Monthly Archives: Febrero 2015

28
Feb/2015

El gallo que lloraba con Camarón

Los que nos hemos criado con animales en casa tenemos una sensibilidad especial con ellos, con los animales domésticos, que no es poco en un país donde tanto se les maltrata, con una legislación cicatera con sus derechos e injusta para nuestros hermanos planetarios. En mi casa de Palomares siempre hubo gallinas, pollos, cabras, gatos y perros. A las gallinas y a los pollos no se les podía coger mucho cariño porque se engordaban para ser sacrificados, para alimentarnos. Nacían en casa y la noche en la que rompían el huevo apenas dormíamos. Conforme iban naciendo les íbamos poniendo nombres, siempre sacados de los tebeos y las series de la televisión. Ni se imaginan la de veces que tuve que despedirme de algún pollo llorando a lágrima viva e intentando hacerle ver que no era yo el responsable de su inevitable destino, de que fuera a acabar ahogado en cebolla y aceite hirviendo. Era duro despedirse de un animal al que a lo mejor le habías salvado la vida horas después de nacer, cuando por alguna razón se echaban a morir y tenía que meterles una pimienta en el buche para calentarlos o las patas en agua fría para que reaccionaran. Afortunadamente eso ya se acabó, aunque aún haya casas en las que se crían animales para el consumo familiar y en las que se sigue practicando el milenario ritual de la matanza, sobre todo en los pueblos de la sierra. Hace siglos que no asisto a una de esas matanzas, quizás desde que estuve en una en la que fueron sacrificados diez cerdos en solo dos horas y en la que gente echaba las vísceras y el pestorejo a la barbacoa aún con vida, como si en cada trozo de carne palpitara un pequeño corazón. Hace años ya de eso y aún escucho los terribles chillidos de aquellos pobres animales a los que arrastraban con cuerdas hacia la mesa de sacrificio, ensangrentada, donde los esperaba un señor con un mandil también manchado y un cigarro consumiéndose en la comisura de sus labios llenos de sangre. Y al lado, un grupo de mujeres llenando tripas con carne picada ensangrentada para hacer la chacina, esas morcillas y chorizos que engrasan nuestros potajes y descomponen nuestra figura.

Gallo

En cierta ocasión fui a dar una conferencia a un pueblo de la provincia de Huelva y el presidente de la peña flamenca, de profesión granjero, quiso agradecérmelo regalándome un precioso gallo de campo, de esos que se crían con maíz, hierba fresca y pipas de girasol. En mi vida había visto un pollo tan hermoso, con una cresta tan roja como la granada y un plumaje con tantos colores como el catálogo de telas de Ágata Ruiz de la Prada. El buen hombre me lo regaló para que me lo comiera y me explicó cómo había que matarlo para que no sufriera mucho. La verdad es que había visto sacrificar en mi casa a cientos de pollos, pero seguí sus explicaciones con mucha atención. El animal escuchaba al que ya había dejado de ser su dueño como si la criatura entendiera sus palabras. Comenzó a ponerse insepulto, descompuesto, con la cresta tirando ya a un rosa pálido que conmovía. Los pollos tienen también su corazoncito, aunque no se lo crean. Tienen sentimientos y no son tan diferentes de nosotros como pudiéramos pensar. Me llevé el ave de corral a mi apartamento de la Gran Plaza, que era pequeño, como un estudio. La cocina era tan ajustada que los huevos había que tirarlos a la sartén desde la terraza. Intenté meter al pollo en la cocina para que se fuera familiarizando con el horno, pero se abrió de alas, colocó sus dos grandes patas en el bastidor de la puerta y no hubo manera de hacerlo entrar. Cuando llegó la hora de acostarme dejé al pollo en la barra de la cortina del cuarto de aseo y enseguida se durmió, aunque cerró solo un ojo, como no fiándose de mí. Al amanecer, comenzó a cantar y del susto que me llevé casi me dio un infarto. Me levanté decidido a cortarle el cuello y me puse a afilar el cuchillo más grande que había en la cocina. Los pollos tienen muy buena memoria y reconoció, sin duda, el macabro sonido del pulido acero sobre la basta piedra de amolar. Se me ocurrió ponerle unas seguiriyas de Camarón de la Isla para que no escuchara nada. Al principio se sobresaltó un poco, pero no habría pasado un minuto cuando comprobé, estupefacto, que el animal estaba llorando, que le caían las lágrimas por el pico abajo como corren las gotas de rocío por las hojas de los olivos. No sé si lloraba porque habría adivinado su inevitable destino, el de acabar en el horno, o porque las seguiriyas de Camarón al estilo de Tomás Nitri le habían conmovido. Lo cierto es que el pollo escuchaba al genio de San Fernando y lloraba más que Jeremías.

La idea de pelar su cuello y darle un tajo ya no me apetecía nada, sinceramente. Y lo peor es que al abrir la despensa para ver qué podía almorzar, dos ratones se estaban dando el pésame el uno al otro y no paraban de maldecir a la maldita Troika. No había nada que pudiera llevarme a la boca. O me comía al plumífero o me quedaba sin almuerzo. Solucioné la papeleta haciendo palomitas de maíz en el microondas, que devoramos entre el pollo y yo en animada complicidad. Fui incapaz de comérmelo. Le puse por nombre Crestón y estuvo cerca de un año conmigo en el apartamento, durmiendo en el espaldar de mi cama y gastándome los vinilos de Camarón. Hasta que una mañana, al despertarme, comprobé que no estaba ya en el apartamento y que la ventana de la cocina delataba una huída al amanecer. Me había dejado una nota en la puerta del frigorífico con una conocida letra de soleá: La Andonda le dijo al Fillo/ anda y vete pollo ronco/ a cantarle a los chiquillos. Se había aficionado al flamenco y quiso volar en libertad para disfrutar de este arte. Crestón se había ido sin despedirse, el muy desagradecido. Así me pagó las panzadas de palomitas de maíz que me pegué junto a él escuchando a Camarón o viendo por televisión los partidos de fútbol de los sábados. Cuánto le eché de menos en aquel estudio tan reducido, sin poder escuchar su ronca melodía al amanecer ni ver cómo cambiaba de color su enorme cresta roja cuando sonaba en el tocadiscos una pieza de buen cante. La próxima vez que alguien me regale un pollo por dar una conferencia, que me lo dé ya en pepitoria. O mejor, que me dé los seis euros que cuesta que ya me los gastaré yo en lo que me dé la gana.

