Monthly Archives: Enero 2015

31
Ene/2015

Ni se le ocurra llamar a mi puerta

Loladrones

He tenido que esperar medio siglo para que algunos expertos me den la razón sobre lo inapropiado de encargar deberes o tareas a los escolares fuera del horario de sus clases, sobre todo si es en exceso. Estos días se habla mucho sobre esto y la verdad es que hay opiniones para todos los gustos y de todos los colores, poniendo unos el ejemplo de Finlandia –donde es impensable que el niño no se lleve tareas a casa, aunque sin sobrecarga–, y otros de países donde el fracaso escolar es alarmante, como por ejemplo en España. En realidad el objetivo de los deberes no es solo dar más trabajo a los alumnos para que mejoren los resultados escolares y aprueben los exámenes, sino para que desde niño aprendas a ser responsable, organizado y disciplinado, y eso está bien. Es una buena manera de crear seres humanos obedientes, que de eso se trata: se empieza por los deberes escolares y se acaba por hincar los cuernos en casi todo, pagando impuestos con los que no estás de acuerdo o mordiéndote la lengua para no salir a la calle y preguntar gritando que por qué Jordi Pujol y sus lindos hijos no están ya pudriéndose en la trena. La educación no tendría que ser algo cuya responsabilidad recayera solo sobre los profesores, sino también sobre sus padres, que se supone que hoy sí están preparados para ayudar a los hijos en esa labor, aunque los hay que no lo están. Antes no era así, sobre todo en los pueblos pequeños y en familias pobres de escasa formación cultural, cuando no de analfabetismo total, lo que contribuía a desigualdades e injusticias sociales. Por poner un ejemplo, en mi casa no había quien nos ayudara en los deberes o tareas de la escuela, porque mi madre trabajaba catorce horas diarias y cuando llegaba del almacén de aceitunas tenía que echar dos horas más lavando ropa en el lebrillo, como para encima darle trabajo extra preguntándole lo que significaba un diptongo o el número de pie que gastaba Viriato. Bastante hacía con traer cada día algo para poner a hervir la olla del puchero y que no nos faltara la onza de chocolate de cada tarde o unas alpargatas nuevas a plazos para cuando llegaran la Feria o la Semana Santa. Por tanto, los deberes teníamos que resolverlos solos ante el peligro.

Jamás hubo un libro en casa que no fueran las novelas del oeste que leía mi abuelo o los del colegio, que entonces eran escasos. Si a esto unimos que no teníamos a quien consultarle datos o dudas y que en el pueblo no había biblioteca –si la hubo alguna vez a mí me pilló jugando al futbolín–, está claro que lo de los deberes era una crueldad innecesaria que, además, conllevaba un componente de humillación para quienes carecíamos de ayudas en casa o que después del colegio teníamos que buscar hierba y ramón para las cabras o rebuscar garbanzos y habas en El Majano o en Mampela. Por eso fui el único niño de Palomares que nunca hizo los deberes del colegio, al menos que recuerde, como he contado otras veces. Lo digo con verdadera jactancia, en vez de con vergüenza. No estaba de acuerdo, sencillamente. Exasperado por tener bajo su responsabilidad a tan rebelde párvulo, Don Miguel Aguilar se sentó una mañana junto a mí en el pupitre y me preguntó, sin duda poco convencido de que le fuera a dar la respuesta que esperaba de mí aquella mañana:

ESCUELA

“Vamos a ver, Bohórquez chico. ¿Por qué te niegas siempre a hacer los deberes?”. “Porque no estoy de acuerdo”, le respondí. Me dijo que se lo razonara y lo hice sin flaquear lo más mínimo. “Después de estar seis horas en el colegio, cuando salgo, lo que menos me apetece es volver a estudiar. En la formación de un niño es tan importante saber cuántos moros mató Viriato o qué es una raíz cuadrada, que dónde anidan los mochuelos, cuándo llegan los vencejos o por qué mueve la nariz el conejo. Saber eso me lleva mi tiempo, le expliqué a Don Miguel, dejándolo patidifuso. De hecho, en vez de tirarme de las patillas me dio una palmadita en la espalda y me mandó a mi mesa con una media sonrisa, que más que una media sonrisa parecía una mueca dolorosa, como la de Tomás Pavón. Don Miguel fue el maestro de escuela más humano de Palomares del Río y no lo digo porque jamás me obligara a hacer los deberes –de mala manera, quiero decir–, sino porque supo entender mi forma de ser, quizás como nadie lo ha sabido hacer nunca. Con el paso de los años me he preguntado muchas veces qué hubiera sido de mi vida de haber sido mejor estudiante de lo que fui. Sobre todo de haber sido más responsable y disciplinado. ¿Sería hoy un autónomo agobiado por las cuotas y con menos estabilidad laboral que un vendedor ambulante o tendría un puesto de trabajo fijo? ¿Tendría ya pagada mi casa y un colchoncito económico que me permitiera esperar la vejez sin sufrir sobresaltos cada vez que llega una carta del banco o podría dormir tranquilo por las noches? ¿Me creería todo lo que dicen los políticos de uno y otro pelaje ideológico, en los informativos y en los periódicos, o sería un valiente contestatario? ¿Hubiera publicado solo doce libros o el doble? Y por último, ¿tendría un puesto de asesor de flamenco en la Junta o sería, como soy, un humilde crítico de la cantelogía al que dejan desvariar cada sábado en este periódico para que se desahogue y pueda presumir ante su familia y amigos de la infancia?

