Monthly Archives: Septiembre 2014

30
Sep/2014

Cerrado por defunción

BIENAL_ROCIOMOLINA_12

Según pude averiguar no hace mucho tiempo, en el último tercio del siglo XIX hubo en Sevilla una sociedad secreta en la que estaban Silverio Franconetti, Manuel Ojeda El Burrero; un francés al que apodaban El Chino, empresario de cafés; y un cuñado de La Macarrona que organizaba peleas de gallos y que tenía mucha gracia haciendo el baile del oso por jaleos jerezanos. Esta sociedad se fundó para acabar con el hermetismo del cante y el baile de los gitanos de Triana y San Román e inaugurar otra etapa, buscando claramente la explotación comercial de lo jondo. La muerte de Silverio y la de El Burrero años más tarde truncaron los planes de esta sociedad secreta. Tras más de un siglo, la sociedad ha sido refundada por agentes artísticos, artistas, empresarios y algún que otro dirigente cultural para acabar con el flamenco añejo –tirando a rancio– e inventar otro nuevo, más o menos como el que anoche nos vendió Rocío Molina en la Bienal. ¿O es una moto lo que nos vendió? Después de haber tenido acceso a las actas de las reuniones de esta sociedad secreta, les puedo asegurar que una de las primeras iniciativas será la de eliminar el nombre del festival sevillano:_en vez de Bienal de Flamenco, Bietnam de Música y Danza de Sevilla. Con el subtítulo ¡Arza y toma, echa vino montañés, que lo paga Luis de Vargas!, para despistar. En la que lo mismo puedan entrar los quejíos de Tomás de Perrate, que las gallinas de Andrés Marín. De lo que se trata es de ir a por esos cientos de millones de euros que entran cada año en Andalucía por mor del flamenco. Es por eso. De ahí que para no dar el cambiazo de golpe, que sería una guerra viva entre puristas y amantes del rebujito, nos metan de vez en cuando en la programación de la Bienal alguna obra no apta para catetos maniáticos del compás y la rancia seguiriya de Cagancho, como la que nos trajo anoche Rocío Molina, esa muchacha malagueña que empezó bailando flamenco y puede acabar vistiendo de lagarterana a Milagros Mengíbar. Bosque Adora, eso vimos anoche, con el Maestranza lleno de amantes del flamenco y de otras personas a las que el flamenco les importa un pimiento y que van a la Bienal por esnobismo, para al día siguiente presumir en la oficina o en la fábrica que al fin han sentido en el espinazo el torniscón del flamenco. Una obra, ésta de Rocío Molina, de música y danza contemporánea con algunas pinceladas de flamenco para justificar su inclusión en la Bienal y supongo que en otros festivales flamencos, aunque no sé si la sociedad secreta tiene ya delegación en Jerez o en la ciudad francesa de Nimes. Y mañana dirán los modernos que los críticos sevillanos, algunos, no somos capaces de analizar lo que no venga en el libro de Fernando el de Triana o en el de Mairena y Ricardo Molina. Puede que sea verdad. Es hasta probable que algunos seamos muy catetos. Desde luego, anoche me aburrí como una ostra porque, para empezar, Bosque Adora es un tostón. Y el hecho de que se haya programado en un festival de flamenco, una tomadura de pelo. Prefiero apuntarme a la sociedad secreta de marras y encargar una corona para la Bienal en la que diga: «Tus catetos no te olvidaremos». O sea, cerrado por defunción. Una muerte digna.

Escenario: Teatro de la Maestranza. Coreografías: Rocío Molina. Guitarra: Eduardo Trassierra. Bailarines: Eduardo Guerrero y Fernando Jiménez.Entrada: Lleno.

 

 

29
Sep/2014

…Y Sevilla se quedó pasmada

Canales

La Diputación de Sevilla aportaba este espectáculo a la Bienal y se trataba de homenajear a las escuelas sevillanas del cante, el baile y el toque, con un cantaor, Segundo Falcón, tres estupendos guitarristas, Rafael Riqueni, Manolo Franco y Paco Jarana, y un bailaor, Antonio Canales. No resultaba nada fácil contar lo que Sevilla supone en el flamenco, en estas tres facetas, y el espectáculo resultó muy desigual, un poco largo –dos horas y quince minutos, sin descanso– y con lagunas importantes. Empezó de una manera muy emocionante, con la presencia del trianero Rafael Riqueni en el escenario. Rafael es un genio y tan sevillano en su manera de tocar que ponía la carne de gallina, siempre con esa estampa tan humilde, pero tan asombroso cuando toca la guitarra. Una soleá estremecedora, con sus dedos aún inseguros, pero llenos de sensibilidad, abrió ese homenaje a Sevilla y en la mente de todos, el Niño Ricardo, el padre del toque sevillano. Luego, otro gran maestro, Manolo Franco, derramando arrope de sus dedos en unas guajiras de unas armonías muy frescas y un fraseo musical que embelesaba. A continuación, el nazareno Paco Jarana, que interpretó unas bulerías de una delicadeza y un compás encantadores. Pero la pieza musical que calentó al público fue Amarguras, que tocaron los tres, aunque es una genialidad de Riqueni, una adaptación de la célebre marcha de Font de Anta, llevada a cabo por el genio trianero, con la que sorprendió hace años en el Teatro de la Maestranza, en una noche memorable para Sevilla y un poco triste para él por motivos que no vienen al caso contar. Anoche, esta obra alcanzó una dimensión desconocida y logró una emoción increíble. El aplauso fue monumental y brillaron por fin los apagados ojos de Riqueni.

