Monthly Archives: Agosto 2014

20
Ago/2014

Escuela de Flamenco de Andalucía (II)

Ayer empecé a dar información sobre la futura Escuela De Flamenco de Andalucía y cientos de personas comunicaron su alegría y satisfacción por lo que puede ser una buena noticia. Pero hubo otros que en seguida pusieron el proyecto bajo sospecha, como suele ocurrir en Andalucía, donde nuestros complejos nos impiden a veces avanzar, crear cosas. ¿Por qué no puede haber en Andalucía una escuela de flamenco, con sede en cada una de sus capitales y delegaciones en comarcas flamencas, además de en otras ciudades del resto de España y del mundo? ¿Es que no es hora ya de algo así? Hay artistas que no quieren esto, que nunca lo han querido. Y estudiosos que no lo aprueban porque así pueden seguir dando conferencias a doscientos euros, para las que se documentan en las fuentes de toda la vida, sin contrastar nada, sin investigar. Los hay también a los que se les puede acabar el chollo de los cursos, esos que tienen montado el chiringuito. Luego está la Junta de Andalucía, que tampoco cree en esto y que despilfarra el dinero en un Instituto Andaluz para el Desarrollo del Flamenco que no sirve para nada. Bueno, sí, para enchufar a los amiguetes del perol. No deja de ser curioso que este proyecto interese menos en Andalucía que en otras comunidades autónomas de nuestro país. Y es por eso, porque aquí interesa el flamenco tanto como a mí la astrología. El proyecto de Luis Guillermo Cortés es ambicioso, sin ánimo de lucro, que ya empieza a tomar forma. Nadie puede asegurar que va a llegar a buen puerto, pero el esfuerzo está ahí y todo lo que sea crear cosas para el bien de este arte tendría que ser bien recibido. Por supuesto, cada cual está en su derecho de cuestionar este proyecto y de hacer públicas sus opiniones. Pero lo importante es conocer qué se está haciendo, y en eso andamos. Y aclaro, para los mal pensados, que no trabajo en el proyecto, que no cobro nada por ayudar a darlo a conocer, aunque tengo sobre la mesa el ofrecimiento de formar parte de la Escuela de Flamenco de Andalucía, algo que estudio estos días.

Gracias por tan generosa acogida ayer.

19
Ago/2014

Escuela de Flamenco de Andalucía

Hace algún tiempo les hablé de lo que entonces era un proyecto, la Escuela de Flamenco de Andalucía, que ya empieza a tomar forma. Se trata de la creación de una red de escuelas de flamenco con sedes en cada una de las provincias andaluzas, pero con delegaciones en importantes localidades y comarcas de nuestra región. Incluso a nivel nacional e internacional. O sea, que está previsto que exista la Escuela de Flamenco de Andalucía en ciudades europeas como París, Roma, Berlín o Nimes, por citar solo algunas. Y por supuesto en ciudades de otros continentes, porque el flamenco es un arte que está ya presente en todo el mundo. Una escuela que cuente con un profesorado de altura, compuesto por artistas de referencia y total garantía, en las disciplinas de Cante, Baile, Guitarra y Percusión. Sin olvidar la formación en el aspecto cultural, el conocimiento, que es quizás lo más necesario no solo para ser profesional de este arte, sino para amar a este arte. No se trata de acabar con las academias de flamenco del mundo, que llevan años desarrollando una gran labor, sino de integrarlas en el proyecto -las que lo deseen-, con idea de unificar criterios y regularizar la enseñanza del flamenco de una vez por todas. Por ejemplo, que no sea algo solo al alcance de unos pocos, sino de todos los jóvenes del mundo, sean de la clase social que sean, que quieran conocer el arte de lo jondo o dedicarse a él como profesional. Y la idea es que cualquier persona que ingrese en la escuela, en la especialidad que desee, salga de ella con un título y preparado en todos los aspectos. Esto hará que el nivel de los futuros artistas, aficionados o docentes, sea mucho más alto que el de ahora. Cada escuela tendrá un profesorado solvente, de garantía, que podrá ir rotando por las distintas escuelas. Y un centro de documentación al que podrán acceder todos los profesores y los alumnos. Naturalmente, esto no se consigue en tres días. Pero el proyecto ha echado a andar y podemos estar hablando de algo con lo  que tanto hemos soñado siempre quienes entendemos que el flamenco es algo más que vino y copla.

