Monthly Archives: Marzo 2014

31
Mar/2014

Soleareando a medianoche

Me cuesta tanto olvidar
que cada vez que lo intento
me muero por recordar.
Y al acordarme,
a menta huele mi aliento
y se me para la sangre
cuando regresan sus besos.
Me cuesta tanto olvidar
que a veces hasta me olvido
de que amar es recordar
y el recuerdo, lo vivido.
Y al recordar,
descubro que en un suspiro
un sentimiento perdido
siempre puede regresar.
¡Oh, memoria,
las campanas del recuerdo
repicando están a gloria!

30
Mar/2014

Responsabilidades

Nos han dicho tanto desde niños qué es y qué no es importante en la vida, que cuando llegamos a los cincuenta años nos cuesta decidir por nosotros mismos. En mi lista de cosas importantes, de prioridades para andar por la vida y ser más o menos feliz está en primer lugar la responsabilidad de la familia, de los seres queridos. Nadie es imprescindible, pero hay quien me necesita y ahí me centro con más o menos éxito, en ocasiones sacrificando mi propia vida, como creo que nos pasa a millones de personas en el mundo. Otra de mis prioridades es el trabajo, un trabajo ingrato e incomprendido que unas veces me hace feliz y otras desdichado, pero siempre hay alguien en cualquier parte del mundo que disfruta con lo que escribo. De nuestro trabajo depende también el bienestar de las personas que queremos, luego hay una conexión entre la primera prioridad y la segunda. En tercer lugar la prioridad de los amigos, esa otra familia que a veces es más importante que la primera, o sea, que la propia familia. En el último lugar de la lista me tengo a mí mismo y reconozco que me tengo un poco abandonado. Adoro el cine, pero he dejado de ir. Sueño con una casa de campo, pero vivo en una gran casa desde la que no veo ni los pájaros. Me encanta viajar y lo hago cada vez menos. Tengo ganas de gritar lo que siento, pero temo despertar a quienes duermen a mi alrededor. Quiero camiar mi vida, pero eso afectaría a todo lo que está en mi lista de prioridades: la familia, el trabajo, los amigos, la responsabilidad. Solo podría cambiar de vida si me olvidara de una vez por todas de todo eso que me dijeron de niño que era lo único importante en la vida. Y no es nada fácil romper con todo eso. Hacer borrón y cuenta nueva. A lo mejor en otra vida, si existe. Aunque de existir la posibilidad de nacer otra vez, siempre habría alguien para decirte de nuevo qué es y qué no es importante para vivir. Y esto me plantea una duda razonable, la de saber si en esa otra hipotética vida me serviría de algo la experiencia de la vida actual. Si es así, la aceptaría. Si no va a ser así, con una vida ya voy sobrado.

29
Mar/2014

La valiosa herencia de ser digno

En los pueblos siempre se han sobrellevado las crisis económicas mejor que en las capitales de provincias, que en las grandes ciudades, quizás porque desde muy niño te enseñan a buscarte la vida y muchas personas saben coger espárragos, tagarninas, rebuscar aceitunas, garbanzos o papas. Si para algunos analistas esto es el regreso de la pobreza -sobre todo para quienes piensan que en Andalucía hemos vuelto a la peor miseria del franquismo-, para los que ya peinamos canas y somos más de campo que un olivo no es sino una valiosa herencia, el legado de nuestros antepasados. La pobreza se hereda igual que se heredan los cortijos, pero hay una clara diferencia: los hijos de los pobres heredan el sentido de ser dignos y mil formas de buscarse la vida y los hijos de los ricos la tranquilidad de poder vivir de la fortuna de sus padres, aunque no siempre ocurra esto. Sería bueno preguntarnos si no es más pobre el que hereda un lujo que no ha sudado, que el que rifa una maceta de espárragos en el pueblo para que sus hijos puedan seguir yendo a la escuela. No sé si fue Woody Allen quien dijo que el dinero es mejor que la pobreza, aunque solo sea por razones financieras. Para quienes nunca han nadado en la abundancia, el dinero es solo eso que siempre tienen los demás. Cuentan que un mendigo harapiento le pidió un dólar a Rockefeller cuando salía de su bloque de apartamentos de Manhattan. Después de darle el donativo, el célebre multimillonario le sugirió que lo invirtiera en ropa límpia. “Le agradezco la sugerencia -respondió el vagabundo-, pero, y perdone el atrevimiento, ¿le digo yo a usted cómo debe llevar sus negocios?”. Algo parecido me pasó una vez con un mendigo en el cruce de la Avenida de Andalucía con Ronda del Tamarguillo. Me pidió un euro y se lo di sin dudarlo, porque tenía cara de no haber desayunado. “Tómese un café, que le vendrá bien”, le dije. “No le quiero faltar al respeto, señor, pero por un euro no le voy a permitir que me diga lo que tengo que hacer con mi vida”, respondió el orgulloso indigente. Entonces, se me ocurrió que deberían tener unas tarifas con idea de saber lo que tenemos que darles para poder ayudarlos no solo con un euro para un café o una magdalena, sino con lo que hiciera falta. Mi vida no ha sido fácil y alguna vez he tenido que pedir ayuda, aunque nunca en la calle. Si me viera en la necesidad de tener que buscarme la vida limosneando optaría mejor por aprovechar la esplendidez del campo. Mi abuelo Manuel era un genio arreglando olivos, pero el día que llovía no trabajaba y el mallete no le pagaba el jornal. Como que la olla hirviera dependía en gran parte de sus ingresos, cogía un saco al amanecer y a la caída de la tarde aparecía por el pueblo con alguna liebre, un manojo de espárragos, un kilo de caracoles y alguna que otra tontilla cogida con trampas.

