Monthly Archives: Abril 2014

28
Abr/2014

Momentos inolvidables para El Funi

El pasado domingo se vivió algo muy especial en la Peña Flamenca Pepe Montaraz, de Lebrija, donde Miguel Peña Vargas El Funi recibió la XXV Giraldilla Flamenca. Esta peña flamenca es de las más antiguas de Andalucía y, desde luego, de las de más solera. Por otra parte, Lebrija es uno de los pueblos más flamencos de España, con una nómina de artistas del cante, el baile y el toque que muy pocos pueblos tienen. Ayer, además, el sol iluminaba sus tejados de una manera prodigiosa y todo acompañó para que el día fuera perfecto. El Funi llegó sobre la 1.30 horas, por supuesto acompañado de los funistas, además de por amigos y familiares. Junto a él estaba su prima Inés Bacán, con esa la luz en la cara que lo alumbra todo. Hubo ausencias, claro, sobre todo las de artistas lebrijanos tan unidos siempre a Miguel el Funi, si no por sangre sí por afinidad o amistad de muchos años. Después del ofrecimiento, que re cayó sobre mí y traté de estar a la altura, se procedió a la entrega de la Giraldilla Flamenca, a suyo homenaje se unió también el Ayuntamiento en la persona de su alcaldesa, María José Fernández, quien dijo cosas muy hermosas sobre el artista. Un vez acabado todo lo relacionado con el homenaje, que Miguel agradeció con unas palabras emocionadas, se procedió al arte, al recital de cante, que corrió a cargo de la joven cantaora local Fernanda Carrasco, sobrina-nieta de Miguel. Muy bien acompañado por el gran guitarrista lebrijano Antonio Malena, que es hijo de Curro Malena, Fernanda Carrasco interpretó un buen ramillete de cantes de la escuela lebrijana, seguiriyas, cantiñas y bulerías, para deleite de todos. Como no podía ser de otra manera, su tío abuelo se animó y subió al escenario para regalarnos a todos unos momentos inenarrables, sus cantes por bulerías, y esa manera única que tiene de bailar este bisnieto del mítico Popá Pinini. Os dejo parte del texto que escribí y que leí en su honor. Espero que os guste.

Miguel Funi“Nuestro protagonista de hoy es un ejemplo de cantaor y bailaor gitano que ha sabido asumir su papel de artista responsable y consecuente con su familia y su pueblo. Bisnieto del mítico Popá Pinini, nieto de Fernanda Peña y Juan Funi, hijo de Fernando Peña y, por tanto, sobrino de Diego Lagañas y Bastián Bacán, cuando canta y baila no hace sino recordar. Me lo dijo un día su primo Pedro Bacán: “Nosotros, los gitanos de Lebrija, los de la Casa de los Peña, encontramos la mejor escuela en el recuerdo, en la memoria de nuestra familia”. Y Miguel el Funi es un claro ejemplo de ello: su cante y su baile son una mixtura de recuerdos y de vivencias. Y eso, queridos amigos de Lebrija, es un tesoro demasiado valioso para venderlo a cualquier precio. Por eso Miguel el Funi no se ha ido nunca de Lebrija y por eso no se ha prostituido jamás ni como artista ni como lebrijano. Lo demuestra su discografía, su trayectoria, su obra musical. Y también su actitud ante el arte y ante la vida misma. Lamentablemente, este romanticismo flamenco no se ha llevado nunca bien con la comercialidad del arte. Los gitanos que no han vendido nunca su legado familiar y el resultado de sus vivencias en los mercadillos del arte jamás han hecho fortuna y pocas veces han sido reconocidos. Pero hay un tipo de reconocimiento que tiene un gran valor, el del pueblo, el de los aficionados cabales, el de la gente sencilla. Miguel el Funi va a recoger hoy la Giraldilla Flamenca y, aunque no los veamos, estoy por apostar que están sentados a su vera todos y cada uno de sus antepasados, orgullosos de que El Funi haya honrado como lo ha hecho, y lo hace cada día, contra viento y marea, lo más preciado que un hijo, un nieto y un bisnieto puede enaltecer: el legado humano y artístico de su familia. Me estoy refiriendo al legado de los Peña, del que Miguel Peña Vargas no es solo un celoso guardián, sino un fiel e insobornable enamorado. Y luego que sigan diciendo que el flamenco auténtico ha muerto. No será en Lebrija”.