http://www.escueladeflamencodeandalucia.es/

18
Ago/2014

Un tal David Lagos

El Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión es sin duda alguna el más importante del mundo flamenco. Desde luego, es el que mejor se vende. Es un concurso, pero ya es lo de menos porque importan más las galas de estrellas mediáticas y los galardones a personalidades que nada tienen que ver con el flamenco, celebridades de la gastronomía patria o del famoseo televisivo. Prueba de ello es que este año ha arrasado un cantaor de Jerez de la Frontera, David Lagos, de 41 años, al que ya premiamos en El Correo hace tres lustros y que es un profesional más que consagrado. Por tanto, no es un hallazgo, como lo fue Miguel Poveda, que a este sí que no lo conocían ni en su casa cuando ganó la Lámpara Minera. Que cantaores como David Lagos participen en el certamen de La Unión no hace sino cerrar la puerta a los jóvenes. Pero a él le vendrá bien este premio porque el festival murciano es el único que mima a sus ganadores, que los promociona después de ganar. A veces no les pagan cuando tienen que pagarles y los tienen que llevar a juicio, como ocurrió hace unos años con el joven palaciego Miguel Ortega. No deja de ser un contrasentido que ocurra esto en una cita que maneja un presupuesto tan importante, pero así es. El cantaor Miguel Ortega los denunció y lo obligaron a cantar ante los veladores de un conocido bar del pueblo.

Los concursos de cante flamenco cumplieron su función hace décadas, cuando un joven valor no tenía otros medios para asomar la cabeza. Hoy eso ha cambiado, porque un chaval que apunte maneras se graba un vídeo, lo cuelga en Internet y si vale, al día siguiente lo conoce media España. Los concursos, pues, son fábricas de imitadores, de jóvenes y no tan jóvenes que se preparan para ganarlos. De hecho, existen guitarristas y cantaores que se dedican a preparar a participantes de certámenes para llevarse una parte de los premios. En Sevilla, donde los concursos están más muertos que vivos, se intentó hace unos años crear una cooperativa de concursantes para entre unos cuantos acaparar todos los concursos y repartirse el pastel. Aquella iniciativa no llegó a buen puerto porque la denunciamos en este periódico. Pero los concursos siguen siendo atractivos para esos cantaores -en muchos casos, entrados ya en años- que solo buscan el dinero. Si hay que aprenderse al dedillo la minera de Pencho Cros o la saeta del Niño Gloria, lo hacen y punto. No es la mejor manera de acabar con el mimetismo imperante, pero las organizaciones de estos certámenes no hacen nada por evitarlo. De hecho, alimentan el mimetismo y machacan cualquier brote de creatividad. Además, con el dinero de todos nosotros.

 

09
Ago/2014

Para que veas que no te engaño

Uno de los inconvenientes de vivir en un pueblo es que la mayoría de tus convecinos están al corriente de los asuntos de tu vida. Te guste o no te guste es así y si quieres vivir una vida tranquila tienes que aprender a convivir con esto. A pesar de todo me gusta vivir como vivo, estar cerca de los olivos y hacer la compra en esas tiendas pequeñas donde te atienden siempre con tanta amabilidad. En la pescadería, por ejemplo, el pescadero se pasa ya de amable, pero es bonito. El pasado martes acudí a una del pueblo donde vivo y al pedirle medio kilo de acedías me contó la vida de todos y cada uno de los animalitos. “Estas acedías están muy frescas, anoche aún estaban vivas y estuvieron de charla con Manolo Sanlúcar en Bajo Guía. Esta, por ejemplo, te la puedes comer cruda porque no ha tenido ninguna enfermedad rara y tuvo una muerte dulce, que se nota por la expresión de su cara”. Y te preguntas: ¿dulce, en agua salada? ¿Las acedías también tienen el rigor mortis? Las almejas nunca sueltan arena porque las entrenan desde pequeñas para que la escupan antes de ser capturadas. Y los chocos de Huelva tienen esa cara de felicidad porque para ellos es un honor acabar en una freidora, mucho mejor que morir de viejos en el mar. Como los toros de lidia, que prefieren morir en la plaza, en la flor de la vida, pegando cornadas, que acabar sus días en la dehesa con artrosis y osteoporosis o exigiendo beneficiarse de la ley de dependencia.