26
Feb/2015

Paco no era eso, sino todo lo contrario

Digo yo que se podría haber homenajeado a Paco de Lucía sin aburrir al personal. Que si no llega a estar Gerardo Núñez, que fue el único que llevó el espíritu del genio al escenario, acabamos roncando en la butaca. Todo muy oscurito, con una puesta en escena latosa, siempre igual. Que Los Mellis son geniales, pero vaya empacho. Que  El Piraña es un percusionista único, pero parecía que había nacido allí, encima de la caja. Que los sobrinos de Paco tocan bien -me refiero a Antonio Sánchez y a José María Banderas-, pero en Sevilla hay paquistas como Manolo Franco y Niño de Pura, por ejemplo. Es que Paco no era eso que nos dieron el pasado miércoles en el Maestranza. No solo eso, quiero decir. Era algo más, era también improvisación y desmadre, rebeldía. Ese artista que era capaz de dejar que El Carpetilla le robara medio espectáculo, como ocurrió la última vez que actuó en Sevilla, en este mismo escenario. Era un guitarrista de concierto que le dio protagonismo al cante y al baile, y aquí no apareció por ninguna parte. Hubiera quedado bien ver una pataíta del Grilo o escuchar un quejío de La Tana por bulerías. Pero se optó por un Paco desconocido, casi por un Manolo Sanlúcar. No estuvo su concepto del sexteto y fue casi todo frío, demasiado cerebral, de partitura. A veces parecía que asistíamos a un casting o a un certamen de guitarra de esos de Castilla. Y se tocó bien, todos tocaron de maravilla, aunque el espíritu del genio tardó en llegar, si es que llegó. Lo intuimos, solo eso, en la prodigiosa bulería de Dani de Morón y, sobre todo, en el vendaval de música flamenca que nos trajo desde Jerez el mejor de todos, Gerardo Núñez. Gerardo fue el que dijo aquí está Paco, vivo, fresco, presente. El día que estrene algo nuevo, aunque sea unos pantalones, será el nuevo amo porque tiene el don, los veinte reales del duro, el aire, el son, la sal y el compás. Si hubiéramos empezado al revés, de Gerardo para atrás, todo hubiera sido muy distinto. Y no es por quitarle méritos a la preciosa colombiana de Banderas y al adagio de Gallardo, el de Rodrigo, su Concierto de Aranjuez. Tampoco a la bulería casi envasada de Juan Carlos Romero ni a la granaína de Antonio Sánchez. Pero estábamos allí para homenajear a quien fue más fuego que hielo y más arena caliente que agua helada. Todo muy elegante, sí, aunque demasiado frío para rendir honores a alguien que todavía tiene temperatura, aunque se muriera hace un año. El flamenco también puede ser eso, lo que vimos y sentimos la noche del miércoles. Pero Paco no era precisamente eso, sino todo lo contrario. Solo muy al final se apuntó algo, se estuvo cerca de reflejar lo que eran él y su música.

Teatro de la Maestranza.Un año sin Paco. Artistas invitados: Antonio Sánchez, Dani de Morón, José María Gallardo, José María Banderas, Juan Carlos Romero y Gerardo Núñez. Palmas: Los Mellis de Huelva. Percusión: El Piraña. Entrada: Casi lleno. Dirección artística: José Luis Ortiz Nuevo. Idea original y guión: Fernando González-Caballos. Sevilla, 25 de febrero de 2015.

25
Feb/2015

La emoción de La Farruca

Farruca

Brillante apertura ayer noche de Flamenco viene del Sur, con el Teatro Central lleno y buen ambiente. No era para menos, porque se abría con una de las pocas bailaoras de raza que nos quedan, de esas que son capaces de meternos el baile dentro en solo cinco segundos. Nos referimos a la Farruca, una de las hijas de Antonio el Farruco, que además no fue sola, sino acompañada por su hijo más pequeño, El Carpeta, convertido ya en un hombre y en un bailaor espectacular. Y por su hermana, La Faraona, una mujer con el arte impregnado en la piel y el inconfundible sello de los Farruco en la mirada. Sorprendió lo corto que fue el espectáculo, ni una hora, aunque en el programa de mano constaba que eran setenta minutos. Menos de sesenta minutos y un solo baile de la Farruca, digamos completo, dejando el resto del tiempo para su hijo y su hermana. Tampoco es que La Farruca necesite más de un baile para llenarnos de flamenco puro, de arte y de sentimiento, pero salimos con la impresión de que el público se quedó con ganas de más baile. El Carpeta se lució, que iba de artista invitado. Lo hizo desde que compartió escenario con su madre, los dos vestidos de blanco, en unos tangos muy canasteros. Luego, en alegrías, unas alegrías interminables, en las que demostró tener una fuerza sobrenatural, aunque poco más. Los bailes se alargan cuando se está sobrado de repertorio, pero no cuando hay que recurrir tantas veces a las mismas poses, vueltas y pataítas, aunque sean recogidas con arte. Es algo en lo que suelen fallar estos hermanos, geniales, sí, pero limitados. Y no es por falta de condiciones, que las tienen todas, sino de actitud y estudio. El Carpeta es un portento, un bailaor con una agilidad pasmosa, ligero de pies, con buena planta y una rara habilidad para transmitir la emoción que siente al bailar. A lo mejor le falta la experiencia que tiene su madre, pero para eso tendrá que esperar un poco. La Farruca es de una pureza impresionante, baila lo jondo con todo el cuerpo y con una gitanería que cautiva desde antes de empezar a bailar. Cuando lo hace por soleá se desangra en el escenario por la vieja llaga de su familia, de su padre. Ya no es una adolescente y su fuerza sobrecoge todavía, como ocurrió anoche. No se va a un teatro a ver bailar a la Farruca, sino a sentirla y a vibrar con su gitanísima estampa y emoción.