 

26
Abr/2014

La experiencia como enseñanza

Siempre lo supe, desde niño, pero ahora lo ha dicho uno de los pedagogos más influyentes del mundo, Roger Schank, empresario y autor del concepto Aprender es hacer: “Lo que nos enseñan en la escuela no nos sirve en la vida real”. Convencido de que la experiencia es el mejor motor del aprendizaje, diferencia claramente entre la preparación del alumno que aprende a aprobar exámenes para acabar una carrera y el que aprende a pensar para desarrollar mejor el conocimiento sobre cualquier materia. Ha desarrollado un novedoso método basado en la experiencia que ha implantado en varias universidades, entre ellas la Ramon Llull de Barcelona, por citar una española. No recuerdo casi nada de lo que quisieron enseñarme en la escuela de Palomares del Río, el pequeño pueblo sevillano donde me crié. Puedo acordarme de Viriato, de los ríos españoles y algo sobre los Reyes Católicos. Y casi nada de eso me ha servido en la vida, salvo para tener algo de cultura, que siempre es importante. He aprendido más de geografía en el flamenco que en la escuela. Incluso de historia y literatura. A la escuela le debo pocas cosas y algunas de ellas me hicieron verdadero daño en mi etapa de formación como niño. No la de adolescente, porque dejé el colegio a los 12 años un poco traumatizado por haber sido etiquetado de torpe, flojo e indisciplinado. Y como lo que decía el maestro iba siempre a misa, en casa era también torpe, flojo e indisciplinado. Si eras torpe para los estudios, a trabajar. No había tío páseme usted el río. Nadie me preguntó jamás qué pensaba sobre la enseñanza pública ni en casa ni en el colegio, porque, claro, qué iba a saber un niño que hablaba con los olivos y estudiaba el comportamiento de las ranas en las lagunas sobre el sistema educativo en un pueblo donde en vez de un polideportivo teníamos un futbolín en el bar de Ricardo y donde para ver una película había que ir a Coria del Río o pagar una peseta en el citado bar para ver Bonanza. No había Casa de la Cultura, solo cuartel de la Guardia Civil y el único museo era la iglesia, donde si preguntabas por Dios para hacerle algunas preguntas y que te sacara de ciertas dudas existenciales, el cura te decía que no estaba, que el encargado de las cosas de la fe era él. Y del cepillo, el sacristán. En casa solo había dos libros, el de Familia y una vieja novela del Rey Arturo, de Pérez Escrich, que mi abuelo Manuel releía constantemente. No se hablaba jamás sobre sexo. No es que estuviera prohibido, es que era algo desconocido, salvo cuando el chivo montaba a la cabra y al nacer el chivito solías preguntarte: “Entonces, si las cigüeñas no traen a los chivitos, ¿quién no está diciendo aquí toda la verdad?”.

ESCUELA

Recuerdo que cuando fui el primer día a la escuela, con una carpeta de trapo azul, una libreta de dos rayas, un lápiz, una goma de borrar y un pelado al cero que daba lástima, el maestro don Celso me preguntó: “¿Sabes algo o vienes virgen?”. Era ya un hombrecito, cinco años recién cumplidos, o sea, que tenía cierta experiencia. Le respondí que sabía ya diferenciar varias clases de pájaros, de lombrices y plantas silvestres. Que por la llegada de las golondrinas y las libélulas gigantes -zapateras, las llamábamos- sabía cuándo se acercaba el verano. Y que además era ya capaz de hacer cisco, rebuscar maíz y garbanzos y meterle el dedo en el culo a una gallina para saber cuándo iba a poner el huevo, si lo pondría o no a tiempo para echárselo a las papas a lo pobre, que eran tan pobres que hasta las papas eran rebuscadas. Don Celso, que era un hombre impulsivo, me preguntó: “Pero vamos a ver, Bohórquez. ¿Tú crees que todo eso te va a servir para algo en la vida?”. Así fue mi entrada en la escuela. La salida, siete años después, sabiendo, eso sí, quiénes habían sido Viriato y los Reyes Católicos, resultó aún más dura. Cuando le dije al director de la escuela que me iba a trabajar, que dejaba los estudios, el buen señor me soltó enseguida: “Que sepas que serás toda  la vida un hombre desgraciado”. No eran malos maestros pero ayudaban poco a organizar la mente de los alumnos y a veces nos obligaban a olvidarnos de algo tan esencial para el aprendizaje como la capacidad de cada alumno para aceptar el sistema de educación. Anulaban nuestra memoria, “la más básica, que compartimos con otros mamíferos”, asegura  Roger Schank en Cinco días, la que usaban nuestros antepasados antes de existir el lenguaje, “y les funcionó bastante bien”. Y luego está la memoria semántica: “El lenguaje nos dio la capacidad de desarrollar procesos de razonamientos muchísimo más complejos”, sostiene Schank. Por poner un ejemplo, cuando un guitarrista de flamenco llega a un conservatorio de música, aunque sea en Andalucía, lo primero que le dicen es que se olvide de lo que sabe, de lo adquirido, que borre de su memoria lo aprendido y heredado, en muchos casos de sus padres o abuelos. Desconozco si aún ocurre esto, pero sucedía hace años y molestaba a guitarristas como Manuel Cano o Manolo Sanlúcar. Más o menos lo que me ocurrió con mi primer maestro, que quería que me olvidara de las ranas de las lagunas y de lo de adivinar la llegada del verano por las golondrinas y las zapateras, como si eso me fuera a impedir saber quiénes fueron Sócrates o Magallanes. ¿Tan difícil es entender que es perfectamente compatible saber leer una partitura de Turina o Falla, como saber tocar una falseta de Diego del Gastor, quien no fue al conservatorio pero tocaba como Dios? Lo que este señor nos quiere decir no es que no sea importante ir a la escuela, que lo es, sino que no todo lo que aprendamos en ella nos va a servir en la vida real. El latín, por ejemplo, eliminado hoy de la enseñanza obligatoria, es algo prescindible para alguien que no tenga especial interés en dicha materia, según Schank. Las matemáticas, sin embargo, que para algunos es también algo prescindible desde que tenemos calculadora en los móviles, es una materia que ni pintada para organizar y estructurar la mente, algo fundamental de cara a emprender cualquier tipo de trabajo o negocio, con independencia de que tengamos más o menos capacidad intelectual. La educación no sirve solo para ejercer una carrera o desarrollar el intelecto. También para ser una persona de más y mejor sensibilidad.