La parte del cante corrió a cargo del visueño Segundo Falcón. Fue una actuación excesivamente larga, algo que no entendimos, en la que cuajó algunas cosas de interés para el aficionado. En las seguiriyas trianeras, ligadas pero sin enjundia, se apoyó demasiado en el falsete, sonando regular cuando intentaba coronar arriba. Las acabó con una copla de cambio de Curro Durse, en versión de Chacón, donde tampoco supo encender la candela. Estuvo algo mejor en las soleares trianeras del Zurraque, con unos bajos bonitos. Luego rememoró la muerte de El Canario con una de sus malagueñas, la más conocida, con letra de José el de la Tomasa, quien estaba entre el público y debió de estar en el escenario, pues no hay un cantaor más sevillano que él. Segundo acabó con una tanda de fandangos naturales, de la escuela sevillana, en la que echamos de menos algunos estilos fundamentales, como, por ejemplo, Caracol, El Sevillano o Antonio el de la Calzá.

La última parte se le reservó al bailaor trianero Antonio Canales, al que hacía tiempo que no veíamos en Sevilla. Seguiriyas para empezar, en las que apenas si bailó, limitándose a marcar el compás y a dar esos zapatazos suyos tan característicos. Luego, unos tangos de sabor trianero, un baile donde ha aportado cosas de interés que otros han imitado, y en el que nos brindó poses muy flamencas. Canales tiene su estilo, una forma suya de entender el baile. Es un maestro de la comunicación con el público, que encontró ya en la soleá con la que acabó su actuación. También es mala suerte que las prisas nos impidieran asistir a tan mágico momento, según comentarios de asistentes que no son precisamente canalistas.

La noche nos dejó cosas muy interesantes, sobre todo en la faceta de la guitarra. En el cante, Sevilla hubiera merecido alguna voz más. Y en el baile, sinceramente, echamos en falta una bata de cola.

…y Sevilla se quedó pasmada. Con Rafael Riqueni, claro.

Bienal de Flamenco.y Sevilla. Escenario: Teatro Lope de Vega. Guitarristas: Rafael Riqueni, Manolo Franco y Paco Jarana. Bailaor: Antonio Canales. Percusión: Antonio Coronel. Palmas: El Bobote, El Torombo y Juan Antonio Pérez. Coros: Inma la Carbonera. Sevilla, 28 de septiembre de 2014.

 

27
Sep/2014

Enamorarse es agotador

Amoríos

Enamorarse es lo mejor que nos puede pasar a los seres humanos. Y lo peor, depende de quien te enamores, si eres correspondido o no y si todo va bien, que ya sabemos que no siempre ocurre eso. Soy lo que llamamos un enamoradizo, una persona fácil de ser deslumbrado por los luminosos ojos de una mujer. El enamorado Liendre me llamaba mi madre y aún no sé quién era aquel señor, si era de Palomares o de Arahal. En Palomares había tan pocas niñas que los chavales teníamos que llegar a un acuerdo para enamorarnos. Metíamos en una talega los nombres escritos en un papel de las candidatas a ser cortejadas y a mí siempre me tocaba enamorarme en Coria del Río, donde había para elegir. Pero me encapriché de la hija del panadero con el que trabajaba y empecé muy pronto a penar. Era bastante mayor que yo, pero olía a pan caliente recién sacado del horno y tenía unos ojos tan grandes como teleras y tan negros como una tormenta. Si estaría colgado por aquella mujer que, aunque trabajaba de repartidor, casi todas las noches me iba también a hacer el pan solo por verla amasar, con aquellas manos pequeñas y siempre llenas de harina. Casi me muero de agotamiento, porque no dormía de noche y encima repartía el pan de día por Coria, Gelves y San Juan de Aznalfarache. Al final para nada, porque un día llegó uno de La Puebla y la conquistó cantándole unas sevillanas de Los Romeros fuera de tono. Me faltó decisión y valentía para decirle que mi corazón estaba en cada uno de los benditos bollos que amasaba con tanto esmero. Panadera del amor/ amásame con tus manos/ ay, este pobre corazón.

En  Arahal, donde pasaba siempre los veranos, era muy difícil cortejar a una niña del pueblo. Tenías que ir a la Corredera y elegir entre muchas. La forma era acercarte a la que te gustara, pegarte a su lado y dar paseos Corredera arriba y Corredera abajo. Podías hacer veinte kilómetros y que no te mirara ni a la cara, sobre todo si eras forastero o natural del pueblo pero con residencia en Sevilla, que era mi caso. Si eras de Paradas, el pueblo de al lado, era mucho más fácil. Y si tenías olivos o una casa con un buen corral lleno de gallinas y conejos, mejor aún. Mi tía Rosario la Serena me dijo un día que llegara a una muchacha que tenía tienda y olivos. En Arahal se dice llegar a fulana o a mengana. “El hijo de El Palangano le llega a la hija mayor de La Porquera”, por poner solo un ejemplo. En otros pueblos se dice, le habla o la pretende. Decidí llegar a esta chiquilla y una tarde me puse a su vera. Ni me miró. Y cuando había andado quince o vente kilómetros sin que me mirara y con su hermanita al lado diciendo “a mi hermana la dejas, que ella quiere a uno del campo”, decidí quedarme soltero para toda la vida. Y la cuestión es que me gustaba con locura. Tanto me atraía que iba a su tienda varias veces al día y me zampé tantos arenques que tenía siempre la tensión por las nubes. Entre la tensión arterial y el deseo carnal, adelgacé varios kilos aquel verano, a pesar de los bocadillos de morcilla de hígado que embaulaba, de los que vendía La Peregila. Y aquella bonita rosa con pecas y la piel del color de la canela terminó casándose con uno del pueblo, seguramente con olivos.