Palomares

Parte el alma ver a tantos jóvenes y no tan jóvenes pidiendo en las calles de un país gobernado por un bipartidismo corrupto. Pero lo que de verdad me duele es ver que no sean capaces de coger un saco y hacer lo que hacía mi abuelo Manuel y miles de personas de aquella época de tantas penurias económicas. El campo es de una generosidad increíble y siempre está ahí para ayudarnos a sobrevivir.  De hecho, los ayuntamientos deberían hacer talleres para que los jóvenes aprendan a distinguir una tagarnina de un cardillo y a saber cuándo es el tiempo de los espárragos y cómo hay que cortarlos para que vuelvan a crecer. A lo mejor no es tan progresista como aprender a usar correctamente un preservativo, pero les será bastante más útil si les falla el condón. Antes de que comenzara la crisis costaba ver en los pueblos a los esparragueros y las tagarninas se secaban en las cunetas al llegar la primavera. Daba pena ver tantas aceitunas en el suelo, debajo de los olivos, aunque a los pájaros les vinieran bien. Y olivos que se quedaban por coger, unas veces porque el precio de la aceituna era bajo y no merecía la pena recolectarlas, y otras porque interesaba más dejarlas para aceite. Pero en la actualidad se ve a muchas personas buscar espárragos, tagarninas o rebuscar garbanzos. Ha regresado el que rifaba la hermosa maceta de espárragos trigueros por los bares y el mercado del pueblo, y el que vendía higos chumbos o cabrillas. En la mayoría de los pueblos sevillanos las tierras pertenecían a cuatro terratenientes, pero en la actualidad hay muchas familias de clase media o condición humilde que tienen uno o varios olivares pequeños, de una hectárea o menos, que en pocas ocasiones venden cuando tienen problemas económicos, como ocurre ahora. Un familiar mío de Arahal tiene tres olivares pequeños con los que apenas puede sacar un sueldo diario, pero piensa que es la mejor herencia que puede dejarles a sus hijos. Y tiene toda la razón. Además, defiende que en caso de guerra o de una crisis aún más dura que la que vivimos ahora, el que tiene una estacada puede afrontarlas mejor que el que solo depende de un jornal. Los olivos dan aceitunas y la tierra suele ser generosa cuando se labra con sabiduría y cariño. Un pequeño huerto te abastece de verduras y la cría de gallinas, cerdos o conejos, de huevos y carne. El que le deja a un hijo un olivar le deja algo más que su valor económico; le deja la posibilidad de que llegado el caso pueda buscarse la vida dignamente y no dependa de que el cacique de turno le dé un jornal, como ocurría en la República, en la dictadura franquista y ocurre en la actualidad. Aunque soy hijo y nieto de jornaleros del campo -mis tatarabuelos lo eran también-, nunca he heredado otra cosa que no sean responsabilidades, dolores de huesos y fatigas. Pero he recibido una herencia muy valiosa, la dignidad de estar preparado para buscarme la vida si hiciera falta cogiendo espárragos, tagarninas o rebuscando habas. Sé limpiar olivos y hacer cisco y tengo la piel hecha al duro trabajo en el campo y fuera de él. Es otra herencia de mis antepasados, que aunque me apellide Bohórquez y sea pariente del célebre ganadero jerezano, mi abuelo solo me dejó una vieja tijeras de podar olivos.