25
Abr/2014

Giraldilla Flamenca para El Funi

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La Peña Flamenca Pepe Montaraz de Lebrija le ha concedido este año su Giraldilla Flamenca a uno de los artistas flamencos más geniales de ese pueblo tan flamenco, Miguel Peña Vargas El Funi. El galardón le será entregado el próximo domingo como colofón a toda una semana de actos en su honor. El flamenco ha cambiado mucho en los últimos años y hay quien dice que está más muerto que vivo, algo que se dice ahora y que se ha dicho siempre, desde el siglo XIX. Entonces lo mató Silverio y en este tiempo Morente, o sea, siempre artistas  revolucionarios que abren caminos nuevos. Quizás el flamenco no haya estado jamás tan vivo como en este tiempo, reconocido en todo el mundo como un arte único. Pero es inevitable que se hable siempre de crisis artística, de falta de grandes artistas y que tendamos a comparar la época actual con toda la historia de este arte. Y, claro, siempre sale perdiendo esta época. A pesar de que hay grandes artistas que seguramente tendrán que morirse para que sean reconocidos.  Lo hemos visto con Paco de Lucía, que ha tenido que morirse para que le dediquen el festival flamenco más importante del mundo, como es la Bienal. Uno de esos grandes artistas de esta época  es Miguel el Funi, cantaor de singular personalidad y bailaor incomparable, único en su estilo. El pavo real del baile, según lo llamó Manuel Herrera. Pero este artistazo gitano, bisnieto de Pinini y perteneciente a una de las castas flamencas más importantes del mundo, la de los Peña de Lebrija y Utrera. Miguel nació en Lebrija y en Lebrija vive, porque es un alma de la tierra que nunca ha querido cambiar de cuerpo. Una vez le puso un telegrama Manolo Caracol para trabajar en Los Canasteros, su tablao de la Villa y Corte, prometiéndole fama, dinero y mujeres, pero se quedó en Lebrija, quizás porque necesitaba sentirse flamenco en sus calles, sus tabernas y sus fiestas familiares. Y aún vive en Lebrija, donde es querido y admirado. Prueba de ello es este reconocimiento, el de los aficionados de su pueblo, que no es un pueblo más sino uno de los pocos de Andalucía donde sus calles huelen a flamenco grande y el aire tiene el inconfundible sabor agridulce de las cabrillas de la marisma. También ha tenido reconocimientos fuera de Lebrija, porque es un artista conocido en todo el mundo, allí donde haya o haya habido aficionados de buen gusto, que nunca son muchos pero sí fieles. Miguel el Funi es una voz y una planta de la tierra al que debemos  tanto arte y noches tan mágicas que no habría dinero para pagarle. Tiene el don del pellizco, de la personalidad y de la emoción. Es un gitano orgulloso de su pueblo, de su gente, de su familia, de su arte. Nunca ha sabido de despachos y solo le ha echado el brazo por encima a quien ha elegido para que le parta el alma cantando, bailando o tocando la guitarra a compás y con sentimiento. Por eso le dan el domingo la Giraldilla Flamenca, y no por otra cosa. Y luego que sigan diciendo que el flamenco auténtico ha muerto. No será en Lebrija.

