Monthly Archives: Marzo 2015

28
Mar/2015

¡Que detengan a ese saetero!

Cachorro1

Cuando somos niños nos impresiona casi todo. Referente a la saeta, recuerdo que tendría unos 7 años cuando escuché la primera. Fue en Palomares del Río y ni siquiera sabía quién la cantó. No era un profesional sino uno de esos espontáneos que en plena calle se ponen delante de un crucificado o de una dolorosa y les cantan con el alma. Mi madre me contó años más tarde que aquella noche, después de escuchar la saeta, se me descompuso el semblante. Que tenía la cara tan pálida como la Virgen de la Estrella. Y desde aquel día siempre tuve en la cabeza que alguna vez le tenía que cantar una saeta a la Estrella o a una imagen cualquiera de Sevilla. Viviendo ya en la capital andaluza, a mediados de los setenta, se empezó a fraguar la idea de crear una peña flamenca en la Carretera de Su Eminencia, la Peña El Chozas, y en ese local canté una tarde una saeta, aunque solo entre amigos, seguramente desinhibido por causa de una rubia de botella. La canté y una señora del barrio ya mayor se acercó a felicitarme y a pedirme que le cantara unas saetas al Cristo de su pueblo, una pequeña localidad de la Sierra Norte de Sevilla. Me negué, claro, porque una cosa era cantar en privado y otra muy distinta subirse a un balcón e interpretar una saeta delante de una imagen. Pero aquella mujer tenía un fuerte poder de convencimiento y acabó llevándome al huerto, y no precisamente al de los Olivos. Solo faltaban dos semanas para el gran momento y conforme iban pasando los días me iba poniendo malo solo de pensar que tenía que cantar unas saetas en un balcón. Eran sobre todo dolores de tripas y unos sudores fríos, como los del anuncio de la muerte. Cuando llegó el día tenía hasta fiebre, pero había dado mi palabra y me levanté dispuesto a todo. “No eres Centeno, pero verás como sales airoso”, me decía a mí mismo para proveerme de coraje. Mi madre me había comprado una chaqueta negra como de viudo doliente y una corbata tan roja como una amapola, como si fuera a casarme. Y me metió en una cajita de cartón dos o tres torrijas y unos cuantos pestiños, “que la miel es buena para la garganta”. Abajo, en la calle, me esperaba la señora con su familia, su marido y sus hijos, que parecía que iban a un velorio: todos de negro borrasca, hasta los niños. La furgoneta se asemejaba a la de una funeraria y ahí me metieron un poco a empellones, porque algo me decía que no debía montarme en ella y me resistí todo lo que pude, sin éxito. Con los nervios, en pleno viaje le metí mano a las torrijas y a los pestiños, con tan mala fortuna que se pelearon entre ellos en mi barriga y tuvimos que parar cinco o seis veces en el trayecto de Sevilla al pueblo donde íbamos. Me miré en el retrovisor de la furgoneta y tenía las ojeras de José María Rodero y más mala cara que un chino con calentura.