 

 

 

 

 

26
Mar/2014

Lunares de almidón y almíbar

Milagros Mengíbar es de la escuela de Matilde Coral, una clara representante de la escuela sevillana, pero se puede hablar ya de su propia escuela, dueña de un estilo de enorme personalidad. Hace un cuarto de siglo triunfó en la Bienal de Flamenco y desde entonces es imprescindible no solo en el magno festival sevillano, sino en cualquier otro festival que quiera ofrecer baile clásico de verdad. Milagros es ya un emblema del baile flamenco, conocida y reconocida allá donde se sepa del arte de danzar lo jondo. Y cuando baila en Sevilla, su tierra, siempre van a verla tanto mujeres como hombres, personas de todas las edades y posición social, amantes del baile puro sevillano. Y la maestra nunca decepciona, siempre da el cien por cien de lo que puede dar, que es mucho. Esta noche ha vuelto a maravillar en dos bailes, la caña y las alegrías, con una forma de interpretar el baile que casi se está perdiendo. Milagros no es una polvorilla, sino una bailaora de temple que sabe pasear, mover la bata de cola, mover los brazos y las manos como ninguna otra, Cada ejercicio de baile es como una gran lección. Baila al cante y al toque con una manera de adornar los tercios y las falsetas que pocas veces hemos visto. Y ya hemos visto algo. Cada gesto suyo es una especie de guía para el espectador, pero siempre son gestos amables y nunca dramáticos, aunque baile por seguiriyas. Jamás baila para la galería, aunque a veces parezcan gestos estudiados. Siente el baile más como una caricia que como un latigazo, y eso de fingir la emoción no va con ella, con su forma de entender el baile. Por eso esta noche, como suele ocurrir siempre, gozamos con sus dos bailes, con los cantes de Manolo Sevilla, Juan Reina y Manuel Romero, y, sobre todo, con la guitarra maestra del también sevillano Rafael Rodríguez. No hubo momentos sublimes, como en otras ocasiones, pero en conjunto fue una nueva noche de baile de calidad. Milagros, además, se hizo acompañar por dos jóvenes bailaoras que siguen su escuela, Maise Márquez y Luisa Palicio. De las dos, esta última fue la que nos brindó el mejor baile de la noche. Una soleá quizás demasiado larga, pero llena de matices, bien montada, con bata de cola y de una sensualidad extraordinaria. Qué bien baila esta belleza malagueña y cuánto le está costando que le den su sitio. No porque sea la mejor discípula de Milagros, sino porque baila como Dios. Por una vez, y sin que sirva de precedente, la discípula eclipsó a la maestra, de lo que seguramente se habrá alegrado la propia Milagros porque es su obra y no deja de ser un reconocimiento a ella misma. Por su parte, Maise Márquez bailó una seguiriya elegante, poco profunda y sin gran emoción.  Pero en general, la noche ha sido una gran lección de baile. No podía haber sido de otra manera.

Ciclo Flamenco Viene del Sur. Lunares de almidón. Artista invitada: Milagros Mengíbar. Alumnas: Luisa Palicio y Maise Márquez. Cantaores: Manolo Sevilla, Juan Reina y Manuel Romero. Guitarra: Rafael Rodríguez. Entrada: algo más de media entrada. Sevilla, 25 de marzo de 2014.