Deberes sí, pero también placeres. Y uno de los grandes placeres de la vida es no hacer siempre lo que te dicen los demás, seas niño, adolescente o persona ya madura, marcándote tú mismo los límites del deber y de la disciplina, aunque corras el riesgo de que el presidente del Gobierno no venga a tu casa a darte las gracias después de haberte engañado, explotado y pisoteado tus derechos. El deber y la disciplina no tienen por qué ser solo algo impuesto por los que mandan, sino una actitud de tu propio sentido del deber y de la disciplina según tu educación y creencias. Encima que me estás exprimido, pisoteando mis derechos y matándome de hambre, ¿ahora vas a venir a mi casa hipotecada a darme las malditas gracias? Pues sí, así es. Rajoy puede llamar a tu puerta minutos antes que la policía judicial para agradecerte tu esfuerzo, sacrificio y colaboración. Y encima esperará a que le pongas un mosto de esos de cincuenta céntimos y una sardina arenque después de haberte convencido de que le votes de nuevo para evitar que España caiga en manos bolivarianas que nos conduzcan a Grecia o a un sitio aún peor. No, nunca hice los deberes del colegio porque estaba demasiado ocupado alimentando a la cabra de mi abuelo, rebuscando garbanzos y reculos, esperando que una nube generosa me llevara al campo del Betis para ver cómo brillaba el balón cuando lo acariciaba Rogelio, leyendo las novelas del oeste de mi abuelo o soñando despierto con un buen atracón de menudo de Capote. Y dicho esto, señor Rajoy, espero que nunca llame a mi puerta ni siquiera desde una televisión de plasma.

25
Ene/2015

Un cantaor de cal y albero

Galli

El Galli de Morón es un cantaor con una enorme profundidad y esa rara cualidad de saber transmitir el sentimiento cuando canta, que no es fácil. Nunca lo hace para la galería, entre otras cosas, porque su estilo no es nada efectista y no tiene la voz más indicada para ello. Por eso canta de una manera natural, buscando más la esencia del cante, el alma del verdadero aficionado, que el efecto rápido. Profesional muy considerado en el mundo del baile, conoce muy bien ese oficio, el de cantar atrás, con un excelente dominio del compás. De ahí que en su primer espectáculo en solitario, De cal y albero, contara con dos grandes bailaores, el moronero Pepe Torres y el alcalaeño Javier Barón. Y con dos guitarristas que también conocen muy bien ese oficio, como son el moronero Paco de Amparo y el sevillano Paco Iglesias. Con esta buena base atrás y otras colaboraciones, como las de dos grandes talentos, Óscar Gómez de los Reyes en la parte técnica y Miguel Ángel Rubio Vargas en la escénica, El Galli estrenó anoche en el Teatro Gutiérrez de Alba, de la tierra de Juraco, Joaquín el de la Paula, Manolito el de María y el Platero, un espectáculo cargado de memoria flamenca y también con propuestas nuevas, una revisión de estilos como los tientos y los tangos, arreglados musicalmente con cierto talento. El teatro se llenó y el ambiente fue excelente, con la presencia de artistas y un buen número de buenos aficionados de Alcalá, Morón y Sevilla. Este teatro, de mucha historia flamenca, es de la dimensión justa para un espectáculo flamenco. El escenario es quizás algo pequeño, pero el público lo tiene cerca y eso influyó bastante en el resultado final, en esa comunicación que se nos antoja imprescindible entre el emisor y el receptor. Cuando David empezó a templarse cantando solo con guitarra, enseguida supimos que la obra iba a funcionar bien en el terreno emocional. El Galli cantó muy bien por soleá de Alcalá y fue especialmente emocionante su mano a mano con el cantaor Moi de Morón, que tiene un eco de reminiscencias ancestrales. Esta primera parte estuvo marcada por la emoción jonda, que tan cara se vende últimamente, con la mayoría de los cantaores buscando satisfacer al público con trucos y cosas facilotas. De lo mejor de la noche, sin duda, el baile de Pepe Torres, el nieto de Joselero de Morón. En su escuela es el mejor con diferencia, porque tiene un baile natural, gitano, desvestido de poses amaneradas, varonil y preñado de compás y emoción. Su planta gitanísima, sin malabarismos innecesarios, sabiendo colocarse siempre bien y con unos brazos elegantes, es una auténtica joya. En las bulerías hizo cosas increíbles tanto con los pies como con esa manera tan personal de recogerse que tiene. Muy distinto a Javier Barón, el otro bailaor invitado de la noche, quien en unas alegrías quizás excesivamente cargadas de adornos y una caída de brazos marca de la casa, demostró que ha sabido evolucionar con el tiempo hacia una manera de bailar adaptada a sus años, sin esa agilidad de sus comienzos, pero con bastante más sabor y maestría. En definitiva, un espectáculo emocionante, de gran comunicación flamenca, en el que cada uno de los que componían el cartel cumplió perfectamente con su cometido. Con este espectáculo, El Galli de Morón demostró que puede tener un sitio más allá de su faceta de cantaor de cuadro. Ojalá sea así porque el trabajo bien hecho siempre debe de tener su recompensa.

 

 

24
Ene/2015

Qué bien que estemos embarazados

Susana

Estoy viendo estos días a la presidenta Susana Díaz más guapa que nunca, supongo que por lo del embarazo, y si me prometen que no me van a acusar de querer arrimar la cuchara de palo al perol del poder socialista, mejor política que nunca. Las encuestas le favorecen y está segura de que podrá con el tirón de Podemos. Los otros partidos tienen menos impulso popular que un monólogo de Gaspar Zarrías, aunque nunca se sabe. La presidenta está crecida, los datos del empleo del último trimestre no son malos en Andalucía –dentro de lo que cabe, claro–, el liderazgo de Pedro Sánchez se bambolea como un flan y, encima, su primer vástago ya apunta maneras: no se habla de otra cosa en las tabernas y en los mercados de abastos, y me consta que hay ya cientos de mujeres en los pueblos andaluces más deprimidos haciendo toquillas, gorritos y patines de corché para lo que venga, deseando que la criatura salga con un pan debajo del brazo, a ser posible que no sea con volantes de mortadela sino de jamón serrano, que una cosa es que crezca el empleo y esté remitiendo la sangría laboral y otra que ya no haya necesidad en Andalucía.