Los carniceros de los pueblos suelen ser un poco sádicos, pero también son muy amables. Les pides un pollo entero y casi nunca te lo llevas entero para hacerlo al horno. “Mejor se lo parto un poco”, zas, zas, zas. Y al final lo tienes que freir o guisarlo a la Pantoja, con ajo y vino peleón. Y si ve que pones cara como de que el pollo no te parece fresco te lo acerca a la nariz para que lo huelas. “Para que veas que no te engaño, este pollo cantó esta misma mañana una seguiriya del Fillo”, que en Mairena del Alcor se sabe de cante. La ternera es siempre de Ávila y el cordero, cómo no, de Arévalo y lechal, aunque sea de Burguillo y tenga más años que Matusalén. Y no te importa porque te atienden con un arte increíble que nada tiene que ver con Mercadona, donde te venden el pollo metido en una urna, que vaya usted a saber el tiempo que lleva en ella el pobre plumífero.

Si te vas a vivir a un pueblo que no es el tuyo y no compras el pan en una de sus panaderías artesanales jamás te aceptarán como a uno de los suyos. Procura que no te vean salir un día de una tienda de Polvillo porque lo considerarán una ofensa y tienen su propia idea de lo que es el libre mercado. Al enemigo, ni agua. Vas a una panadería y la dependienta te pone el mollete en un cachete para que veas lo calentito que está. A veces lo está tanto que tienes que ponerte una pomada cuando llegas a casa. Y siempre te dicen eso de “para que veas que no te engaño”, como si tú dieras por hecho que te va a engañar. En los pueblos son tan honrados que necesitan demostrar que lo son, asegurarse de que te vas convencido que su tienda es de ley.

No hace muchos días le pregunté a un vecino que dónde podía encontrar a un cerrajero y me indicó la calle donde vivía, el número y hasta la fecha de nacimiento de su abuelo. “Ese es muy bueno, su abuelo estuvo en la Guerra de Cuba y vino con una enfermedad muy rara, que bebía agua y se emborrachaba”. Y te preguntas que qué tendrá que ver eso con que sea o no buen cerrajero. Cuando le dije que iba a ir a buscarlo me espetó: “Espera, que te llevo yo, para que veas que no te engaño”. Y cruzó todo el pueblo conmigo contándome toda la vida del hombre. Cuando llegué a su casa, claro, le tenía ya tanto cariño al cerrajero que acabé invitándolo a un mosto en la taberna de su calle y en prueba de agradecimiento me contó también su triste vida y las duquelas que pasó su abuelo en Cuba. Y yo con la puerta de la casa sin la tranca puesta.

De izquierda a derecha, José Manuel Peña, Ricardo Sánchez Antúnez, Manuel Bohórquez, Quico Pérez-Ventana, Carmen Arjona y Juani de la Algaba.

De izquierda a derecha, José Manuel Peña, Ricardo Sánchez Antúnez, Manuel Bohórquez, Quico Pérez-Ventana, Carmen Arjona y Juani de la Algaba.

En esta época del año hay personas en los pueblos que venden higos chumbos cogidos por ellos mismos al estilo tradicional, con una caña larga y cuando no sopla el viento. Quien me abastece de estos manjares, como sabe que soy proclive al atasco intestinal -no sé por qué, pero lo sabe-, siempre me dice que sus higos chumbos están tratados por él con una fórmula mágica para que no atasquen. “Para que veas que no te engaño. ¡Niña! -llama a su mujer-, dile al vecino que nuestros higos no atascan. Y al final se entera medio pueblo de que eres estreñido, porque la señora hablaba al cinco por medio, que es donde El Cascabel ponía la cejilla para cantar los fandangos del Niño Gloria.