25
Mar/2014

El sueño puteado

En España somos muy dados a hacer importantes a los muertos y a putear a los vivos. Es algo que está en nuestra piel de toro desde hace siglos y siglos, y ahí está nuestra historia para quienes quieran conocerla. Primero te quemo, te ahorco o te fusilo por tus ideas y luego te hago santo, te inmortalizo en bronce o te pongo un aeropuerto a tu nombre. Y, además, voy a tu funeral y busco una cámara para que vean todos lo que tu muerte me ha dolido. Puta España. Me ha conmovido la muerte del expresidente Adolfo Suárez no solo porque fue un político valiente, honrado y con vergüenza, sino porque lideró una etapa de cambio en España y yo tenía 17 años cuando murió Franco. Por tanto, sufrí en mis carnes y en la de mi familia a aquel dictador sin piedad al que todavía algunos quieren resucitar. Y Suárez, con otros tantos, de izquierdas y de derechas, era para mí aquel hombre que intentó sentar las bases de una España que quiso mirar al futuro con optimismo y sin remover demasiado el pasado. Hizo cosas muy buenas y, supongo, cosas menos buenas. Todo no sería tan bueno cuando hoy tenemos la España que tenemos, con una clase política plagada de rateros, una banca que estafa y engaña, la Iglesia que no cambia y el capitalismo de siempre, o peor que siempre, aunque disfrazado. Y una monarquía putrefacta. A lo mejor es que no le dieron tiempo para acabar su gran obra, pero algo tuvo que ver Suárez en esto que tenemos hoy. Suárez y todos los presidentes que vinieron luego, que hoy son ricos y ahora lloran la muerte del amigo puteado. Esta es la España que tenemos, la que nos han diseñado y la que hemos aceptado todos. Reconozco que ha corrido alguna lágrima por mis mejillas por la muerte de Adolfo Suárez, pero no solo por la pérdida del hombre, que es ley de vida, sino por la de aquel sueño que casi se hizo realidad.

22
Mar/2014

Nunca digas que fue un sueño

En muchas ocasiones he pensado cómo hubiesen actuado nuestros abuelos con esto de las redes sociales. El mío, por ejemplo, que no era un hombre muy comunicativo, algo tímido e introvertido. Me lo imagino hablando por un móvil mientras hacía cisco en el Majano y no sé, como que no acabo de verlo. O diciéndome por un WhatsApp: “Manolito, acuérdate de que hay que ordeñar a la cabra”. Y no digamos ya cortejando a alguna viuda o soltera del pueblo a través del sistema de mensajes privados por Twtter o Facebook. Mi abuelo materno enviudó en 1938 y renunció al amor para toda la vida. A lo mejor por eso tenía tan mal carácter, porque le costaba abrirse a los demás, relacionarse con mujeres de su edad en el pueblo. Entonces ni siquiera existía el programa del omnipresente Juan y Medio, donde van nuestros mayores a echarse un novio o una novia, que es algo que mi madre no entiende. También enviudó hace casi sesenta años y cerró a cal y canto la puerta del amor. Cuando me quedo en su casa y me ve chateando con alguien a través de Facebook, que es una noche sí y otra no, siempre me hace preguntas como con quién hablas o me dice directamente que me voy a estropear en la redes sociales, que a ella le suena a mafia. Me llama tuitero o feisbuquero, aunque todavía no sabe muy bien qué es esto de las redes sociales.

Le he planteado abiertamente la posibilidad de que se haga un perfil en Facebook, que le vendría bien relacionarse con las personas, pero dice que no, que es ya muy mayor para esas cosas. También yo pensaba que lo era, pero he comprobado que no, que estoy aún en edad de merecer. Me refiero de merecer un medio de comunicarse que le viene como anillo al dedo a mi personalidad. Es una herramienta de trabajo, pero también un medio de escape, de conocer a personas de ambos sexos y de distinta posición social. Tiene sus peligros, claro, como todo. La televisión es mucho más peligrosa que las redes sociales, depende de cómo la utilices. En Facebook puedes encariñarte con una mujer que crees que es de Pontevedra y luego resultar que es un fontanero de El Pedroso. Tampoco es que eso sea un drama y es mucho peor enamorarse de Juan y Medio, que es lo que le trato de explicar algunas veces a mi madre.

