Monthly Archives: Diciembre 2014

27
Dic/2014

Si yo fuera el Rey de España

mosto2010-21No sé qué es peor, si el discurso de cada Navidad del Rey o el análisis posterior que hacen los de siempre como si fuera lo más trascendental del año. Es cierto que este año había un morbo especial por ser el primer discurso navideño del nuevo Rey, quien como ya dejé dicho aquí este mismo año tiene tanto carisma y es tan apreciado por los españoles –y parte de los andorranos– que ya no se habla para nada del regreso de la República, ese sistema de gobierno que arregla todos los problemas y alegra todas las tristezas. En este estudio que se hace cada año de la perorata real se analizan hasta los más insignificantes detalles, esos que pasan inadvertidos para el resto de los mortales, listos o lerdos, pero que ven quienes viven por y para eso, que para eso estudian. Esa ventanita de la salita por la que se podía ver un árbol de Navidad lleno de misterio. Ese sofá corriente y moliente, rojo chillón, a juego con una flor de Pascua más tiesa que un ajoporro. Ese Rey con las piernas cruzadas, campechano, de atendida barba, luciendo los calcetines como cualquier mortal. Y esa corbata humilde, normal, como estudiado complemento de un traje gris marengo claro, de aquellos de Pedro Roldán que todos hemos lucido alguna vez en bodorrios o cenas de empresa. Los analistas cuentan hasta las palabras que se dicen en el discurso, porque, claro, no es lo mismo una más que una menos. Tienen que ser las justas. Y hasta se preocupan en clasificarlas: corrupción, paro, unidad, España, trabajo, entendimiento, paz, solidaridad. Un trabajo, oiga. Luego están los gestos, el movimiento de las manos, la mirada, que tiene que ser siempre fija y a ser posible dulce y algodonosa. ¿De verdad que esas cosas están estudiadas al milímetro? Pues sí, eso parece. Mantener la Monarquía no es solo una cuestión de presupuesto, sino de gestos, de discursos. Imagínense que al Rey se le escapa una palabra inapropiada y se va todo al garete.

Si yo fuera el Rey de España escribiría mis propios discursos navideños –como creo que ha hecho Felipe VI, aunque le haya asesorado uno de esos expertos en cómo camelar al pueblo–, elegiría qué ponerme y daría el discurso en directo desde alguna bodega del Aljarafe, la de El Caimán o la de Pepe Girón, por ejemplo. En vez de ponerme de espaldas a una ventana, unos barriles de mosto y en la mesa, papeles de estraza llenos de tocino ibérico muy bien cortado y morcilla de hígado de Montellano o de Arahal. Contrataría un buen cuadro de flamenco –con un palmero por cada región de España, para evitar problemas, que ya los hay hasta en Galicia–, haría traer un carro de chocos de Isla Cristina y pondría a Juan y Medio como director de un coro de niños cantarines. Tras el discurso, que lógicamente lo daría por soleá y a compás, un buen fin de fiesta con Luis el Zambo, El Chícharo, El Bo, El Bobote, Paco Vega y Remedios Amaya. Y para rematar el cuadro celebraría al final un debate sobre la Monarquía con Cayo Lara, Paco Marhuenda, Julio Anguita, el Pequeño Nicolás, Diego Cañamero y Esperanza Aguirre. Todos mollatosos, claro, porque frescos no tendría gracia, que para eso ya está el debate de los sábados en La Sexta.

Felipe

Uno de los problemas de España es que queremos hacerlo todo muy serio, con gran solemnidad, como para dar buena imagen de cara al resto del mundo. Y no tiene por qué ser así. Ya tenemos bastante con el presidente del Gobierno, don Mariano, que parece que va o que viene siempre de un velorio. En este sentido ha mejorado a José María Aznar, que ya era difícil, pero da siempre una imagen aburrida, de país centroeuropeo, cuando España es una tierra en la que más cachondos hay por metro cuadrado. En este sentido, Andalucía es un ejemplo. Es una región machacada por el desempleo y a la cabeza de casi todo lo malo, pero Susana Díaz, la presidenta, siempre que es entrevistada da una visión paradisíaca del sur de España. A mí que me registren, parece decir. En eso se parece bastante a quienes organizan cada año el especial de Nochebuena de Canal Sur Televisión. En la tierra del arte, el compás y el arza y toma, se apañan con niños que cantan destemplados y a los que visten como si fueran a ir a un entierro. Qué más da, si los andaluces ya no tenemos criterio y hace siglos que perdimos la virginidad del buen gusto. Y eso mismo habrá pensado el rey a la hora de redactar su discurso navideño: que los españoles ya no tenemos criterio. Que un día nos levantamos republicanos y al otro monárquicos. Que aunque parezca todo lo contrario, solo nos repatea la corrupción de los gobernantes cuando estamos más tiesos que un bacalao. Que estamos más preocupados por quién va a ganar el Balón de Oro, que por quienes se han quedado sin sus casas por no poder hacer frente a las hipotecas contratadas con bancos pringados de roña hasta las orejas. En suma, que nos importa un pito si el pito pita o no pita.

El Monarca y su pataíta por bulerías.

El ex Monarca y su pataíta por bulerías.