Estamos embarazados. Todos los andaluces, y si no ya lo verán. Lo de la niña de Rajoy se va a quedar en una mera anécdota al lado de la niña o el niño de Susana Díaz, la presidenta no electa de la Junta. Por el pueblo, quiero decir. Ya veremos si es capaz de ganar las elecciones andaluzas con los votos necesarios para no tener que pactar con ningún otro partido, lo que no es fácil. Muy buenos serán los datos que debe tener sobre la mesa cuando todo parece indicar que adelantará las elecciones antes de que se afiance Podemos en Andalucía y que tras el verano haya un repunte de las mejoras económicas, que después de amenazar los de Podemos con dejar los pasos en las iglesias si el pueblo lo decidiera y del cachondeo que se ha formado en las redes sociales con la posibilidad de que pudieran prohibir también el barbo adobado y las fichas de dominó de carme membrillo que quiere imponer Zoido, están que se salen en las encuestas y, además, encantados de que mientras más atacados son más simpatías despiertan en el sector más insatisfecho y exasperado del pueblo.

Susana no necesita datos buenos o malos sobre su mesa para saber que hay millones de de andaluces con ella, porque es una dirigente política que pisa la calle, que se mezcla con los ciudadanos y tiene siempre ante ellos una de las sonrisas más electorales y encantadoras del país. Es consciente de que hay millones de andaluces que están cansados de su partido, de su corrupción sin límites, pero ella actúa como si no fuera responsable de nada, solo de lo bueno. La entrevistan en un programa de televisión y parece que viene de un bautizo o que va a él. Y estoy plenamente convencido de que no es una estrategia, sino su condición natural. Transmite optimismo a la gente, algo que nadie del Partido Popular consigue ni dando esos índices de recuperación económica ya tan incontestables, solo negados por la oposición y los sindicatos, quienes recurren siempre a la precariedad del empleo creado el pasado año para seguir desanimando a los ciudadanos más castigados, a ver si entre todos son capaces de que acabemos en el cuarto oscuro de la depresión.

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La gente no se creé lo del embarazo de optimismo de Mariano Rajoy y sus ministros. Puestos a adivinar quién puede ser el responsable de esa supuesta preñez de desmedida certidumbre del presidente, especulan con la paternidad del italiano Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, que va a adelantar el dinero para el bautizo: decenas de miles de millones de euros mensuales hasta 2016. Y con esta medida que ha sorprendido a los propios mercados se espera que los bancos den créditos a porrillos para que podamos ir al bautizo más bonitos que un San Luis, sin importarnos dónde de lejos se vaya a celebrar la fiesta porque el petróleo no para de abaratarse, lo que afecta al embarazo de otro preñado psicológico, el venezolano Nicolás Maduro –este embarazo sí es de padre conocido–, que en ocasiones ve complots aunque aún no tiene claro por parte de quiénes, si de los americanos de Obama o los europeos de Draghi.

Me preocupa el estrés emocional de Susana Díaz y que pueda afectar a la criatura que ya crece en su vientre. Dijo Michel Odent, el acreditado obstetra galo, que la principal preocupación de quienes rodean o atienden a una mujer embarazada debería ser velar por su bienestar emocional. Me preocupo por ella y también por lo que le pueda afectar a la criaturita que va a nacer en julio si todo va bien. Por tanto, disgustos a Susana, los precisos. La política no está precisamente para relejarse, con tanta violencia verbal y puñaladas traperas de unos a otros. Además, este año va a ser de una tensión electoral exagerada y ya sabemos lo que ocurre siempre que hay elecciones: que sube el nivel de ataques entre unos contendientes y otros, con eso de que todos quieren solucionarnos los problemas, creando el empleo que no son capaces de crear cuando no hay elecciones y bajando los impuestos que subieron cuando llegaron.

Y a todo esto, para llegar relajados y tranquilos al bautizo tanto del vástago de Susana Díaz como del de Rajoy, ¿por qué los medios de comunicación social españoles no hacen un esfuerzo por afinar en sus datos sobre la situación actual, con independencia de que cada uno defienda los intereses de unos y otros partidos. Ponerse de acuerdo en si se está creando o destruyendo empleo, si mejora de verdad la economía o no, si somos más pobres o más ricos que hace unos años, si nos espera un futuro negro o solo grisáceo o si podemos soñar o no con una sociedad más justa. Y si esto no es posible, esto es, que no se manipulen los datos por intereses de unas empresas y otras y de unos partidos y otros, cuando no de poderes fácticos sin rostro visible, que alguien funde un periódico en el que el medio esté al servicio del ciudadano, que tiene derecho a una información veraz.

El miedo es un arma fundamental que tienen los que mandan en el mundo para dominar al pueblo. La incertidumbre laboral, el riesgo de que puedas perder la casa o, como estamos viendo estos días, saltes por los aires en el metro o en el supermercado, consigue que nos acobardemos y que queramos agarrarnos a un clavo ardiendo, ponernos en sus manos buscando comida, una casa en la que vivir y protección ante la inseguridad. Pero hay algo más que eso y es la necesidad de que los ciudadanos sintamos que estamos bien informados en todo momento, que no seamos solo mercancía electoral. No lo hagan si no quieren por Susana Díaz, que al fin y al cabo es una política más, con sus virtudes y defectos, y sus intereses, sino por el hijo que espera. Por el que esperan todas las embarazadas del mundo. Por los niños ya nacidos y por los que van a nacer. Por el futuro de todos.