La entrada en el pueblo fue espectacular, con un grupo de vecinos corriendo detrás del coche y gritando “¡El saetero! ¡Ha llegao el saetero!”. Incluso habían comprometido a la banda de música del pueblo, que más que una banda de música, era algo así como Los Incansables de Torreblanca, pero con uniforme negro. Tocaron Amargura, claro, una marcha procesional que ni pintada para la situación. No sé si pueden imaginar siquiera al saetero de Arahal criado en Palomares siendo llevado al Ayuntamiento del pueblo por una familia que parecía sacada de una película de Berlanga. Abatido, deshidratado y sin fuerzas ni para andar, llegué a la Casa Consistorial casi al borde del ataque de nervios. Allí nos recibió el alcalde, que iba también de negro callejón. Menos mal que los concejales iban solo de negro azabache. La subida al balcón era por una interminable y aprieta escalera de caracol y mientras iba subiendo miraba a ver por dónde podía escaparme de allí. La banda de música seguía tocando Amargura en la calle, donde la gente se amontonó debajo del balcón para no perderse la ejecución. De la saeta, aclaro. Cuando salí al balcón, sujetado por dos municipales, con las piernas como dos almohadas de plumas de ganso y las tripas rugiendo, giré la cabeza hacia la izquierda y vi que venía Jesús a lo lejos y que lo traían casi corriendo, al trote. “¡Por Dios, que no corran tanto esos malditos cargadores”, decía yo muy afligido. Me agarré al frío balcón de hierro pensando en Ícaro y por primera vez en mi vida le pedí algo a un ser superior. Le pedí a Jesús que no se parara cuando llegara a la altura del balcón del Ayuntamiento, que siguiera su camino y me hiciera el favor de su vida. “Si me concedes este deseo, Jesús, seré autónomo lo que me quede de vida”, llegué a prometerle. Cuando lo vi a veinte metros del balcón, con aquellos ojos entornados y toda la pena del mundo en su mirada, apreté los puños y canté mentalmente una saeta para encontrar el tono de voz conveniente:

Que se callen las trompetas,

que no redoblen los tambores,

que está sufriendo en la cruz,

que en la cruz esta sufriendo

el más grande de los hombres.

La había compuesto expresamente para aquella noche. Al abrir los ojos comprobé que el paso había pasado de largo y al mirar asombrado a Jesús vi cómo volvió la cara y me guiñó el ojo derecho, ya sin la amargura posada en su rostro. El alcalde, los concejales y la Famila Addams estaban como petrificados y en la calle no quedaba ni un alma, solo un municipal enfurecido que gritaba: “¡Que detengan a ese saetero! ¡Que lo detengan!”. No me lo podía creer. Jesús había escuchado mis súplicas. Aunque siempre me quedó la duda de si no se paró al llegar a la altura del balcón porque se compadeció de aquel pobre saetero muerto de miedo, o porque había escuchado la saeta que canté mentalmente antes de que llegara a mi altura y le había gustado, de ahí que me guiñara el ojo y hubiera desaparecido la angustia de su cara.

Jamás he vuelto a cantar una saeta en ninguna parte. Y admiro cada día más a quienes son capaces de hacerlo y, sobre todo, a los que logran que este hermoso y difícil cante andaluz se convierta en una obra de arte musical. Me moriré con la pena de cantarle una saeta al Cachorro cuando al pisar el puente, camino de la Campana, el sol de Triana se tiñe de atardecer aljarafeño y los festivos albures del río le cantan y le bailan por bulerías.

Silencio para el saetero,

silencio en la madrugada,

que lo pide el Nazareno

con la luz de su mirada.

 

 

25
Mar/2015

Martillazos a la hucha

Estoy nervioso por causa de esa manía del Gobierno, del actual y los anteriores, de meter la mano en la hucha de los abuelitos, esto es, el Fondo de reserva de las pensiones de la Seguridad Social, creado en 1997 como consecuencia del Pacto de Toledo en prevención de crisis o catástrofes que pudieran poner en peligro las pagas. Si hay que hacerlo se hace y punto, pero no hay por qué decirlo. Imagínese que contrata usted el seguro de los muertos y que, cada dos por tres, le hacen llegar a casa una carta en la que le dicen que acaban de recibir unas maderitas de la selva peruana para su futuro ataúd. La palma antes de tiempo, seguro. Nuestros padres siempre han tocado las huchas, pero en silencio, no como hace el Gobierno del PP que nada más llegar le pegó el martillazo a la ladronera y desde entonces no ha parado. Por otra parte, el pasado año nos dijeron que iban a informarnos a los mayores de 50 años de cuáles serían nuestras expectativas de pensiones, pero aún no sé nada. Mejor no saberlo, como tampoco quiero saber de qué tronco harán mi sarcófago. En ambos casos prefiero que me sorprendan.

23
Mar/2015

¿Inmadurez o chismorreo?