19
Abr/2014

La felicidad es un pestiño

Cuando dejamos de hacer locuras no es que estemos más centrados que cuando las hacíamos de más jóvenes. Es solo que los años nos acobardan. O será que pensamos más las cosas antes de hacerlas, sean locuras o no, por eso que llamamos madurez. Estamos educados en el miedo, es algo que nos pegan en la piel al nacer. De tal manera que hasta puede llegar a aterrarnos el hecho de sentir el miedo. Por otra parte, lo que puede parecernos una locura a lo mejor no lo es, pero así está establecido por quienes fijan los valores, las locuras y las corduras. ¿Es acaso una locura hacer lo que te diga el corazón? ¿Es de locos, acaso, querer ser feliz por ti mismo y no depender de la felicidad que pueda darte alguien que te la echará en cara cuando te vayas de su vera? “Devuélveme el rosario de mi madre”. ¿Recuerdan la copla? Es imposible definir la felicidad cuando se está triste, porque no existe en tu alma. Lo mismo que no se puede definir la tristeza cuando se está feliz. Por otra parte, la felicidad no es siempre un sentimiento, a veces es una decisión. Es como algo que está en un cofre y tú tienes que decidir si abres o no ese cofre. Nadie te hace feliz, por mucho que te quiera, si tú has decidido no serlo o esperas esa felicidad tan deseada que ni siquiera sabes cómo es. La felicidad cuesta menos que un pastel y es mucho más dulce. Esta tarde he sido feliz unos minutos, solo unos minutos, devorando unos pestiños que, además, eran regalados. Si me hace feliz un humilde pestiño, es que tengo capacidad para serlo. Mañana, cuando se me pase el pelotazo que me han dado en el estómago los putos pestiños, reflexionaré sobre esto. Ahora solo pienso en encontrar un Omeprazol. Ahí puedo encontrar la felicidad.

16
Abr/2014

La hermosa mujer de la tabla

Fui un niño torpe, despistado y siempre en las nubes, pero de una imaginación sobrenatural. En el colegio sobresalía en pocas cosas, odiaba las matemáticas y la disciplina, pero era un buen dibujante. Me iba al campo y dibujaba olivos, conejos y pájaros. Hasta me atreví a pintar una tarde a mi madre mientras hacía calcetas en el corral. Una mañana quise pintar a una mujer desnuda y como no tendría más de nueve años, se me planteó un grave problema, el de no saber cómo era una mujer en pelotas. Nunca había visto una, solo a mi madre en enaguas, como mucho. Ella cuidó siempre eso de destaparse delante de sus niños, quizás por la educación recibida. Así y todo empecé a dibujar a una mujer vestida, una bella dama con una frondosa melena negra, ojos de mora y labios carnosos. Cuando ya la tenía acabada, la empecé a desnudar e iban apareciendo sus encantos femeninos: su cuello, sus hombros, sus pechos, el vientre con su ombliguito y todo, sus caderas redondeadas, su sexo muy bien vestido, con su perfecto triángulo, y sus muslos. Coloreé el dibujo y confieso que me enamoré perdidamente de aquella hermosa mujer. Se la llevé al maestro de mi colegio y cuando la vio no se creía que la hubiera pintado yo. “Es imposible, salvo que estés acostumbrado a ver estas cosas”, me dijo algo asombrado. Y le dije que no, que todo era sacado de mi imaginación. “Es que lo has puesto todo tan bien puesto, cada cosa en su sitio y de una manera tan real, que no doy crédito”, concluyó. El maestro miraba con tanto amor el dibujo que incluso llegué a sentir celos, porque aquella preciosa mujer era ya parte de mi vida. Dormía con ella, le daba las buenas noches, los buenos días, y hasta la enseñé a besar. La pinté en una tabla y estuvo en casa hasta que fui adolescente, pero un día desapareció y no la he vuelto a ver. Creo que se perdió en la mudanza de Palomares a Sevilla. Nunca he olvidado a la mujer de la tabla, aquella a la que creé con la imaginación y que si ponía la tabla de canto veía asomar sus pechos, de real que era. Los niños torpes y despistados, los que vivimos siempre en las nubes, desarrollamos tanto la imaginación que podemos asombrar. Sin embargo, la imaginación era a veces motivo de castigo, de riñas, como si fuera un delito. Imaginar es soñar despierto y fue lo que hice cuando apenas tenía uso de razón: imaginar algo tan natural y bello como ver a una mujer desnuda. A falta de pan buenas son tortas.