Amoríos

Manda narices que la familia se comunique ahora a través de las redes sociales, pero es así. No recuerdo que alguno de mis sobrinos me haya llamado alguna vez por teléfono para consultarme algo. Sin embargo, ahora lo hacen a través de Facebook. A lo mejor nunca han comprado El Correo para ver qué dice su titi sobre Enrique Morente o Susana Díaz. Sin embargo, siguen cada uno de mis artículos a través de los enlaces en las redes, y me dicen cosas como que qué bien escribo o cuán orgullosos están de lo guay que soy. Y ocurre con sobrinos, primos hermanos y sobrinos de primos hermanos. Salvo mi madre y mi hermano, creo que está toda la familia metida en las redes y saben ya cómo siento, las soleares que compongo, dónde como o dónde duermo, con quién sueño o a quién amo. Porque uno, aunque no esté bien visto eso de desnudarse en las redes sociales o en el mismo periódico, es muy dado a contar sus cosas, a desahogarse, a cantar sus frustraciones o sus sentimientos, unas veces por soleá y otras por bulerías. En vez de hablar solo entre los olivos, como hacía mi abuelo para desahogarse, lo canto en las redes y procuro que sea siempre a compás, que es como hay que cantar los más hondos sentimientos. Como soy humano, alguna vez he tenido problemas. La soledad es a veces un terreno bien abonado para las torpezas. Y no es bueno aliviar la soledad metiéndote en este laberinto de emociones que es Facebook. Recuerdo que cuando publicaba cada noche una soleá en Twitter, el pasado año, casi siempre de amor y desamor, una señora de Castilla contactó conmigo una noche y me confesó que era la persona más importante de su vida. Así, sin anestesia ni nada. Era algo mayor que yo, pero la mujer vivía sola y sobrellevaba su soledad en las redes. Estuvimos algún tiempo chateando por las noches, cuando me quedaba solo, y aprendí muchas cosas sobre la soledad y los recuerdos, sobre la vida de una persona a la que ni siquiera conocía físicamente. Una de aquellas noches dije en Twitter que ya no publicaría más soleares y esta señora me dijo que de eso nada, que necesitaba cada noche quien le diera sentido a su vida y la ayudara a combatir la tristeza. “Si deja usted de escribir soleares, le juro por mis hijos que cometo una locura”, me dijo con un tono de voz que me asustó. “No puede usted subir a una mujer a las nubes y luego dejarla caer al vacío”. Y entonces me soltó un discurso que me conmovió: “Esa cama que conoce todos sus deseos es también mi cama. Aquel almendro en el que pelamos las almendras es también mi almendro. Soy aquella pobre mujer a la que le latía el corazón entre las adelfas. Y aquella otra a la que usted le escribió una soleá en sus labios para bailarla despacio, a compás”.

No fui capaz de dejar de escribir soleares o fandangos, aunque ya lo hago con menos frecuencia. No porque temiera que la buena mujer pudiera hacer una locura, que también. Sobre todo porque por primera vez en mi vida alguien me había dicho, de una manera conmovedora, que me necesitaba. Pero al poco tiempo esta señora desapareció de Twitter y ya no supe nada más de ella. Hasta que meses después de desaparecer, un hijo me hizo llegar un mensaje privado a Facebook contándome que su madre había muerto y que había pedido que en su lápida pusieran una de mis soleares de tres versos: Nunca digas que fue un sueño/ las almendras que pelamos/ a la sombra del almendro. Averiguar si esta conmovedora historia es o no un sueño onírico forma parte del juego, de esa fantasía que crea emociones en las redes sociales, unas veces placenteras y otras dolorosas. Los humanos tendemos a encerrarnos en nosotros mismos, a construirnos nuestro propio mundo, a desconfiar del vecino, del amigo o de la propia familia. Y hay quien prefiere intimar con alguien a quien no conoce de nada.

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22
Mar/2014

Manuela o la Giralda gitana

Manuela Carrasco en pleno baile por seguiriyas/ Pepe Florido.

Manuela Carrasco en pleno baile por seguiriyas/ Pepe Florido. Foto de archivo.