Ciclo Flamenco viene del Sur. Mi herencia, La Farruca. Artistas invitados: La Faraona y El Carpeta. Guitarra: Román Vicenti. Cante: David el Galli y Juan José Amador hijo. Percusión: Celu. Entrada: Lleno. Sevilla, 24 de febrero de 2015.

25
Feb/2015

Un año ya sin usted, don Paco

Querido don Francisco, cuesta creer que ya haya pasado un año desde que se fuera usted envuelto en una seguiriya gitana y tan lejos de Algeciras, aunque no del mar o de la mar. Un año ya y todavía hay quienes no reaccionan, como si no lo aceptaran o no se hubieran enterado de su muerte. Como usted sabe, los flamencos no se mueren nunca, salvo en las coplas: “Me muero yo/ a morirme voy…”. Cuando le preguntaron a Manolo Caracol qué ocurriría el día que muriera, contestó el genio: “¡Ojú, qué lío!”. La preguntita tenía su guasa, siendo calé el maestro. Hace dos semanas me encontré con Rafaelito Riqueni en el centro de Sevilla, al lado de la Giralda, y cuando le hablé de usted, de su marcha, sus ojos parecían dos olas de la Barrosa y miró al cielo de Sevilla como buscándole en una estrella, sentado y en animada charla con el Niño Ricardo y Sabicas. Le alegraría saber lo recuperado que está Rafael, dando clases en una importante escuela sevillana y arrasando en las redes sociales, a pesar de su timidez. Hasta le han dado un Giraldillo por partirnos el alma en la pasada Bienal de Flamenco, curiosamente a las tres décadas justas de que Manolo Franco le privara de aquel I Giraldillo del Toque, en el Lope de Vega, con usted en el jurado. Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de Rafael de haber ganado él el Giraldillo y no Manolo Franco, que no supo sacarle partido a aquella gesta histórica, aunque hiciera su carrera y siga todavía ahí. Y es que esto de los premios tiene su guasa, qué le voy a decir a usted que no sepa. Hasta ahora no le habían dado la Medalla de las Bellas Artes a su compadre Manolo Sanlúcar, que desde hace unos años está rebelado con todo, peleado con el mundo, desanimado y frustrado. Sí, frustrado, a pesar de haberlo conseguido todo en la guitarra, en la música, en el arte. Pero quien da más de lo que recibe, siempre considerará que no recibe todo lo que merece y don Manuel es muy sentido para esas cosas de los olvidos.

Luicía

Hoy hace un año que se fue usted y aún no ha salido nadie a decir que el trono del rey de la guitarra es para él. Muy raro, ¿no le parece? Se lo digo porque el flamenco es muy monárquico, siempre ha tenido, tiene y tendrá reyes, y príncipes queriendo se coronados como tales. Y hay muchos aspirantes a reyes, sin abuelas, dispuestos a ocupar tronos como sea, con el pueblo detrás o sin el pueblo. Cuando murió don Antonio Mairena, su hermano Manuel quiso sentarse en el trono del cante gitano-andaluz, que aún sigue vacío. Y cuando murió José Monge, su Camarón de sus entretelas, enseguida quisieron ocupar su sitial ocho o diez camaroncitos que, como se durmieron, acabaron siendo arrastrados por la corriente, esto es, por Miguel Poveda, y nunca más se supo de ellos. Ni José Mercé, a pesar de sus visiones de futuro –creador, como sabrá, del cante del siglo XXI–, logró convencer al pueblo para que lo sentaran en el trono que dejó Camarón I de la Isla de León.

Le parecerá extraño, pero en España había quienes no sabían quién fue Paco de Lucía. Tampoco quién fue Enrique Morente. No sé si le conté alguna vez una anécdota que ocurrió con un ex ministro de Cultura español, del Partido Socialista, que fue recibido por su homólogo alemán en aquel país y ambos empezaron a hablar de música clásica. Nuestro ministro, seguramente para impresionar al alemán y sacarle luego los cuartos para algún museo o una exposición, le empezó a hablar de Beethoven, Wagner, Schumann y Brahms. Cansado ya de la ojana del español, el alemán le dijo: “Pues ya ve usted, a mí el que me chifla es Paco de Lucía”. Nuestros malditos complejos con el flamenco, que no acaban de irse del todo.

Se le echa de menos, don Francisco. Nunca estaba usted en Andalucía, siempre de viaje, de aeropuerto en aeropuerto, de teatro en teatro, pero cuando aparecía era como si Dios bajara a la tierra. Hace muchos años iba yo en un autobús para Triana y le vi andando, cruzando el puente de San Telmo, seguramente en dirección al arrabal donde vivieron los Pelao y los Cagancho. Recuerdo que tuve que abrir y cerrar los ojos varias veces, porque creía que estaba viendo visiones. No era posible que Paco estuviera en Sevilla, andando por uno de sus puentes como un sevillano más. Pero sería verdad cuando cientos de albures se habían salido del agua y el piquiito de la Giralda asomaba más de lo normal por encima de la Torre del Oro, como si se hubiera empinado para ver al genio andando por las calles de Sevilla. Se le echa de menos, don Paco. Ni se imagina cómo y cuánto. El debate de estos días es sobre si hay o no grandes figuras del flamenco, digamos de su nivel. Ni soñándolo. Ni en la guitarra, ni en el cante, ni en el baile. Por eso hay como un parón, como un tiempo en espera. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, aunque ya sabe usted que la modestia brilla por su ausencia en este arte con tantos genios, que ahora, con esto de las redes sociales, parece que se han multiplicado por cuatro. Por eso no hay ahora genios del flamenco, digamos a la vista, porque están todos apretujados en Facebook y en Twitter, seguramente a la espera de que toquen de nuevo a rebato las campanas de la luz, de esa luz que les señale de nuevo el camino, como hizo usted hace cuatro décadas con los que hoy, después de su muerte, están como atontados, sin saber muy bien qué hacer y para dónde tirar.