Buenas noches

15
Abr/2014

El saetero cagón

Una Semana Santa de hace mucho más de treinta años alguien de un pueblo de Sevilla me hizo el compromiso de que le cantara una saeta al cristo de su Hermandad. Aún no sé por qué le dije que sí, pero lo hice y un día antes de la fecha elegida me entraron unos retortijones y unos sudores que me moría. Era por los nervios, sin duda. Pero no me pude echar atrás y el día señalado me vi en un balcón con un temblor de piernas increíble, que se acrecentaba conforme se acercaba el crucificado. Viéndolo venir y sabiendo que lo pararían frente al balcón le pedí por su Padre y por su Madre que no se parara, que continuara calle abajo y se olvidara de mí. Al pasar por el balcón, giró la cabeza y vi cómo esbozó una pícara sonrisa. Cuando iba a desmayarme, porque pensé que al pararse tendría que cantarle una saeta, comprobé turulato que continuó su camino. Escuchó mis súplicas, sin duda. Pero al llegar a la esquina, volvió la cara, me guiñó un ojo y a través de una conexión telepática, el Señor me dijo: “Menudo saetero estás hecho, Manolito”. Y ahí acabó mi carrera de saetero. Siempre me quedó una duda de aquella noche, la de por qué sabía que me llamaban Manolito. Y le agradeceré toda la vida que no me dijera cagón porque, conociendo cómo son en los pueblos de Sevilla, estoy seguro de que hoy sería conocido por el Saetero Cagón.

13
Abr/2014

De la tierna infancia a la soledad

Cuando era un niño se me ocurrió un día intentar crear un mundo aparte, donde también hubiera pájaros, conejos, nubes, estrellas, lagunas, cunetas llenas de tagarninas, olivos, pinos con nidos de cernícalos y lagartos verdes en los barrancos. Elegí como modelo el mundo que conocía, que entonces medio me gustaba. Pero quería uno a mi medida, de fantasía, donde nadie me obligara a ir al colegio, a trabajar o a bajar al pueblo a por cubos de agua. Deseaba poner en práctica algo que luego fue un fracaso, que era hacer realidad los sueños. Si una noche soñaba que una nube bajaba tanto al corral de casa que podía montarme en ella y viajar, quería hacerlo realidad. Y quería también cambiar una realidad que no me gustaba, aliviar de algún modo las penas de mi madre y mi abuelo, ayudar a mis hermanos a ser felices y a que el pueblo, Palomares del Río, se convirtiera en un lugar donde nadie fuera más grande que nadie, la convivencia fuera pura armonía y los lujos de unos pocos no significaran el hambre y las miserias de otros, siempre de una mayoría. Empecé a construir ese mundo idílico, en soledad, sin ayuda de nadie, porque además tampoco había tantos soñadores entre los de mi edad. Pero un día cité a unos cuantos amigos en el pino de Mampela y tuvimos una reunión para ver cómo podíamos fundar nuestro particular mundo, una especie de país de las maravillas alejado de nuestros padres y los poderes fácticos. Y empezaron pronto los problemas, cuando llegó la hora de elegir presidente y todos querían mandar, ser el líder del grupo. Fue entonces, con solo 10 años, cuando empecé a entender la necesidad que tenemos de tener poder. Empezaron también las discrepancias y cada uno mostraba su ideología sin saber muy bien qué era eso, aunque ya apuntaban maneras. Los habíamos amantes de la naturaleza, defensores de la flora y la fauna del lugar, y también quienes pensaban que un pajarito estaba mejor frito que cantando en la rama de un olivo a la llegada del alba. Unos eran de ir a misa los domingos por la mañana y otros no y los que amaban a Dios nos amenazaban con el infierno a los que, sin ser ateos, porque tampoco sabíamos qué era eso, estábamos molestos con el Padre por muy diversas razones, casi siempre por las mismas: entre otras, porque solo salía a la calle un día al año para que lo pasearan por el pueblo y le aplaudieran cuatro señoras enlutadas. Luego estaban los desobedientes, los antisistema, los que detestaban la disciplina en casa, la escuela o la iglesia, quienes con el tiempo llevaban una bala en el cuello, bebían litronas en el malecón de Ricardo y liaban porros con escasa destreza en el depósito del agua. Por último, estaban los separatistas, los que querían que Cuatrovientos fuera independiente de Palomares de Río, una aldea autosuficiente, que acabaron por aburrirse y con un chalé cada uno de ellos en las muchas urbanizaciones que se hicieron en el pueblo, que a mí me fastidió porque aniquilaron los pájaros, los conejos, las lagunas y la tranquilidad del pueblo. Desaparecieron los cernícalos y los lagartos verdes, las tagarninas de las cunetas y ni las generosas y amables nubes bajaban ya al corral de casa para invitarme a subirme en ellas y ver desde el cielo los campos de jaramagos y las huertas, que ya hoy solo son el recuerdo la infancia.