Este ha sido un año de grandes gestos por parte de quienes gobiernan el mundo. El Papa Francisco podría crear ya un club de fans en el Vaticano y Barak Obama, otro en La Habana, después de propiciar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, gesto que han aplaudido la mayoría de los líderes del mundo. El Rey Juan Carlos se fue antes de que lo echaran de una patada republicana y Pablo Iglesias, el líder de Podemos, se aleja de los debates televisivos para meditar sobre qué hacer con su coleta. No hay que olvidar el gran gesto de Pitingo, que ha anunciado su marcha a Miami porque no soporta que haya en España críticos de flamenco más famosos que él. Sin compás, además. Lo extraño es que aún no haya habido ninguna manifestación de pitinguitos y pitingueros para hacerle cambiar de idea, con lo que nos gusta una romería. Ni otro gran gesto, el de Esperanza Aguirre, que cuando ya llorábamos por los rincones su marcha de la política de cargos relevantes, anuncia ahora que está ahí para lo que Rajoy le mande.

Ha sido un año duro para los españoles. Como les estará pareciendo raro que no haya hablado aún de mí –ya saben que prefiero desvariar sobre mí antes que sobre los demás mortales–, este ha sido también un año duro, de soledad deseada, pero también de creación porque he editado dos nuevos libros que apenas me dan para pagar la hipoteca. Sigo escribiendo de opinión en este diario, desvariando cada sábado sobre esto y lo otro, y he criado a mano un pichón de palomo común que ya vuela y que ahora no sé qué hacer con él. La Nochebuena la pasé con mi santa madre viendo Canal Sur –su televisor sigue con fenómenos paranormales: se le van todos los canales menos el nuestro–, y la Nochevieja parece que también me tocará velar. El Rey de España dando discursos diplomáticos para sujetar al rebaño, el Papa Francisco intentando poner orden en el mundo, y este plumilla de Arahal criando palomos y desvariando al tres por cuatro.

26
Dic/2014

El Festival de Nimes cumple 25 años

Moraíto Chico tocando por bulerías en el Festival de Nimes de 2011.

Moraíto Chico tocando por bulerías en el Festival de Nimes de 2011.

Aunque parezca que el interés del flamenco fuera de Andalucía es un fenómeno reciente, lo cierto es que viene de lejos. Para que se hagan una idea, a mediados del XIX un tal Farfán intentó llevarse de gira por Europa al gaditano Antonio Monge El Planeta y a la cañaílla María Fernández La Borrica, según la prensa de la época. No nos consta que se llevara a cabo esa gira, pero había interés en que los europeos conocieran el arte del carnicero adinerado y el de la hermana del Viejo de la Isla, la del bravo macho seguiriyero. Curiosamente, en Andalucía despreciaban a los flamencos y criticaban la inclusión del género en los teatros y cafés. Fuera de Andalucía, en la capital de España, se referían al éxito de los flamencos en sus teatros como “la plaga flamenca”. No llevaban bien que Silverio y Juan Breva llenaran el Café de la Bolsa con sus “jipíos” y “palmoteos” y que célebres tenores italianos o bailarinas francesas no se comieran una rosca. A pesar de tal ofensiva, los flamencos conquistaron España en el siglo citado, sus teatros y cafés, y viajaron por el mundo. Y no nos referimos a las boleras y boleros como Manuela Perea, Petra Cámara, Manuel Guerrero o Antonio Ruiz, sino a artistas flamencos. Directores de los más importantes teatros de Europa, y hasta de América, venían a Sevilla a ver espectáculos de cafés para hacer sus programas. Y ahí teníamos a los cantaores, las bailaoras y los guitarristas conquistando París o Berlín. A Aquélla Parrala de Moguer -que no de La Palma-, o a aquél Maestro Pérez del sevillano Barrio de la Feria. Hoy hay ya festivales flamencos internacionales en todo el mundo que nada tienen que envidiar a nuestra Bienal. El de Nimes, ciudad del sur de Francia, es uno de ellos. Veinticinco años hace ya que decidieron crear esta cita anual con el arte andaluz, que hoy es cita obligada y referencia ineludible para aficionados tanto franceses como españoles. Y también podríamos referirnos al de Mont de Marsan o a la Bienal de Holanda. Nimes es una ciudad muy española -más bien andaluza-, en la que gustan los toros y el flamenco una barbaridad. Su festival, al que hemos sido invitados varias veces y que conocemos, es todo un ejemplo de buena organización y compromiso con el flamenco. Y lo han conseguido grandes aficionados como Patrick Bellito y Pepe Linares, entre otros. Celebramos este primer cuarto de siglo del Festival de Nimes con un Olé con mayúscula.