23
Ene/2015

La calor de Surco

Surco

Nunca llegué a pensar en lo importante que sería Surco en mi vida. Creo que cuando adoptamos a un perro no lo hacemos por él sino por nosotros mismos, porque necesitamos a un ser vivo que nos quiera tal como somos, que no le ponga precio a su mirada ni a sus caricias, que menee el rabo y tire las orejas hacia atrás cuando le hablamos, que nos reciba dando saltos cuando llegamos a casa o que nos regale la primera mirada tierna de la mañana y la última caricia del día antes de irnos a la cama y de meterse en su casita. Lo traje a casa hace cuatro años metido en una caja de zapatos y ya pesa casi cuarenta kilos. La verdad es que tener a Surco en casa es algo que me impide hacer una vida normal, salir, viajar, perderme por ahí de vez en cuando. A veces hasta pienso que mi perro sería más feliz en el campo, con otros perros, en libertad. Y que soy demasiado egoísta, aunque sale al campo dos veces al día y a veces hasta tres, esté el tiempo como esté o tenga ánimo o no para salir con él. Hoy se lo he preguntado y me ha dicho con la mirada que ni se me ocurra, que es feliz a mi vera. Adivina siempre mi estado de ánimo, sabe perfectamente cómo me encuentro en cada momento y cuando ahogo las penas en una soleá marcando el compás en la mesa camilla se le descompone la cara y emite unos aullidos conmovedores, como si pensara que no estoy cantando, sino llorando de dolor. En los momentos difíciles los amigos o conocidos huyen como de la peste -no todos, por fortuna-, pero Surco no lo hace, sé que daría su vida por mí sin dudarlo. Y creo que sabe que yo también la daría por él. Pienso en esos que abandonan a sus perros en una carretera y me dan lástima, porque no han llegado a comprender la verdadera fidelidad de un perro. Si algún día me viera en la obligación de tener que vivir apartado de él no tengo ninguna duda de que ese día sería el más duro de mi vida. Espero que no llegue nunca ese día, aunque por cuidarlo esté renunciando a muchas cosas. Total para lo que hay que ver por el mundo. Lo tengo todo más que visto. Y una última cosa. Si alguien de ustedes ha pensado alguna vez en abandonar a su perro en una carretera, debe saber que nunca entenderá por qué lo ha hecho. Estará demasiado ocupado echándole de menos.

19
Ene/2015

Son memoria de lo jondo y ojalá nunca sean olvido

José Menese visto por Fernando Fuentes

José Menese visto por Fernando Fuentes

Le escuché decir no hace muchos días a un moderno del flamenco, de los muchos que existen actualmente –también son necesarios, no crean–, que en este arte somos demasiado nostálgicos, que miramos en exceso al pasado, en detrimento de los artistas actuales. Es posible que sea así. No obstante es perfectamente compatible mirar al pasado y amar y apoyar lo actual. Una malagueña de Chacón no tiene por qué caer en el olvido para que sea valorada una bulería del Pele. O no hay por qué enterrar de nuevo a Enrique el Cojo para que brille Israel Galván. El flamenco es un arte con dos siglos de vida, como mínimo, y existe una memoria: el legado de todos y cada uno de los que han cantado, bailado o tocado la guitarra. Lo que no acabo de entender bien es que a veces nos olvidemos de los artistas mayores, que los arrinconemos, y que solo los rescatemos cuando llevan decenas de años muertos. Es lo que hemos hecho con artistas tan importantes como el propio Chacón, Juan Mojama o Tomás Pavón. Se murieron en la pobreza y años después empezamos a darles valor. Sus discos de pizarra aún dan dinero y los jóvenes intérpretes del cante siguen bebiendo en esas fuentes. La idea de Memoria, el espectáculo que tuvo lugar la noche del viernes en el Teatro de la Maestranza, es una magnífica idea, aunque no tuviera una buena respuesta por parte del público sevillano: menos de medio aforo. También es verdad que enero no es el mejor mes, por lo de la cuesta, y que en la calle hacía un frío que cortaba la piel. Tampoco el Maestranza era el espacio más indicado para este espectáculo. Y quizás no estuvo bien planteado, por lo que resultó demasiado frío, sobre todo el fin de fiesta con las flamencas de Jerez, de la Peña Tío José de Paula, que fue verdaderamente decepcionante. Naturalmente, como en el elenco había buenos artistas, el espectáculo tuvo momentos buenos. Fue una delicia escuchar tocar su sitar al mítico Gualberto, lo mismo en la granaína y los verdiales, que en las sevillanas clásicas, en los dos casos, acompañado a la guitarra por el sevillano Ramón Amador. Las notas dadas por Gualberto son impensables en ningún cantaor actual. Solo si resucitaran Chacón y Vallejo podrían competir con su sitar, del que salieron unos agudos mojados en vino de la Cava Nueva de Triana, de la taberna del Pancho. De la otra Cava, la gaché, aunque más bien del Zurraque, nos llegó otro cantaor mítico, Paco Taranto, quien acompañado a la guitarra por un maestro cordobés, Merengue, se acordó de aquellos alfareros y artesanos que cantaban la soleá desvestida de compás, aunque rica en melodía y dulzura, reivindicando la memora de Ramón el Ollero, el Quino Lorente, Garfias, el Sordillo o Emilio Abadía. Aunque Paco Taranto tenga su propio sello. De lo mejor de la noche fue la actuación del veterano guitarrista moronero Paco del Gastor, dedicado ya a la docencia y a pulir a sus dos nietos guitarristas, que continúan la escuela de Diego del Gastor. Solo ver al maestro en el escenario con su planta de tocaor clásico, de la vieja escuela, resultó emocionante. La teoría del bordón gastoreño en su más pura esencia, con su admirable sentido del compás y eso que llamamos sabor y que muchos no acaban de entender. También acompañó Paco a un buen cantaor, Canela de San Roque, quien nos dejó bulerías por soleá y seguiriyas, siempre en la línea de Mairena, cantaor en el que se mira desde sus comienzos. Encantador, como suele ser habitual, estuvo el veterano bailaor malagueño Carrete, que baila a su manera, esto es, sin calcar a nadie, luciendo además una planta increíble para su edad. Con la guitarra de Ramón Amador y el cante de Manolo Sevilla y Diego Camacho El Boquerón, nos dejó unas alegrías muy particulares, ricas en poses muy personales y con una manera de pasear que cautivó. Disfruta en el escenario y eso es vital para transmitir como lo hace. En un espectáculo como Memoria era imprescindible contar con una voz que huele precisamente a memoria, José Menese, artista de la Puebla de Cazalla con más de cincuenta años cantando. Y de una manera admirable, por derecho, con escasas concesiones a la galería. Tonás, martinetes y tientos, tres estilos que brillan sobremanera en su extenso y jondo repertorio. Emociona aún ver a este morisco en un escenario, con esa voz capaz de despellejar la memoria del cante. Solo un pero a este espectáculo. En la memoria del flamenco la mujer ha jugado un papel importante y en este espectáculo se reduce su papel a las pàtaítas por bulerías de cuatro flamencas de Jerez.

