Monthly Archives: Noviembre 2013

10
Nov/2013

Una piruleta de amor

Buenos días, familia. Parece que el artículo de anoche, ‘La otra soledad’, encontró a muchas personas que se sintieron identificadas con su contenido, lo mismo aquí que en La Gazapera. Cuando escribo así, sobre mis cosas, no lo hago por capricho, sino porque me gusta que los lectores reflexionen, que piensen, que analicen lo que leen. Si escribo de la soledad no es porque me sienta solo en el mundo, que no es así, sino por acercarme a las personas que de verdad sienten esa terrible soledad. Afortunadamente tengo familia y amigos que están ahí para lo bueno y para lo malo. Es verdad que estos días echo de menos a algunos, pero así de perra es la vida. Y que paso demasiadas horas solo en mi despacho, escribiendo, leyendo o escuchando música. Pero el que siembra acaba recogiendo la cosecha y yo he ido sembrado siempre la semilla de la amistad. A mi manera, claro, porque también tengo mis rarezas. Por cómo escribo a veces, sobre todo las críticas a los artistas, puedo parecer un sieso manido, pero les aseguro que no me como a nadie y que aún lloro desconsoladamente viendo los dibujos animados. Soy un niño de 55 años que a veces necesita una caricia en el pelo, una carantoña, una piruleta de amor. Nada más. Que pasen un buen domingo y muchas gracias a todos los que anoche me mandaron un abrazo. A quienes lo hicieron públicamente y a los que prefirieron mandármelo a través de un mensaje privado. Lo necesitaba. Hoy almorzaré en Arahal y veré una feria medieval en la que dicen que hay cachorros de felinos. Si me dejan abrazarlos, lo haré. Y si me dejan revolcarme con ellos en el suelo, lo haré también. Piruletas de amor para todos, hasta luego.

10
Nov/2013

La otra soledad

Se puede sufrir la soledad sin estar solo. Quiero decir físicamente. Estos días estoy experimentando lo que es la soledad de una manera brutal. En momentos delicados de tu vida, por diversas cuestiones, es cuando más necesitas a la familia y a los amigos de verdad. La familia no suele fallar casi nunca, es tu sangre y la sangre llama a la sangre. Los amigos de verdad pueden contarse con los dedos de una mano y no siempre suelen estar ahí cuando los necesitas. No me refiero a la necesidad del apoyo material, sino al afectivo. Un abrazo, un beso o una llamada son mucho más importantes que un “cuánto te hace falta”. Recuerdo que cuando era un niño y vivía en Palomares del Río, el pueblo donde me crié, los vecinos iban todos a una cuando alguno tenía problemas. Mi padre murió con 33 años y era tan pobre que lo enterraron de caridad. Le hicieron un nicho decente a cambio de su bicicleta, que es lo único que dejó. Además de tres niños y una viuda joven y desconsolada. Pero todo el que iba a dar el pésame dejaba una o dos pesetas en un pañuelo y con eso comimos una temporada. Eran otros tiempos. La sociedad de hoy es distinta. Me dan asco esos artistas millonarios que protagonizan actos solidarios, pero publicitados en la televisión o en los periódicos. Esos que se van a los países pobres a fotografiarse con los niños desnutridos, los de la barriguita hinchada. La verdadera solidaridad no es solo decir “cuánto hay que poner”, sino a quién hay que abrazar para que se sienta mejor, menos solo, acompañado. Hay millonarios que no saben lo que es un abrazo de verdad, de esos que se dan por amor, afecto o cariño. Por eso son tan ricos que solo tienen parné. Se sorprenderán si les digo que en estos días estoy recibiendo más abrazos a través de Tuiter y Facebook, que físicamente. O a lo mejor no se sorprenden tanto.
Que descansen.