20
Dic/2014

El acordeonista de Mampela

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Aquella Navidad iba a ser triste en la casa de Manolito, sin mucho que llevarse a la boca. Había leña humedecida en el corral y garbanzos del rebusco. También una garrafa de mistela de Los Palacios que les había regalado un vecino con mucho interés. El abuelo había aliñado unas aceitunas luneras, esto es, cogidas a la luz de la luna, sin permiso de sus dueños, y quedaban algunas empanadillas de sidra que semanas antes les llevó un pariente desde Arahal metidas en un canasto de mimbre. Solo faltaba el pavo. Aquel año hubo morriña avícola y se murieron decenas de pollos y gallinas en el pueblo. Entre Palomares y Almensilla había una finca con un hermoso caserío y el dueño criaba pavos para venderlos en tan señaladas fiestas. Manolito había leído en algún libro que los pavos eran muy perceptivos a la música. Una mañana en la que José Manuel El Tamboriilero venía a la feria de Palmares, con su flauta y su tambor, observó que los pavitos de aquella finca se quedaban extasiados con la versión que José Manuel hacía de las sevillanas de moda de los Hermanos Toronjo, los Hermanos Reyes y los Romeros de la Puebla. Fue la primera vez que vio llorar a un pavo de los de plumas, de los de verdad. Y se  le ocurrió que si aquellos pavitos se habían criado escuchando la flauta y el timbal del tamborilero de Almensilla, conservarían en alguna habitación de su memoria el recuerdo de aquellas alegres melodías que sonaban en la radio cada primavera.

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Dos tardes antes de Nochebuena decidió comprobarlo y se fue a la finca con un acordeón que sabía tocar torpemente. Eligió las sevillanas El embarque del ganao, de los Romeros, y nada más comenzar empezaron a acercarse los pavos a la alambrada, conmovidos, casi descompuestos. Se miraban entre ellos un poco turulatos, como no dando crédito ante aquel improvisado concierto rociero. Se fueron acercando tantos pavos, pavas, pavitos y pavitas que empezó a tener remordimientos de sus verdaderas intenciones, que eran las de lograr que uno de los plumíferos se emocionara de tal manera que saltara la alambrada y le siguiera hasta Cuatrovientos. Y así fue. El más valiente de los pavos dio una volada increíble, saltó la alambrada y empezó a seguirlo, como los ratones y los niños seguían al flautista de Hamelín. No se atrevía siquiera a mirar hacia atrás porque temía que el pavo se asustara y regresara a la finca. Pero cuando había llegado a la altura de la piscina de Sartarén miró de reojo y vio que no solo le seguía el hermoso pavo, sino decenas de ellos que habían saltado también la alambrada agitados por las melodías que salían de su acordeón. Y no solo los pavos, sino gallinas ponedoras, pollos de engorde, conejos caseros y silvestres, liebres, abubillas, perdices, palomas torcaces, mochuelos, chivitos y lagartos. En el cielo, águilas culebreras, milanos, alcaravanes y cernícalos dibujaban estrellas de Oriente que se dirigían también a Cuatrovientos. Y atrás del todo, al final de la larga fila de voluntarios para alegrar aquella triste Navidad, una piara de cerdos blancos, colorados y negros, con collares hechos de tomillo y romero.

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La entrada en el pueblo fue apoteósica. Sus convecinos habían salido a la calle y los recibieron con vítores y aplausos. Abrieron las puertas de sus humildes casas y en cada una de ellas se iban metiendo un pavo, un pollo de engorde o un cerdo. Al llegar a Palomares, cuando el sol se había perdido ya por Mampela, confiriéndole un tono de oro viejo a las copas de los olivos, solo le seguía ya el primer pavo que se atrevió a saltar la alambrada. Los dos regresaron a Cuatrovientos, ya sin música, y cuando llegaron sintieron cómo en las casas se cantaban campanilleros y villancicos, sonaban los almireces, triángulos y cántaros, y vieron posadas en cada uno de los tejados a las estrellas de Oriente que habían dibujado las aves rapaces en el cielo azulado del Aljarafe. Cuatrovientos parecía el poblado de un cuento navideño. Incluso había nevado. La candela de la hijuela aún humeaba y a lo lejos, en el silencio de la noche, se oía a los mochuelos y a los cucos tararear Noche de paz, el popular villancico de Joseph Mhor.

Aquella noche, el pavo y Manolito se durmieron escuchando tan entrañable melodía navideña. A la mañana siguiente, al despertarse, el pavo había desaparecido, no había nieve en Cuatrovientos, la candela de la hijuela ya no humeaba y se habían ido las estrellas de Oriente de los tejados dejando al descubierto sus endebles tejas. Sus contiguos tenían el semblante triste y cada uno de ellos acudía a sus cosas cotidianas, unos al campo a labrar la tierra y otros esperando el autobús para ir a trabajar a Sevilla. Comprendió que todo lo ocurrido la tarde del día anterior había sido solo un sueño. Recordó que ni siquiera sabía tocar el acordeón. Y se alegró de que todo hubiera sido una jugarreta de la fantasía.

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Aquella Nochebuena no pintaba bien. La madre de Manolito tenía ya una olla llena de garbanzos en el anafe y el abuelo Manuel encendía una copa de cisco en el corral, que aventaba con un desgastado abanaó de palma. En la mesa camilla había ya un plato de pastelillos de sidra y algunos polvorones, de los de Carmen Pichardo. Y en la radio se oían los campanilleros de la Niña de la Puebla. Fuera, en la carretera, se escuchaban los roncos e ininteligibles pregones de Currillo el Latero y a Rocío la del Loro cantar un cuplé de Antoñita Colomer mientras barría la puerta de su casa. Aquella Nochebuena no pintaba bien. Sin embargo, conforme iban pasando las horas el anafe y la olla de garbanzos iban calentando la casa, la copa de cisco que había encendido el abuelo caldeaba la ropa de la mesa camilla y las llamas de la candela de la hijuela llegaban ya al cielo. Cuatrovientos comenzaba a oler a Nochebuena.