Una cosa que me llama la atención es que cuando vas a votar, sobre todo si vives en un pueblo, la gente te suele mirar a los ojos como queriendo adivinar a qué partido vas a dar tu confianza. Ayer salí de casa para ir a ejercer el derecho a elegir a quién quería que gobernara y me miraban hasta los gatos desde los balcones, que ya se han vestido de primavera. Los balcones, no los gatos. En la puerta del colegio había un señor que me preguntó: “Venimos a votar, ¿no?”. No, a jugar a las bolas. Claro, es que el tío quería saber a quién iba a votar, aunque no te lo suelen preguntar. Esperan a que tú se lo digas. “El voto es libre, pero a estos randas hay que echarlos de una vez”, me dijo, aunque sin querer condicionarme. Cuando voté y salí del colegio, seguía en la puerta y volvió a la carga: “Ya hemos votado, ¿no?”. Me lo preguntó mirándome de nuevo a los ojos y, además, recorriendo con la vista mi cuerpo, analizando mis zapatos y hasta si iba o no bien peinado. Y cuando me alejé, le escuché decir: “Éste se cree que yo me chupo el dedo”. ¿Inmadurez democrática o puro chismorreo provinciano?

21
Mar/2015

Ya es primavera en Cuatro Vientos

Tiene la primavera,

cuerpo de mujer hermosa

y el color de las cerezas.

La visita hoy a Palomares del Río es sagrada, algo obligado. No hay mejor lugar para recibir a la primavera que aquellos soleados campos de mi niñez que unen a pueblos como Coria del Río, Almensilla, Mairena del Aljarafe, Gelves y Palomares. Casi cuesta ya encontrar un manto de amapolas y un piélago de jaramagos, pero a veces ocurre y el espectáculo es extraordinario, sobre todo por la luz, porque el campo es más o menos igual en todas partes, como son muy parecidas las ciudades en todo el mundo. Pero la luz no. De niño me subía al pino de Mampela y desde su copa veía las huertas, los maizales y los matos con tanta variedad de colores que todo el campo parecía un cuadro de Van Gogh. Luego estaba la música, la de la primavera, porque en el campo, cada estación del año tiene su propia música y la de la primavera es la mejor. En aquellos años de mi infancia no sabía quién era Antonio Vivaldi, el compositor de Las cuatro estaciones, una de las obras cumbres de la música clásica. Nosotros teníamos a Los Romeros de la Puebla y a José Manuel El Tamborilero, que a falta de pan buenas eran tortas. Pero cuando ya vivía en Sevilla y descubrí la obra del italiano, al escuchar el primer movimiento, La Primavera, me imaginé a Vivaldi tumbado en El Majano después de haberse tomado un mosto en la taberna de Mariquita Méndez, oyendo el canto de los pájaros, escuchando el murmullo del agua por las acequias, el susurro de las margaritas y las amapolas, los ladridos de los perros, los acordes de algún guitarrillo tocado por un aldeano y crótalos de bronce marcando el compás de viejas playeras sevillanas que bailaban las niñas y las abuelas del pueblo.

Palomares

En Cuatro Vientos, la llegada de la primavera era un estallido de música y de color, de olores y júbilos para la vista. Llegaba sin avisar, de la noche a la mañana. Te acostabas la noche antes oliendo aún a un invierno que apuntaba ya a despedida y por la mañana era como si hubieran cambiado el decorado y el filtro de los focos en el campo. Entonces, en los sesenta, en Palomares no había ni un chalé, solo algunas casillas en el campo para los aperos del labrantío, tan blancas de cal que brillaban de una manera maravillosa en medio de las verdes huertas y los amarillentos viñedos. Teníamos el campo en la misma puerta de casa, a escasos metros, y los animalitos silvestres entraban en el corral como Pedro por su casa. Abrías las ventanas por la mañana temprano y entraba una luz tan blanca que te cegaba, y esa luz se quedaba ya dentro de las habitaciones durante todo el día, aunque cerraras las ventanas. En Almensilla hubo un hombre muy ingenioso que me enseñó a atrapar los rayos del sol para alumbrar la casa, a la que aún no había llegado la luz eléctrica. Al amanecer, ponía una espuerta en el corral, en el lugar donde se posaban los primeros rayos del sol de la mañana, y cuando veía la espuerta llena de luz, con colmo, le echaba un saco por encima. Una vez atrapada la luz en el capacho metía la espuerta en su casa y a la caída de la tarde, cuando se ponía el sol y llegaba la noche, le quitaba el saco a la cesta y salía de ella un cañón de luz que como una bruma se iba metiendo en todas las habitaciones, que permanecían alumbradas y calientitas hasta la mañana siguiente.

