Monthly Archives: Septiembre 2013

28
Sep/2013

Cuando un simple muslo de pollo era una ostentación

Siempre recuerdo con nostalgia mis veranos en Arahal, el pueblo donde nací. Mi madre me mandaba allí todos los años para quitarme de Palomares, donde sin colegio y en vacaciones solo ideaba aventuras arriesgadas y temía que pudiera ocurrirme alguna desgracia. Me llevaba a la Alfalfa, en Sevilla -donde nació el cantaor Silverio Franconetti-, me montaba en uno de aquellos taxis grandotes y destartalados, los de Pelota, y cuando veía que nos íbamos y que mi madre se iba quedando atrás diciéndome adiós con la mano y las lágrimas saltadas, comenzaba a llorar y llegaba a Arahal hecho unos zorros. Pasaba el verano en la casa de mis tres tíos, que eran hermanos de mi padre: Rosario, Antonio y Manolo Bohórquez, solteros los tres. Ya han muerto. También mi tío Rafael, al que quería mucho. La alegría que le daba cuando me veía pisar cada verano el dintel de su humilde casa de la Cruz de la Cava. “¡Anda, ya está aquí el Chozas!”, decía, porque sabía que me gustaba el cantaor sevillano del barrio de los Carteros, al que emulaba. Mis tres tíos solteros vivían en una casita muy humilde de la calle San Eutropio, entre San Antonio y Óleo, cerca del Rueo. Eran pobres, como toda mi familia. Mi tía Rosario se ocupaba de las labores de la casa y ellos trabajaban de camarero, Antonio, y Manuel de barbero. Cuando trabajaban, claro. Eran muy distintos. Dormían en la misma habitación y, curiosamente, no se hablaban desde muy jóvenes. Ni se miraban a la cara. Yo solía dormir en una cama de mueble que mi tía colocaba en medio de los dos y apenas les daba conversación porque si le hablaba a uno, el otro hacía mohines. Mi tío Antonio, el último en morirse, era el más flamenco de todos. Como trabajó siempre de camarero, se aficionó al juego y a la noche y llegaba todos los días a las cuatro de la mañana, aunque jamás llegó beodo, solo pintón. El barbero era un poco menos flamenco, pero leía novelas de vaqueros y contaba unas historias fantásticas. Sabía que eran historias inventadas, pero hacía como el que me las creía y se dormía con el pájaro de la felicidad posado en el rostro. Me dijo una noche que solía ir a ver jugar al Betis andando desde Arahal a Sevilla, y que regresaba también caminando. Era absolutamente imposible que hiciera noventa kilómetros andando en un mismo día. Me hacía el sorprendido y él disfrutaba metiéndome sus trufas. Le pregunté una noche que si alguna vez se había dejado el carné en Arahal y había tenido que volver a por él desde Sevilla, andando, para después regresar a Heliópolis, y me dijo que sí el muy fantástico.

