombre apesadumbrado.

A Irina Marzo, por ser la alegría de la huerta del mundo

Creí morirme, se me puso el corazón a cien pulsaciones por minuto y empapé la ropa en un sudor desconocido por mí hasta ese momento. Al día siguiente volví a colocar la cajita de música encima del ropero y él mismo la encontró. Saltaba de alegría. Pero yo estuve muchos meses echándola de menos cuando por las noches me metía en la cama. Esa canción desconocida para mí hasta entonces fue la banda sonora de una semana de mi adolescencia.

A los pocos años, escuchando la radio, descubrí que la canción era Para Elisa, de Beethoven. Pero yo ya había comenzado mi romance con el cante jondo y, gracias a Antonio Mairena, sólo hablaba de El Planeta, El Nitri y Joaquín el de la Paula. No me importó gran cosa enterarme de que Para Elisa era una creación del prodigioso sordo alemán. Lo mismo que me trae ahora sin cuidado saber que la canción la creó otro músico. Para mí siempre será aquella melodía que me hizo amar la música clásica debajo del tapijo de mi cama, donde yo tenía un mundo sólo para mí con la música de fondo de El Sordillo de Boom.