Yo soy el de la vespita y mi hermano el del caballo. La niña es mi hermana Loli. Feria de Palomares del Río, 1967.

Yo soy el de la vespita y mi hermano el del caballo. La niña es mi hermana Loli. Feria de Palomares del Río, 1967.

Estos días he reflexionado bastante sobre esto, sobre los sueños y las fantasías de la niñez y de cómo nos cargan de frustraciones para toda la vida, que nos condicionan. Cuando te das cuenta has envejecido y hasta puede llegar a deprimirte mirar atrás y recordar aquellos años, los de la formación. Tengo la certeza de que los seres humanos somos dirigidos desde que recibimos el primer beso de luz hasta que nos quedamos a oscuras. Cuando somos niños queremos crecer deprisa para tomar las riendas de nuestra propia vida, como si alguna vez la vida fuera nuestra y no algo que te dan al nacer para que lo utilices siempre en beneficio de alguien. Era tan sensible que quería crecer rápido para evitar que otros niños me gastaran bromas pesadas o me agredieran física o verbalmente, porque veía que entre las personas de avanzada edad no ocurría eso. Pone la carne de gallina saber que en España viven solas cuatro millones y medio de personas por un motivo u otro. Seguramente fueron niños y niñas que quisieron crear también un mundo aparte, de fantasía, vivir en una especie de país de las maravillas. Adolescentes que soñaron con querer cambiar el mundo y que ahora están entendiendo que no han cambiado nada o casi nada. Personas que siguiendo una pautas marcadas por quienes nos dirigen desde niños se casaron, crearon una familia, lucharon, pasaron fatigas y que ahora viven en soledad mientras rumian recuerdos, unos echando días atrás viendo la televisión y otros leyendo novelas en un parque. A lo mejor, quién sabe, es ese el país de las maravillas que soñaron en la niñez: el de la soledad. Lo vemos como un drama social y podríamos verlo también como una conquista del hombre y de la mujer. Un alma sola, ni canta ni llora. Y nos hemos inventado o apropiado expresiones filosóficas como mejor solo que mal acompañado. El gran pensador francés Jean Jacques Rousseau dijo que es verdaderamente libre aquel que desea solamente lo que es capaz de realizar y que hace lo que le agrada. Mi madre ve la soledad como una especie de recompensa, en vez de como un castigo. Tiene tres hijos con los que podría compartir techo, cuarto de aseo y nevera, pero prefiere vivir sola y que sus hijos la ayuden en las necesidades básicas sin que esas ayudas le impidan vivir en su burbuja de felicidad o de desdicha, o en la mezcla de ambas cosas. Seguramente fue también una niña soñadora cuando con seis o siete años vendía suspiros de canela o altramuces por las calles de Arahal para ayudar en casa. Me confesó una vez que jamás soñó con casarse y crear una familia. Al final lo hizo, cercana ya a los treinta años, se cargó pronto de hijos, enviudó joven y desde entonces no ha parado de luchar. Si para Víctor Hugo el infierno estaba todo en la palabra soledad, para mi madre ha estado siempre en la falta de libertad para decidir.

11
Abr/2014

La Bienal hace el ridículo en el mundo

La Bienal de Flamenco hace el ridículo en todo el mundo y no sé si pasará algo o no. Es decir, si alguien tendrá que responder. Me refiero al hecho de que le dediquen el festival a Paco de Lucía porque se ha muerto, cuando jamás le dedicaron nada. Entre el guitarrista andaluz más importante del mundo y el festival flamenco más importante del mundo solo hubo siempre una relación comercial. Y ahora, porque se ha ido le dedican precisamente la edición que más ignora a los guitarristas y la de menos calidad de todas. ¿Se puede hacer un ridículo más grande? Entiendo que la muerte del genio les ha pillado por sorpresa, como a todos los amantes de su música. Y también que ya hubiera una programación medio cerrada, con compromisos insalvables. Mejor hubiera sido anunciar que la próxima edición, la de 2016, giraría toda en torno a su obra, que hacer esta chapuza, porque no tiene otro nombre. Además, según la programación presentada ni siquiera habrá una noche dedicada al universal artista de Algeciras, salvo que se programe ahora. Alguna vez he dicho que la Bienal es un festival deshumanizado, dedicado al turismo, sin personalidad y sin estilo. Pero lo de esta edición es para mear y no echar gota.