Arahal-guerraAlgunas veces se levantaba dormido y daba unas voces terribles espantando a los perros callejeros, que solo ladraban en su cabeza. Una noche cogió una vara de acebuche que tenía mi tía para hacer las camas y la emprendió a palos con el colchón de borra de mi tío Antonio. Menos mal que todavía no había llegado, porque lo hubiera matado a varazos. La pobre de mi tía tuvo que aguantar muchas cosas de los dos, pero los quería y nunca le importó sacrificar su vida para que no se quedaran solos. Pero algunas veces, cuando se enfadaba, les echaba en cara que estuviera desperdiciando su vida por cuidarlos, aunque se le pasaba pronto. No se me olvidará nunca la mañana en la que vino a cobrar el del seguro de los muertos y les dijo a los dos muy enfadada: “Como un día me jarte, aquí cada uno se va a pagá su muerto”. ¡Cómo me reía con sus ocurrencias!  Aquello me servía para formarme como contador de historias, que es lo que siempre he querido ser. Me reía a mandíbula desencajada y los hacía reírse a ellos, que les venía bien porque eran muy pobres y pasaron las duquelas de la muerte. Cuando íbamos a almorzar mi tía me mandaba al bar del Cólico a por tres botellines de cerveza, y le preguntaba: “Chacha, si somos cuatro, ¿por qué solo me encarga usted tres botellines?”. Siempre me contestaba que ella no bebía, pero al final cataba más que nosotros porque de cada botellín se echaba un cuarto en un vaso grande. Si pedía cuatro botellines, el Cólico se daría cuenta que ella también bebía cerveza. Y entonces estas cosas se ocultaban en los pueblos. Cuando por las mañanas la acompañaba a la plaza de abastos y la veía andar por la calle Morón abajo con su cesta de palma colgada del brazo, era el niño más feliz de Arahal. Entraba en el mercado como una reina, siempre enlutada y con un delantal y la saludaban desde todos los puestos. Rosario la Serena era una celebridad en Arahal. No solía comprar mucho, pero algunas veces tiraba la pobreza por el tragaluz del soberao y se llevaba un muslo de gallina para el puchero o uno de pollo para cocinarlo con arroz. Nunca compró un pollo entero, o un conejo, o una gallina. Cuando la Perejila le daba el muslo de ave de corral liado con esmero en un papel de estraza, lo guardaba con premura en la cesta para que no lo viera nadie del pueblo. “No es preciso que vean tanta ostentación. Hoy vais a comer como verdaderos malletes”, decía la chacha Rosario conteniendo la emoción y mirándome a ver qué cara ponía. En aquella España franquista de señoritos y curas un simple muslo de pollo era una ostentación para la mayoría de los trabajadores del campo, de las fábricas o la hostelería. Una España franquista que no acaba de irse con sus muertos y malditas miserias.

27
Sep/2013

La lucha de El Chato de Utrera

Chato de UtreraAunque no lo parezca, el Chato de Utrera también es de Utrera. El Corruco de Algeciras era de La Línea y la Finito de Triana, de la Puerta Real. Pero Ramón Benítez Mira, el cantaor, sí es de Utrera y hay quienes están promoviendo un homenaje para animarlo, que está el hombre bastante delicado de salud. También anda por las redes sociales, como la mayoría de los flamencos. Y da una caña que ni el mejor crítico. El Chato es uno de esos cantaores genuinos, de los de antes, que siempre va con algún cartel en un bolsillo y un proyecto en el otro. De raza, vamos. Estos cantaores no están siendo reconocidos como deberían serlo. Lo de menos es si son o no primeras figuras. Lo valioso de artistas como el Chato de Utrera es lo que han vivido, sus vivencias, que deberían ser referencia para los jóvenes cantaores. Me conmueve leer sus memorias en Facebook, escritas por él mismo, con sus faltas de ortografía y su descuidada sintaxis. Me conmueve porque es la historia de un cantaor modesto, sencillo, que no quiere irse de este mundo sin que se sepa que es un cantaor de Utrera. Todo un ejemplo de lucha y amor por el cante jondo.

25
Sep/2013

El Maestro Javier Barón

El bailaor alcalareño Javier Barón tiene muchas virtudes por las que lo admiro desde que en 1988 conquistó el II Giraldillo del Baile. Era ya un bailaor de locura, aunque todavía en proceso de formación artística y personal. Tenía también sus defectos, que ha corregido con el paso de los años. Hoy es un consumado maestro del baile, con su estilo. No tiene aquella elasticidad de entonces, pero tiene la solera de la experiencia, de las vivencias. En todos estos años el bailaor se ha enamorado y desenamorado. Ha sufrido por muchas cosas y también ha sabido sacarle el jugo a la vida. Y todo eso se refleja en su manera de bailar lo jondo. El flamenco es una manera de vivir, de ser, una filosofía de vida. Puede aprenderse a bailar como se puede aprender a jugar al billar o a torear de muleta. Pero si no tienes algo innato, si no lo sientes en las entrañas desde niño, es para nada. Javier Barón es, por encima de todas las cosas, un apasionado del baile flamenco, le duele, lo siente, es su vida. Por eso anoche, en el Teatro Central de Sevilla, su baile me conmovió en muchos momentos: la soleá, los tangos, la farruca, las bulerías, las seguiriyas. Fue de menos a más, comenzando demasiado mecánico, para acabar medio beodo de arte. No entendí muy bien esos minutos del comienzo, de espaldas al público, dando zapatazos y con los brazos caídos. Creo que tardó demasiado tiempo en ponerse el traje de faena. Menos mal que cada vez que se iba del escenario nos dejaba a un José Valencia espectacular, el artista invitado. A un Raúl Rodríguez que merecería un espectáculo para él solo. Pedazo de artista este Diego del Gastor moderno, que le saca el padrón al tres cubano, cada vez más moronero que cubano. A un gran guitarrista, Javier Patino. A un percusionista, Joselito Carrasco, que estuvo estupendo. Y a un violinista, Alexis Lefévre, que es absolutamente genial. Y, claro, poco a poco se fue creando un ambiente musical magnífico que Javier Barón aprovechó para bailar como hacía años que no le veía, con regusto, con esa timidez que nunca va a perder y que le da cierto encanto. Pero, sobre todo, con una personalidad artística admirable.