La primavera era también la época en la que te enamorabas. No es que no pudieras enamorarte en verano o en otoño, que solía ocurrir también. Pero si lo hacías en primavera era otro enamoramiento muy distinto, como la picada de un mosquito. En Cuatro Vientos apenas había niñas, solo cuatro o cinco en edad de enamorarse o de ser conquistadas, y era un verdadero problema porque, encima, siempre había algún coriano o un mairenero rondando por allí con centellitas en los ojos. A veces había que ir a Coria del Río a ver si te picaba el mosquito en el Cine Estrella, pero como apenas teníamos dinero para el cine, la alternativa era irse a pasear por la orilla del río, donde las jóvenes corianas jugaban a la comba y cantaban y bailaban sevillanas y fandanguillos de Alosno mientras los plateados albures se salían del agua para darse baños de sol en la barcaza. No se te tenía que notar mucho que eras de Palomares, auque no era fácil ocultarlo porque compartíamos colegio, el de El Cerro. En cambio, cuando los corianos o los sanjuaneros venían a Palomares era muy distinto: las adolescentes de nuestro pueblo salían de sus casas alborotadas, como gallinas jóvenes en un gallinero al que llegaba un apuesto gallo de otro corral. Y si encima era hijo de un pollo del Estado o de un farmacéutico, miel sobre hojuelas.

Cuatrovientos 3

Cuando se vive en la ciudad no le damos tanta importancia a la llegada de la primavera como cuando vivimos en un pueblo. Sevilla es quizás una de las ciudades más primaverales del mundo, por sus zonas verdes y el clima, y por esa luz que a tantas personas ha enamorado, desde poetas y músicos de todo el mundo hasta registradores de la propiedad y comerciantes. Además, la primavera en Sevilla viene también casi sin avisar. Ya lo dijo don Antonio Machado: “La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido”. Y años antes, don Gustavo Adolfo aseguró que mientras hubiera primavera en el mundo, habría poesía:

En la primavera,

los mininos maúllan

en las gateras.

 Así y todo, a pesar de que Sevilla es la ciudad de la primavera, prefiero ir a Palomares a darle la bienvenida a la nueva estación del año. Ya no es posible subirse al pino de Mampela y ver desde su tupida copa las huertas y los maizales que no existen. Ni escuchar en El Majano el primer movimiento, en el tajo, de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Ni atrapar los rayos del sol con un capazo. Ni ver cómo entraban los animalitos silvestres en el corral, como Pedro por su casa. Pero sí es posible ver aquella misma luz de entonces, porque hay cosas que no mueren nunca. Y seguro que esta mañana, al amanecer, cuando los primeros rayos del sol hagan que se vaya la bruma va a aparecer una luz deslumbrante, como la de antaño, que durará hasta el solsticio de verano. A lo mejor aparece también el mosquito que te pica en la corteza del corazón y vuelves a descubrir el amor, ya de otra manera, pero amor al fin y al cabo. No sé si el milagro ocurrirá hoy o no. Pero por si acaso, pongo rumbo a Palomares porque en Cuatro Vientos ya es primavera, esa época del año que nos llena la boca de agua fresca y que pone ante nuestros ojos, los de quienes amamos el campo, el mejor cuadro de Van Gogh.