Ayer, cuando escribía esta carta, me acordaba más del ser humano, de la persona, que del artista de fama mundial. Duele más no verle andar por Sevilla ante el regocijo de los plateados albures del Guadalquivir y el asombro de la Giralda, que no poder escucharle sobre un escenario. Pienso en sus hijos más pequeños, en su hermano Pepe, y en cientos y cientos de chavales que siguen queriendo seguir sus pasos en esos pueblos blancos de Cádiz o en las deprimidas barriadas de Sevilla. Me hubiera gustado verle viejo, con el pelo blanco de Rafael Alberti y las manos huesudas y pálidas de Manuel de Falla, ya sin músculos. Verle entrar en un teatro no por la puerta de los artistas, con la guitarra en la mano y el cheque ya en el bolsillo, sino por la de los aficionados, como uno más del pueblo. Sí, don Francisco, porque nos ha emborrachado usted con su música durante décadas, pero nos ha privado de poder disfrutar más y mejor del ser humano que hay siempre detrás del ídolo.

Por aquí sigue casi todo igual que cuando usted se fue. Porque es verdad que se fue, ¿no? Mire que con estas cosas no se juega. No paran de irse artistas, gente con arte: La Sallago, El Tiriri… El otro día se murió un nieto de Manuel Moneo que tocaba muy bien la guitarra, con mucho sabor, al que llamaban Barullito. Tenía solo 24 años. Y poco más, don Francisco. Esta noche estaré en su homenaje del Maestranza. A falta de pan, buenas son tortas.

21
Feb/2015

Aquel genio al que llamaban Farruco

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Cualquiera no es un genio, aunque en el flamenco haya tantos y tan modestos y sencillos casi todos. La mayoría no han creado nada nuevo, pero son superdotados, duendecillos sin abuela tocados por el dedo divino de Dios, y que no se te ocurra nunca ponerlo en duda. Palmeros hay que son reconocidos en todo el globo terráqueo como genios de las palmas, del compás, aunque den manotazos más o menos sonoros y medidos. Antaño un palmero flamenco se quitaba el hambre a guantazos, como un maestro de escuela decimonónico, pero hoy conducen buenos coches y les hablan de tú a Undebel. Por eso ha crecido tanto la nómina de los genios de lo jondo, porque han proliferado de tal manera los palmeros y los cajoneros en el mundo profesional del flamenco, que han desbancado a los mismísimos cantaores y guitarristas. Donde se pongan hoy un palmero y un percusionista, que se quiten los cantaores y los guitarristas más sobresalientes del plantel.

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Si, según dijo Beethoven, el genio se compone del dos por ciento de talento y el noventa y ocho de perseverante aplicación, lo diría sin pensar en los flamencos, porque en este arte todo es talento, se trabaja lo justo y, eso sí, de perseverar, nada de nada. Se deja casi todo al azar, con esa seguridad que tienen los grandes cerebros de cualquier tipo de arte. Porque, además, si ensayas y llevas una disciplina de trabajo, eso no es signo de flamenquería. El Chocolate decía que no ensayaba nunca, que eso no era muy gitano, pero también dijo: “Cuando me acuesto no duermo del todo, me lío a darle vueltas a una seguiriya y me dan las claras del día sin pegar ojo”. “Eso es ensayar, ¿no?”, le pregunté al genio de la seguiriya. “No es lo mismo ocho que ochenta”, me respondió, y se acabó el carbón. Y cuando lo mareabas con algo aburrido, entonces sacaba aquello de por qué llaman cómoda a la cómoda y cama a la cama, si la cama es más cómoda que la cómoda. Una de sus célebres reflexiones filosóficas.

El gran Farruco, el mejor bailaor de todos los tiempos –he dicho bailaor, no bailarín o bailarón–, se sabía un genio, pero no recuerdo que dijera jamás que había creado el baile gitano del siglo XX. José Mercé empezó diciendo hace años que había creado el cante del siglo XXI y ya va por el veintitrés o el veinticuatro. Como siga así se va a salir del futuro. Farruco solía decir, cuando se hablaba de estas cosas, que el genio del baile aún no había nacido, pero en el fondo sabía que era él. Y lo era, desde luego. Tan grande que ni él mismo sabía por qué era un genio. Recuerdo que una mañana en la que veíamos un vídeo en su academia de la calle Salteras, en Su Eminencia, con su nieto Juan Manuel Farruquito y el padre de éste, El Moreno, que en gloria esté, le vimos dar una patá por bulerías y nos quedamos de piedra, con aquella manera suya de recogerse bailando las bulerías y su velocidad de vértigo. “¿Cómo hiciste eso, Antonio?”, le preguntamos, y no nos supo responder. Los ojos negros de Farruquito brillaron tanto que alumbraron cada rincón de la academia.

Chacón y Antonio el Farruco

Chacón y Antonio el Farruco

Consciente de que era un elegido y muy seguro de que nadie lo iba a apear del trono, su obsesión fueron siempre sus hijos: La Faraona, La Farruca y Farruquito, muerto en accidente de tráfico a temprana edad y cuando maravillaba al mundo con su manera de bailar. Tres artistas del baile. Farruco vio siempre en ellos su continuidad y la de su legado. Había otros bailaores y otras bailaoras que seguían su escuela, pero a él le importaban sobre todo sus vástagos. Y más tarde, sus nietos, los hijos de sus hijas. Cuando apenas sabían andar ya eran capaces de mirar como el abuelo y de fruncir las cejas cuando oían una guitarra o una voz a compás. Farruquito, El Barullo, El Farru y El Carpetilla eran su mejor obra, y ahí están. El abuelo se fue, pero su baile no, que ya se encargan ellos de que eso no suceda. Y lo harán mientras vivan, de esto no me cabe la menor duda, porque no he conocido jamás a una familia que sea más fiel a la propia familia, que los Farruco. Me hice amigo de Antonio el Farruco cuando ya apenas bailaba en los escenarios y se dedicaba a pulir a sus nietos y a dirigir la academia de Su Eminencia, que él llamaba “mi peña”. Un local pequeño, adornado con fotografías y con una barra de bar en la que siempre había un botellín fresquito, un tinto o un mosto. Había escuchado muchas leyendas urbanas sobre él y nunca hice por acercarme. Me daba miedo su mirada, aquella mirada azabache que traspasaba los muros con la misma facilidad con la que los rayos del sol atraviesan la niebla. Lo adoraba y su baile era el único que me jería, pero nunca me atreví a buscarlo para decirle que era un enamorado de su arte. Disfrutaba de su baile desde la distancia, en el escenario, y siempre lo miraba convencido de que era un bailaor del fondo de la tierra.