I Muestra Flamenca Teatro Central. Artista invitado: Javier Barón. Cantaor: José Valencia. Violín: Alexis Lefévre. Guitarra: Javier Patino: Tres cubano: Raúl Rodríguez. Percusión: José Carrasco. Entrada: Lleno. Sevilla, 24 de septiembre de 2013.

23
Sep/2013

El célebre Maestro Pérez

Maestro Pérez

El Maestro Pérez en una hermosa imagen.

Si hay una figura del flamenco sevillano del XIX que merezca una completa biografía es el guitarrista Antonio Pérez Galindo, el célebre  Maestro Pérez. Sevilla ha dado más artistas del cante que de la guitarra, pero en cada etapa de la historia de nuestro arte ha habido algunos fundamentales. Antonio Pérez fue el más influyente de la última mitad del siglo XIX. Fue un verdadero autodidacta de la guitarra y el baile, porque también bailó como profesional en el Café del Burrero, época en la que triunfaba en este mismo café su compadre Antonio el Pintor. Además, Antonio Pérez tuvo la fortuna de que todos sus hijos fueran artistas del flamenco, que a su muerte se encargaron de difundir su escuela. Su hijo Antonio Pérez León, el primogénito, destacó como un buen guitarrista en los cafés y teatros sevillanos. Su otro hijo, Manolito Pérez, como bailaor, al igual que su única hija, Lola Pérez, la que fuera esposa del cantaor aloreño Juan Trujillo El Perote, excelente bailaora que se fue en la flor de su vida (1893), dejando tocado al malagueñero y muy triste a su padre, quien nunca entendió aquella prematura y dolorosa muerte. Por último, su nieto, Antonio Pérez Montenegro, el Niño Pérez, hijo de Manolito Pérez, que llegó a grabar varios discos de pizarra con el gran Manuel Vallejo y acabó sus días en la capital de España, donde fue reconocido como el gran guitarrista que siempre fue.

El Maestro Pérez nació en el seno de una familia humilde, sevillana, del Barrio de San Juan de la Palma, el 7 de marzo de 1839. Su padre, Vicente Pérez, carpintero de profesión e hijo del dorador Manuel Pérez, sevillano también. Su madre, Antonia Galindo, hija del jornalero Manuel Galindo, ambos sevillanos. Nuestro protagonista fue, pues, un hispalense de pura cepa. Fue bautizado en la Parroquia de San Juan Bautista (San Juan de la Palma), el 10 de este mismo mes, actuando como padrinos Antonio Martínez y una hermana de su padre, Ana María Pérez.

Bautismo Maestro Pérez 2

Batismo de Antonio Pérez Galindo. 10 de marzo de 1839.