Luego he sabido que en un principio estaba prevista que actuaran La Negra y Angelita Gómez, que al final se cayeron del cartel por diversas razones.

Teatro de la Maestranza.Memoria. Cante: José Menese, Paco Taranto, Canela de San Roque, Manolo Sevilla y El Boquerón. Baile: Carrete de Málaga. Sitar: Gualberto. Guitarras: Paco del Gastor, Merengue de Córdoba y Ramón Amador. Guión y dirección: José Luis Ortiz Nuevo. Sevilla, 17 de enero de 2015.

 

17
Ene/2015

¡Eres un guapazo, que lo sepas!

Tenía mucha fe en que el año nuevo que ya disfrutamos –es un decir– fuera el de mi despegue definitivo como periodista de oficio, que no de licenciatura, y escritor de historias ajenas al flamenco, con ese libro que acabo de publicar, Cuatrovientos, en el que narro mi infancia en Palomares del Río. De la calle Cuatrovientos/ ya no queda ni el recuerdo/ de lo que fueron mis sueños. Esperaba también que este año le pudiera volver a hacer la corte a alguna mujer, quemando el último cartucho antes de que este preámbulo de la senectud en el que ya vivo me mande irremisiblemente al garaje. Pero si acaban por decreto con el piropo, como parece que va a ocurrir muy pronto, lo tengo más que crudo. Los tímidos no somos mucho de piropear a las mujeres y reconozco que soy extremadamente retraído ante ellas. Tuve que solucionar este grave problema y en vez de piropearlas en la calle les escribo soleares. Escribiría en tu cuerpo/ una soleá de Cádiz/ de tres o de cuatro versos. Y caen rendidas ante mis hechizos retóricos. Ni siquiera cuando era calicatero y abría zanjas en las calles para Sevillana de Electricidad solía piropear a las mujeres, y eso que tenía de compañeros a grandes piropeadores, verdaderos artistas del halago hacia la mujer. En cambio otros eran tan borricos que me lastimaba escucharlos. “Te voy a comé las venas del culo a puñaos”. Mi sensibilidad no admitía aquellos atropellos. Así que estoy totalmente de acuerdo con Ángeles Carmona, la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), quien ha asegurado que el piropo “supone una invasión a la intimidad de la mujer”. Naturalmente, es bueno diferenciar entre el halago y el insulto. Pero hay quienes ni siquiera están de acuerdo con el piropo, aunque sea por soleá. Te estoy mirando y no sé/ si el amor vive en tus ojos/ o tú en los ojos de él. A mí me dice esto una mujer en la calle y busco a un cura rápidamente para que nos case, porque tengo el oído virgen.

La única vez que una mujer me dijo guapo en la calle casi me caigo al suelo del mareo que me entró. Vivía entonces en Castilleja de la Cuesta y recuerdo que aquel día fui a pelarme a la barbería del pueblo, que es algo que me suele subir la autoestima masculina. También me compré un abrigo azul marino en Continete y, sinceramente, estaba con el guapo subido, que todo hay que decirlo.

BesoBajaba andando hacia Tomares por la carretera de Bormujos y un coche se detuvo al llegar a mi altura. Una hermosa mujer bajó la ventanilla y cuando me incliné para ver qué quería se quitó las gafas de sol y me dijo, dejándome turulato: “¡Eres un guapazo, que lo sepas!”. Se pueden imaginar el cosquilleo que me subió por los muslos hacia la ingle provocándome segundos más tarde un vértigo tan grande que casi me tuve que sentar en el asfalto. “Habrá sido por el pelado y el chaleco azul marino”, me dije, como no creyéndome lo que me acababa de ocurrir. Aquel piropo cambió hasta mi manera de andar. Hasta ese día caminaba como pisando terrones en Cuatrovientos, como un gañán. Y acabé pavoneándome como Zack Mayo (Richard Gere) en Oficial y caballero, cuando al final de la película va a la fábrica a coger en brazos a la humilde trabajadora que le había robado el corazón de oficial y de caballero.

A partir de aquella tarde de otoño pensé mucho en la mujer que había desflorado mis oídos. Incluso llegué a pensar si sería empleada de la ONCE, porque no acababa de creérmelo. Cada tarde bajaba andando a Tomares por si me la volvía a encontrar, pero nunca volví a verla. Seguramente fue solo un espejismo, una alucinación producto de la horrible colonia que me había untado en el cogote el rapabarbas de Castilleja. Y calmaba el deseo escribiendo soleares: El que vive de recuerdos/ cuando pierde la memoria/ no vive, porque está muerto. ¿Cómo iba a considerar que aquella misteriosa y bella mujer había invadido mi intimidad si tenía abiertas de par en par todas las puertas y ventanas de mi inexplorado cuerpo para que entrara la desvergonzada brisa del ego varonil? Hubiera acudido a la Guardia Civil pero para que la buscaran por tierra, mar y aire y le dijeran que mi cuerpo ya no era mi cuerpo, sino un pedazo de carne que podría vender al peso. O a los bomberos, para que apagaran la candela que aquella preciosidad había encendido en mis perniles. No te arrimes a mi cuerpo/ que ardo como el rarastrojo/ y puedes prenderte fuego.

Dicen que Charlize Theron baila muy bien lo flamenco.

Dicen que Charlize Theron baila muy bien lo flamenco.

Se está poniendo la cosa difícil para enamorar a una mujer. Sobre todo para los tímidos. Tenemos Facebook y Twitter, pero en las redes sociales corres el riesgo de que al echar la caña buscando una venusta y coqueta dorada de El Rompido acabes pescando a un barbo de Castilblanco más caliente que los palos de un churrero y escondido detrás de un nombre inexistente. Los que escribimos soleares de amor podríamos tener alguna posibilidad de encontrar al fin a nuestra media naranja, pero eso va a depender de si gobierna o no Podemos, que igual que quieren acabar con los espontáneos saeteros en la calle podrían eliminar a quienes escribimos soleares de tres o de cuatro versos, de Triana o de Cádiz, ante la falta de arranque para declararnos a la antigua usanza, esto es, preguntando dónde compramos los muebles, en tu pueblo o en el mío, que no tiene nada de romántico salvo que vayas a Ikea.