Mairena del Alcor es un pueblo tranquilo, de gente educada y amable, sin héroes. Sabréis lo que dijo Bertol Brecht, que desgraciados aquellos pueblos que necesiten héroes. Aquí los únicos héroes son los pescaderos, los carniceros, los panaderos y los taberneros, que son quienes mantienen el carácter de pueblo de esta localidad cantaora de cante jondo, de hombres que pasean a sus galgos por las calles y los caminos, que aún beben palomitas de aguardiente en el bar de Miguel Palmicha, que celebran con malditos cohetes todo lo que se encarte y que aún dan los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches cuando te ven andar por sus calles.

En las mañanas claras se ve Arahal desde la cornisa de la Vega y si afinas la vista podrías ver hasta el piquito de la Giralda. Por las noches puedes adivinar en el sepulcral silencio de la madrugada a Curro Mairena crujiendo por seguiriyas de Francisco la Perla y a su hermano  Antonio emular a Juan el Pelao en la fragua de su padre, el gitano Rafael. Huele todo el año a saetas de Hornerito y cuando se mueve el aire te llega el aroma de las soleares de Alcalá, las de Joaquín el de la Paula y sus sobrinos, Juan Talega y Manolito. Y hasta las de su hijo, el Enriquillo. Es una delicia ver andar a Morillito y comtemplar a los mayores por la mañana temprano o a la caída de la tarde, cuando el sol se pierde por el Gandul, cómo toman el fresco en la Plaza de las Flores.

Para que veáis que no os engaño, venid a descubrirlo, aunque nada más entrar en el pueblo ya sabrán si os estriñen o no los chumbos. Y no os preguntéis por qué lo saben.

 

 

04
Ago/2014

El ‘joder’ se va a acabar

Ser andaluz está dejando de ser un chollo. No me refiero ya a que Andalucía sea la región con más paro de España y parte de Andorra. Tampoco a que tengamos tanta corrupción en las instituciones ni a que nuestros jóvenes tengan menos futuro que Paquirrín como barítono. Ni siquiera a que Cañamero y Gordillo nos vayan a meter en bronca con los del Peñón de Gibraltar. Me refiero sobre todo a esa amenaza del Ayuntamiento de Sevilla de que eso de jugar al dominó en la calle tiene los días contados. Esto y otras cosas que forman parte de nuestra forma de vivir, de nuestra cultura, como lo de gritar en los bares en el tono de La Paquera, cantar fandanguillos de Alosno fuera de tono en las tabernas o dejar que tu perrito plante un pino de la variedad de Royal canin donde le dé la gana, que para eso es tuyo. Quieren acabar con la placentera tradición de joder a los demás. Por otra parte, dedicarse a la política ya no será garantía de forrarse porque eso de meter la mano en la caja pública se va a acabar, que lo ha dado a entender Susana Díaz. Y ya sabemos cómo se las gasta. Y si eliminan la posibilidad de forrarnos, casi que no va a merecer la pena trabajar de manera altruista para la comunidad. Lo del dominó lo podríamos solucionar fácilmente fabricando las fichas con carne de membrillo de Puente Genil o eliminando el mármol y la formica de las mesas y colocando en su lugar corcho del país, que en eso estamos a la cabeza de las exportaciones. Tampoco sería un problema lo de las heces de los perritos en las aceras porque los exterminamos y punto. No plantearía un problema serio en una región donde tanto maltratamos a los animales, por ejemplo con los cohetes y los petardos, que por cierto producen más decibelios que las fichas de dominó y vuelven macandés a perros y pájaros. Si obligamos a los políticos a ser honrados, a los parados a cambiar el dominó por la petanca, a los jóvenes a vomitar en sus casas y a celebrar las botellonas en el campo, y a los flamencos a cantar por señas, ¿qué ocurrirá con la Sevilla eterna? Sería una ciudad mucho más habitable, sin duda, con las aceras más limpias y sus zonas verdes más verdes. Dormiríamos mucho mejor la siesta, oiríamos de otra manera a José Ramón de la Morena y mejoraríamos la imagen de cara al turismo, del que vivimos en un importante porcentaje. Hay quien sueña con una Sevilla muda y funérea que no cante ni baile en las calles, en la que todos vayamos en bicicleta, en silencio, salvo los rocieros, porque no hay nada más castizo que esa estampa de bueyes tirando de carretas mientras las hermandades lo celebran espantando con sus cohetes a los vencejos y gorriones. Lo de las fichas de dominó de carne membrillo es buena idea, ¿no? Por si pudiera ser una alternativa.

