09
May/2015

Y Sevilla se volvió a enamorar

Sevilla estaba la noche del jueves más hermosa que nunca, olía como nunca y la luz de la tarde invitaba a enamorarse más que nunca. Antes de entrar en el teatro de Cajasol, paseo por la Campana y Sierpes recordando cuando en el Café Novedades sonaban las guitarras de José Triano El Ecijano, Javier Molina, Antonio Moreno y un joven carbonerillo al que llamaban el hijo de Ricardo el ebanista, Serrapí de apellido, bonito como un San Luis y flamenco como él solo. La calle Chicarreros estaba que no cabía un alfiler: aficionados, guitarristas, cantaores y algún bailaor que otro no quisieron perderse el acontecimiento flamenco del año, el regreso de Rafael Riqueni a los escenarios, después de que en la pasada Bienal apuntara una recuperación más que esperanzadora de la mano de Segundo Falcón. Todavía no había sacado el maestro la guitarra de Andrés Domínguez de su funda y ya había en la calle caras de emoción, ojos vidriosos y pieles preñadas de diminutas montañas rosadas. Leyeron en alguna parte que Rafael había soñado con darle a Sevilla y a los sevillanos –“Oiga, que también hay aquí gente de Madrid” – una buena noche de guitarra, pero de bajañí de verdad, sin tenderete de instrumentos, desnuda de astucias, sincera, a cuerda pelá. Cuando salió Rafael al escenario, sencillo, como pidiendo perdón por permitirse la licencia de tocar para la mejor afición del mundo, sentí un extraño escalofrío y dije para mis adentros: esta va a ser una noche memorable, histórica, inolvidable. Cierto es que íbamos predispuestos a que el maestro trianero nos refregara su música flamenca por la piel hasta hacernos sangre. Ya saben, o deberían saberlo, que para que un aficionado a la guitarra se emocione en Sevilla tiene que haber sobre el escenario un guitarrista de una vez. Riqueni es único, no tiene nada que ver con los demás guitarristas que conocemos, es distinto a todos, un creador, y los creadores no abundan. Y cuando se relajan son olvidados inmediatamente. Pero, ¿alguien podría olvidarse de un guitarrista como Riqueni? ¿Es eso humanamente posible? ¿Alguien podría arrancar de su memoria una taranta como Alcázar de cristal o una rondeña como Benamargosa, con su peculiar afinación de sones seguiriyeros? El recinto se llenó a rebosar y Rafael no sabía cómo agradecer a Sevilla tanta generosidad. Tocando, Rafael. Y tocó como hacía años que no lo hacía, sin esa frialdad que a veces limitaba sus éxitos en una tierra, Sevilla, la suya, donde gusta que el toque, el cante y el baile flamencos quemen hasta achicharrar. El flamenco está hecho de vida y la del maestro no ha sido fácil en los últimos años. Luego su toque de ahora trasmite más vida, o sea, emoción a raudales. Lo que los flamencos llamamos pellizco y que algunos no han entendido todavía porque se empeñan en no entenderlo. Los pellizcos que Rafael le metió a la soleá que dedica a Canales, que parecía que andaba por el escenario Matilde Coral envuelta en un mantón de Manila y con una bata de cola tan larga como el puente de su barrio. Hora y media de concierto, una docena de piezas musicales, solo con su guitarra, sin levantar mucho la cabeza, que no era por timidez sino porque el músico quería hacer bien las cosas. Dar, como él mismo dijo, una buena noche de guitarra en Sevilla, a treinta metros de donde murió Silverio. Lo sabía y el repertorio fue muy sevillano, como es este músico. Hasta cogiendo rosas por alegrías, cerrabas los ojos y te dolían los pies de andar por el Barrio de Santa Cruz. Y por si había alguna duda, Amarguras, con una ejecución limpia y técnicamente impecable. Solo faltó que hubiera resucitado el Niño Gloria para cantar una saeta. Tocó también piezas de lo que será su nueva obra, Parque de María Luisa, en concreto una, Trinos, en la que veías a los gorriones dando saltitos en la Plaza de España. Y en honor de otro genio, el Niño Miguel, unos fandangos de Huelva que hubieran conmovido a Rebollo y a Rengel. En esta pieza, y en las bulerías dedicadas a Manuel Molina, Romero verde, lo acompañó Joselito Acedo, otro guitarrista de Sevilla que huele a canela y a clavo. Sevilla necesitaba este éxito, esta noche de guitarra flamenca. Y Rafael Riqueni necesitaba que Sevilla se volviera a enamorar de él.

Ciclo Jueves Flamencos. Artista invitado Rafael Riqueni. Segunda guitarra: Joselito Acedo. Entrada: Lleno. Sevilla, 7 de mayo de 2015. Calificación: cinco estrellas.

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