07
Nov/2013

El hipnotizador de pollos

Un día uno de mi pueblo, un poco cabroncete el hombre, nos dijo a un grupo de chiquillos: “Suelto un pollo de engorde, y el que lo coja para él”. Era por Navidad. El gallo pesaría unos tres kilos por lo menos y volaba como una tórtola. Que yo cogiera o no aquel hermoso pollo solucionaba la Nochebuena en mi casa y puse todo mi empeño. Pero el ave de corral metió un voletío y fue a caer en el patio del cuartel de la Guardia Civil, que estaba detrás de la iglesia. Un pollo listo, sin duda, porque a ver quién tenía bemoles de saltar aquella tapia y salir del cuartel con un pollo. Todos mis amigos se fueron a sus casas, pero yo me imaginaba al pollo en salsa y decidí intentar cazarlo como fuese. Me acordé que mi abuelo materno me enseñó un día cómo se dormía a los pollos, tendiéndolos boca arriba y mirándolos fijo a los ojos mientras les cantabas alguna canción. Salté la tapia con mucho cuidado, hipnoticé al pollo cantándole El Emigrante, de Juanito Valderrama, y el animal se quedó cuajado. Volví a saltar la tapia y le dije al guardia de la puerta que en el patio había un pollo muerto, que si me lo podía llevar a casa. “¿Un pollo muerto?”, preguntó el civil un poco extrañado. “Se habrá caído de algún tejado”, comentó un tanto cejijunto. Me dijo que sí, que me lo llevara, entré y salí por la puerta del cuartel con el pollo de engorde cogido por las patas. Ya lejos del cuartel y camino de casa, le volví a cantar El Emigrante mirándolo a los ojos y se despertó de la hipnosis. Aquella Nochebuena nos zampamos en casa un pollo de tres kilos y acabamos todos cantando “Adiós mi España querida”. Qué tiempos aquellos.

07
Nov/2013

Carta a Mariana Cornejo

Querida Mariana:

Anoche me dieron la noticia de tu muerte y no daba crédito. Sabía que estabas malita, pero no tanto, corazón. Y tanto que lo estabas. Ni te imaginas la pena que me dio, en estos días tan difíciles para mí por razones que seguramente conocías, aunque no del todo. Me vinieron de golpe tantos recuerdos que he pasado la noche en vela, unas veces llorando por tu ya inevitable ausencia y otras riéndome de tus cosas, de tu gracia, de tus ocurrencias. Cuánto hubiera dado anoche por haberte podido dar un último abrazo. No solo eras una cantaora personal, única, con tu gran sabor a Cádiz, sino un ser humano de los que ya escasean. Me acordé anoche de aquella vez que te busqué un contrato en Nerva, donde estuviste genial. Al acabar el recital quisiste darme una comisión y me negué a cogerla porque yo nunca he aceptado dinero de ningún artista flamenco. Lo entendiste y una semana después recibí un paquete en mi casa, con matasello de Cádiz, en el que venía un libro sobre el habla de la Tacita y una pluma. Fue tu manera de agradecerme aquel contrato. Lógicamente, lo acepté y lo guardo en casa. Será un bonito recuerdo. Aunque siempre te recordaré por otras muchas cosas, por tu compás, por tu profesionalidad en los escenarios, por tu humanidad y sincera amistad. Algo de nosotros mismos se muere cada vez que se va un flamenco o una flamenca. Pero contigo se me ha ido una amiga del alma, alguien que siempre valoró mi trabajo y que jamás me pidió nada. Tengo el corazón destrozado por muchas cosas, pero hoy más que nunca late por ti al compás de tus inigualables tanguillos y alegrías. Espero que donde estés encuentres al fin lo que siempre te negaron aquí.
Mil besos, Mariana.

Esa que canta es Mariana.
La conozco por la sal
que sus tanguillos derraman.

05
Nov/2013

Curso en Almería: ‘Pioneros del Flamenco’

Ya está en marcha el curso flamenco que impartiré en la Peña Flamenca El Morato, de Almería. Será el sábado día 30 de este mes de 11 a 14 horas. Los interesados tienen aquí toda la información.
Lugar del Curso: Peña Flamenca El Morato, de Almería.
Fecha: Sábado 30 de noviembre
Horario: de 11 de la mañana hasta las 14 horas.
Precio: 20 euros, incluyendo la comida
Para apuntarse al curso, llamar al 675 525 460 o en el correo de la peña que es elmorato@gmail. com . También puedes hacer el ingreso en la cuenta de la peña que es 3058-0114-31-2720010921. Poniendo Curso flamenco.

