25
Abr/2015

La solidaridad puede esperar

Foto Gazapera

En la Feria no se habla de política. ¿O sí? Tampoco se habla del desempleo porque cualquier cosa que se diga sobre los parados con la boca llena de jamón de Jabugo o de langostinos de Sanlúcar podría parecer recochineo, y no está el horno para bollos. Para disfrutar de la Feria de Abril hay que dejar los problemas en casa y en esto, el sevillano castizo es un verdadero experto. “Por ver cómo te reías/ busqué mi mejor careta/ la máscara de la alegría”. En la tierra donde las procesiones religiosas salen a la calle como en romería, las de verdad van por dentro. En Palomares había una familia muy pobre que vivía en una casa hecha de adobe, donde las gallinas y los conejos dormían con los niños en la misma cama. No tenían luz eléctrica, se alumbraban con un perico y comían un día sí y otro no para guardar la línea que había entre simplemente marearse o mantenerse en pie de puro milagro. Una mañana descubrí que desenterraban gallinas del estiércol que habían sido sepultadas por un vecino tras morir de morriña. Pero cuando llegaba la Feria, la mujer sacaba la mejor ropa que tenía, se lavaba la familia entera en una caldera con agua hirviendo y bajaban al pueblo a ver cómo los demás se divertían porque ellos no poseían ni aliento. Tenían siempre, eso sí, muchas ganas de ser felices, de vivir. Los niños miraban el único puesto de turrón de la Feria como preguntándose qué habían hecho ellos para ser castigados de esa manera por la sociedad. El padre, un hombre corpulento y hábil, se apuntaba siempre a la cucaña para intentar ganar la moneda de diez duros que se ataba al final del poste embadurnado de afrecho y jabón fabricado con aceite usado. Su mujer y sus cuatro hijos pequeños improvisaban un club de fans y jaleaban al cabeza de familia como en las competiciones medievales alentaban a los caballistas. Y el año que el papa alcanzaba la preciada moneda, ese año sí disfrutaban de la Feria y cuando llegaba la noche subían para la casa alegres y felices, con los niños churretosos de tanto turrón de chocolate y los padres orgullosos de serlo. Curiosamente, y a pesar de la miseria de entonces en Palomares, al menos había Feria. Desde hace unos años no la hay por culpa de la crisis económica. Eso dicen los actuales regidores del Ayuntamiento, algunos de ellos palomareños nuevos que no vivieron aquellos felices años de la penuria.

Mi primera Feria de Sevilla fue en 1970, cuando todavía estaba en el Prado. Vinimos cuatro amigos desde Palomares y como no podíamos regresar hasta por la mañana porque no había autobús, estuvimos toda la noche dando vueltas, sin un duro pero con ganas de cantar y de bailar. Mi madre me había dado diez duros –entonces ya ganaba trece duros diarios y un kilo de pan en la panadería de El Guapo, en Coria del Río–, y nada más llegar al recinto ferial me gasté casi la mitad en un sombrero de ala ancha de cartón que, como llovió aquel día, se descompuso en diez minutos. Me pasé toda la noche con los restos del sombrero mojado en la cabeza y más frío que un perrito chico. Agotados, sobre las cuatro de la mañana nos fuimos todos a dormir al Parque de María Luisa y cuando salió el sol nos dirigimos a la Torre del Oro a coger el autobús de Palomares-Almensilla. Menuda aventura. Era mucho más divertida la Feria del pueblo, que tenía solo cuatro bombillas y un puesto de turrón, las cunitas en la Plazoleta y mosto en la taberna de Mariquita Méndez, donde por cierto no había guardia de seguridad en la puerta. Había que tener cuidado, eso sí, porque justamente enfrente vivía Manolito el Municipal. Pero nuestra feria favorita era la de Coria del Río, que entonces era mucho mejor que la de Sevilla. O sería que la teníamos más a la mano y podíamos ir y volver andando, a campo a través, porque era menos peligroso. Los niños de Cuatro Vientos solíamos cruzar por la Laguna y en menos de una hora entrábamos en Coria vacilando con unos pantaloncitos nuevos y unas ganas locas de hartarnos de albures fritos en los chiringuitos de la orilla del río. Para los adolescentes de Palomares, Coria era como Barcelona o París. Sevilla nos pillaba más lejos y nuestros padres no nos dejaban ir siempre que queríamos porque temían que nos pasara algo. Solo a trabajar, eso sí, porque hacía falta en casa. Así que cuando ya vivía en Sevilla, curiosamente desde 1973, el año de la mudanza de la Feria de Abril a Los Remedios, me convertí en un apasionado feriante y muchas de las cosas importantes que me han pasado en la vida me ocurrieron en la Feria. Ahora solo voy si es para algo relacionado con el trabajo, porque ha cambiado quizás demasiado y sigo echando de menos la humilde Feria de Palomares, sobre todo la de Coria, con aquellos albures fritos que eran las lubinas de los pobres, como las cabras eran entonces las vacas pequeñas de los pueblos.

Cuesta entender que con tanto paro y tantas tragedias la gente tenga ganas de feria, pero así es. Siempre ha sido así, además. Quiero creer que no será por falta de solidaridad con quienes son tan infelices, sino porque la gente necesita evadirse de la realidad y recargar las pilas para sobrellevarla lo mejor posible. A lo mejor tendríamos que ponernos de acuerdo algún día todos los sevillanos, una sola vez, para parar el mundo en forma de protesta y no ir a la Feria ni al Rocío ni reservar apartamento en la playa ese verano. Como mucho, comer caracoles en los veladores. Las manifestaciones ya no sirven y, además, con la Ley Mordaza te pueden joder vivo. Quién sabe si resultaría eso de dejar de disfrutar como forma de protesta social por tanto robo y privilegios de los gobernantes. Que disfruten ellos, que se vean solos en la Feria, en sus lujosas casetas, con sus hermosos caballos y carruajes y esas billeteras que parece no agotarse nunca. Que al menos un año no tengan taxis en las paradas ni cantaores que les diviertan de madrugada. Que tengan todas las calles para ellos solos y que el sol y la luna solo les alumbren a ellos. Pero eso no va a ocurrir jamás, para qué vamos a engañarnos. Y a lo mejor es que tiene que ser así. Hemos entregado la cuchara, casi nos hemos rendido, siendo, como somos, la mayoría. La mayoría de los ciudadanos son personas de bien, que trabajan o que estudian, que pagan sus impuestos religiosamente y que no ensucian los parques ni las calles. Pero los poderosos, los ricos, quieren que haya una distancia entre ellos y el pueblo llano, entre ellos y el proletariado, como la ha habido siempre. En Andalucía se iba acortando ese recorrido, las desigualdades estaban equilibrándose, pero ya estaba durando mucho ese sueño. La crisis ha enriquecido a los de siempre y ha empobrecido también a los de siempre. Somos la región con más paro de Europa, pero en Sevilla tenemos la mejor feria del mundo y esas sevillanas no se pueden ir sin que alguien las baile. La solidaridad puede esperar.

 

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