En Sevilla era distinto, y mucho más fácil. Un día escuché en un programa de Radio Popular que una muchacha quería conocer a alguien de Sevilla y dejó una dirección para que le escribieran. Era del Tiro de Línea. Decidí escribirle y como pedía una fotografía me entró miedo de que no le gustara y le metí en el sobre una de un cuñado mío muy apañado. Quedamos una tarde en la Catedral y cuando me presenté no me reconoció. ¡Cómo iba a reconocerme! Se enfadó mucho conmigo cuando le conté la artimaña, y me dio puerta. Pero a los pocos días recibí una carta llena de corazoncitos atravesados por las flechas de Cupido que me hizo albergar alguna esperanza. Al abrir el sobre, con el corazón dándome botes, leí estupefacto: “¿Me puedes mandar el teléfono de tu cuñado?”. Y otra vez a sufrir, con la de viajes que hice al Tiro de Línea solo para verla asomada a la terraza de su piso, regando las flores o cepillándose su venusta mata de pelo negro bajo los rayos del sol o a la luz de luna.

Alguien dijo que el amor nace y muere en la infancia y estoy más que convencido de ello. A veces muere como consecuencia del agotamiento. De niño me enamoraba  todos los días y cada vez que ocurría iba y se lo contaba a mi madre, que se reía de las ocurrencias. “¡Pero cómo te vas a enamorar todos los días!”, me decía. Como ya era aficionado al cine y soñaba con ser director, cada noche, al cerrar los ojos, soñaba aún despierto que rodaba una película en la que la niña bonita de mis entretelas era la protagonista. Como el presupuesto era bajo y no disponía de extras, en vez de indios le daba el papel de secuestrador al municipal del pueblo o a la pareja de la Guardia Civil, que daba incluso más miedo que los indios. La imaginaba atada a un olivo y siempre aparecía yo montado en un pequeño jumentillo -no había dinero para caballos árabes-, asustando a los bandidos con un tirachinas o con una talega llena de terrones, que hacían mucho menos daño. Pasado ya con creces el medio siglo de vida sigo enamorándome todos los días, o al menos eso creo. Pero ya no se lo cuento a mi madre, ni a nadie, porque  les cuesta creer que eso pueda suceder. A lo mejor tienen razón y es solo el deseo de sentirse capacitado para enamorar a una mujer. Incluso puede ser que nunca haya estado enamorado de verdad y que siempre haya sido una ilusión, un espejismo. Me he enamorado tantas veces como he fracasado, si se puede llamar fracaso a desenamorarse. Y a estas alturas de mi vida, agotado y con el corazón más seco que la chueca de un olivo centenario, las películas que ruedo cada noche al cerrar los ojos, aun sin estar dormido, son distintas a las que hacía de niño. Ahora ya no hay una chiquilla de ojos verdes a la que secuestran municipales o picoletos, por falta de indios, sino una casilla en el campo, solitaria y blanca como la cal, en la que rodeado de gallinas ponedoras y árboles frutales repaso mi vida y le pido a Dios que si el amor volviera a pasar un día por mi puerta pasara de largo.

27
Sep/2014

Mucho cuerpo y poca mente

Carmona

La Bienal hace bien en dar entrada en su maratoniana programación a los jóvenes intérpretes del baile, el cante y el toque. Debe estar para algo más que para traer a figuras que llenen los teatros y metan dinero en la taquilla. Sin embargo, es llamativo que este espectáculo haya tenido un lugar tan destacado en la programación y en un escenario como el Lope de Vega. Nada que objetar a los artistas, que eso es siempre cuestión de gustos y estamos viendo que en el festival sevillano se aplaude de igual forma lo malo que lo bueno. Cuerpo, mente y alma, así se llama este espectáculo sin hilo argumental en el que, según el programa de mano, «se muestran tres formas diferentes del baile actual». No tan diferentes, diría yo, sobre todo en lo que hacen Karime Amaya y Paloma Fantova, cuyos estilos son muy parecidos: fuerza, fuerza y fuerza. Y, claro, el baile es algo más que eso. Pero si es así como lo sienten, vale. Ya tendrán tiempo de pararse un poco, levantar los brazos y hacer las cosas más despacio, sobre todo con algo más de regusto. Claro, que a la mayoría de los que se han acercado a esta Bienal parece que les gusta esto. Jesús Carmona, el bailaor catalán –lo veo más como un bailarín con deseos de ingresar en lo jondo–, es el autor de las coreografías y la dirección escénica, que son mejorables a todas luces. Llamaba la atención unas transiciones tan largas habiendo tres intérpretes del baile y en una obra que no llegó a la hora y media de duración. Además, como bailaor, Jesús Carmona no es tan bueno como lo pintan por ahí, y hasta por aquí. Tiene facultades, sin duda, pero solo físicas. De las dos bailaoras habría que destacar el enorme interés que tienen en bailar flamenco, un baile de pellizco, de fuerza. Eligieron estilos como las soleares y las alegrías, con un cuadro atrás de poca emoción y un juego de luces que mareaba. Sin embargo, son bailaoras jóvenes y en algunos momentos transmitieron mucho entusiasmo y el público lo celebró, sobre todo las bulerías farruqueras por parte de Paloma Fantova, que tiene una energía increíble, de mucho efecto en el público. Un poco como le ocurre a Karime Amaya –sobrina-nieta de la gran Carmen Amaya–, que bailó una soleá quizás un poco larga y repetitiva, aunque con detalles. No dejará mucha huella este espectáculo en la Bienal. Sin embargo, como en la Junta parece que hay interés, según supimos a la salida del teatro, seguramente tendrá recorrido. Será algo bueno para que lo pulan un poco. El baile es, en efecto, cuerpo, mente y alma. Pero algo falló anoche.