Un día presentaba yo a Juana la del Revuelo en la Peña Flamenca El Chozas y lo vi entrar en el local todo vestido de negro, con su clásico sombrero de ala ancha y el bastón, que más que un bastón era una garrota. Se plantó frente a mí y me miró de una forma que hasta me llegué a marear. Se acercó y me preguntó que si era Bohórquez, “el de la radio”. Le dije que sí, con la voz entrecortada, y me invitó a salir a la calle para hablar conmigo de hombre a hombre. “¿Qué habré escrito yo de este gitano, Dios mío, para que me vaya a partir el bastón en la cabeza y en la puerta de una maldita peña flamenca?”, me pregunté mientras íbamos camino de la calle. Y cuando ya había hecho testamento de manera mental y le había encomendado mi suerte a todos los crucificados de Sevilla, el maestro me dijo: “Llevaba tiempo queriendo decirte que eres al único crítico que escucho por la radio, porque no eres un trapo”.

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Antonio Montoya Flores era un hombre con un gran sentido de la dignidad. A veces no era fácil de tratar, pero tenía un gran fondo. Y era capaz de cualquier cosa para defender lo suyo y a los suyos. Conocida es la anécdota de que despreció mucho dinero porque no quiso bailar sevillanas en la película de Carlos Saura. “Me pides que baile por soleá y voy gratis”, le dijo al director aragonés. Y cuando le llegó aquella tentadora oferta necesitaba el dinero tanto como el aire. Pero podía más su orgullo gitano, su dignidad de bailaor puro, que todo el oro del mundo puesto en sus manos.

La semana que viene va a ser objeto de unas jornadas de estudio en el pueblo de Utrera. Y de un más que merecido homenaje que le tributarán los jóvenes gitanos. Tomarán parte, estudiosos, críticos, aficionados y artistas. Y su familia, claro. Utrera será territorio Farruco cuando hace ya diecisiete años que se fue el genio, sin más honores que el dolor de su familia y la indiferencia de quienes dicen que el flamenco es cultura. Aquel genio gitano era mucho más que eso. Y lo bueno es que le importó siempre muy poco si lo era o no.

20
Feb/2015

Fantasea como un niño y toca como un viejo

El joven guitarrista jerezano Manuel Valencia ha caído de pie en Sevilla, y eso puede ser tan bueno para él como lo fue para otros artistas jerezanos que vinieron a trabajar y fueron adoptados para siempre por esta ciudad. Venencia en Los Palacios, Giraldillo en la pasada Bienal y ahora, sin apenas bagaje como concertista de guitarra, concierto en los Jueves Flamencos de Cajasol. No es que sea mucho para él, porque toca de maravilla, sobre todo muy flamenco, pero suponemos que debe ser una gran responsabilidad para un artista tan joven. Lo suyo no fue un concierto de guitarra flamenca a la antigua usanza, cuando los guitarristas tocaban ocho o diez piezas en solitario, sin acompañamiento alguno, y maravillaban a los amantes de la guitarra española. El jerezano se vino poco menos que con el Séptimo de Caballería, con “mis niños”, que tuvo su gracia porque casi todos eran de más edad que él. Y alguno, como el caso del bailaor El Junco, con muchísimas más tablas. Manuel Valencia toca la guitarra de ensueño. Y no es solo que la toque bien, sino cómo la toca y qué sonido tan flamenco saca de ella. Técnica y sensibilidad al servicio de una música que el joven jerezano siente en lo más hondo de su alma, que para eso es de familia flamenca. Es bueno cuando acompaña y lo es también cuando toca en solitario. Su bulería por soleá, “de cosecha propia”, es de mecanismos complicados, con un equilibrio insólito entre la mano derecha y la izquierda. En la rondeña de su paisano José Luis Balao fue sorprendente esta cualidad suya, añadiendo una seguridad impresionante en la ejecución, lo mismo en el mástil que en la boca de la guitarra. Muy buenos también sus fandangos con preámbulo de minera y, sobre todo, la seguiriya, de un corte muy tradicional, aunque colosal. Pocas veces hemos oído sonar una guitarra por seguiriyas como lo hizo la de Manuel Valencia, que parecía que iba a pasar por allí El Chocolate para evocar a Tomás el Nitri desde aquella ventana, que al campo salía. Sus “niños” estuvieron colosales, en parte también por cómo los acompañó él. Su prima, Felipa del Moreno, estupenda en las cantiñas. Extraordinario David Carpio, cantaor también jerezano, que suena con hondura y profundidad. Y fuera de lo normal, el bailaor gaditano El Junco, que bailó una soleá para sacarlo a hombros, con detalles por bulerías francamente geniales, sobre todo de pies, de una gran originalidad. Eso sí, con un guitarrista de lujo, un cantaor que crujió, el Cepillo en la percusión y en las palmas, Diego Montoya, Manuel Salado y Carlos Grilo. El mundo del flamenco está loco si no sabe valorar algo así. Después de ver bailar a El Junco por soleá y bulerías, costaba quedarse en la butaca. Manuel Valencia quiso cerrar por bulerías, cosa seria en Jerez, pero ya era demasiado para el cuerpo. Nos esperaban en Triana, en la calle Pureza. De una pureza a otra. Gran noche de flamenco.

Ciclo Jueves Flamencos. Artista invitado: Manuel Valencia. Cante: Felipa del Moreno y David Carpio. Percusión: Cepillo. Palmas: Diego Montoya, Carlos Grilo y Manuel Salado. Baile: El Junco. Entrada: algo más de medio aforo. Sevilla, 20 de febrero de 2015.