Tejedor de profesión y peón de albañil ocasional, Antonio Pérez comenzó pronto a destacar en las fiestas del barrio. Con solo ocho años, según la revista El Cante (1886), era ya un buen guitarrista, con una vocación tan grande que siendo un adolescente decidió hacerse profesional y comenzó a tocar para bailar en algunas academias. Y de las academias, al café de Manuel Ojeda El Burrero, donde lo descubrió Silverio Franconetti, con quien trabajó algunos años a partir de que el maestro de la Alfalfa regresara de Uruguay y montara su propia compañía de flamenco, que alternaba con su labor en algunos cafés cantantes. A mediados de los sesenta ya teníamos a Antonio Pérez acompañando a cantaores como José Lorente o el sanluqueño Francisco Viache, y a bailaores como Antonio el Pintor y Miracielos:

 Ensayo extraordinario de cante y bailes andaluces. En los elegantes salones de Oriente, calle Trajano, lo habrá hoy sábado, en el que toman parte las personas siguientes: el famoso guitarrista Pérez; los cantadores el Cuervo Sanluqueño y Lorente; la graciosa Virilo cantará y bailará; Isabel Jiménez para bailar con el Pintor y el Quiqui.

La Andalucía, 27 de julio de 1866.

Ya en octubre de este mismo año aparecería en este mismo salón con Silverio Franconetti, Lorente, Sartorio y el Pintor. Era ya un verdadero profesional del arte flamenco. Y un hombre casado. Se había unido en matrimonio con la sevillana Amparo León Segura, que había nacido en la calle Relator en 1841. Amparo era hija de un modesto albañil, José León, y de María Segura. Se conocieron, se enamoraron y ella quedó en cinta en pleno noviazgo. Por tanto, como era lo normal en aquellos años, se casaron en la Parroquia de Omniu Santorum el 28 de julio de 1861. Antonio Pérez era entonces un modesto peón de albañil y una persona sumida en la pobreza, como consta en su expediente matrimonial. A pesar de que trabajaba tanto en la construcción como en los cafés y en las academias. No tardaría en llegar el primer hijo, Juan Antonio, que nació el 13 de junio de 1862 en el número 17 de la popular calle Escoberos, perteneciente a la feligresía de Omniu Santorum. En 1867 nació Manuel Pérez, y Lola Pérez, en 1870, ambos también en la calle Escoberos.

Mat. Pérez León

Boda del Maestro Pérez con Amparo León Segura. 1861.

Con tres hijos que mantener y alguna que otra carga familiar más, el ya célebre guitarrista decide probar suerte en la capital de España y en junio de 1879 La Iberia se ocupó de anunciar la presentación en el Café de la Bolsa de un espectáculo dirigido por Silverio. En él aparece Antonio Pérez (El Barbián), con artistas de la talla de la Niña del Malé y el Pintor. Pero el Maestro Pérez era muy esperado, por sus éxitos en Sevilla, y recibió un homenaje por parte de un grupo de admiradores, que le entregaron una corona de laurel en un marco color de oro que tuvo colgado en su casa hasta su muerte. Era ya el guitarrista de cuarenta años de edad, con mucha experiencia y conocido como artista en toda España.

La última etapa de su vida la pasó en Sevilla, con esporádicas salidas al resto del país. El Burrero le hizo el compromiso de dirigir el cuadro de su café, tanto en el local de la calle Tarifa, en la Campana, como en el de verano que montó con el empresario francés Juan Monda en la entrada del puente de Triana, donde en 1885 el padre de la Rubia de Málaga, el catalán Lorenzo Colomer Ricard, asesinó al Canario de Álora de una certera puñalada en el corazón. En este café ya trabajaban con él sus tres hijos, alternando con artistas como el Canario de Álora, el Canario Chico, la Carbonera, Carito de Jerez, la Juanaca de Málaga y la Serrana, entre otros. Esto hizo que alcanzara una posición económica de cierta solvencia, aunque nunca llegó a tener vivienda propia, lo que en aquella época era normal entre los artistas flamencos. Vivió siempre de alquiler en diversas calles de Sevilla, siempre cercanas a la Alameda de Hércules, como eran la calle Barco o Amor de Dios. O en la propia Alameda, donde en 1893 murió su hija Lola, que Fernando el de Triana llamo Carmelita por error.

