21
Mar/2015

Ya es primavera en Cuatro Vientos

Tiene la primavera,

cuerpo de mujer hermosa

y el color de las cerezas.

La visita hoy a Palomares del Río es sagrada, algo obligado. No hay mejor lugar para recibir a la primavera que aquellos soleados campos de mi niñez que unen a pueblos como Coria del Río, Almensilla, Mairena del Aljarafe, Gelves y Palomares. Casi cuesta ya encontrar un manto de amapolas y un piélago de jaramagos, pero a veces ocurre y el espectáculo es extraordinario, sobre todo por la luz, porque el campo es más o menos igual en todas partes, como son muy parecidas las ciudades en todo el mundo. Pero la luz no. De niño me subía al pino de Mampela y desde su copa veía las huertas, los maizales y los matos con tanta variedad de colores que todo el campo parecía un cuadro de Van Gogh. Luego estaba la música, la de la primavera, porque en el campo, cada estación del año tiene su propia música y la de la primavera es la mejor. En aquellos años de mi infancia no sabía quién era Antonio Vivaldi, el compositor de Las cuatro estaciones, una de las obras cumbres de la música clásica. Nosotros teníamos a Los Romeros de la Puebla y a José Manuel El Tamborilero, que a falta de pan buenas eran tortas. Pero cuando ya vivía en Sevilla y descubrí la obra del italiano, al escuchar el primer movimiento, La Primavera, me imaginé a Vivaldi tumbado en El Majano después de haberse tomado un mosto en la taberna de Mariquita Méndez, oyendo el canto de los pájaros, escuchando el murmullo del agua por las acequias, el susurro de las margaritas y las amapolas, los ladridos de los perros, los acordes de algún guitarrillo tocado por un aldeano y crótalos de bronce marcando el compás de viejas playeras sevillanas que bailaban las niñas y las abuelas del pueblo.

Palomares

En Cuatro Vientos, la llegada de la primavera era un estallido de música y de color, de olores y júbilos para la vista. Llegaba sin avisar, de la noche a la mañana. Te acostabas la noche antes oliendo aún a un invierno que apuntaba ya a despedida y por la mañana era como si hubieran cambiado el decorado y el filtro de los focos en el campo. Entonces, en los sesenta, en Palomares no había ni un chalé, solo algunas casillas en el campo para los aperos del labrantío, tan blancas de cal que brillaban de una manera maravillosa en medio de las verdes huertas y los amarillentos viñedos. Teníamos el campo en la misma puerta de casa, a escasos metros, y los animalitos silvestres entraban en el corral como Pedro por su casa. Abrías las ventanas por la mañana temprano y entraba una luz tan blanca que te cegaba, y esa luz se quedaba ya dentro de las habitaciones durante todo el día, aunque cerraras las ventanas. En Almensilla hubo un hombre muy ingenioso que me enseñó a atrapar los rayos del sol para alumbrar la casa, a la que aún no había llegado la luz eléctrica. Al amanecer, ponía una espuerta en el corral, en el lugar donde se posaban los primeros rayos del sol de la mañana, y cuando veía la espuerta llena de luz, con colmo, le echaba un saco por encima. Una vez atrapada la luz en el capacho metía la espuerta en su casa y a la caída de la tarde, cuando se ponía el sol y llegaba la noche, le quitaba el saco a la cesta y salía de ella un cañón de luz que como una bruma se iba metiendo en todas las habitaciones, que permanecían alumbradas y calientitas hasta la mañana siguiente.

La primavera era también la época en la que te enamorabas. No es que no pudieras enamorarte en verano o en otoño, que solía ocurrir también. Pero si lo hacías en primavera era otro enamoramiento muy distinto, como la picada de un mosquito. En Cuatro Vientos apenas había niñas, solo cuatro o cinco en edad de enamorarse o de ser conquistadas, y era un verdadero problema porque, encima, siempre había algún coriano o un mairenero rondando por allí con centellitas en los ojos. A veces había que ir a Coria del Río a ver si te picaba el mosquito en el Cine Estrella, pero como apenas teníamos dinero para el cine, la alternativa era irse a pasear por la orilla del río, donde las jóvenes corianas jugaban a la comba y cantaban y bailaban sevillanas y fandanguillos de Alosno mientras los plateados albures se salían del agua para darse baños de sol en la barcaza. No se te tenía que notar mucho que eras de Palomares, auque no era fácil ocultarlo porque compartíamos colegio, el de El Cerro. En cambio, cuando los corianos o los sanjuaneros venían a Palomares era muy distinto: las adolescentes de nuestro pueblo salían de sus casas alborotadas, como gallinas jóvenes en un gallinero al que llegaba un apuesto gallo de otro corral. Y si encima era hijo de un pollo del Estado o de un farmacéutico, miel sobre hojuelas.

Cuatrovientos 3

Cuando se vive en la ciudad no le damos tanta importancia a la llegada de la primavera como cuando vivimos en un pueblo. Sevilla es quizás una de las ciudades más primaverales del mundo, por sus zonas verdes y el clima, y por esa luz que a tantas personas ha enamorado, desde poetas y músicos de todo el mundo hasta registradores de la propiedad y comerciantes. Además, la primavera en Sevilla viene también casi sin avisar. Ya lo dijo don Antonio Machado: “La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido”. Y años antes, don Gustavo Adolfo aseguró que mientras hubiera primavera en el mundo, habría poesía:

En la primavera,

los mininos maúllan

en las gateras.

 Así y todo, a pesar de que Sevilla es la ciudad de la primavera, prefiero ir a Palomares a darle la bienvenida a la nueva estación del año. Ya no es posible subirse al pino de Mampela y ver desde su tupida copa las huertas y los maizales que no existen. Ni escuchar en El Majano el primer movimiento, en el tajo, de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Ni atrapar los rayos del sol con un capazo. Ni ver cómo entraban los animalitos silvestres en el corral, como Pedro por su casa. Pero sí es posible ver aquella misma luz de entonces, porque hay cosas que no mueren nunca. Y seguro que esta mañana, al amanecer, cuando los primeros rayos del sol hagan que se vaya la bruma va a aparecer una luz deslumbrante, como la de antaño, que durará hasta el solsticio de verano. A lo mejor aparece también el mosquito que te pica en la corteza del corazón y vuelves a descubrir el amor, ya de otra manera, pero amor al fin y al cabo. No sé si el milagro ocurrirá hoy o no. Pero por si acaso, pongo rumbo a Palomares porque en Cuatro Vientos ya es primavera, esa época del año que nos llena la boca de agua fresca y que pone ante nuestros ojos, los de quienes amamos el campo, el mejor cuadro de Van Gogh.

Un tapiz multicolor,

una fragancia de olivo,

Cuatro Vientos está en flor

y sé bien por qué lo que digo.

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