Un tapiz multicolor,

una fragancia de olivo,

Cuatro Vientos está en flor

y sé bien por qué lo que digo.

19
Mar/2015

Que me devuelvan la infancia

El-Infierno

Ha dicho el papa Francisco que lo del infierno es mentira, un cuento más. Y se quedó tan pancho. ¿Esto no lo dijo ya Juan Pablo II? Si es mentira, ¿a quién le tengo que pedir cuentas ahora? No digo una indemnización por daños físicos y mentales, que no estaría mal, sino una explicación seria más allá de la conocida llaneza de este Santo Padre tan peculiar que no deja de sorprendernos cada día. Gratamente, por supuesto. Si es mentira que exista el infierno, que alguien me devuelva mi infancia, una niñez llena de miedo al de los cuernos y a ese horrible horno bajo tierra al que iban los niños malos del nacionalcatolicismo. Me imaginé muchas veces cómo sería el infierno y casi notaba el terrorífico calor de sus llamas mientras dormía pensando que Lucifer me había elegido para ajustarme las cuentas animado por el cura del pueblo. Toda la vida temiendo ir al infierno y ahora viene el que más chanela de estas cosas a decirnos que no, que el infierno es un cuento, que no hay tío feo con cuernos y rabo esperándonos para asarnos a la parrilla. ¿Algo más que debamos saber, don Jorge Mario Bergolio?

18
Mar/2015

Una ‘menuílla’ con el arte muy concentrado

Foto Toledo

Rosario Toledo es desde hace muchos años una estupenda bailaora, aunque aún no es lo que llamamos una primera figura. Y no es porque no tenga méritos para serlo, sino porque, sencillamente, aún no se le considera como tal. Sin embargo, sus espectáculos son siempre éxitos, sobre todo cuando presenta algo teatralizado, como el último, ADN, que es una verdadera maravilla. Demasiado largo, por ponerle algún pero, que es una manía de los críticos, pero con momentos apoteósicos, de buen cante y de mejor guitarra. La bailaora gaditana sabe elegir bien el cuadro de acompañamiento para sus obras flamencas, lo que demuestra seriedad y seguridad, además de buen gusto. Para la que nos ocupa, la artista ha contado con un maestro de Cádiz, del Barrio de la Viña, al que estamos recuperando, Juan Villar, otrora estrella indiscutible en los festivales de verano, cantaor de sello propio que revolucionó el cante de Cádiz hace tres décadas, sobre todo las bulerías. Por otro lado, Rosario ha querido contar con una nueva figura de la Tacita, el también cantaor David Palomar, que estuvo estupendo en todo. Con un guitarrista sevillano, Rafael Rodríguez, que es ya un maestro indiscutible del mejor toque flamenco. Y con otro de Jerez, el maestro Niño Jero, al que llaman Periquín. Por último, con el percusionista Roberto Jaén. Con esta base musical atrás, la bailaora tenía que triunfar y lo hizo a lo grande, con el Central lleno y el público entregado. No fue para menos, porque el espectáculo tuvo momentos prodigiosos de creatividad y arte. Y, además, es de flamenco y no de esa otra cosa que nos quieren vender como flamenco. Precisamente, el argumento de la obra gira en tormo a eso, es la historia de una bailaora que se pregunta qué es ser bailaora y qué puede o debe hacer en medio del caos de nuestros días, además de buscar su ADN. Sencillamente, bailar, disfrutar, liberarse, ser ella misma, actuar según su propia manera de ver el arte, la vida, la existencia. Y lo hace de maravilla, bailando bien y actuando. Bailando bien las alegrías, los tangos, las soleares, las bulerías y la caña. Y hasta la milonga argentina de Pepa de Oro, en versión de Chacón, quizás lo más novedoso, su coreografía más original. No es Rosario una bailaora de esas que se plantan y paran el tiempo con majestad y temple. Además, en algunos momentos sobreactúa en exceso y uno no sabe muy bien si es porque es una obra flamenca teatralizada o porque vende el baile de esa manera, desde luego, sin la profundidad y la hondura de las grandes bailaoras que conocemos. Rosario se mueve mucho mejor en lo cómico, en la fiesta; es muy buena actriz y anda estupendamente por el escenario, lo mismo cuando baila que cuando actúa. Bordó el tanguillo de Cádiz, por ejemplo, cantando y bailando a la vez, con un arte increíble. Ahí acabó de meterse al público de Sevilla en el bolsillo, algo que ya viene haciendo con esperanzadora frecuencia. Sevilla ya es de Rosario Toledo, gustan sus maneras, su frescura, su valentía y, sobre todo, su descarada forma de entender lo flamenco. En definitiva, pocas veces hemos visto un espectáculo de flamenco en el que el baile, el cante y el toque tuvieran tanta dependencia el uno de los otros, aunque sin ataduras, con libertad. Solo le sobraron minutos, es una obra un poco larga, diría que demasiado larga. Pero con momentos francamente geniales y con un buen resultado en general. Menudilla de cuerpo, tiene el arte muy concentrado.