 

14
Feb/2015

Esos periódicos manchados de manteca colorá

diarios

Como el ser humano es un animal de costumbres, algunos somos fieles a ellas y el que más y el que menos lleva media vida con el mismo barbero, el mismo cantinero y el mismo hombro en el que llorar. Uno se acostumbra a que te haga siempre el cuello alguien de confianza, el barbero de tu pueblo que además de pelarte te dice que tienes una cana argentina que enloquece a las maduritas y que siempre te aconseja que no te eches un tinte, sobre todo si tienes la cara como un mollete de Marchena y corres el riesgo de parecerte al presentador de El cascabel al gato, que parece que le echan el tinte con una fumigadora. Nos gusta el mismo tabernero porque mide bien el ligaíto de aguardiente y el pique de los caracoles, y porque siempre aliña las papas cocidas con el mismo aceite de oliva y el mismo perejil. Ese bodeguero que te recibe cada mañana como si fueras de su familia y que te pregunta que cómo has dormido. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estoy viendo cómo cambian de periódico, y es algo que no entiendo. Tanto en las barberías como en las tabernas. Te acostumbras a leer el diario en el que te ves reflejado, que mima a tu equipo de fútbol, aunque esté en segunda; que le atiza sin piedad al presidente del Gobierno y en el que escribe tu columnista preferido, y cuando ya no puedes vivir sin él llegas una mañana y te lo han cambiado por otro que maltrata a tu equipo de toda la vida, elogia los recortes de Rajoy y los columnistas escriben loas insufribles sobre personajes que te la traen al fresco. Si nos tienen que dar la información pasada por la zaranda, que sea tu periódico de siempre, ese con el que has crecido. Para los que no vamos los domingos a misa, lo de desayunar en nuestra taberna favorita y leer el periódico del día es algo sagrado, porque, como dijo un conocido Nobel de Literatura francés, la lectura matinal de tu diario es como la oración del hombre laico.

También es verdad que un periódico no cuesta tanto y que todos deberíamos comprar uno al día, sea el que sea, como mínimo, como compramos el paquete de cigarrillos o nos tomamos la cervecita o el mosto. Pero te acostumbras a leer el tuyo en tu taberna o barbería favoritas y ya no puedes vivir sin leer las páginas manchadas de maneca colorá o de brillantina, cuando no con olor a sardinas arenques o aserrín mojado. Y a todo esto, ¿qué debemos hacer si una mañana llegas a desayunar y ves que te han cambiado el periódico? No por uno de la misma cuerda, sino de la otra, y de tu tierra. Y te preguntas qué leches hace un diario de Madrid con capital extranjero en tu taberna preferida, la de tu pueblo, donde los del campo entran con las botas llenas de barro y la gorra encasquetada hasta las orejas, después de haber dejado el galgo amarrado en la puerta y la moto echada sobre una farola. Te cambian el menudo de Capote o la morcilla de Montellano por el cocido madrileño de Lucio y le metes fuego a la tasca, pero hacen lo propio con el periódico de tus entretelas y te pasas al otro bando como un maldito mercenario al servicio de la globalización informativa. Y te preguntas medio despavorido qué hace tu vecino leyendo un periódico de Madrid que solo se ocupa de Andalucía para tratar asuntos como el paro, la corrupción y el analfabetismo infantil, como si no fuéramos capaces de hacer buen cine, buen teatro y buenos festivales de música, de aportar nuevos talentos al mundo de la ciencia o de organizar eventos de relevancia internacional con la misma eficacia o más que en cualquier otra comunidad.

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Me gusta vivir en un pueblo porque en sus tabernas suelen ser siempre fieles a los mismos proveedores del mosto del Aljarafe y el jamón serrano, los pésames se dan todavía en la casa del difunto y el barrendero te devuelve los buenos días porque no suele llevar puesto el auricular del móvil. Es maravilloso hacer la compra en los pequeños comercios, adquirir el pan recién sacado del horno y la carne y el pescado frescos, sin envases al vacío, donde, además, si te han bloqueado la tarjeta de crédito jamás te van a decir el dependiente o la dependienta que dejes el choco donde estaba, y al tabernero puedes decirle que te apunte el mosto en la barra de nieve –mejor si es en agosto–, algo que no puedes hacer en las cafeterías de los grandes almacenes, en las que a veces te piden el dinero antes de tomarte el café por si te lo tragas y en un descuido sales por patas, sin hablar de cómo te clavaría su mirada el guardia de seguridad del local si te diera por hacer compás con los nudillos en la barra de acero y de cantiñear por lo bajini los tangos del Titi de Triana.

Las ciudades y pueblos grandes hacen un gran esfuerzo por tener sus propios medios de comunicación, descentralizados, sobre todo sus periódicos, que son los que se ocupan de verdad de los asuntos de interés más allá de lo que ocurra con Tomás Gómez en la Comunidad de Madrid o con la familia Pujol en la de Cataluña. Los periódicos de tu ciudad o de tu pueblo son los que te informan sobre lo cercano, sobre lo que te afecta y te duele, los que te cuentan cómo va tu equipo de fútbol o qué hacen esos modestos artistas locales a los que nunca sacan en las televisiones o ponen en las primeras páginas de los grandes diarios nacionales porque andan demasiado liados con las fiestas de Ronaldo o los negocios poco claros de Monedero. Me repatea ir a comprar mis periódicos de toda la vida, los de Sevilla, y tener que buscarlos debajo de los de Madrid como si buscara calcetines de ocasión en las rebajas de los grandes almacenes, que siempre están debajo de todo. Igual que me repatea ir a la pescadería y que las caballas o las bacaladillas de toda la vida estén medio escondidas para que luzcan más las lubinas y las doradas de piscifactorías, que al meterlas en el horno sudan tanto como lo haría un oso polar en el desierto de Almería jugando un partido de padel con un canguro a las cuatro de la tarde.

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La información digitalizada, que dicen que es más barata y ecológica, y, desde luego, más inmediata y fácil de consultar, amenaza seriamente a los periódicos de papel y si acaban desapareciendo nos veremos en las tabernas de los pueblos cada uno con su tableta digital manchada de manteca colorá y con olor a vino peleón. El tabernero cambiará la clásica tiza en la oreja por una antena wifi y el menudo de Capote te lo venderán envasado al vacío, con código de barras y un dispositivo electrónico que te avisará de que te abstengas si tienes alto el colesterol. Y cuando eso llegue, que llegará, nos acordaremos de cuando íbamos a una taberna a desayunar y el vinatero te ponía una tostada con aceite del pueblo, el cacharro de manteca casera, el platito de ajos pelados y el periódico de tu tierra mientras en la radio con ropita de encajes una voz te decía que lucía un sol espléndido en los pueblos y barrios de Sevilla.