Ha habido cantaores a lo largo de la historia del flamenco que han tenido dos formas de cantar, una en la primera etapa de sus carreras y otra en la segunda y última. Las facultades no duran siempre -la pujanza, sobre todo- y hay que saber sacarle el jugo al don de cantar. Antonio el de la Carzá y Pepe Aznalcóllar, por poner solo dos ejemplos, crearon un fandango de jóvenes y otro ya de mayores. Y en el baile ocurre lo mismo: la merma de facultades hace que las bailaoras y los bailaores paren el baile y creen otro estilo, otra forma de danzar. En cambio, Manuela Carrasco, que es abuela ya de una nieta adolescente, sigue basando su baile en la fuerza, el arranque, la pujanza, la raza. Es un caso único en la historia del baile flamenco. Gitano, por más señas. Anoche asistí a su espectáculo del Lope de Vega de Sevilla, Suspiro flamenco y comprobé que la trianera ha perdido un poco aquel arranque increíble de sus primeros años, pero no se alivia nunca: se sigue peleando con el baile. Si embargo, en la soleá con la que cerró, que fue lo que más me gustó de la obra, se paró tanto que dolía su quietud de torero de arte. Incluso hizo un natural muy hondo y entró a matar. Fue sin duda el momento más hondo y el público la premió con un aplauso espontáneo y cariñoso. Lo demás, sinceramente, me dejó algo indiferente. Pero es que los espectáculos de Manuela Carrasco siempre han sido de este corte, con detalles increíbles y, en ocasiones, con bailes redondos, antológicos, como cuando Chocolate le refregó su impresionante seguiriya en el Maestranza y ella se la sacudía del cuerpo como si le ardiera la ropa. Suspiro flamenco es una obra sobrecargada de baile masculino, en la que ella se va con demasiada frecuencia del escenario. Dejándonos, eso sí, a tres bailaores espectaculares como son Rafael de Carmen, Óscar de los Reyes y El Choro. Y con tres cantaores y dos cantaoras que la dan la réplica a tres guitarras estupendas, como son las de Joaquín Amador, Miguel y Paco Iglesias. En el cante, Pepe de Pura, el Rubio de Pruna y Juan José Amador hijo marcaron la diferencia, sin desmerecer el trabajo de Zamara Amador y Amparo Lagares. Musicalmente, en conjunto, la obra es maravillosa. Y Manuela bailó una soleá preñada de emoción y flamenquería. Solo con eso, con este baile, salimos satisfechos. La Diosa obra el milagro de en tres o cuatro segundos darnos tanta emoción y jondura, que lo demás interesa solo lo justo. Esa es su grandeza como bailaora, la grandeza de esta Giralda gitana que sigue arrimándose al toro sin temor a un cornalón.

Teatro Lope de Vega de Sevilla. Suspiro flamenco. Cante: Pepe de Pura, el Rubio de Pruna, Juan José Amador hijo, Zamara Amador y Amparo Lagares. Guitarra: Joaquín Amador, Miguel y Paco Iglesias. Bailaores: Rafael de Carmen, El Choro y Óscar de los Reyes. Percusión: Joselito Carrasco. Entrada: casi lleno. Sevilla, 21 de marzo de 2014.

20
Mar/2014

Sevilla no sabe lo que tiene

Alameda de Hércules

El pasado domingo un grupo de amigos clausuramos un curso sobre la historia del flamenco sevillano con una visita guiada a la Alameda, el Barrio de la Feria, San Juan de la Palma, San Román y Puerta Osario. Se trataba de ver dónde nacieron y desarrollaron su trabajo las principales figuras del arte flamenco del siglo XIX. Al final de la ruta llegamos a la conclusión de que es una pena que los sevillanos no conozcan casi nada sobre la historia del flamenco y sus verdaderos protagonistas, que son los artistas. Es increíble que nada recuerde en la Alameda de Hércules lo que significó para este arte, salvo dos monumentos, el de Pastora Pavón y Manolo Caracol, que han colocado junto al torero Chicuelo. El Barrio de la Feria ha dado más artistas flamencos que Triana, al menos en el siglo XIX, y más importantes, y muy pocos sevillanos lo saben. Y no lo saben porque no hay nada que indique lo que dio esa zona de Sevilla: el Maestro Pérez y sus hijos, el Pintor y su hijo Lamparilla, Amalia Molina y Escacena, Salud Rodríguez y sus hermanos. ¿Hay algo que recuerde que el gran Silverio Franconetti, el padre del cante flamenco, era de la Alfalfa, de la calle Odreros?   ¿Para cuándo un monumento a esta figura histórica en la Plaza de la Alfalfa? ¿Y para cuándo algo que recuerde la importancia de otras figuras como Miguel y Manuel de la Barrera, el Maestro Otero o Manuel el Burrero? El arte flamenco se ha convertido en un negocio y hemos creado la Bienal para traer a turistas que ocupen hoteles y coman en nuestros restaurantes. Solo para eso. Y de vez en cuando, como para quedar bien, le ponemos un monumento a alguna figura. Al bailaor más grande de Sevilla, que fue Antonio el Bailarín, lo han inmortalizado en bronce en la puerta del váter del Cementerio de San Fernando. Solo lo ven quienes van a hacer pipí o popó. Y no se nos cae a nadie la cara de vergüenza, sobre todo a los del Ayuntamiento. ¿Cuándo van a hacer algo en el consistorio sevillano por aquellos grandes artistas que crearon esta maravilla? Cuando vienen de fuera miles de extranjeros a visitar Sevilla, muchos de ellos a disfrutar del flamenco, ¿cómo hacen para saber lo que fue la Sevilla flamenca? ¿Comprar libros en los que los engañan? ¿Visitar tablaos en los que les tiñen el pelo de negro a las bailaoras y las mandan a la playa para que parezcan más gitanas que la Macarrona? ¿Dónde se documentan estas personas, si no hay ningún centro de documentación en Sevilla?  Se nos llena la boca con la palabra cultura, cuando hablamos de flamenco, pero solo queremos a este arte para atraer a turistas y robarles la cartera a compás. Sevilla nunca ha sabido lo que tiene. Y lo más triste es que nunca lo va a saber.