Ciclo Flamenco viene del Sur. ADN. Compañía Rosario Toledo. Baile: Rosario Toledo. Cantes: Juan Villar, David Palomar y Roberto Jaén. Guitarra: Rafael Rodríguez El Cabezas y Niño Jero. Percusión y palmas: Roberto Jaén. Entrada: Lleno. Sevilla, 17 de marzo de 2015

18
Mar/2015

Echa vino, montañés

Debate significa debatir, discutir, hacer propuestas, aportar datos propios y rebatir, si se puede, los de los demás. En el debate a tres del pasado lunes, si debemos llamarlo así, solo hubo dos peleándose, Susana y Bonilla, y uno en medio, Maíllo, que parecía la carabina, el niño de antaño a quien su madre mandaba al cine con su hermana mayor para que se sentara entre ella y el novio y evitara manoseos impuros mientras Bruce Lee saltaba de tejado en tejado. Aquí no hubo tocamientos, de cara, de puro milagro, porque la cigarrera socialista miró varias veces a Bonilla y temí que sacara la faca de la liga. Uno de los muchos inconvenientes que tiene Susana es que le falta temple, y como el candidato popular lo sabía, supo sacarla de sus casillas citándola continuamente. Menos mal que colocaron a Maíllo en medio, que si no, estaríamos hablando hoy de algo mucho más siniestro. Dos debates a tres y seguimos sin tener ni idea de qué nos espera a los andaluces a partir del próximo domingo. A parte de lo que ya tenemos encima, que no es moco de pavo. Echa vino, montañés, que lo paga Luis de Vargas.

17
Mar/2015

Miguel Funi o el arte de emocionar

Caracolá-1 153 funi

Mañana míercoles, día 18, tendré el honor de entrevistar a Miguel Funi en el Ciclo ‘Trastablaos, de CICUS, a partir de las 20. 00 horas. Es en la calle Madre de Dios, 1, con entrada gratis. Os espero por allí.