13
Feb/2015

Sencillamente, Aurora Vargas

Quienes conocemos bien a Aurora Vargas y la hemos escuchado tantas veces como pestañas tiene, que ya son veces, sabemos bien a lo que vamos. No vamos a que nos dé una lección de cante, porque no es una maestra en el sentido de la docencia, aunque derroche maestría en algunas cosas, desde luego, sin pontificar. No vamos a que nos explique en qué compás entraba Tomás Pavón cuando hacía los cantes de la Serneta por soleá. Tampoco a que nos sorprenda con una afinación como la de Chacón ni a que, cuando baila, realice los escorzos como la Campanera. Vamos solo a que nos cante a su manera, como lo viene haciendo desde que era una adolescente, sin querer vendernos la moto que no tiene, derrochando siempre naturalidad y frescura gitanas. Porque Aurora, que es gitana de verdad, cuando canta a gusto –la noche del jueves tardó en estarlo en el escenario–, es de las que lo hace con una gitanería única. Brava como la Andonda y María Borrico, que dicen que lo eran, y elegante como Pastora la de los Peines, cuando baila. Y siempre, siempre, siendo ella. Si te gusta, disfrutas. Si no te gusta, no disfrutas. Últimamente no canta mucho y el escenario suele ser duro cuando no lo pisas con la debida frecuencia. La cantaora macarena salió algo tensa, de negro y tan guapa como siempre, porque la Naturaleza ha sido generosa con ella en algo más que en el don del arte, que lo tiene. Salió con su guitarrista, el jerezano Diego Amaya, que le va muy bien porque no busca nunca el lucimiento personal, sino hacer bien su trabajo, y el trabajo de un guitarrista de acompañamiento es ese, acompañar, dar la nota precisa y el compás perfecto en cada momento, mirar a la cantaora siempre, jalearla lo justo, llevarla como la seda. Aurora cantó lo de siempre, su repertorio clásico, que es ya un patrimonio de los aficionados más cabales. Se templó por alegrías y cantiñas, para luego fajarse con las soleares de la Serneta, más tarde con los tientos-tangos, luego con las seguiriyas –aquí echó el resto, pero no es su cante–, para levantarse de la silla “de Ikea” y llevarnos al cielo por bulerías, su palo, adornado siempre con una manera de bailar que ella aprendió cuando aprendía a andar y a hablar, de ahí su soltura y una naturalidad que no podrían enseñarte jamás en una de esas escuelas tan de moda últimamente donde los profesores, más que enseñar, aprenden cobrando, y no me digan que eso no es tener arte. Mientras haya cantaoras como Aurora Vargas, aunque cante casi siempre lo mismo, seguirá existiendo el flamenco de emoción, el de pellizco, ese al que llamamos jondo. Y siempre podremos decir, cuando salgamos del teatro, que la música nos ha partido el alma. Que nos es poco.

Sala Chicarreros. Jueves Flamencos de Cajasol. Artista invitada: Aurora Vargas. Guitarra: Diego Amaya. Palmas: El Chícharo y Rafita. Entrada: casi lleno. Sevilla, 12 de febrero de 2015.

09
Feb/2015

Son jóvenes y un día serán las referencias

Casi no nos damos cuenta, pero el flamenco va cambiando más de lo que pudiéramos pensar y son los artistas quienes lo hacen evolucionar. Los críticos solo lo contamos y los flamencólogos son quienes lo analizan, casi siempre con la perspectiva del tiempo. Ahora se está analizando lo que hacían los intérpretes hace casi dos siglos, cuando el Planeta, su sobrino Lázaro, Tobalo el de Ronda, la Campanera, Paco el Barbero o Frasco el Colorao empezaban a trazar las primeras líneas de lo jondo, siendo todavía jóvenes. Siempre ha habido jóvenes en el flamenco, aunque nos pueda parecer que entonces era cosa de viejos. Chacón, Pastora, Vallejo o Marchena empezaron su particular revolución siendo jóvenes, adolescentes, en algunos casos. Incluso niños, como ocurrió con la Niña de los Peines y el Niño de Marchena, de ahí lo de sus remoquetes artísticos.

Los jóvenes intérpretes del cante, el toque o el baile flamencos tienen siempre sus referencias. Pastora tuvo las de la Serneta, Chacón, Manuel Torres o la Juanaca de Málaga, por poner un ejemplo, como Poveda o Arcángel tienen a Mairena, Caracol, Morente o Camarón. La noche del pasado domingo, en Divino tesoro, comprobamos una vez más la dependencia que los jóvenes tienen de los maestros anteriores, como ha ocurrido y ocurrirá siempre. Y lo decimos en el buen sentido, porque ojalá nunca llegue el día en que la nueva savia se olvide de esas referencias, del tronco y las raíces, del legado de los antiguos e incluso de los contemporáneos.

El espectáculo creado por José Luis Ortiz Nuevo tuvo el indudable atractivo de un cartel compuesto por intérpretes menores de treinta años. La idea es buena, aunque con fallos garrafales. Por ejemplo, que se haya celebrado en Sevilla y no hubiera un cantaor o una cantaora de esta tierra, la tierra del cante, con Triana enfrente del Maestranza y la Alameda y la Macarena detrás. Tampoco los hubo de Jerez o de Cádiz, que son junto con Sevilla las canteras del cante. En cambio, sí hubo representación de Almería, Córdoba, Huelva y Elche. No es que le neguemos méritos flamencos a estas ciudades, sino que echamos en falta voces de esta tierra.