Dos años más tarde, con la tristeza de haber perdido a su hija y la decadencia de los cafés cantantes, el Maestro Pérez se dio un atracón de comida y murió de una indigestión en marzo de 1895.

Ayer falleció en esta ciudad el célebre tocador de guitarra del género flamenco apellidado Pérez, que durante muchos años figuró en el cuadro flamenco del antiguo café del Burrero.

El Tribuno, 8 de marzo de 1895

Defunción Pérez

Defunción de Antonio Pérez Galindo. 7 de marzo de 1895.

Escueta noticia de su muerte. Curiosamente, murió en el número 39 de la calle Amor de Dios, donde vivía el Canario cuando fue asesinado, como invitado del gran cantaor Carito de Jerez. Y como último dato curioso, decir que Antonio Pérez fue a morir un 7 de marzo, el mismo día y mes en que nació, cincuenta y seis años después. Nada hay en Sevilla que recuerde a este artista, que durante cuatro décadas llevó el nombre de la capital andaluza por todo el país.

 

 

 

 

 

21
Sep/2013

Un tabernario clásico en los Alcores

Lo de que haya televisor en los bares y en las tabernas de los pueblos me gustaba cuando en mi casa ni lo conocíamos y teníamos que pagar una peseta para ver Bonanza, el Real Madrid o las corridas de toros, sobre todo cuando toreaba El Cordobés. Solían colocar el monitor casi pegado al techo, algo que nunca entendí porque acababas con el cuello hecho mixto. Cuando ya vivía en Sevilla, un tío mío de Arahal vino a visitarnos y al ver que teníamos el televisor en el mueble bar a la altura de los ojos, que es como debe estar, se llevó las manos a la cabeza y quiso convencernos de que lo pusiéramos encima de la librería, casi pegado al techo. Ahora no entiendo que tenga que haber televisores en las tabernas, porque vas a desayunar y te puedes encontrar con la desagradable sorpresa de tener que ver a Arturito Más hablando de la deriva soberanista catalana o a Sergio Dalma promocionando su último cedé, que no sé qué es más nocivo para la salud. Y lo peor no es eso, lo peor es que como no eres el dueño del mando a distancia -tampoco lo eres en tu casa, pero puedes hacerte con él en un momento dado, cuando estés solo-, te tienes que tragar sin querer lo del toro de la Vega o las promociones del programa Se llama copla. Todo esto lo puedes soportar tomándote un par de copas de aguardiente. Pero es que, además, el tabernero suele tener tal adicción al televisor que apenas te echa cuenta. Le pides un té y una tostada y tienes que esperar a que acabe de hablar Paco Marhuenda para que te mire. Si se te ocurre decirle que tienes prisa, que generalmente es cierto, corres el riesgo de que te ponga la tostada a medio hacer y que, como te atiende mirándole las corvas a la chica del tiempo, encima te eche el aceite de oliva, con ajo, en la bragueta en vez de en el mollete. Y lo que ya es para irse de España es que el tabernero te mande a callar cuando en su tele, porque es su tele, están repitiendo los goles del Betis o el Sevilla por enésima vez. ¿Dónde leches hay que firmar para que se prohíban los televisores en las cantinas y en los bares de los pueblos sevillanos? Las tabernas han sido siempre lugares de encuentro para evadirnos de los problemas cotidianos, locales de tertulia y reunión para aficionados al cante, a los galgos o a los toros. Añoro aquellos tiempos en los que se podía hablar de todo en las tabernas sin que, cuando más animada estaba la conversación, sonara un móvil y te mandaran a callar. Hoy estás tomándote un mosto con una tapita de sangre encebollada en una tasca, le suena el celular al de al lado y te enteras de que su mujer acaba de ponerle los cubiertos en la mesa. “Niño, ¿vas a tardar mucho en venir a almorzar? Es para echarle ya el arroz al menudillo de pollo”, le dice. En vez de salirse del local, el señor se queda dentro y, con la voz en el tono de la Paquera de Jerez -o sea, al seis por medio-, le grita que ya va de camino.