Bienal de Flamenco. Cuerpo, mente y alma. Escenario: Lope de Vega. Coreografías y dirección escénica: Jesús Carmona, Karime Amaya y Paloma Fantova. Cante: David de Jacoba, Esaúl Quirós y Miguel de la Tolea. Guitarra: Carlos de Jacoba Jony Jiménez. Percusión: Luky Losada Entrada: algo más de medio aforo.

 

26
Sep/2014

Esto no es una crítica

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La tarde era que ni pintada para aparcar el coche donde pudieras y dar un paseo hasta el Maestranza. Después de muchas vueltas y de ponerle dos velas al Gran Poder, encontré un aparcamiento cerca de Gelves. El paseo hasta el Maestranza fue un verdadero placer, viendo pájaros en los llanos de Tablada y respirando un aire de una pureza increíble. República Argentina arriba, con el sol ya tiñendo de oro viejo los tejados de Triana, atravesé el Puente de San Telmo y me paré a cantar una soleá que creé hace tiempo: Puentecito de San Telmo/ cuando oigas sus pisadas/ dile por Dios que la espero/ entre los rizos del agua. En prevención de lo que pudiera escuchar en el teatro, me emocioné conmigo mismo y no me partí la camisa de puro milagro. Ya en el teatro, en la puerta, con la carne todavía de gallina, dije, como para mí:«Juro por Dios que jamás volveré a pasar hambre». No como bien desde que empezó la Bienal, con eso de tener que salir de casa por la tarde y regresar a la hora del lechero. Estoy perdiendo tanto peso que este otoño no tendré que comprarme ropa, porque ya me caben los pantalones de cuando tenía veinte años. Ya no se llevan aquellos vaqueros manchados con lejía, pero tampoco el sueldo de un crítico de flamenco da para presumir. Actuaba en la Bienal Estrella Morente, pero con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Su madre me vio y me dijo, sentado ya en el patio de butacas, que abriera bien las orejas. Estaba como enfadada, creo. Muy seria. Y yo pensando en que había dejado el coche cerca de Gelves y que tenía que pegarme otra caminata. Pero como ya estaba allí me dije, bueno, voy a ver qué escuchamos hoy en la Bietnam. Tenía las tripas llenas de cangrejos y la sangre envenenada. Y a eso que sale la hija mayor de Enrique Morente, con Pepe Habichuela a la guitarra. Qué guapo estaba Pepe con esa chaqueta roja sin mangas. Y qué bien toca la sonanta. Entonces, Estrella empezó a cantar cosas de Chacón. ¿Saben ustedes que Chacón fue zapatero? Y su padre también. Sí, eran los dos zapateros. Pero cuando Chacón empezó a ganar jurdó ya dejó de hacer zapatos, el pobre. Bueno, a lo que iba. Los cangrejos en mis tripas eran ya cocodrilos, y como Estrella estaba cantando, digamos…, de regular para atrás, aproveché el descanso y me salí del teatro. Esto no es para mí, me dije. Me refiero a lo sinfónico, claro. Además, pensé: ¡Imagínate que luego no le gusta a la madre lo que escribas! Total, que me entró el miedo escénico –más bien sinfónico– y cogí de nuevo República Argentina abajo, con los pies como dos caballas puestas al sol. Me senté un ratito en el Parque de los Príncipes a reflexionar un poco sobre qué hacer con mi vida, si seguir en esto de criticar a los flamencos –esos genios incomprendidos–, o aceptar ese trabajo que al fin me han ofrecido, de guarda en un cortijo, con el que tanto había soñado desde niño. Porque, lo confieso ahora, lo de meterme a crítico flamenco fue porque trabajaba a pico y pala en una contrata de Sevillana. Y como empezó a darme la lata el lumbago, me dije, bueno, voy a ser crítico de flamenco para entrar de gorra en los teatros. Y, claro, le fui cogiendo el punto y llevo ya treinta años. Cuando llegué a Gelves allí estaba mi coche. Menos mal que algo me salió bien.