No hubo pavo aquella Nochebuena en la casa de Manolito. Se consoló pensando en que el dueño de la finca cercana a Almensilla no habría podido vender ninguno de los pavos aquel año y que pasarían las fiestas tranquilos, soñando quizás con que algún día apareciera al otro lado de la alambrada de espinos un niño tocando rudamente un acordeón. Pensó también en los cerditos, los conejos y las liebres, en las abubillas y las perdices, en los lagartos y en las águilas culebreras y cernícalos que dibujaban estrellas de Oriente en el cielo. En que seguían vivos, en el campo, contribuyendo entre todos a que los olivares y las huertas de Palomares continuaran siendo de todos, de los seres humanos y de esos otros seres de la tierra, las aves y los animalitos, que ni siquiera saben qué es o qué significa la Navidad.

El día de Año Nuevo, Manolito recibió un crisma de Navidad y en su interior, un texto que decía: “En nombre de los pavos y de todas las aves y los animalitos silvestres y domésticos del Aljarafe, feliz día de tu santo. Siempre serás para nosotros el acordeonista de Mampela”.

18
Dic/2014

Un homenaje sin precedentes al arte y la entrega de Curro Fernández

Esperanza Fernández derrochó arte y entrega, conquistando al público de Las Cabezas.

Esperanza Fernández. Bohórquez. Archivo

Llevamos casi cuarenta años escuchando y viendo flamenco en Sevilla y no recordamos un homenaje como el que ha tenido el cantaor trianero Curro Fernández, quien al final salió al escenario y casi no podía hablar de la emoción. No era para menos. Pocas veces se han juntado tantos y tan buenos artistas flamencos, y tan diferentes, en un mismo espectáculo. Y pocas veces se han hecho las cosas tan bien, con un detallado programa de mano que se cumplió a rajatabla y una puesta en escena cuidada, lejos de la chabacanería que impera siempre en este tipo de homenajes, donde casi nunca suele haber buena dirección artística, alguien que sepa poner al artista en el escenario, que diga cómo ha de colocarse y qué luces le vienen bien para que luzca su arte. Eso, por ejemplo, que solemos echar de menos en un festival de la envergadura de la Bienal.

Curro Fernández no ha sido nunca una estrella mediática del cante. Ni siquiera una primera figura. Sin embargo, en lo suyo, en el cante atrás, para el baile, siempre ha sido uno de los más grandes. Nadie como él ha sabido jalear a una bailaora o a un bailaor. Ha trabajado para los más grandes, desde Farruco y Matilde Coral a Manuela Vargas, pasando por Manuela Carrasco o el Mimbre, por no hacer esto interminable. Además, siempre fue un cantaor puro, entregado, de raza, que veló por los estilos de Triana, los de la Cava Nueva, aquellos que cantaban los calés del barrio en las tabernas y las fiestas íntimas. Entre aquellos gitanos herreros estaba el gran Curro Puya, de los Vega, de su familia, quien se medía de igual a igual con el Fillo o el Colorao.

Había que reconocer el medio siglo que este cantaor lleva en el cante, que no es cualquier cosa. Medio retirado ya, aunque no del todo: un cantaor nunca se va del cante. Había que tener este detalle por él y por quienes se han dedicado y se dedican a esa disciplina del cante tan poco valorada a veces, como es la de cantar para el baile. Un cantaor de cuadro no tiene por qué ser un cantaor menor. Hay que recordar que por esta disciplina han pasado todos los grandes del cante, desde Silverio hasta Mairena, pasando por Fosforito, Lebrijano, Camarón o Morente. Actualmente, muchos de los mejores del cante están en esta faceta para la que no solo hay que saber de cante, sino de baile y de guitarra.

Resultaría complicado desmenuzar de forma escrupulosa todo lo que hubo en el escenario de Fibes el pasado miércoles, sin dejarnos cosas atrás. Hubo mucho y bueno en las tres facetas: el cante, el baile y el toque. Desde la preciosa nana del comienzo a cargo de la hija del homenajeado, Esperanza Fernández Vargas, hasta la impresionante soleá de Manuela Carrasco. Y entre una pieza y otra, momentos sublimes como el protagonizado por Juan José Amador y José Valencia, que parecían Manuel Cagancho y Juan el Pelao zurrándose por tonás y martinetes en el Arquillo de la calle Troya. La gracia de la bailaora Pastora Galván, que crece como artista a una velocidad de vértigo. La elegancia inenarrable de Ana Morales y su hermosa petenera. La finura de una caña cantada por Arcángel. El poderío y la personalidad del Farru, que bailó por tangos a su manera, pero emocionando e inspirado. La profundidad de Eva la Yerbabuena en sus ya clásicas seguiriyas. Las alegrías de Canales, la pujanza y el duende de Marina Heredia, el sello de la Tremendita, el pellizco de la Fabi, el sonido diferente de Segundo Falcón, Jesús Corbacho, el Zambullo, Cristan Guerrero y Paco Fernández, y el aire tan particular de Joselito Fernández, otro hijo de Curro.