17
Mar/2014

Incompatibilidad de caracteres

Fui un niño asustadizo, timorato, quizás demasiado sensible para convivir con la maldad y la dureza que siempre nos rodea de una u otra manera cuando somos niños. Soñaba siempre con monstruos que yo mismo inventaba, como si quisiera auto castigarme por no ser aplicado en el colegio o desobedecer las órdenes maternas. En casa creían que no alcanzaba a comprender ciertas cosas, pero nadie pensó nunca que a lo mejor alcanzaba a entender más allá de lo comprensible en niños de mi edad. No era dese luego un niño prodigio, un ser de una inteligencia sobrenatural, pero siempre supe que mi sensibilidad no era muy común. Podía llevarme horas mirando un pájaro posado en la rama de un olivo o contemplando cómo los rayos del sol dibujaban sorprendentes figuras doradas en una laguna, como una pelea de estrellas en el agua. A los niños como yo, que siempre andábamos en las nubes, se nos tildaba de raros, o directamente de tontos. Y no éramos ni raros ni tontos, sino especiales, extremadamente sensibles. Tengo 56 años, mido 1.90 y peso algo más de cien kilos, pero aún no ha muerto aquel niño que solo entendía lo que quería entender, que rechazaba la disciplina en casa y en el colegio y que se enfadó con Dios porque descubrió muy pronto que solo creía en lo que podía abrazar, sentir, tocar. Siempre he vivido a gusto con ese niño en mi interior, sin problemas, aunque me haya dado más de un disgusto. Sin embargo, estoy descubriendo ahora que ha llegado el momento de acabar con aquel niño o que el niño acabe con el adulto que soy o aparento ser. Somos ya incompatibles. Quiero decir con esto que estoy hasta el gorro de que no me entienda nadie, o casi nadie. De ver cómo se me va la vida sin haber logrado vivir como quiero vivir. De pensar siempre en los demás y no en mí y de decidir yo mismo si quiero seguir siendo aquel niño que vivía en las nubes o un adulto que no ha logrado aún encontrar el camino de la felicidad.