Se quejan las mujeres de que ya no hay hombres de verdad, caballeros como los de antes, de aquellos que eran capaces de llevarse años y años mandándoles flores y latas de carne membrillo a las mujeres que querían pretender. Se lamentan de la falta de galantería de los hombres, de que todos vamos a lo mismo, de que ya no hay robustos hispánicos que nos queramos comprometer a pagar una hipoteca y a sacar la basura a media noche, llueva o ventee. Ni a renunciar al mando a distancia de la televisión de plasma. Ni a compartir las labores domésticas. Ni a firmar ante notario que tienes que levantar siempre la tapa del váter antes de vaciar la vejiga, aunque la próstata te urja a evacuar con premura.

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Tiene tu cuerpo más curvas/ que la Sierra de Cazorla/ Quiera Dios que un día me estrelle/ en la curva de tu boca. Creé este piropo por soleá hace tiempo y aún no lo he usado para tirarle los tejos a ninguna mujer. Me temo que ya no será posible, que habrá que recurrir a los piropos de nuestros abuelos, aquellos tan cándidos y tiernos del franquismo: “Quién fuera bus para andar por las curvas de tu corazón”. Lo malo es que se lo digas a una policía y te pida el carné de conducir. Mejor uno más culto: “Quererte es conjugar el verbo amar en soledad”. En definitiva, piropos por los que no te puedan meter entre rejas y tengas que tirarle los tejos a la carcelera desde lejos, como se tiran los huevos al perol en las cocinas americanas.

16
Ene/2015

La recuperación de Rafael Riqueni

Riqueni

Conozco y sigo al gran guitarrista trianero desde que era adolescente y ya maravillaba a todos con su depurada técnica y creatividad. Viví sus comienzos, compartí sus sueños de ser uno de los grandes y alguna vez disfruté de su música flamenca en su propia casa de Pagés del Corro, cerca de donde vivieron los genios del cante trianero del siglo XIX, el Fillo y sus hijos, Frasco el Colorao y los Cagancho, Francisco la Perla y los Pelao. Triana era todavía, cuando Riqueni jugaba con la guitarra, un barrio que olía a música flamenca, en el que ibas por la calle y te encontrabas a Manuel Molina o al Mimbre embelesados al pasar por la puerta de alguno de aquellos corrales de vecinos en los que todo era hermandad y arte. Y veías al Perlo con su carpeta debajo del brazo vendiendo sus libros de poemas. Entrabas en la taberna de Joselito Lérida, que estuvo en San Jacinto, al lado de donde el célebre contrabandista Pedro Lacambra tuvo su café y fonda a principios del siglo XIX, y te encontrabas allí a Pansequito y al Marsellés o a Paco Vega, que cantaban y bailaban ante la mirada dulce y amable Luis Caballero o Naranjito. En esa entrañable taberna sabías cuando entrabas, pero no cuándo salías. Y en esa Triana creció y se hizo guitarrista Rafael Riqueni del Canto, el genio del arrabal al que enamoró un día una guitarra y en eso anda aún, abrazado a ella de día y de noche, ahogándose en ese pozo con viento, en vez de agua, que para el poeta Gerardo Diego era la guitarra. La vida ha sido dura con este genio de la guitarra flamenca y, sin embargo, su música es todo lo contrario: es bella, delicada, armonía pura, creación, milagro, pureza. Podría haber sido un músico atormentado como lo fue el Carbonerillo, del que dicen que era de la Macarena y que murió siendo un chavalillo. Manuel Vega echaba las penas por la garganta, pero Rafael Riqueni echa la vida por las yemas de sus dedos. Y tras crear una de las obras flamencas más importantes de la guitarra sevillana, ahora va a formar parte del equipo docente de la Fundación Cristina Heeren, en Sevilla. Se pondrá al servicio de los jóvenes guitarristas para enseñarlos y orientarlos. Creo que es una buena noticia para empezar este año, el de la recuperación, según dicen los que chanelan de esas cosas de la economía. Pero para los que amamos a Riqueni, esto sí que es una recuperación. La de aquel niño de Triana que se enamoró de una mujer de madera de ciprés.

10
Ene/2015

El arte de saber envejecer

Arahal-guerra

Mañana cumplo cincuenta y siete años, lo que me parece mentira, pero según la partida de bautismo recibí mi primer beso de luz el 11 de enero de 1958. Mis padres querían una niña, porque ya tenían un varón. Aún recuerdo sus caras de contrariedad cuando le dijo la matrona de Arahal que era otro machote, como si yo hubiera sido el responsable del desaguisado. Encima nací con menos energéticos que el puchero de un vegetariano: pesé solo dos kilos y medio, poco más o menos lo que un pollo de entonces o bastante menos que un conejo de campo. Y vine al mundo con una salud precaria. Mi madre dice que estuve llorando los primeros seis meses de vida, de día y de noche, y que no me agarraba a la teta de ninguna de las maneras posibles. Curiosamente, en ese aspecto he evolucionado favorablemente desde entonces. Era lo que se dice un desastre de churumbel. Y ya ven, en eso sí que apenas he progresado. No eché los primeros pasos hasta los dos años. Claro, como estaba tan enclenque. Y hasta que no comencé a decir las primeras palabras, dos o tres meses después, solo decía “¡Acúm! ¡Acúm”! Lo decía abriendo y cerrando los puños, con cara de rabia, como crispado, pero jamás supieron descifrar el misterio de aquellas inaugurales expresiones dialécticas. Creo que la rabia era por la falta de comunicación, les costaba saber qué quería y a lo mejor por eso apretaba los puños de coraje. Hasta que no somos capaces de hablar, los gestos son como una jerigonza silenciosa. Vivo solo y me comunico con mi perro a través de mímicas. Con una simple mirada sabe perfectamente lo que le quiero transmitir y a mí me ocurre lo mismo cuando él me mira. Antes de hacer cualquier cosa busca siempre mis ojos y actúa dependiendo del mensaje de mi mirada, como esperando satisfacer mis deseos.