Todo con una asistencia atrás, en la guitarra, que pocas veces se había escuchado: Miguel Ángel Cortés, Paco Jarana, Dani de Morón, Salvador Gutiérrez, Eduardo Trassierra, el Bolita de Jerez y Pedro Sánchez. Y en la percusión, Joselito Carrasco, Paco Vega, Antonio Coronel, Jorge el Cubano, el Polito y Miguel Junior. Sin olvidarnos de las palmas de los Mellis de Huelva, que no podían faltar.

La guinda la puso un genio, Manuel Molina, que cerró con dos o tres letras de la suyas, cantándolas de manera increíble, una noche que quedará en los anales de la historia del flamenco de Sevilla.

Curro Fernández se lo merecía.

13
Dic/2014

Aquel Juan Pelao de Triana

Si hay una figura histórica singular y emblemática del cante trianero es Juan el Pelao, considerado el Rey de los martinetes desde que una noche rompió los moldes del vetusto cante fragüero en la taberna de Rufina, de la calle Pureza, ante cuatro aficionados cabales, porque se negaba en rotundo a cantar delante de quien no supiera estinguí. Pero a pesar de su importancia entre los cantaores de Triana, es quizás el intérprete más desconocido de la historia del cante del arrabal sevillano. Hasta ahora solo se sabía de él que se llamaba Juan y que pertenecía a la casta flamenca de los célebres Pelaos de Utrera, emparentado con el mítico Perico el Pelo, aunque nadie haya aportado nunca los documentos que prueben su origen y, sobre todo, sus apellidos. Nos llevó meses de intensa búsqueda en los censos de Triana encontrar a este mítico gitano. Primero intentamos localizar a un Juan de Utrera, aunque no tenía la certeza de que fuera natural de este municipio, y eso ayudaba muy poco. Tras llevar a cabo un exhaustivo rastreo en la bibliografía flamenca y la prensa de la época, encontramos una nueva pista que nos aportó Fernando el de Triana en su libro Arte y artistas flamencos (Madrid, 1935), en cuyas páginas se ocupó del célebre cantaor calé deshaciéndose en elogios hacia su arcana voz. Si han leído alguna vez el texto de El Decano del Cante, Fernando nos dice que la mujer del cantaor se llamaba Clara. Al ser un nombre poco común en Triana en aquella época, enseguida encontramos a la única Clara que podía ser la mujer de Juan Pelao: la gitana Clara Amaya Cortés, de Ronda, sobrina  de María la Andonda y tía del genial guitarrista Diego del Gastor. En un padrón de Triana de 1895, localizamos a esta mujer viviendo con Juan García Moreno y el hijo de ambos, José García Amaya, en el número 8 de la calle Febo, que está al final de la famosa calle San Juan Evangelista. En esta calle, conocida también como Sol -Febo significa sol-, siempre vivieron muchos gitanos herreros, como el célebre cantaor Francisco Moreno Camacho, Francisco la Perla, primo hermano de nuestro cantaor.

Su partida de nacimiento.

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Sabiendo ya que Juan el Pelao se llamaba Juan García Moreno solo teníamos que seguir la investigación hasta encontrar su partida de nacimiento y la de su hermano José, ambos herreros de Triana y buenos martineteros, aunque el genio, al parecer, era Juan. Juan José García Moreno se dejó ver por este mundo la primera vez el 17 de mayo de 1856, en el número 5 de la calle San Juan Evangelista, siendo bautizado tres días más tarde en la Parroquia de Santa Ana. Hijo de José y de María Dolores, era nieto de Francisco y Antonia, por línea paterna, y de Alonso y María por línea materna. Todos naturales de Triana y dedicados al milenario oficio de la herrería. Su hermano José nació dos años antes en el mismo domicilio, donde también vinieron al mundo sus hermanas Consolación, Carlota y María Dolores. Y Gabriel, que murió muy pronto.

Partida de bautismo del hijo de Juan Pelao y Clara Amaya Cortés. 1878.

Partida de bautismo del hijo de Juan Pelao y Clara Amaya Cortés. 1878.

Emparentado también con los Cagancho, por el apellido García, el martinetero creció en la fragua familiar y se hizo cantaor escuchando a todos los cantaores gitanos de la Cava Nueva -hoy Pagés del Corro- y la calle San Juan, alternando en reuniones familiares y en tabernas como las de El Arquillo y Casa Rufina. Nuestro cantaor se quedó huérfano de padre y madre siendo un adolescente de 14 años, y al amparo de sus tres hermanas, cigarreras de la Fábrica del Tabaco. El cante podía haber sido para él una buena salida a la miseria, como lo fue para algunos gitanos trianeros del XIX, pero Juan el Pelao pertenecía a la casta de los raros, como el Nitri, Frijones o Tomás Pavón. Siempre consideró que coger dinero de un gaché por cantar era como si una mujer vendiera su cuerpo, de ahí que rechazara invitaciones para participar en fiestas de señores, salvo cuando eran cabales, gente que chanelaba, como eran los casos del general Sánchez Mira o el torero sevillano Antonio Fuentes.

Padrón de la calle Febo de Triana en el que aparece Juan el Pelao, en 1875, con su hermana Consolación.

Padrón de la calle Febo de Triana en el que aparece Juan el Pelao, en 1875, con su hermana Consolación.