25
Sep/2014

Que venga ‘Dios’ y lo mejore

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De los muchos cantaores jóvenes que hay en la actualidad, Jesús Méndez y Antonio Reyes son los más destacados. Son de Cádiz, el primero de Jerez y el segundo de Chiclana. Tienen un buen metal, compás, vocalizan bien y a ambos les gusta el cante por derecho, no las canciones o las coplas. Y son artistas, les gusta el escenario y se mueven bien por él. Son buenos copistas, aunque esto parezca un insulto, que no lo es. En la música clásica, el buen copista es el que sabe interpretar bien una partitura, y son respetados. En el flamenco, llamar buen copista a un cantaor o a un guitarrista es arriesgarte a una buena regañina, si no por parte de los artistas, sí de sus seguidores, que son ya muchos. Cantaores, así se llamaba el recital de anoche en el Lope de Vega. Los dos lo son y quedó bastante claro. Uno, Jesús Méndez, es un claro exponente del cante de Jerez, de una fuerza sobrehumana, que recuerda unas veces al Sernita, otras al Diamante Negro, Chocolate, Mairena o Terremoto. Como el que tiene la fuerza es el que la usa, suele buscar siempre el límite de su voz, es ahí donde se siente bien y donde transmite más. Y no quiso empezar con algo liviano, sino con romances y tonás, con tanta fuerza que temblaba la lámpara del teatro. Y buen gusto. Luego, unas bulerías por soleá al clásico estilo jerezano, excelentes en el compás, con buenas palmas y una guitarra jerezana, la de Manuel Valencia, que podría hacer cantar de nuevo a Terremoto. Qué manera más flamenca de sonar. Como estaba en Sevilla, y aunque Chocolate recibió su primer beso de luz en Jerez –pero en el cante era más sevillano que jerezano–, lo recordó por tarantos, los de Manuel Torre, con una tremenda jondura. Buen cante para abordar luego las seguiriyas, que es uno de los cantes en los que este joven portento jerezano suele fajarse más y mejor. Fue al límete, siempre arriba, salvo en el cante de El Marrurro, donde a la hora de hacer sus famosos ayes se tragaba la voz de una manera espeluznante. Se lo dedicó al torero jerezano Rafael de Paula, que estaba en el teatro. Y la remató con la cabal de Manuel Molina, sin efectismos –este cambio se presta bastante a ello–, por derecho, coronando muy bien el cante sin descomponer en ningún momento la figura melódica. Acabó su actuación con una zambra caracolera, acompañado al piano por esa maravilla de Cádiz que es Sergio Monroy. No era fácil salir al escenario después de este torrente de voz. Pero ya en las tonás de salida, el chiclanero Antonio Reyes Montoya apuntó por dónde quería ir. Acompañado por otro buen guitarrista, el también jerezano Antonio Higuero, estiró la voz por alegrías de Cádiz con una dulzura y un compás encantadores. Antonio tiene la voz más bonita del cante actual, que sabe utilizar como nadie. Su media voz es de seda pura, con tanta carga de melismas gitanísimos que parecen alfileres que se te clavan en la piel, cante lo que cante. Después de las alegrías, una buena tanda de soleares, con estilos de Alcalá donde el timbre de su voz les daba otra dimensión. Y sin tiempo para dejarnos respirar un poco, unos tangos lentos, muy musicales, en los que lo mismo buscó a Camarón que a La Marelu, pero siempre poniéndole eso tan suyo que tanto nos gusta, que se llama buen gusto musical, delicadeza y dulzura. Los acabó con un fandango estremecedor, algo que no suele ser frecuente. También cantó a piano y también buscó a Caracol, que es uno de los puñales que le atraviesan el alma. Fueron unas zambras casi habladas, lloradas, sacándoles unos pellizcos increíbles. Y se ganó también al público, como antes lo había hecho Méndez. Con el recital ya sesteando un poco, por su duración, los dos cantaron juntos por fandangos, de una manera muy emotiva. Y luego, algunas letras por bulerías, ya con las dos guitarras y los tres palmeros. Vaya trío. Así se cerró una buena noche de cante y de guitarra a cargo de dos excelentes artistas, uno de Jerez y otro de Chiclana. Los aficionados se fueron contentos, preguntándose, quizás, lo mismo que el crítico: ¿Por qué estos dos cantaores no son considerados ya primeras figuras?

Bienal de Flamenco. Cantaores. Escenario: Teatro Lope de Vega. Cante: Jesús Méndez y Antonio Reyes. Guitarra: Antonio Higuero y Manuel Valencia: Piano: Sergio Monroy. Palmas:Manuel Salado, Diego Montoya y Tate Núñez. Entrada: Lleno. Sevilla, 24 de septiembre de 2014.

24
Sep/2014

Una gran lección de baile

SABELBAYON

La vi bailar la primera vez cuando era un comino. Y ya era una especie de Macarrona en miniatura. De eso hace ya más de treinta y cinco años. Hoy es toda una señora bailaora que ha sabido evolucionar hacia otra forma de bailar, acorde con los nuevos tiempos pero sin perder esencia. Es una gran clásica, pero cuando quiere puede ser, lo es de hecho, la más moderna de todas. Su última obra, Caprichos del tiempo, es como una gran lección de baile, y eso es muy difícil hacerlo en un escenario, sobre todo sin resultar fría, excesivamente cerebral o técnica. Solo una maestra como ella puede llevar a cabo tal hazaña y, además, llenándonos el alma de pellizcos, como hizo anoche. Fue un espectáculo de baile y de gran calidad. Sin embargo, el cante tiene un gran protagonismo, con dos excelentes cantaores, los jerezanos David Lagos y El Londro, artistas de sonidos muy distintos. Isabel Bayón bailó cada una de sus notas, de sus melismas, en una enorme complicidad con ellos y con los dos guitarristas, Jesús Torres y Juan Requena. Bailar bien es eso, que no se quede atrás ni un detalle del cante y el toque sin un adorno, una pose o un sencillo giro de muñecas. Luego están las miradas, los gestos, la conexión, la armonía de todo. El baile no es solo lucir el palmito y encandilar al público con trucos más o menos bien hechos. El baile flamenco es un viejo oficio y hay que conocerlo bien para merecer el calificativo de bailaora, de gran bailaora. La obra tuvo momentos maravillosos, de una calidad increíble. El principio, por ejemplo, con Isabel bailando una malagueña de Chacón cantada muy bien por David Lagos. En un cante despojado de su ritmo primigenio, pero de una enorme calidad musical. Y no es fácil bailar esa pieza. Luego hizo una farruca, pero no la farruca clásica, sino la suya, que me pareció toda una sinfonía de movimientos nuevos, una coreografía digna de ser recordada por su vistosidad y ausencia de virutas folclóricas, con una parte de guitarra añeja que evocaba los tiempos ya sepias de Sabicas y Montoya, y otra actual y fresca. Isabel, además, bailó con sombrero cordobés y la estampa fue de sombrerazo. Hubo también un tiempo para los alegres cantes de ida y vuelta, para la guajira, pieza en la que Isabel Bayón sacó un abanico y volvió a  estar sensual y con una riqueza de pasos y unos gestos encantadores, para acabar besando a uno de los guitarristas, Jesús Torres, que además es su marido. Y a eso que suena la grandiosa voz de Manuel Vallejo en un disco de pizarra del año de la arriada. Seguiriyas que contrastaban con las de El Londro y David Lagos, portentoso en este cante y en todos. La Bayón es de las que hacen el ejercicio completo de los bailes, porque sabe y porque no se le ha olvidado. Volvió a sonar Vallejo por seguiriyas, en un cante de Manuel Molina al que le hizo unas cosas preciosas. Luego, con la emoción ya rebosando, apareció Antonio el Bailarín bailando en el Tajo de Ronda y la bailaora se meció en sus brazos para acabar con martinete. Una gran obra merecía un final grande. Tras enseñarnos un vídeo en el que bailaba de niña, acabó con unas alegrías envuelta en una preciosa bata de cola roja. Regresó a su infancia para homenajear a su maestra y a su madre, que estaba presente. Lo dicho: una magistral lección de baile.