03
Ago/2014

Doña Matilde pidió la Medalla del Trabajo en Morón de la Frontera

Noche fría en Morón, de un frío agosteño que era algo más que agradable fresquito. Poco público en el Colegio Salesianos, quizás unas trescientas cincuenta personas, muy pocas para un festival de la historia del Gazpacho Andaluz. Barra muy ruidosa, y esto es impresentable, sobre todo porque luego se nos llena la boca diciendo que el flamenco es cultura. Mala organización puesto que un cartel con tres cantaores y una bailaora no tendría que haber durado tanto como duró. Y en lo concerniente al arte, la verdad es que hubo de todo, como en todos los festivales. Si el Gazpacho, como festival pionero que es, se distinguía hace años de los demás por su sello, por aquellos carteles que olían a Morón y a Utrera y a Mairena y a Lebrija, el de anoche apenas tenía aroma. Todos los artistas se entregaron y dieron lo mejor de ellos mismos, pero no sabías si estabas en Morón o en Burguillos.

Había ganas de escuchar al maestro gaditano Juan Villar, que llevaba años sin cantar en este festival. En realidad canta ya poco en los festivales de Sevilla, por desgracia. Este cantaor armó una revolución en la década de los ochenta, cuando se medía con Camarón, Chiquetete, Morente, Pansequito o Menese. Su sello en soleares, alegrías, bulerías y tangos lo aupó a lo más alto del escalafón y nos brindó noches mágicas, aunque también alguna sin magia alguna. Ya tiene sus años y la voz un tanto agotada, pero coloca los tercios de una manera admirable y no ha perdido ese sabor que siempre ha tenido. Con el Niño Jero a la guitarra –qué toque más personal tiene el maestro de Jerez–, Juan Villar mascó la soleá, cautivó en los tangos y en las bulerías y metió unas letras en los fandangos que nos emocionaron. Ya nos es el Juan Villar de aquellos años, pero sigue siendo artista.

Marina

Marina Heredia tuvo una gran actuación que fue a más conforme iba cantando. Muy bien llevada por José Quevedo El Bolita, de Jerez –toca raro, pero vaya guitarrista–, empezó muy fría por soleá, sin jondura, casi ausente. Comenzó a aparecer en los fandanguillos de Granada con los que remató sus malagueñas, bastante bonitos. Luego hizo una caña con tanta velocidad, a ritmo, que parecía una canción, cuando este cante es de los jondos de verdad. En los tangos y en las bulerías demostró por qué es hoy una de las primeras voces. Se entregó, se sintió a gusto y cautivó al público. Gran artista la hija de El Parrón.

El homenaje a Matilde Coral tuvo su puntito de emoción. Pepe Ortiz, el presentador de la noche, se empeñó en dar tantos datos sobre ella que cuando Matilde cogió el micrófono solo dijo una cosa: “¿Cuándo me van a dar la Medalla del Trabajo”. Es el único galardón que le queda por recibir y la maestra aprovechó el Gazpacho para pedirlo. Lástima que no hubiera medios de comunicación sevillanos, que también le han dado la espalda a este festival. El Correo sí estuvo, aunque no sé si alguien de la organización se enteró

La segunda parte la abrió el guitarrista local Juan Luis López, un buen concertista, aunque poco conocido. Estuvo demasiado tiempo en el escenario, para lo tarde que era ya, pero nos dejó unas hermosas guajiras y una bulerías excelentes. En la primera parte, para cubrir la cuota de guitarra, tocó el joven Sergio González, de la escuela de Paco Delgado El Leri, que también interpretó unas guajiras bellísimas. Este chaval y el ganador del concurso, el extremeño de Santa Amalia Francisco Manuel Pajares, pusieron las notas para la esperanza.