La relación del Pelao con los hijos del Antonio el Fillo le permitió conocer a Clara Amaya Cortés, de Ronda, sobrina de la mítica María la Andonda, de la que se hizo novio. En 1878 tuvo un hijo con esta mujer en la calle Puerto de Triana, sin estar casados, al que bautizaron en Santa Ana con el nombre de José, por el abuelo paterno. En el padrón de 1895, del número 8 de la calle Febo, solo aparece con ellos este hijo, luego es probable que no tuvieran más descendencia. A partir de esta fecha el cantaor y su familia desaparecen de Triana. Entró en quintas en 1875. Accediendo al registro de su alistamiento, comprobamos que medía solo un metro y sesenta y tres centímetros, esto es, pequeño de estatura, aunque dentro de la talla media de la época. Para eludir ir al ejército alegó ser “tardo de un oído” y “manco de la mano derecha”. Pero a pesar de sus curiosos alegatos, el martinetero fue declarado apto para servir a la Patria.

¿Qué importancia tuvo Juan el Pelao como cantaor? En Triana es una referencia del cante de fragua, considerado el mejor martinetero de todos los tiempos. No hay constancia de que cantara nunca fuera de Triana, y mucho menos de que lo hiciera en locales públicos. Los cantaores trianeros no eran muy partidarios de cantar en cafés, aunque hubo quienes lo hicieron. Eran herreros, cerrajeros, alfareros, areneros, tablajeros, zapateros, hortelanos o marineros, que cantaban solo en fiestas familiares o en las tabernas del barrio para aliviar sus penas o airear sus dichas. ¿Quiénes pudieron ser sus maestros? No alcanzó a conocer al célebre Antonio el Fillo, aunque sí a sus hijos, sobre todo a Francisco, el primogénito del cantaor de San Fernando. Suponemos que los demás hijos también cantarían y que tendría con ellos una estrecha relación. Por otra parte estaba su primo hermano, Francisco la Perla, que aunque se fue a Cádiz meses después de que él naciera, alguna relación tendrían. En 1875 aparecen viviendo juntos en una misma casa de la calle Febo. Y a escasos cien metros, Diego Fernández Flores El Lebrijano, diez años mayor que nuestro cantaor, que unió su vida a una cigarrera trianera, de la casa de los Fernández y llamada Pastora, con la que tuvo al menos un hijo, en 1873. Pero la mejor escuela para Juan el Pelao fue la casa de los Cagancho, la gran universidad de los cantes gitanos de Triana. El herrero calé Antonio Rodríguez Moreno, Tío Antonio Cagancho, nacido en 1821 y no un año antes, como se había dicho hasta ahora, era el gran maestro del barrio, creador de algunas seguiriyas muy antiguas y un magnífico intérprete de soleares y tonás. Su hijo Manuel Rodríguez García, El Señó Manué Cagancho, diez años mayor que el Pelao, siempre consideró a Juan García como a uno más de sus hermanos, pero eran rivales en el cante y ambos protagonizaron verdaderos duelos martineteros y seguiriyeros en las fiestas familiares y en las tabernas ya citadas del arrabal.

12
Dic/2014

¿No será que hay miedo a que haya luz?

Maestro Otero

Los más modernos del flamenco se mofan de quienes investigamos en los archivos para saber quiénes fueron los pioneros de este arte tan importante para Andalucía. Son tan modernos que no entienden que nos esforcemos en saber dónde y cuándo nacieron, por dónde se movieron y cómo vivieron. Y los que lo hacemos no recibimos ayudas públicas de ningún tipo, que suelen estar destinadas para los que cantan, bailan o tocan la guitarra. Con lo que las instituciones públicas les dan a ciertos productores de la cosa o a compañías de flamenco en un solo año se podría crear un buen equipo de investigación que aporte luego buen material a estas mismas instituciones culturales, que hasta crean portales en los que casi todo es mentira. En ninguno hay una información actualizada sobre los artistas del siglo XIX, que fueron vitales en la creación, consolidación y dignificación del género. Parece que es más importante dar dinero a los vivos que ocuparse de los que murieron hace un siglo o más y que nos legaron una maravilla que hoy es admirada en todo el mundo. En algunos casos, cientos de ellos, estos artistas murieron en la más absoluta pobreza y hoy algunas figuras viven de lo que nos legaron. Preocuparnos en sacarlos del olvido, contar sus vidas, analizar sus obras y decir cómo acabaron sus días no es solo un acto de justicia, sino una obligación. ¿Qué hacen estos productores, o los artistas actuales, por esta tarea? Nada de nada. Bueno, sí, se mofan de quienes llevamos años en ella sin más medios que nuestro sueldo. El de un crítico, por cierto, es escandalosamente raquítico, cuando lo tiene, que muchos no lo tienen. Me gustaría saber cuántos de estos productores o artistas compran libros o asisten a charlas o cursos de historia. Se llevarían las manos a la cabeza. Solo les interesa el dinero, aunque no sea justo generalizar. Luego está el hecho de que no quieren que se investigue demasiado porque se puede descubrir que la historia del flamenco que nos han contado está llena de mentiras. Y no digamos la de los artistas pioneros. Cuando hace años descubrí quién fue el Planeta, alguien llegó a decirme que nunca debí llevar a cabo aquella investigación en la que, por cierto, me gasté lo que gano en seis meses. Hay verdadero miedo a que se descubran cosas que desmonten la farsa, las mentiras de quienes han escrito la historia del flamenco como les ha dado la gana. Ahí está la cuestión.