Bienal de Flamenco. Caprichos del tiempo. Escenario: Teatro Lope de Vega.  Bailaora: Isabel Bayón. Cante: David Lagos y Miguel Ángel Soto El LondroGuitarras: Jesús Torres y Juan Requena. Percusión: José Carrasco. Entrada: Lleno. Sevilla, 23 de septiembre de 2014.

 

23
Sep/2014

Música en el alma

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Aunque en Sevilla presumamos de que la Bienal de Flamenco es el mejor festival del mundo en su género, es incierto. Será el más largo, el de más presupuesto y más conciertos por metros cuadrados, pero no el mejor. En un gran festival de música, que la Bienal es eso, un festival de música, los programas de mano sirven para algo más que abanicarse. Resulta que el pianista Dorantes y el contrabajista Renaud García-Fons vienen a estrenar una obra musical y en el programa de mano aparece solo la sinopsis. ¿Y el repertorio? ¿Y el nombre de las composiciones, los estilos?¡Menos mal que Dorantes habla más que Castelar y nos lo explicó todo! Nada, no explicó nada. Y ahí que estábamos todos a ver quién acertaba lo que era flamenco y lo que no. Yo creo que ahí hay un garrotín. Pues no, es un cante de besana. Que no, que tienes el oído en Gelves. ¿Es esto serio en un festival de esta envergadura? El teatro estaba lleno, además. Y por lo visto y oído eran todos catedráticos de música, porque nadie protestó. Seguramente porque, críticas al margen a la organización, el concierto fue una maravilla y, lo crean o no, el flamenco estuvo enredado en los dedos del contrabajista y del pianista. El contrabajista, por cierto, es un virtuoso. Alguien lo llamó el “paganini del contrabajo”, que no es el que paga el contrabajo, sino el nombre de un gran músico. Hubo momentos en los que en algo que me pareció una granaína utilizó una tonalidad tan aguda que ni Vallejo, que ya es decir. Es un hombre serio, sin expresión, de puro mármol, pero un genio sacándole partido al contrabajo. Créanme si les digo que resultó algo muy placentero, casi rozando el orgasmo. Francés de origen catalán, ama el flamenco y aunque no haga falsetas de Diego del Gastor, se capta ese amor. Dorantes, al menos, habla maravillas sobre él y cuando tocaba el piano no le quitaba la vista de encima. El de Lebrija, por cierto, cada día toca mejor el piano. También es cierto que se aleja de lo jondo demasiado, pero seguramente lo hace para enriquecerse con otros mundos musicales y regresar algún día para volver a mojar las teclas de su piano con las bulerías de su abuela Perrata y las soleares de Juaniquí impregnadas de jondura por Bastián Bacán. David sabe lo que hace. Y está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, sobre todo si todo es de esta calidad y sensibilidad musical, nos suene más o menos flamenco. Tenemos tan marcados a fuego en la cabeza y en el alma los patrones melódicos del cante y el toque clásicos que ante cosas nuevas nos vemos a veces limitados. Yo al menos reconozco que en lo de tocar instrumentos no pasé de timbalista en un grupo de sevillanas y rumbas. Es cierto que llevo cuarenta años escuchando flamenco y eso creo que me ha dado la sensibilidad suficiente como para poder sentir algún tipo de escalofrío escuchando una maravilla como la de anoche, que me llevó al universo de la soleá, los tientos y la granaína, y no sé si hubo por ahí alguna melodía garrotinesca. Qué más da. Me hubiera sido fácil llamar a Dorantes y preguntarle sobre la obra, que es lo que se suele hacer. Pero preferí hundirme en la butaca del teatro, abrir bien las dos orejas y dejarme llevar por estos dos grandes músicos a donde quisieran llevarme. Y me llevaron a un patio de una casa de Arahal donde mi abuela paterna tocaba tan bien el acordeón que le bailaban las flores y le cantaban los pájaros. ¿Tocaba flamenco? Ni idea. Ni siquiera la conocí. Lo sé por lo que me han contado sobre ella y su acordeón. Pero Dorantes y Renaud me la recordaron anoche y no sé muy bien por qué. La música, a veces, no necesita explicación alguna. Y lo de anoche fue música de verdad. Como sería la de mi abuela.

Bienal de Flamenco. Flamenco a corde. Teatro Lope de Vega. Artistas invitados: Dorantes y Renaud García-Fons. Entrada: Lleno. Sevilla, 22 de septiembre de 2014.