El festival sevillano pierde fuelle mientras suben los de fuera

 Mientras hay festivales de flamenco en todo el mundo que crecen y nos dan lecciones, la Bienal se hunde de manera alarmante, por muchas entradas que se vendan, que eso parece ser lo único importante. No hay nada más que echarle un vistazo a la programación para ver que se programa sin cabeza, sin ningún sentido de la realidad flamenca actual, con lo mismo de siempre y, de nuevo, con artistas en el cartel que parece que tienen que estar por fuerza. Incluso repiten artistas que en la pasada edición pegaron el patinazo, como Carmen Linares. Es una programación que parece estar hecha para que no se enfade nadie, con “estrenos absolutos” que luego serán lo mismo de siempre, absolutamente descarados. Se le sigue dando un teatro a cualquiera, con todo el respeto que nos merece todo el que canta, toque la guitarra o baile. Y hay artistas que trabajarán varias veces por ser taquilleros o estar bien relacionados. Sin embargo, hay otros y otras que siguen sin tener su sitio. Y todo porque se programa a base de lo que presentan las agencias artísticas.

Programar un festival de esta envergadura no es abrir el despacho para que presenten propuestas, o no debería ser solo eso, sino crear, proponer, encargar, que una cabeza con imaginación ofrezca novedades, aportaciones, que cambie las cosas. Se programa cometiendo una y otra vez la injusticia de dividir el flamenco entre lo que vende y lo que no vende, entre lo que atrae a gente de fuera o no atrae.  Artistas que en festivales del extranjero disfrutan de grandes teatros y son tratados como grandes estrellas, en la Bienal son programados en escenarios y horarios inapropiados. Se sigue programando con la política del relleno, sin ton ni son, por el hecho de hacer una Bienal larga, con decenas y decenas de espectáculos más o menos interesantes.

Alguien podrá decir que hay buenos artistas y que se ha programado para todos los gustos. Faltaría más. En cada Bienal tienen que estar los que tienen que estar, las grandes figuras, y es difícil que no tengan que repetir porque hay lo que hay. Pero si hay que dar entrada a nuevas voces, guitarristas y bailaores o bailaoras, ¿por qué no se les trata mejor, se les dan mejores escenarios y horarios más adecuados? Sencillamente, porque solo interesan las estrellas, las que venden entradas, y lo otro es puro relleno para quedar bien e intentar que todos salgan contentos. Prima lo comercial sobre lo genuino a la hora de programar y, por último, con las entradas a unos precios para determinados espectáculos absolutamente prohibitivos para los jóvenes o aficionados locales en crisis económica.

Por último, si se les ha pedido a los artistas que reduzcan sus cachés para poder celebrar la Bienal hay algo que llama la atención: que el presupuesto sea de 200.000 euros más que en la pasada edición y que el festival sea más corto en días. Que alguien lo explique. Se les habrá exigido un sacrificio a los de siempre para que las estrellas se repartan el pastel. Al fin y al cabo, esto es un puro negocio.

Amiguismo, enchufismo y artistas que se quejan en las redes 

Las redes sociales ardían ayer con el asunto de la Bienal, la chapuza del homenaje a Paco de Lucía y las quejas de quienes se han quedado fuera del festival. Lo de siempre. Entristece que una bailaora tan grande como Milagros Mengíbar, que con esta lleva tres bienales sin bailar, diga en Facebook que “la Bienal es para cuatro que les chupan el culo a los que la dirigen”. Como siempre, los artistas se quejan solo cuando no están en el programa y callan siempre cuando están. No lo decimos solo por la bailaora, sino por todos. Y ocurre en cada edición. Existe la creencia de que hay artistas que trabajan en la Bienal por sus buenas relaciones con las instituciones que forman parte de su organización, algo que es absolutamente cierto y que ha pasado siempre. José Luis Ortiz Nuevo tuvo que incluir alguna vez a artistas por orden del Ayuntamiento para pagar favores a cantaores que hacían campaña en las elecciones. Recuerden el concierto de un célebre cantaor en el Teatro Maestranza, que luego fue un escándalo. Ha habido quejas en las redes de otros artistas, siempre de los que no están en el programa, pero también de cientos de aficionados que han manifestado su malestar porque hayan dejado fuera a determinados artistas, por el precio de las entradas y, sobre todo, porque sea “más de lo mismo”, que es la queja más presente en Facebook o Twitter. Lo que ocurre siempre. Pero a pesar de todo esto, seguiremos trabajando para que el festival sevillano sea cada vez más grande y mejor.