04
Nov/2013

Una seguiriya en el alma

Llevo treinta años en El Correo de Andalucía y en los ocho primeros no cobraba ni para el autobús. En tres décadas ni he olido un contrato laboral. No sé qué color tiene. Si el periódico desaparece no tengo derecho a nada, y como soy un maldito autónomo, ni siquiera podré cobrar el desempleo. Si quiero que mi casa no se la lleve el banco tendré que buscarme la vida, y lo haré. He escrito miles de páginas en este diario de mis entretelas y ese es mi patrimonio. Cuando los jóvenes de hoy vayan a las hemerotecas dentro de unos años sabrán que uno de Arahal criado en Palomares del Río, sin estudios, estuvo tres décadas trabajando por el flamenco, dejándose el alma sin exigir nada, o poco. Para mí este periódico no es un puesto de trabajo más, es la escuela en la que me han enseñado a escribir y a comunicar. No dudaría en volver a escribir gratis si hiciera falta para evitar su muerte, aunque eso dependerá de en qué manos esté. No volveré a trabajar gratis para sinvergüenzas e hijos de puta que no aman el periodismo y que utilizan un medio de comunicación para sus negocios. Me duele en el alma lo que está ocurriendo con El Correo, donde he sudado sangre, derramado lágrimas y vaciado mi alma. Hoy me he emocionado al ver a tantos compañeros en la Plaza Nueva, profesionales de la competencia la mayoría de ellos. Me hubiera encantado coger el megáfono y decir qué es para mí El Correo, qué me ha enseñado y por qué sigo ahí. Se llama compromiso. Y me gustaría que Sevilla, los sevillanos, lucharan por salvar a este periódico. Que se vayan un día a la Hemeroteca y repasen solo un año de sus ciento quince de historia. Solo uno. Los flamencos, los taurinos, los futboleros, los barrios, los pueblos, las tradiciones, el día a día de una ciudad incomparable. Eso es El Correo y permitir su muerte sería como mirar para otro lado. No sé si volveré a escribir más en este diario sevillano. Ojalá pueda seguir dejándome el alma en él. Eso sería lo de menos. Nadie es imprescindible. Espero que la seguiriya que me quema esta noche en el alma se convierta mañana en una festiva bulería de Triana y que podamos seguir viendo en los kioscos de Sevilla a un periódico que para mí es algo más que una nómina.
Que descansen.