Cancanilla de Marbella es un cantaor que ha caído bien en Morón. Han tardado en descubrirlo, pero ahora tiene su sitio. Muy bien acompañado por el guitarrista Chaparro de Málaga –buenísimo, por cierto–, el maestro marbellí tiene una manera de cantar muy segura, sin arriesgar mucho, pero con buen gusto flamenco y sabiendo lo que canta. Es pájaro viejo, conoce bien al público y siempre acaba gustando en Morón. Cantó muy bien por seguiriyas y bulerías, aunque nos ofreció también una larga tanda de fandangos, con unas letras marca de la casa. Acabó bailando, que si canta bien, baila mejor todavía.

La noche la cerró una buena bailaora local, Carmen Lozano. Se había ido ya mucho público y la barra seguía a tope. Eran casi las cuatro de la mañana. Con Rafael de Utrera al cante, su marido, y el coro de Macarines –bonitas y acopladas voces­–, Carmen bailó unas alegrías con más garra que sabor, pero muy flamencas. El segundo baile ya no lo vimos. Con la carretera no se juega, que hace pupa.

Fotografía de Marina Heredia, Estrella Roldán.

 

02
Ago/2014

El cielo se desplomó sobre la tierra

Recuerdo cuando lo de ir a la playa era como ir a la luna, poco más o menos. En Palomares del Río solo teníamos las albercas de las huertas para bañarnos en verano y estas solían ser sobre todo para el riego, con lo cual el agua tenía tantos bichos que después de cada baño te rascabas más que una mona en celo. Tampoco era fácil bañarse porque si te pillaba el dueño acababas en el cuartelillo o, como te quitaban la ropa, tenías que irte a tu casa en pelotas y eso significaba una buena soba, o sea, una paliza o tunda, porque al llegar sin la ropa ya sabían de dónde venías. Teníamos también el río Pudio, y los más atrevidos íbamos al Guadalquivir, a su paso por Gelves, porque Palomares no tiene río, aunque sí un caño pequeño con mucho brío, que es el del Capataz. Cuando a finales de los sesenta abrieron la piscina de Coria del Río, los de Palomares íbamos ya entrenados y dábamos siempre la nota. Acostumbrados a la alberca de Sartarén, que era tan pequeña que tenías que bañarte por partes, aquella piscina era como de otro planeta, con su cloro y todo. En Palomares solo iban a la playa los más pudientes y nada de Marbella o el Cabo de Gata, sino La Higuerita, que era la que teníamos más cerca, el Caribe de los pobres. A veces salía un microbús y la gente madrugaba para esperarlo en la Plazoleta, aún de noche. Mi santa madre nunca quiso llevarnos por miedo a que nos ahogáramos, como si el caño del Capataz o las albercas de las huertas fueran menos peligrosas. A la caída de la tarde, cuando regresaban de la playa, los de mi edad quedaban en el Bar de Ricardo para contar sus batallitas, sus aventuras marineras, negros como un tizón. Y los más fantásticos e imaginativos contaban que habían visto delfines y tiburones con los ojos verdes y que las adolescentes usaban ya una atrevida prenda llamada bikini. Los más salidos hablaban incluso de pechos al descubierto, algo que en Palomares desconocíamos por completo.