Los artistas como Miguel Funi se están perdiendo. ¿O se perdieron ya hace años? En cualquier caso, si quedan no son muchos. Nos referimos a artistas flamencos que vivan en flamenco, que lo sean dentro y fuera del escenario, que lloren, rían, sufran y se diviertan en flamenco. El Funi es así, de ahí que constituya hoy un tesoro de nuestro tiempo. No todos saben ver el valor de este tesoro gitano, de la casta de Popá Pinini, porque, si no es un artista olvidado, tampoco tiene los reconocimientos que merece. Se suele decir que por su carácter, pero precisamente es eso lo que le hace ser diferente, su carácter, esa enorme personalidad que tiene, a veces compleja, pero siempre única. Es un hombre sincero, sin pelos en la lengua, directo, convencido siempre de que le asiste la razón cuando denuncia que no todo es flamenco, aunque se venda como tal. Y si no está convencido del todo, se agarra también a los machos y dice lo que piensa, por si acaso. Así es Miguel Funi. Este artista tiene su público y no es muy numeroso, como no fueron muchos los seguidores de Ansonini del Puerto o Paco Valdepeñas, dos de sus referencias. Los artistas como Miguel no han sido nunca de clubes de fans, de masas, sino de una selecta minoría. Selecta y fiel. Sabemos que existen admiradores y admiradoras de El Funi en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos. Personas que lo esperan años para poder verlo en sus países de residencia, y si tarda en actuar en ellos, sus incondicionales vienen a España y se presentan en Lebrija, el pueblo donde nació el genial artista y donde vive aún, siendo una parte fundamental de su paisaje urbano. Hay quienes van a Lebrija solo a ver andar a Miguel Funi por las calles, derecho como una tabla, con el pañuelo en el cuello y su caminar acompasado. Miguel canta y baila, en una perfecta unión de ambas disciplinas artísticas. Canta su propio baile y baila su propio cante. Esa faceta suya de bailaor le ha restado a veces interés a su cante, cuando es un cantaor estupendo, con un sello personal en seguiriyas, cantiñas, soleares y bulerías. Lo mamó desde niño en su propia casa, entre los suyos, que es algo que no todos han podido hacer. Cuando este artista canta y baila no solo muestra su arte, sino el que ha heredado de los suyos, los de una familia que viene del gitano Popá Pinini y en la que ha habido cantaores como Bastián Bacán y el Chache Lagañas, o cantaoras como Fernanda y Bernarda.

Fotografía: Bohórquez

17
Mar/2015

La música de las promesas

Cuando me abato suelo hacer dos cosas: pelarme y comprar alguna prenda. No sabría explicar por qué lo hago, pero empecé siendo adolescente y funciona. Si el bajón coincide con una campaña electoral la suelo vivir con intensidad porque es para mí una terapia milagrosa, seguramente por el buen rollo de los partidos entre ellos, el respeto que se tienen los unos a los otros, el hecho de que no se den machetazos ropavejeros y que vayan solo a contar a los ciudadanos lo que a estos les interesa. Ayer me fijé, por ejemplo, en el tipo de voz de cada uno de los candidatos que concurren a las autonómicas y descubrí cosas interesantes de índole fonética. La voz más flamenca es la de Susana, con ese eco aguardentoso que se le ha puesto de repente, casi de Parrala trianera, cantando sus promesas al cuatro por medio, casi al borde del grito prosaico. La de Bonilla, en cambio, es agochonada, sin pellizco: cantaor fino, pero sin duende, que diría Centeno. Sin embargo, la de Maíllo es amojamada, de melismas acres y de un timbre adonis. No sé, es como la música de las promesas. Otra visión de esta campaña.

16
Mar/2015

Zapatero vela por nosotros

Aznar

No sé ustedes, pero yo estoy encantado con que el expresidente Zapatero siga siendo el manijero del Gobierno, aunque el que rece en los papeles y se lleve todas las hostias sea Rajoy. Hasta ahora solo han trascendido su reunión con Pablo Iglesias en casa de Bono y sus viajes a Cuba y Marruecos, pero hay mucho más: Zapatero es el presidente en la sombra, el que ha logrado que bajen la prima de riesgo y el precio de las bacaladillas, y hasta quien ha dado al final con los huesos de Cervantes, que estábamos que no vivíamos, al ser España un país en el que tanto se apuesta por la cultura, de ahí lo del Iva. El que la quiera, que se rasque el bolsillo. Hemos tenido mucha suerte con Zapatero, porque en vez de hacer como sus antecesores, enriquecerse y tirarse a la bartola, uno enseñando tocino proletario en la cubierta de ostentosos yates y el otro perfeccionando el inglés, se ha echado al país a cuestas y lo está sacando adelante. Zapatero vela por nosotros y detrás de esas muecas de hombre memo y patoso, pero sin complejos, está un líder de raza que nos ha cogido cariño. Duerman tranquilos.