mosto2010-21No me imagino hoy a un maestro del periodismo como Antonio Díaz Cañabate escribiendo Historia de una taberna (1944) en una tasca de esas de televisor de rinconera y repetidor de telefonía móvil. Ni al donostiarra Pío Baroja documentándose en los ambientes tabernarios entre Pamplona y Tudela para escribir La ruta del aventurero (1916), y decir con su conocida acidez que “el vino es un dios”. Intenté leer un día un libro en una taberna de las de ahora y fue una de las experiencias más frustrantes de mi vida. Elegí una mesa pegada a una amplia ventana por la que entraba un generoso rayo de sol. Pedí una copa de vino de solera y un cenicero, y el bodeguero me hizo saber que estaba prohibido fumar. Mal empezamos, me dije. ¿Cómo se puede prohibir fumar en una cantina en la que Rajoy habla desde una tele de plasma?, me pregunté. En vez de la tiza en la oreja, el dueño del tugurio llevaba puestos unos cascos, luego supuse que estaba escuchando a Tom Benítez o a Buruaga. La decoración del local no invitaba precisamente a la lectura, al sosiego, sino a salir pitando. En vez de aperos de labranza, grasientos almanaques del Real Madrid y un póster gigantesco de Elsa Pataki medio desnuda. La televisión puesta a toda voz, como si fuéramos sordos. Y yo empeñado en leer Coser y cantar (2005), una recopilación de artículos del añorado Pepe Guzmán, otro periodista amante de las tabernas con dependientes de tiza en la oreja y mandil reluciente. Estoy convencido de que he nacido en una época que no me corresponde. Intento adaptarme, me he dejado atrapar en las redes sociales y todavía no he aliñado al señor que viene a casa todas las semanas a venderme una maldita abrillantadora de terrazos, con lo que me gusta a mí pisar ladrillos bastos de la Puebla de Cazalla. Dejé la ciudad para vivir en un pueblo donde ya no velan a los muertos en sus propias casas, sino en un frío tanatorio de mármol y ventanas de aluminio. Donde los olivos cada vez están más lejos de las casas y las tabernas han dejado de oler a menudo recién hecho y celtas cortos. Donde celebran con cohetes los goles del Betis y el Sevilla a la hora de la siesta y te llenan el buzón de propaganda de mercadonas y carrefures. Donde si vas a comprar tabaco a un bar tienes que dejar a tu perro amarrado en la puerta de entrada. Donde un tabernario clásico como yo es solo un maldito extraterrestre.

20
Sep/2013

El Barrio de la Feria

Parroquia de Omnium Sanctorum de Sevilla.

Parroquia de Omnium Sanctorum de Sevilla.

Cuando se habla de Sevilla como la cuna de grandes artistas del flamenco, casi siempre se omite el Barrio de la Feria, que solo en el XIX dio un buen ramillete: el Maestro Pérez, El Pintor, Salud Rodríguez, Amalia Molina, Manolo Escacena y muchos más. Dio más figuras que Triana, aunque nunca se haya dicho. Casi todos bautizados en San Juan de la Palma y Omnium Sanctorum. No estaría mal que el Ayuntamiento de Sevilla mandara colocar un monumento en alguna plaza de este barrio a aquellas grandes figuras olvidadas que murieron en la miseria y jamás han tenido un reconocimiento público de esta ciudad. Cuando paseo por esta zona de Sevilla, algo que hago con cierta frecuencia, se me ponen los pelos como escarpias y siento verdadera vergüenza por nuestra desidia. En Triana y en Jerez no ocurre lo mismo, luchan para que se sepa la importancia que han tenido en la historia del flamenco, arte que hoy es admirado y disfrutado en todo el mundo. ¿Qué hubieran hecho los catalanes si Silverio Franconetti hubiera nacido en Barcelona? En Sevilla, su tierra, lo han olvidado por completo.