09
Abr/2014

7 balcones y otro para arrojarse

En Flamenco Viene del Sur, el ciclo del Teatro Central, nos meten a veces una bacalada y esa bacalada llegó esta noche con 7 balcones, del bailarín  catalán Jesús Carmona. “Mi mayor verdad”, según el propio artista. Si esta es su mayor verdad, apaga y vámonos. Les aseguro que he salido del teatro sevillano sin saber si esta obra es una parodia del mal gusto, que es lo que a mí me ha parecido, o es lo mejor que Jesús Carmona puede ofrecernos. Es un bailarín excelente, con una buena preparación técnica, pero el verdadero flamenco ni lo huele. Esta obra no es digna de un bailarín tan brillante como el catalán, al que le hemos visto cosas increíbles. Y tampoco es digna de un ciclo como el de la Junta, donde este año hemos vivido espectáculos maravillosos. En Sevilla, que es una de las principales cunas del flamenco, está claro no cabe cualquier cosa. No debe caber, al menos. No tenía que haber tenido sitio un espectáculo casposo, de tablao costero para turistas, con unos jaleos por parte del cuadro acompañante que están más que desfasados, unas coreografías sin altura y, en general, de un enfoque lamentable. Pero es que ni siquiera ha tenido momentos brillantes, los que esperábamos de tan prometedor bailarín. Imprecisión en los giros, zapatazos inexplicables, movimientos y poses para la galería y aportaciones tan válidas como bailar detrás del cuadro, que es algo que no habíamos visto nunca. Lo de válida, claro, es una ironía. Musicalmente ha tenido partes bonitas en los fandangos de Huelva, pero pocas. No se puede bailar por soleá como lo ha hecho esta noche Jesús Carmona, sin profundidad, sin arte y de una manera tan artificial. Ni por alegrías, donde no hemos visto Cádiz por ninguna parte. Esto no es flamenco, es solo una parodia de flamenco. Flamenco no es cualquiera, sino el que lo es, lo siente y lo mama. Jesús Carmona baila el flamenco como podría bailar un tango argentino o una rumba catalana. Y en Sevilla no deberíamos aplaudir tanto este tipo de obras, como ha ocurrido esta noche. Una obra facilona, sin emoción flamenca, sin enjundia, sin verdad jonda.

Flamenco Viene del Sur. 7 balcones. Artista invitado: Jesús Carmona. Cantes: Jesús Corbacho, La Fabi y La Lebri. Guitarra: Daniel Jurado. Entrada: algo más de medio aforo. Teantro Central de Sevilla, 8 de abril de 2014

08
Abr/2014

Día Internacional de los Gitanos

Independientemente del flamenco, adoro a los gitanos, su sentido de la libertad, el orgullo que sienten de serlo, a pesar de cómo los han tratado en todo el mundo y los siguen tratando. Hoy quiero tener un recuerdo para grandes amigos o conocidos gitanos que ya no están y que siguen vivos en mi corazón: Antonio Mairena, Perrate, Fernanda, Bernarda y Gaspar de Utrera, Pedro Bacán, El Pati de Triana, Camarón, Martín Revuelo, Joselero de Morón, Sordera de Jerez, Fernando Terremoto, Moraíto Chico, Manuel Ríos Vargas, María la Burra, Mariquilla Soleá y otros muchos que harían la lista interminable. No entiendo el flamenco sin ellos, y tampoco a Andalucía. Y de una manera especial, quiero dirigirme a los jóvenes gitanos y a las jóvenes gitanas de Andalucía que luchan cada día por la integración y por su cultura en toda nuestra región, de una manera especial en pueblos tan importantes como Utrera y Lebrija, que son todo un ejemplo. Adoro a los que están en las universidades y también a los que venden en los mercadillos o forjan el hierro y venden en las plazas de abastos. A los que cantan, bailan y tocan la guitarra a compás, pero también a los que se van de compás, que los hay. A los que escriben versos y libros y también a los que no saben leer. A los de ojos negros y a los de ojos claros. A los alegres y a los tristes, a los simpáticos y a los ‘esaboríos’, a los formales y a los traviesos. A todos, sin distinción. Cualquier día es bueno para amar a los gitanos. Pero si hoy es un día señalaíto para ellos, salud y libertad para todos los gitanos del mundo.