22
Sep/2014

La Diosa y el efecto Poveda

MANUELA-CARRASCO

A estas alturas no vamos a descubrir a Manuela Carrasco, La Diosa, como la llaman sus admiradores desde hace años. En su escuela de baile es indiscutiblemente la primera figura. Otra cosa son sus espectáculos, sobre todo los estrenados en los últimos años, que no acaban de servirle para abrir otra etapa de su carrera en la que afronte sus últimos años como bailaora, que ojalá sean muchos. Como hemos dicho en reiteradas ocasiones, Manuela no necesita un espectáculo complejo técnicamente en el que tenga que moverse mucho por el escenario e interpretar. Lo suyo no es el teatro, sino bailar con jondura. No contar historias, sino contarnos la historia del baile gitano como siempre lo ha hecho, desde su propio baile racial y rotundo. Tiene tres bailes que son como tres facas que atraviesan su alma: la soleá, la seguiriya y la bulería. Ha hecho otras cosas, pero en estos tres bailes no ha tenido nunca rival. En su estreno de anoche, Naturaleza Gitana. Gitana morena –llevo días intentando descifrar el misterio de este curioso y redundante título–, Manuela tardó en centrarse porque había demasiadas cosas, salidas y entradas del escenario y un cuadro atrás excesivamente masificado y ruidoso, dicho lo de ruidoso con todo el respeto del mundo. En el baile del taranto, por ejemplo –elegido para representar el primero de los elementos, el fuego–, la bailaora trianera se limitó a poses, bailó poco, a pesar de la enjundia de El Extremeño. Manuela parecía poco motivada, cansada. Se fue y salieron tres rosas morenas a bailar rondeñas para llamar al siguiente elemento, el aire: Saray y Lole de los Reyes, y La Marquesita. Un momento hermoso.  Luego salió al escenario el pianista y cantaor Diego Amador y le cantó a Manuela la Canastera de Camarón y unos fandangos. No entendí esta parte de la obra, que se resolvió con una bulería por soleá en la que la artista parecía meterse ya en faena, o sea, en el arte y en la esencia del espectáculo. No es que no valore el arte de Diego Amador, que lo tiene, sino que no lo acabé de ver en la idea del espectáculo. En el siguiente elemento, el agua, Manuela empezó a decir ya estoy aquí y la encontramos más motivada, con más garra y bastante más suelta. Es eléctrica cuando quiere, pero anoche tardó en llegar el chispazo. Llegó al fin cuando desde el camerino escuchó a Miguel Poveda hacer una larga tanda de tangos de muy variada escuela. Y escucharía también cómo lo recibió el público. En bienales anteriores asistimos con Manuela al efecto Chocolate y el efecto Pele. Aquello le salió bien. Con Chocolate, por ejemplo, la bailaora se apuntó uno de los grandes éxitos de su vida, con aquella seguiriya de Manuel Molina que el genio del cante le metió en el alma. Y con El Pele, en la pasada edición del festival sevillano, lo mismo. Fue el momento más emotivo de la Bienal. En cambio, lo de anoche fue otra cosa, otra clase de emoción. Miguel Poveda es un buen cantaor, con una voz bien timbrada y bonita, pero no es El Chocolate ni El Pele. Estaba ahí para provocar otro momentazo Bienal, para aportar la chispa necesaria que encendiera a Manuela. Además, por soleá, que es  el palo donde La Diosa desentierra siempre los huesos del esqueleto del baile. Poveda domina el compás de este cante, cuadra bien la voz y técnicamente es perfecto. Sin embargo, carece de profundidad y de jondura y no transmite emoción. Esa que la Carrasco necesita para hacerle un monumento a este baile. La que provoca siempre El Extremeño, que anoche intervino demasiado poco. Pero algo le llegaría del cante del catalán cuando por fin apareció la Manuela enduendada y bailó tres o cuatro letras de Poveda que salvaron el espectáculo. El cantaor la buscaba por el escenario, le daba con el cante en la cara, y la bailaora lograba al fin ese momento Bienal tan deseado por la artista. Y por el público, que solo se enteró de que estaba La Diosa en el escenario cuando vio salir al ídolo del momento. No es que Manuela no tuviera otros momentos hermosos y flamencos, por ejemplo en las alegrías y en la bulería por soleá. Pero había interés en ver qué tal quedaban juntos Manuela Carrasco y Miguel Poveda, que son artistas muy distintos. Para el público, el experimento flamenco salió bien. Para este crítico, regular. Me gusta más Manuela cuando un cantaor le araña el velo del alma o se lo quema, que es cuando baila como si ardiera de verdad y parece como si se quisiera arrancar la ropa. Lo de anoche fue más frío. No solo lo de Poveda, sino todo el espectáculo en general. Es  respetable el trabajo y hay que elogiar que se quieran hacer cosas nuevas. Además, era estreno. Lo que pasa es que me gusta más Manuela sin demasiados adornos.

Bienal de Flamenco. Gitana Morena. Escenario: Teatro de la Maestranza.  Bailora: Manuela Carrasco. Artistas invitados: Miguel Poveda y Diego Amador. Cante:_Enrique el Extremeño, Pepe de Pura, Zamara Carrasco y María Rey. Guitarras:_Paco Jarana, Juan Campallo y Manuel de la Luz. Cuerpo de baile:_Saray de los Reyes, Lole de los Reyes y La Marquesita. Entrada: Lleno. Sevilla, 21 de septiembre de 2014.

21
Sep/2014

Regresada y cambiada

EsperanzaLa cantaora sevillana Esperanza Fernández lleva algún tiempo molesta con el trato recibido por la crítica especializada, sobre todo en la Bienal. Tendrá sus razones, pero lo cierto es que en los últimos años no ha dado en la diana con casi nada, siendo una buena artista y una cantaora con mucha experiencia y una voz muy peculiar. Desde que era una niña ya vimos en ella unas posibilidades enormes para cantar y no solo el cante jondo, sino cualquier cosa. A pesar de pertenecer a una familia gitana con un gran sentido de la pureza y muy conservadora, ella, que es la mayor de los hermanos Fernández, decidió muy pronto poner su preciosa voz al servicio de la música, de toda la música. Recuerdo que el bailaor y coreógrafo Mario Maya me contó una anécdota que refeiero, porque encaja perfectamente en esta crítica. Cuando preparaba su obra lorquiana de El Amargo, llamó a una cantaora de Jerez muy cotizada hoy para que cantara un poema. Después de una semana de ensayos y frustrados intentos, la cantaora salió llorando y dijo que no era capaz de cantar el poema, que ella estaba acostumbrada a sus cantes de Jerez, los que había aprendido de su familia siendo una niña. Mario llamó a Esperanza y en una tarde ya bordaba el poema. Esa es la diferencia entre los cantaores que acostumbran su voz a una sola cosa y los que tienen posibilidades que desconocen y acaban cantando de todo.