15
Mar/2014

Demasiados asuntos por resolver

No sé si España es el único país del mundo con tantos asuntos históricos por resolver, pero lo parece. Y esos problemas pendientes de ser resueltos no nos dejan vivir en paz y estamos siempre a matarnos. Lo noto en cosas sencillas, cotidianas. Me encuentro a veces con personas en las calles del pueblo donde vivo a quienes doy los buenos días y unos los devuelven y otros no. Y cuando esto sucede, cuando alguien no contesta, pienso que es de esa media España que está encabronada con la otra media. Pero a lo mejor es que es sordo como una tapia y lo desconozco, no lo sé. Uno tiende a ser mal pensado, quizás por la educación recibida. No hace muchos días le pregunté a uno en una taberna que cómo estaba, por iniciar una conversación de esas de mosto y cacahuetes, y el hombre me respondió con una pregunta un tanto envenenada: “Bien, gracias. ¿Es que tengo que estar mal?”. Enseguida pensé: “Este tiene el síndrome de los asuntos pendientes que no acaban de arreglarse”. No fueron unos mostos agradables y, encima, los cacahuetes olían a humedad. En el décimo aniversario del brutal atentado del 11 de marzo de 2004 en Atocha, los españoles, seguramente millones, siguen pensando que ese asunto aún no se ha resuelto. Unos dicen que fue un golpe de estado para acabar con el gobierno de la derecha tres días antes de que eso lo decidieran los españoles en las urnas. Y otros que el culpable fue el expresidente Zapatero cuando en la campaña electoral que lo llevó a la presidencia prometió que retiraría a los soldados de la guerra de Irak si ganaba las elecciones. Y, claro, los islamistas quisieron echarle un cable. Es lo que piensan muchas personas. Para colmo, ni Aznar ni Zapatero estuvieron el pasado martes en los actos conmemorativos del décimo aniversario del atentado, al lado de las víctimas. Ahora resulta que es que no fueron invitados al acto por “un error involuntario”. ¡Cagondiez! Menos mal que no se olvidaron del Rey. Ambos son expresidentes y tendrían que haber estado, porque si lo son para ganar decenas de miles de euros enchufados en Endesa, en el caso de Aznar, y para seguir cobrando del Estado, en el de Zapatero, deberían serlo también para dar la cara ante los ciudadanos, aunque a estos se les hubiesen revuelto las tripas mirándolos porque todavía tienen muchas dudas de por qué ocurrió aquel horrible atentando, que unos achacan al hecho de llevar soldados a Irak y otros a la promesa de retirarlos. La Justicia lo cerró, pero el pueblo tiene aún la herida abierta y piensa que no se hizo justicia. También sigue abierta aún la herida de la Guerra Civil española de 1936. Es todavía un asunto no resuelto, una losa demasiado pesada en la conciencia colectiva de los españoles. Se hizo borrón y cuenta nueva al inicio de la Transición y, aunque a regañadientes, se cerró esa historia para que una vez muerto el dictador los ciudadanos pudiéramos convivir en democracia. Y aquí no hay dios que conviva, unos porque odian a la izquierda y otros porque odian a la derecha. Hay pueblos donde si te ven tomar un café en el Casino, donde solo paran los señoritos, se te cataloga enseguida como renegado y pasas a ser un traidor, como si los de mi generación hubiésemos violado a monjas o llenado las cunetas de cadáveres. A mí no me educaron para odiar a los señoritos, a la derecha, pero sufrí las consecuencias de quienes explotaban a los pobres, a mi familia, en la que alguno murió precisamente en la maldita guerra que aún colea. Pasaba por allí por casualidad y lo dejaron seco con 21 años. Era hermano de mi padre, mi tío Frasquito Bohórquez. Los desprecio, pero no los odio. No se puede vivir con odio y en España es imposible dormir en paz porque hay una intolerancia incrustada en nuestra piel desde hace siglos y siglos. Y la hay en todas las ideologías políticas y religiosas, en cada región de España, en cada ciudad y en cada pueblo por pequeñas o pequeños que sean.

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Recuerdo que quienes me iniciaron en la política me contaron una parte de la historia de España, la que les interesó contarme, que era muy distinta a la que me dijeron en el colegio. Una vez los grises nos majaron a palos en una manifestación por reclamar el derecho a no vivir como ratas. “Esto no pasará cuando gobierne el proletariado, el pueblo”, me dijeron. Y cuando llegó la hora de que el pueblo eligiera a los gobernantes, o sea, de la democracia, la policía seguía y sigue dando mamporros a los ciudadanos, como pasó hace unos días en Galicia con los pescadores. Y recuerdo una marcha de jornaleros andaluces a la capital de España para que los recibiera Felipe González, quien al final no lo hizo. Mandó a la policía a darles la bienvenida a sus paisanos y no precisamente para invitarlos a tomar un cafelito.Y ya ven en qué se ha convertido hoy el político de Bellavista, que hasta ha dejado un buen trabajo porque se aburría como una ostra, con la de personas de su tierra que se aburren en el paro. Nuestro país tiene demasiados asuntos pendientes que nunca se van a solucionar. Asuntos de carácter histórico y otros, quizás menores y recientes, que tardan en arreglarse. Los casos de corrupción se eternizan en los juzgados. En el caso de la infortunada Marta del Castillo, cuatro niñatos se han reído de todo un país, solo permanece en la cárcel uno de estos desgraciados y estará ya mismo en la calle. En otro caso, el de los quince subsaharianos ahogados en Ceuta, sigue sin aclararse si se ahogaron porque ya no querían vivir o porque las pelotas de goma de la Guardia Civil les evitaron alcanzar la orilla. Son casos que se van acumulando y que no contribuyen a que los ciudadanos confíen en la Justicia de su país. Pero hay un asunto que debería solucionarse algún día, que es el de la convivencia entre los españoles, de todos, los de la izquierda y los de la derecha, los religiosos y los ateos, los catalanes y los andaluces. Y este asunto no depende solo de quienes gobiernan, sino de cada uno de nosotros. A mí ya no me engañan más con lo de la derecha y la izquierda, con el miedo, como si en esta todo fuera bueno y en aquélla todo malo. Mi asunto por resolver era el de empezar a tener mi propio criterio y aceptaré lo que decidan libremente la mayoría de los españoles.