Tampoco fue brillante el planteamiento escénico, con una negritud casi deprimente en el escenario –demasiado oscuro–, por no hablar de que parecía un concurso. Los jóvenes salían al escenario y apenas tenían tiempo para desarrollar lo que atesoran. Estaba todo demasiado previsto, sujeto a una puesta en escena muy estricta, demasiado, cuando el flamenco requiere libertad. Solo la calidad individual de los participantes consiguió que disfrutáramos de buenas piezas musicales y dancísticas, aunque hubo altibajos, algo lógico por el número de artistas que hubo.

Quizás no esté bien hablar de triunfadores, porque se trataba de que viéramos y oyésemos lo que un grupo de jóvenes eran capaces de ofrecernos en un teatro de Sevilla, su mejor escenario. Sin embargo, es justo destacar al joven instrumentista sanluqueño Diego Villegas, de solo 28 años. Es un auténtico fenómeno que nos maravilló lo mismo acompañando al bailaor gaditano Alberto Sellés que en solitario, rindiendo honores a Jorge Pardo con un saxo soprano, una flauta y una armónica. Nos acordamos de aquello que dijo Manolo Caracol hace ya medio siglo, de que se podía hacer flamenco con una gaita, como demostró también otro joven valor de la velada, el sevillano More Carrasco, sobrino del magnífico percusionista José Carrasco.

En el cante destacó la joven cantaora almeriense María José Perez, quien homenajeó al maestro sevillano Manuel Vallejo con unas brillantes granaínas. El cordobés Bernardo Miranda hizo lo propio con Enrique Morente (Yo, poeta decadente), dejando muestras de buena calidad. El Niño de Elche nos regaló algo así como una parodia del “cante primitivo”, luciendo luego, cantando para bailar, una estupenda voz perdida entre tanta cacharrería. Muy bien el onubense Jesús Corbacho en su guajira marchenera y los fandangos del Pinto, con su timbre de voz característico y una indudable personalidad.

El baile fue quizás lo más variado, con una Saray de los Reyes embarazada de cinco meses –esa criatura ya lleva el compás dentro–, demostrando por qué le duele el baile de Manuela Carrasco, su soleá. Una Ana Pastrana discreta, aunque elegante. Un Alberto Sellés muy suelto en todo, con una estupenda preparación que quedó patente en la farruca de Javier Barón y en el fin de fiesta. Y una María Moreno abriendo con arte y desparpajo el frasco del perfume trianero de la maestra sevillana Matilde Coral en alegrías.

El guitarrista granadino David Carmona se lució en su homenaje a su maestro Manolo Sanlúcar. Está llamado a ser uno de los grandes, por su buena técnica no exenta de alma flamenca y de pellizco. El almeriense David Caro nos trajo el sonido gitano de su paisano Tomatito. Ramón Amador, la música descriptiva de Ramón Montoya, con su rondeña. Y el bilbaíno Yago Santos, el del maestro Rafael Riqueni, presente en el teatro. Estupendo nivel el de todos.

La juventud no es un defecto que se cura con el tiempo, porque la juventud nunca puede ser un defecto: es siempre el preámbulo de algo grande. Estos jóvenes son ya artistas y serán las referencias de los que lleguen.

Teatro de la Maestranza. Divino Tesoro. Baile: Saray de los Reyes, Ana Pastrana, María Moreno y Alberto Sellés. Cante: Bernardo Miranda, Jesús Corbacho, María José Pérez y Niño de Elche. Guitarra: David Carmona, Yago Santos, Ramón Amador y David Caro. Percusión: More Carrasco. Saxo, armónica y flauta: Diego Villegas. Guión y dirección: José Luis Ortiz Nuevo. Sevilla, 8 de febrero de 2015.

08
Feb/2015

Año de elecciones, año de condecoraciones

manolo-sanlucarAño de elecciones, año de condecoraciones, cabría decir ante el chorreo de medallas del Gobierno. Tres solo para el flamenco, por cierto a tres artistas que ya deberían tener la Medalla al Mérito de las Bellas Artes desde hace años, aunque, como suele decirse, nunca es tarde si la dicha es buena. Manolo Sanlúcar, María Pagés y El Güito son tres instituciones del arte flamenco, reconocidos en el mundo entero desde hace décadas por su arte y por lo que han aportado al flamenco y a la cultura andaluza en general. Creo que no se daban tantas medallas desde 2011, año también de elecciones, luego la cosa está clara. Pero los artistas del flamenco son muy agradecidos y me consta que los tres están emocionados con este importante reconocimiento del Gobierno, el del 21% de IVA para la Cultura, el mismo que recorta como si los músicos vivieran del aire. Algunos ni siquiera de eso. Naturalmente, es una manera de reconocer el buen trabajo de estos tres grandes artistas, cada uno en su especialidad. Manolo Sanlúcar no es solo la gran figura viva de la guitarra flamenca, sino uno de los grandes músicos españoles del último medio siglo, como demuestra su obra, sin parangón en el flamenco y fuera de este arte. A diferencia de Paco de Lucía, Manolo no se ha limitado solo al escenario y a la producción discográfica, sino que ha sido y es un artista comprometido con el flamenco, con los nuevos valores, con la investigación, la dignificación y difusión del género en el mundo entero. Nadie merece más este reconocimiento que el hijo de Isidro Muñoz, el ya ausente guitarrista y panadero de Sanlúcar de Barrameda. La trianera María Pagés es quizás nuestra bailaora y coreógrafa más internacional, además de una trabajadora incansable que no para de crear y de abrir puertas para el flamenco en todo el mundo. Detrás de cada uno de sus montajes hay siempre un gran talento y mucho trabajo, de ahí que lleve décadas en la cúspide de baile flamenco. Y Eduardo Serrano El Güito, el único artista vivo del célebre Trío Madrid –compuesto por Mario Maya y Carmen Mora, padres de la bailaora Belén Maya–, es el gran maestro del baile puro que nos queda, el eterno clásico de la danza jonda, que ha hecho una obra de arte de la soleá, por señalar una de sus muchas aportaciones. Por tanto, tres premios indiscutibles, aunque siempre habrá quien patalee de envidia. Los premios no hacen a los artistas, solo reconocen una labor de años y se crean para eso y para hacer justicia. Estas medallas le hacen justicia a estos tres grandes artistas, aunque sea año de elecciones. Esperemos que no les cobren el IVA.