Tras aventuras musicales muy variadas, unas exitosas y otras que constituyeron un sonoro fracaso, Esperanza ha querido regresar un poco a sus raíces y presentar en esta Bienal un espectáculo nuevo, aunque con parte de su repertorio habitual. Lo de estreno absoluto sobraba, pero eso habrá que dejarlo ya porque es una tomadura de pelo, además de una pérdida de tiempo.  De lo jondo y verdadero, espectáculo presentado anoche en el Patio de la Montería del Real Alcázar, es como una mirada al pasado ya no tan reciente de la historia del cante, con homenajes a figuras como Chacón, el Cojo de Málaga, Ramón el Ollero o el Niño de Marchena. Y a bailaoras como Manuela Vargas, la gran olvidada de Sevilla, con quien trabajó su padre, el cantaor trianero Curro Fernández, uno de los mejores de todos los tiempos en la faceta del cante atrás.

Lo de contar con colaboraciones especiales como las de la cantaora Rocío Márquez y la bailaora Ana Morales ha sido un acierto absoluto. No solo por la calidad de estas artistas, sino porque pudimos comprobar cómo sonaban dos voces muy distintas, una muy marchenera y la otra, aunque aguda, de la escuela gitana. O sea, Esperanza. Además, la cantaora sevillana eligió a Miguel Ángel Cortés, su guitarrista, como director musical de la obra. Estamos refiriéndonos a uno de los mejores guitarristas actuales, lo mismo tocando para acompañar que en concierto.

La primera estampa del espectáculo fue preciosa. Esperanza y Rocío Márquez le cantaron juntas unas peteneras a Ana Morales, que la bailaora hizo con una creatividad y personalidad admirables. Y Esperanza se quedó ya sola para empezar su recital particular, donde hubo un poco de todo, unas cosas brillantes y otras no. En los cantes por soleá de El Zurraque trianero, por ejemplo, le faltó algo de temple y un mayor control del volumen de la voz. No hablamos de gusto, porque esos cantes requieren un regusto especial que ella no tiene, aunque lo tenga para otros cantes más enraizados en la escuela calé.

En los estilos mineros o levantinos nos trajo la murciana del Cojo de Málaga, con aquellos semitonos que algunos entendían como desafinaciones. En cualquier caso, provocadas. Y también la cartagenera de Chacón (Un soberano), en la que fracasó. No es fácil hacer bien estos difíciles cantes.

Mejoró mucho cuando pisó terrenos más andados por ella, como el de alegrías, en las que soltó más la voz y dejó de estar tensa. Miguel Ángel Cortés le hizo una acompañamiento memorable, sin olvidarnos de los palmeros, los omnipresentes Mellis de Huelva y el propio hermano de la cantaora, el bailaor José Fernández.

Esperanza ya estaba en su salsa. Sin embargo, paró para que su guitarrista nos obsequiara con una granaína monumental, de una pulcritud admirable en la ejecución y una rara belleza melódica, aunque de corte muy clásico.

De nuevo apareció Rocío Márquez en el escenario, en esta ocasión para medirse con Esperanza  en los cantes de ida y vuelta, un gesto que se agradece –estos cantes se hacen ya muy poco–, pero que le pudo costar un disgusto porque Rocío va muy bien por ahí y Esperanza no los tiene muy trillados. De hecho, en la guajira marchenera se le fue un poco la voz. Pero es de admirar el gesto y la valentía de meterlos en su espectáculo, siendo una cantaora sevillana con raíces trianeras y lebrijanas. Gitanas, además.

Esperanza es una intérprete muy aseada de las seguiriyas, pero anoche no cuajó ningún buen cante. Empezó haciendo la cabal de Silverio, como preámbulo, pero llevada al terreno de las tonás. Luego quiso homenajear a Tomás Pavón en su Reniego, un cante de Cagancho, y no logró la medida justa, por no hablar de la ligazón. Y de nuevo, pincelada de Ana Morales, espectacular en todo lo que hizo, dejando claro que es toda una bailaora.

Ya con más de medio espectáculo resuelto, Esperanza hizo tientos- tangos, que por aquí va muy bien. Y, cómo no, su ya clásica tanda de bulerías festeras, que casi siempre adorna con su baile, esa pataíta con arte que hace con tanta naturalidad y gracia. ¿Sabían que quiso ser bailaora antes que cantaora? Baila estupendamente.

El problema de cantar de todo, como ha hecho y hace aún Esperanza, la tercera Esperanza de Sevilla, es que se acaba por perder la expresión flamenca y a ella le estaba pasando ya. El cante jondo es muy puñetero y no perdona a los desertores. Pero anoche, sin ser una obra maestra este nuevo espectáculo, descubrimos a una Esperanza Fernández con otra mentalidad artística y ganas de reencontrarse con lo suyo, donde es buena. En lo otro no lo es tanto, aunque le hemos escuchado cosas muy bonitas. Nunca es tarde para centrarse de una vez y tener claro lo que hacer.

Bienal de Flamenco. De lo jondo y verdadero. Escenario: Reales Alcázares. Cantaoras: Esperanza Fernández y Rocío Márquez. Baile: Ana Morales. Guitarra: Miguel Ángel Cortés. Compás: José Fernández, El Cubano y Los Mellis Entrada: Lleno. Sevilla, 20 de septiembre de 2014.