Ayer me dio por reflexionar sobre qué hubiera ocurrido en el mundo si yo no hubiera nacido. Y no crean, casi nada hubiera sido igual. Somos miles de millones de seres humanos los que habitamos la tierra, pero todos somos fundamentales en algo y para alguien y de algún modo ejercemos una influencia en quienes nos rodean, en la familia, en los amigos o en nuestros vecinos. Incluso en gente que ni conocemos. Nos diferenciamos en cosas materiales, además de en el color de la piel y el idioma, pero en realidad somos como gotas de agua. Conocí hace unos meses a una persona a través de Facebook que vive a casi diez mil kilómetros de Sevilla y es increíble lo que nos parecemos, siendo de países distintos, con lenguas diferentes. Cuando aquí hace frío allí hace calor y cuando allí es primavera y el campo se llena de flores, aquí muda la tierra su piel multicolor y los árboles sueltan las hojas.

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Volviendo a la posibilidad de no haber nacido, me pregunto, por ejemplo, qué hubiera sido de la música sin Mozart, de la literatura sin Cervantes, de los cuentos sin Calleja, del cine sin Alfred Hitchcok o del cante jondo sin Silverio Franconetti, Camarón de la Isla o Enrique Morente. Pero no hace falta poner de ejemplo a celebridades como las citadas. Cualquiera de nosotros por muy humildes que seamos hemos sido a veces fundamentales para otras personas, cercanas o no. Vas por la calle, quieres atravesar la calzada sin haber mirado bien si vienen o no coches y alguien te sujeta del brazo para que no cruces, porque te ha visto en peligro. Seguramente te ha salvado la vida en ese justo instante y no le conoces de nada. ¿Imaginas que esa persona no hubiera nacido? A lo mejor nació solo para estar ahí en ese momento crucial de tu vida, quién sabe. Y ya todo lo que hagas en el futuro será gracias a ese ángel de la guarda.

Mañana cumplo cincuenta y siete años y, sinceramente, me parece que nací hace solo diez o doce, como mucho. Salvador Dalí dijo una vez que muchas personas no cumplen ochenta años porque se quedaron en los cuarenta. Yo me quedé en los diez, sigo siendo aquel niño que quería volar pero, como los gorriones, sin cambiar mucho de árbol. No estoy nada de acuerdo con eso de que hay algo más triste que envejecer, que es seguir siendo niño cuando te llega la ancianidad. La vejez es un arte difícil de dominar. Mi madre anda ya cercana a los noventa años y no acaba de cogerle el tranquillo a la ancianidad. Y eso que no es algo que te ocurre de la noche a la mañana, sino una carrera larga. Deberíamos de llegar a viejos sin perder del todo la piel de la infancia, pero mentalizados para la última etapa de la vida, en la que la esperanza se debilita un poco cada minuto que pasa. También tiene sus ventajas envejecer. Con los años vemos peor y, para lo que hay que ver, mejor ver poco. Esto me recuerda a un conocido que trabajando en una fundición de Alemania perdió un ojo y la empresa le propuso dos cosas: recuperar el ojo perdido o recibir una indemnización de casi medio millón de pesetas de la época, los años setenta. Llamó a su mujer para que le aconsejara qué hacer y esta le dijo que, para lo que había que ver en Montellano, que trincara el dinero y se viniera para España. También vamos perdiendo la capacidad de oír y eso suele ser un trauma, aunque evitamos escuchar muchas de las tonterías que se dicen a nuestro alrededor, y a cantantes como Paquirrín. Por último, con la vejez también suele llegar la soledad y siempre es preferible estar solos que mal acompañados. “Tu soledad y la mía/ son dos soledades solas/ que viven en compañía”.

Para mí todos los caminos llevan a los olivos Arahal.

Aceptaré mañana estos cincuenta y siete años que cumpliré convencido de que me han servido para algo, de que habré alegrado algunas tristezas, de que alguien habrá sonreído con algunas de mis ocurrencias y de que gracias a mí alguien en algún lugar del mundo habrá agradecido haber nacido o que lo hubiera hecho yo. No pondré velas en la tarta porque va a parecer el desfile de las antorchas al que se refería la actriz Katharine Hepburn cuando le preguntaron sobre la vejez. Tampoco me tomaré cincuenta y siete mostos porque, aunque en la taberna de mi paisano Vicente el Bizcochero cuestan solo cincuenta céntimos, con tapa incluida, la DGT no entiende de celebraciones y, por otra parte, el bolsillo tampoco. Solo leeré a uno de mis escritores favoritos, Graham Greene, quien nos dijo que en el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad.

Fíjense si es importante que yo haya nacido, que de no haberlo hecho usted no estaría leyendo hoy estos desvaríos sabadeños y al estar haciendo otra cosa quién sabe si no andaría aburrido viendo alguno de esos programas de televisión en los que se suele preguntar qué sentido tiene haber nacido para ver lo que hay que ver, escuchar lo que hay que escuchar o pasar por el mal trago de perder un ojo en la fábrica y que su mujer le diga que para lo que hay que ver, “coge el dinero que mañana es el cumpleaños de la niña”.

03
Ene/2015

Campanadas, campanillas y campanazos

Tendrían que haber visto la cara de mi madre cuando en Canal Sur Televisión –el único canal que se ve en su casa, por cierto– cambiaron las campanadas de fin de año por un anuncio de Coca-cola. No por uno de fino de Jerez o de mosto de Umbrete, sino por uno de Coca-cola. Miraba turulata perdida al Juan y Medio de escayola que tiene en el mueble-bar, con perejil –lo cambió hace años por un San Pancracio de barro que tenía en la mesita de noche, como ya no busca trabajo…–, preguntándose qué leches ocurría con las campanadas de fin de año. Con el trabajito que le había costado a la pobre pelar las doce uvas, que eran doce castañas de Piedrahita. También me miraba a mí esperando ver mi cara de regocijo, porque sabe que lleva años mortificándome con los niños cantores de Juan y Medio y Pepito el Caja, que tiene la gracia donde mismo la tienen las avispas, en salva sea la parte. Intenté disimular todo lo que pude, aunque por dentro era una feria, una juerga de gitanos de aquellas de la Cava de Triana que se perdieron para siempre. En un año en el que casi todo me ha salido rematadamente mal, que mi madre detractara por fin a Canal Sur era un fin de fiesta inesperado, perfecto, para un año tan hijo de su santa madre. ¡Dios, qué momentazo! “Con Juan y Medio esto no hubiera ocurrido jamás”, dijo doña Pepa totalmente abatida.