06
Dic/2014

La ternura de los niños gigantes

Hace unos días apareció por mi casa un pichón de palomo que apenas se sostenía en pie. No les voy a decir aún cómo llegó a casa porque me tildarían de niño chico y, sinceramente, aunque cumplí los cincuenta hace ya media docena de años es algo que tengo más que asumido: apenas he crecido interiormente, sigo siendo un niño de diez o doce años. Desconozco el motivo, pero lo cierto es que no suelo actuar como un adulto en casi nada. A veces interpreto el papel de hombre curtido, con experiencia, que es capaz de sacar la mala leche, aunque solo sea eso, la interpretación de un papel que ni siquiera me gusta pero que es importante como autodefensa par sobrevivir en una sociedad que es demasiado cruel. El pollo es de color gris perla con las alas blancas, una preciosidad. Tiene una mirada que es la pura inocencia y me gusta cruzar la mía con la suya, con la de una criatura que desconoce todo lo que le rodea, que no lee periódicos ni ve la televisión y que no sabe lo que es la malignidad. Ni siquiera come aún solo, con lo que depende de mí para todo. Pía cuando tiene hambre y al abrir la caja de cartón para darle su ración de trigo comienza a batir las alas. Le lleno el buche de trigo grano a grano, con una paciencia y delicadeza que si las empleara en otras labores me iría mejor de lo que me va. Y aunque solo lleva dos días en casa, el pichón lo llena ya todo, es como si hubiera entrado un rayo de vida por una de las ventanas. Entre él y Surco, mi pastor ovejero, se encargan de reponer la ternura que se me ha ido yendo con los años, aunque me haya esforzado en retenerla, porque si dejamos que se vaya del todo estamos totalmente perdidos.

Pichón

Hace muchos años crié otro pichón de palomo mensajero, de color blanco, que se quedó sin madre por el disparo de un cazador. Tenía solo días y le tuve que dar de comer con una jeringuilla. Pero salió adelante y se crió en casa como un gatito, andando todo el día por el salón y las habitaciones. Cuando creció y empezó a volar se iba del corral y a veces tardaba horas en volver. Me encantaba subirme a la azotea y ver cómo surcaba el cielo de Palmete detrás de las palomas, blanco como una patena y con un vuelo elegante y ágil. Una mañana, al levantarme, descubrí que no estaba en su jaulón y me extrañó, porque siempre aguardaba mi llegada para que le echara de comer y le abriera la puertecilla. Estuve todo el día esperando su llegada, pero anocheció y no apareció. Palmete ha sido siempre un barrio con mucha afición a los palomos de competición: marcheneros, colillanos, jerezanos y valencianos. Pensé que habría caído en alguna trampa de alguno de estos aficionados, seducido por algún pica adiestrado para robar palomos. Pasadas algunas semanas, y viendo que no regresaba a casa, decidí ir al mercadillo de la Alfalfa, donde iban los palomeros de todos los barrios y pueblos de Sevilla a vender su mercancía. Nada más entrar sentí cómo un palomo piaba con fuerza y en seguida reconocí aquella manera de llamar. Era mi palomo que me había visto y que se mataba en la jaula para salirse. Le dije a su sujeto que era mío y le pedí que me lo devolviera, pero se negó. Ni siquiera quiso vendérmelo, porque solo se dedicaba a cambiar unos palomos por otros. Pero en un descuido, le abrí la puertecilla de la jaula y mi palomo salió de ella como una centella. Aturdido por el gentío, se encaramó en el pico más alto de la Parroquia de San Isidoro y desde allí me buscaba con la mirada entre tanta gente, girando su cuello muy nervioso, como un águila ratonera. Algo lo espantó y salió volando de nuevo, perdiéndose entre los tejados de San Esteban confundido entre los vencejos. Tuve un pequeño disgusto con el palomero, que se arregló con mil pesetas. Me fui de la Alfalfa apenado, verdaderamente triste, porque no sabía qué iba a ocurrir con mi palomo. Pero cuando llegué a mi casa de Palmete, estaba en la azotea. Mi palomo blanco, de vuelo ágil y elegante había encontrado el camino de vuelta a casa, con ese increíble sentido de la orientación que tienen los palomos mensajeros. Estaba dentro de la jaula, arrullando, dando vueltas, celebrando el reencuentro. Pero la felicidad no duraría mucho, porque una mañana, como teníamos en casa una perrita que había parido y amamantaba a sus cachorros con un mimo estremecedor, el palomo se acercó a la canasta y la mamá perra, quizás creyendo que le iba a hacer daño a sus retoños, lo mató de un mordisco en la cabeza.