Tenía ya 17 años y no había visto el mar nada más que en las películas. Viviendo ya en Sevilla empecé a trabajar de empapelador en una tienda de papeles pintados de la céntrica calle Alhóndiga. Nos fuimos a empapelar un hotel a San Pedro de Alcántara, en Málaga, al lado de Marbella. En el primer viaje pasamos por Tarifa y allí vi por primera vez el mar, aunque desde el coche, desde lo alto de un cerro. Cuando llegamos a San Pedro y dejamos el equipaje en la pensión lo primero que hice fue preguntar por dónde se iba a la playa, que estaba algo alejada del pueblo. Fui solo, quizás porque era el único de los aprendices que aún no había visto el mar. Cogí una solitaria senda y cuando me puse frente a aquella inmensidad de agua que se fundía con el cielo no sabía muy bien qué era una cosa y qué era otra. Por un momento pensé que el cielo se había desplomado sobre la tierra. Me dio miedo el sonido del mar y cada vez que intentaba meterme venía una ola gigantesca como queriéndome tragar.  Al rato, el sol empezó a bajar tanto que se perdió en el agua tiñéndola de un deslumbrante color de oro viejo que años más tarde supe que era una puesta de sol, mi primera puesta de sol, que recuerdo como una de las primeras y más maravillosas aventuras de mi vida. Pude comprobar aquella misma tarde que era verdad lo de los delfines y tiburones con los ojos verdes, de los que hablaban mis amigos, como los de los toros del poeta y ganadero Fernando Villalón. Y llené una bolsa de almejas y estrellitas de mar y corrí descalzo por blanca arena, que celebraron unos pies hechos solo a los terrones del campo.

La Isleta del Moro. Sobra cualquier comentario que queramos hacer.

La Isleta del Moro. Sobra cualquier comentario que queramos hacer.

El siguiente descubrimiento fue la nieve. Dicen que en Palomares nevó un año, pero yo aún no había nacido. Los más viejos del pueblo contaban que los olivos amanecieron con blancas moñas de jazmines y que se helaron el río Pudio y el caño del Capataz, donde patinaban las ranas y las polluelas, y los más fantásticos hablaban de un pingüino que por las noches tomaba chatos de vino en la taberna del Norra y que cantaba fandanguillos de Lucena al estilo del Niño de Cabra. Tanto escuchaba hablar de aquella nevada que lo de conocer la nieve se convirtió en una obsesión tan grande como la de descubrir el mar.

A los pocos meses de conocer por primera vez el mar nos fuimos a empapelar un bloque de pisos a Puertollano, en Ciudad Real, donde los gorriones iban con bufandas. Era invierno y desde la obra veía una mancha blanca y luminosa que parecía nieve, en lo alto de una montaña. Como los domingos no trabajábamos, una mañana me abrigué bien y subí a la montaña, que estaba más lejos de lo que me habían dicho. Al llegar a donde estaba la nieve descubrí desolado que era solo una mancha dura y no más grande que el ruedo de una plaza de toros pequeña. Así y todo, me deslicé por la nieve, unas veces de espalda y otras de barriga mientras me observaban los pájaros y me aplaudían unos conejos blancos con los ojos verdes. Al llegar a la casa donde me acogían aquellos días les conté a los hijos del matrimonio que había estado arriba, en la montaña, revolcándome en la nieve y se miraban entre ellos, estupefactos, convencidos de que lo había soñado.

Curiosamente, ahora vivo a una hora del mar y a dos y media de la nieve y apenas veo ni una cosa ni la otra. Algo más el mar, en Sanlúcar de Barrameda o Huelva, aunque cuando puedo me escapo a la Isleta del Moro, en Almería, en el Cabo de Gata, donde de noche el mar parece cantar fandanguillos del Ciego de la Playa y bravos tarantos de Pedro el Morato. No hay nada más placentero que descubrir todo aquello que desconoces, sobre todo cuando lo descubres tarde, en la adolescencia, porque has acumulado muchos sueños. Mi madre tiene 87 años y aún no conoce el mar, que habrá visto si acaso desde lejos. Sí la nieve, porque fue testigo de aquella nevada en Palomares, aunque ella no habla de cómo patinaban las ranas y las polluelas en el caño del Capataz ni del pingüino que tomaba chatos de vino en la taberna del Norra. Ni siquiera de los olivos que amanecieron con blancas moñas de jazmines. Para ella, aquella nevada fue más bien un engorro, como para mi abuelo Manuel, que esa mañana no pudo ir a limpiar olivos y tardó tres horas en poder encender el anafe para poner a hervir un puchero que aquel día fue más milagroso que nunca. Había nevado en el pueblo.