No se lo creerán pero quiero a este hombre como al padre que nunca tuve. En un principio me caía un poco gordo, con esas ocurrencias suyas tan estudiadas que tanto gustan a los andaluces y a las andaluzas, pero he acabado por cogerle afecto. Y eso que para mi madre yo era el mejor periodista de Palmete hasta que llegó él y de inmediato dejó de leer mis columnas de El Correo, y hasta mis libros de flamenco. “Omá, que yo en lo mío, en criticar a los cantaores cuando desafinan como los de Se llama copla o se atraviesan más que un lepero en la Campana, soy mejor que Juan y Medio de aquí a Manila, que lo sepas”, le decía medio compungido. Pero le daba igual. Con mi santa madre, siempre me he sentido el Salieri de Juan y Medio. Y lo llevo regular, sinceramente. Por eso disfruté como un marrano en un charco viéndola comerse las uvas sin campanadas, a palo seco, como el trianero Juan el Pelao cantaba los martinetes del Tío Rivas. Para colmo de mi regodeo, ponemos la radio –Canal Fiesta, claro–, y a ver si adivinan qué estaba sonando en ese justo instante: “Campanas de Linares”, de Rafael Farina. Y entonces se me ocurrió cantiñear como de fondo una añeja seguiriya de Juan Varea que ya casi había olvidado: “Doblaron las campanas/, señores, de San Juan de Dios”. Y ya estuve toda la noche recuperando vetustas coplas de campanas que duermen el sueño de los justos en el cancionero popular del flamenco.

reloj

Creo que ya lo conté aquí hace un par de años. Mi madre tiene un televisor de esos que andan aún con manubrio, como las gramolas de Thomas Alba Edison. El mando a distancia es del tamaño de un ladrillo de gafas de los de la Puebla de Cazalla, y tiene vida propia y todo. A veces se le van los canales, todos menos Canal Sur. Es un fenómeno paranormal enigmático, digno de un especial de Cuarto milenio, que me recuerda mucho a una radio que tenía mi tía Rosario la Serena la de Arahal en la que solo se podía escuchar a Bobbi Deglané.

Un día intenté girar el dial para buscar otra emisora y fue imposible. Ni con Mister Proper. Como nunca cambiaba de emisora y tenía el aparato en la cocina, la grasa del infiernillo había fijado la ruedecilla que hacía girar el dial y no había manera. Sin embargo, el caso del televisor de mi madre es distinto, algo esotérico, creo que más diabólico, seguramente debido a las maldiciones de mi abuelo materno, quien aborreció el televisor cuando una tarde, preparándose para ver los toros, don Matías Prats no paraba de glosar las características físicas del morlaco que tenía que lidiar Paco Camino: “¡Menudo bicho!”, decía el señor Prats mientras mi abuelo comenzaba su ritual de cada tarde taurina en la tele. Y don Matías no paraba: “Ya tenemos al bicho en el albero preparándose para que el matador camero lo temple”. “Qué bien puestos los tiene este bicho”. Mi abuelo ya no pudo más, arrancó el cable del televisor de un gañafón y se fue de la casa acordándose de todos los antepasados de don Matías. Extrañado, le pregunté a mi madre el motivo de su enfado, y me lo aclaró en seguida: “Es que a Popá Manué le decían El Bichito en Arahal”.

No es nada justo la que le han dado a La Nuestra en las redes sociales y demás medios de comunicación de masas por este incidente, cuando existen otros muchos motivos para hacerlo. Ya no es solo lo que nos cuesta, sino la sobrecarga de espacios ramplones en su insufrible programación. Pero como es un medio de “vertebración social de Andalucía”, según dicen los que justifican el dispendio, esto es, los interesados, venga dinero público, decenas de millones de euros de subvención y pérdidas escandalosas. Esto sí que es para dar campanadas, pero de muertos. Solo por el horroroso especial de Nochebuena tendría que haber dimitido media cúpula directiva. Y lo peor es que seguramente fue lo más visto en Andalucía, con lo que cabría decir eso ya tan manido de que tenemos lo que nos merecemos.

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Siempre tienes la opción de no ver el canal andaluz, que es lo que hago yo cuando estoy en mi propia casa, que no me asomo ni por error porque me encargué hace tiempo de que no apareciera nunca en mi televisor, como en la radio de mi tía la Serena no se oía jamás a alguien que no fuera Bobi Deglané. Ahora, cuando me coge en casa de mi madre es otra historia, porque donde manda patrón no manda marinero. Podría romper relaciones con ella, pero madre no hay más que una y la mía es de campanillas. Por eso estoy dispuesto a correr el riesgo de acabar cantando coplas mano a mano con Eva González y hasta de buscar novia en el programa de Juan y Medio, en el que los yogures caducados ya se pueden consumir desde que lo dijo el exministro Arias Cañete.

Al final se ha llevado el campanazo quien seguramente no tuvo toda la culpa. Todo se quedará en una anécdota –¿alguien se cuerda ya del patinazo de Carmen Sevilla, que nos teletransportó casi a la Edad Media? –, Canal Sur nos seguirá costando un ojo de la cara, seguiremos sufriendo una programación preñada de chabacanería y los andaluces continuaremos diciendo viva la Pepa. Y Susana Díaz encantada de la vida, como antes que ella lo estuvieron Chaves y Griñán. Sí, porque Canal Sur Televisión no es La Nuestra, sino la de ellos: nosotros solo la pagamos. Y algunos, creo que muchos andaluces, además de pagarla también la sufrimos.