02
Nov/2013

Juro que alguna vez fui feliz

Sin duda alguna uno de mis grandes placeres es la comida. Si por algo merece la pena vivir es por disfrutar de un buen guiso casero acompañado de un buen tinto y una hogaza de pan de pueblo. No me refiero al placer de ir a un restaurante a que me sirvan una lubina a la sal o una buena chuleta de buey. Almorzar en casa dos huevos fritos con cebolla es algo que me atrae tanto como lo anterior. Huevos de gallinas de corral criadas con maíz, trigo y el clásico desperdicio de la casa. Los de granja tienen más mala cara que los pollos de Simago y sueltan tanta agua que tienes que echarlos al perol desde lejos. El primer mesón que se abrió en Palomares del Río, que recuerde, lo montó Farina, que no tenía nada que ver con el famoso cantaor salmantino de Vino amargo. Estuvo justamente en la calle donde hoy está La Truja, entre las calles Iglesia y Clavel. Era un local pequeño, bonito, acogedor. Creo recordar que con una preciosa chimenea de ladrillos bastos. Se podía comer de todo, desde guisos caseros hasta chacina del propio pueblo, pero recuerdo con verdadera añoranza culinaria sus célebres albures fritos, que costaban una peseta la unidad. El albur es un ciprínido que abunda en el río Guadalquivir y que en pueblos como Coria del Río, sin ir más lejos, es fundamental para atraer a los visitantes los fines de semana. Se puede comer a la parrilla o frito, adobado o sin adobar. Farina los ponía fritos y tuvieron un éxito extraordinario, porque no todos los palomareños podían permitirse en aquellos años tan difíciles comer merluzas, pescadillas o pijotas. Las únicas merluzas que se vieron en el pueblo en aquella época eran las que cogían ciertos vecinos, que se emborrachaban con gran facilidad y complacencia, aunque sin causar graves problemas. Pero un buen plato de albures fritos, con una botella de mosto de Umbrete y un bollo calentito, estaban al alcance de cualquiera. A veces nos juntábamos algunos de la pandilla, elegíamos una buena mesa y nos poníamos morados de comer albures fritos. Como teníamos cerca la panadería de Cristóbal, que estaba frente a la iglesia, comprábamos bollos recién sacados del horno y cenábamos como auténticos marqueses. Muchas veces no disponía de la peseta para el albur pero sí de crédito en la panadería, y el pan era casi siempre mi aportación a la velada zampona. Mi madre nunca me riñó por pedir fiado en la panadería porque era muy buena pagadora y no había problemas. Además no la engañaba nunca. Mi hermana Loli, en cambio, que era muy golosa, dejó fiada una vez una onza de chocolate en El Molino. Cuando mi madre le pidió explicaciones dijo que ella no había sido, que había sido mi hermano Antonio. No hubo manera de hacerla confesar el delito, a pesar de los avanzados sistemas de tortura de mi hermano: el retorcimiento de brazos o el tirón de pelos. De eso hace ya cuarenta y tantos años y aún no hemos logrado que diga quién pidió fiada la onza de chocolate, con lo que ya se pueden hacer una idea del material que está hecha la cabeza de mi hermana Loli.

En esta humilde casita de Palomares del Río me crié.

En esta humilde casita de Palomares del Río me crié.

Esto demuestra lo escasa que estaba la comida entonces, sobre todo los dulces, las chucherías, los caprichos. Aún no se me ha olvidado cuando se murió de un infarto el mulo de Martos y corría la gente de Cuatrovientos con cubos de plástico y navajas barberas para descuartizarlo en el campo, aún caliente el animal. ¡Carne de mulo! Sin saber de qué había muerto, dejaron al pobre cuadrúpedo en los huesos en una hora, y hubo carne de bestia de carga en la mayoría de las casas de Cuatrovientos. Pero no morían mulos todos los días. Afortunadamente, porque son animales de gran nobleza. Teníamos una vecina que vivía sola, Rocío la del Loro, y la pobre mujer las pasaba moradas. Recuerdo que una mañana hablaba con mi madre de lo mal que estaba la vida, y le dijo la menesterosa anciana: “¡Ay, Pepa, si al menos se muriera un mulo una vez al mes!”. Recuerdo ahora la cara de aquella vecina diciendo eso y me dan ganas de llorar. Cuántas necesidades en aquella pobre gente. Sin embargo, el recuerdo que tengo de Cuatrovientos es el de personas felices, de gente que cantiñeaba casi todo el día y que llevaban a sus hijos al colegio para que se hicieran hombres y mujeres de provecho. En invierno siempre había una candela, en la que todos se calentaban y cuando se quedaba el rescoldo, cada vecino acudía con su copa y una pala para aliviar el frío de las noches. Los niños asábamos cabrillas, caracoles y gorriones en las ascuas y éramos siempre los últimos en meternos en casa. Sabíamos tan poco que ni siquiera sabíamos que éramos pobres de solemnidad. Y cuando alguna vez nos quejábamos por algo siempre había alguna persona mayor que te decía: “Tendrías que haber nacido en mi época. Aquello sí que era pobreza”. Mi abuelo Manuel me vio tirar una vez una cáscara de plátano en el campo, cuando hacíamos cisco, y me puso firme: “Que sepas que yo he visto matarse a dos hombres por eso que tú acabas de tirar”. No sé por qué estoy contando todo esto. Seguramente porque estoy tan harto de todo que regreso inconscientemente a la infancia para recordar una época en la que apenas dormía esperando a que un rayo de sol entrara por la ventana y me animara a levantarme y a buscar la felicidad en el simple vuelo de un pájaro o en ver correr a una liebre por los olivos de El Majano.