Nunca más volví a criar palomos. Sin embargo, la pasada semana conocí a un palomero de Mairena del Alcor y le pregunté que si tenía pichones. Me dijo que sí y que estaba dispuesto a darme uno, el que quisiera y cuando lo deseara. Y así fue como hace unos días decidí adoptar al hermoso pichón que ya vive en casa y que alegra las mañanas con su piar pidiendo que le llene el buche de trigo y que le acaricie su cabeza aún privada de plumas. Como vivo solo en una casa grande, de pueblo, con cochera y patio, el nuevo inquilino estará en ella hasta que un día decida volar e irse con sus congéneres. Nunca le cortaré las alas. Mientras decide si irse o quedarse para siempre, el palomo será el nuevo rey de la casa, espero que en leal competencia con Surco. Todavía no sé muy bien por qué he tenido la necesidad de adoptar al pichón. Quizás por ese niño que sigue viviendo en mí y que es demasiado sensible para entender lo que pasa cada día en el mundo, gente que se cita para matarse a palos por unos colores futbolísticos o ideológicos, madres que ahogan a sus hijos, machos ibéricos que matan a sus parejas o enfermos que cuelgan a los galgos de un olivo cuando ya no son capaces de ganarles la pelea a las liebres. No hay mayor maldad que hacer que un animal te ame para luego matarlo o abandonarlo a su suerte en alguna carretera, y eso ocurre a diario en España, donde manifestarse pacíficamente por una buena causa tiene a veces mayor castigo que maltratar a un indefenso animal por el puro placer de lastimar.

Mi perro me conoce mejor que nadie, creo que es el único ser vivo de la tierra que sabe cómo soy y que me acepta con mis defectos y con mis virtudes. Cuando me levanto por la mañana y voy a abrirle la puerta para sacarlo al campo me recibe siempre como si llevara siglos sin verme. Y cuando llego por las noches, de la calle, de tomar una copa o de trabajar, nunca me pregunta que de dónde vengo ni con quién he estado. No me riñe cuando fumo o abuso del ordenador o la televisión. Tampoco se preocupa cuando el banco me notifica mediante una carta que haga algún ingreso para atender al pago de recibos. Eso sí, a veces me huele los pantalones, quizás temiendo que alguna perra me pudiera haber enredado.

Con el paso de los años los seres humanos vamos ganando en algunas cosas y perdiendo en otras. Pero no me gustaría perder nunca la ternura de los niños gigantes.

05
Dic/2014

‘Cuatrovientos’, ya a la venta

Foto Palomares 2

Hola, gazaperas y gazaperos. Ayer presenté en Palomares, en La Truja, mi último libro ‘Cuatrovientos. El niño que hablaba de los olivos’. Fue un éxito. A quienes no pudieron ir por algún motivo les digo que el libro está a la venta en este mesón. Y para quienes vivan en Sevilla, lo tienen en el despecho de Lotería de la Campana, en lo que fue el célebre Bar Pinto. Solo tienen que pedirlo al precio de 10 euros. Otra forma es pedírmelo a mí a este teléfono (955 747 146), que se lo enviaré a casa al mismo precio más los gastos de envío. No está en librerías, es solo para quienes lo quieran de verdad.

02
Dic/2014

Un misterio por resolver

JUAN DULCE - Peleas de gallos en SevillaUno de los grandes misterios por resolver aún es el de quién era Rosario Monje Monje ‘La Mejorana’, la gran bailaora de Cádiz y madre de Pastora Imperio. Se desconoce aún de quiénes era hija, porque ella jugó siempre al despiste a la hora de empadronarse y de aportar documentos, seguramente porque no quería que se supiera, lo que es muy respetable. ¿Era nieta de Curro Dulce, hija de su hijo no reconocido Juan Dulce? Aportamos algunos datos, como adelanto de un posible final de este culebrón. Juan Dulce, que era conocido en Cádiz y Sevilla como el hijo de Curro Dulce, se llamó en realidad Juan Gálvez y aparece empadronado en la capital andaluza como Juan Gávez Dulce, gaditano e hijo de Francisco y Ana. También aparece en la prensa como Juan Gálvez (a) Dulce, dedicado a las peleas de gallo en Sevilla. Es el mismo hombre, sin duda alguna, un personaje que fue muy conocido en la ciudad de la Giralda por su gracia y arte en las fiestas. Ahí pudiera estar la clave del misterio del origen familiar de la célebre Mejorana.

Juan Dulce padrón

02
Dic/2014

El Señor Francisco Hidalgo

Francisco Hidalgo Fernández 1895-2A veces hay que tener cuidado cuando se habla o escribe de los artistas flamencos del XIX porque se da el caso de que en algunos se repiten nombres y apellidos. Y apodos. Frijones, por ejemplo, era una apodo familiar y había dos que cantaban, los hermanos Antonio y Manuel Vargas Fernández. Lo mismo ocurría con el Marrurro de Jerez, que eran dos, Antonio y Diego Monge. Por eso en los libros unas veces se dice Diego y otras Antonio. Les pongo otro ejemplo, el de Francisco Hidalgo Monge, Paco el Sevillano o Paco el Gandul, de Triana, que de ambas maneras se le llamaba artísticamente, y el de Francisco Hidalgo Fernández, el ‘Señor Hidalgo’, que era de la localidad sevillana de Fuentes de Andalucía y destacó como intérprete de canciones andaluzas, aunque también cantó palos del flamenco. La prensa del siglo XIX está llena de gacetillas sobre los dos artistas, pero no siempre aclaran quién es uno y quién es el otro. De Paco el Sevillano ya nos ocupamos en la Gazapera hace unos meses. Hoy ponemos nombre y apellidos, además de cuna, al célebre Señor Hidalgo, que en este padrón de la calle Pedro Miguel de Sevilla consta como “Artista”. Su biografía completa ya la hemos acabado, pero adelantamos este dato.