15
Sep/2013

Menos duende que una merluza

Daría lo que tengo y lo que soy por saber cantar lo jondo. No tengo gran cosa y soy apenas nada, un humilde crítico de flamenco al que le da un poco de lache decir que es periodista. Pero lo daría todo por cantar por soleá como Tomás Pavón o Juan Talega. En realidad sí sé cantar, pero tengo menos duende que una merluza de Mercadona. No menos que algunos profesionales del cante de nuestros días, pero a mí me da vergüenza cantar al público sabiendo que no tengo el duende enredado en la garganta. Allá cada uno con su vanidad y nula autocrítica. Manuel Centeno, el gran cantaor sevillano, cansado de que le dijeran los críticos que no tenía duende, se hizo una tarjeta de visita en la que se podía leer: “Cantaor fino, pero sin duende. ¡Menudo cachondo era don Manuel! El pobre murió en tierras de Cartagena mientras iba de gira, anciano ya. Marchena llamó a su viuda y le dijo que le daba a elegir entre mandar el cadáver a Sevilla o el dinero, y al sevillano universal que hizo una obra de arte de la saeta, lo enterraron en aquellas tierras y allí descansan sus restos todavía. En una ocasión me presenté a un concurso de serranas que se celebraba en la provincia de Córdoba y no me dieron ni la dieta para volver a Sevilla. ¡Cómo cantaría de mal! Regresando a pie, con hambre y frío, el guitarrista se paró delante del escaparate de una carnicería y al ver el despliegue de chorizos y morcillas, dijo con gran pena: “Manolito, sin que te vayas a enfadá. Esas sí con son serranas y no las que tú has cantao”. En ese momento entendí que lo tenía crudo. Pero volví a intentarlo y me apunté al concurso de la peña flamenca del Cerro del Águila. Mis rivales eran Manuel Márquez El Zapatero, Rufo de Santiponce y El Brujo. Casi nada. Mi guitarrista, Manolito Berraquero, que sí se hizo profesional. Cuando me tocó el turno decidí cantar soleares del Zurraque trianero y cerré los ojos para registrarme por dentro, porque El Zapatero me decía desde el camerino: “Regístrate, regístrate, chiquillo”. Cuando abrí los ojos descubrí incrédulo que solo había un señor escuchándome. “Menos mal que usté es aficionao”, le dije ingenuamente. “¿Aficionao, dice? Soy el dueño del locá y estaba esperando que acabaras para cerrá”. Ese mismo día decidí ser crítico de flamenco y hacerle la vida imposible a los cantaores. Digamos que en venganza por la terrible frustración de no ser un buen cantaó, de los de duende.

14
Sep/2013

La larga noche de los garrotes

En Palomares éramos gente civilizada, a pesar los cafres que hay en todos los pueblos. En el nuestro los había también. La relación con las localidades cercanas fue siempre correcta, sobre todo con Coria del Río, que para nosotros era la capital. También con Gelves, salvo para los asuntos del fútbol que había que dejarse ganar si queríamos salir vivos del campo. Pero con los vecinos de Mairena del Aljarafe no hubo nunca empatía, quizás por la cercanía: solo tres kilómetros de distancia entre un pueblo y otro. Y eso que compartíamos al párroco, el inolvidable don Amadeo, que era como compartir al mismísimo Dios, aunque don Amadeo era de carne y hueso y conducía un Seat 600. Era un dios motorizado. Algo ocurrió entre nuestros antepasados y los de los maireneros, porque todo era vernos entrar en el pueblo y nos mataban con la mirada. Cuando íbamos a jugar al fútbol o a la feria enseguida nos echaban de sus dominios con amenazas y, en ocasiones, con empujones y hasta terribles puñetazos. Lo mismo ocurría cuando los maireneros venían a Palomares. Cansados ya de aquella situación tan triste, el Poli propuso acabar con tantos años de enfrentamientos y diseñó un plan infalible. El Poli es de Cuatrovientos y fue siempre un poco peleón. En honor a la verdad hay que decir que fue uno de los más echaos pa’ lante que había en aquella época en Palomares. Para mí fue siempre como el primo de Zumosol que nunca tuve. Era muy bravo. Y los había bragados, como el Moreno de la Niña Chica, los hermanos Fuli, los hermanos Niñolola, el Pirri y otros muchos. Pero el Poli sabía pelear con los puños y con la cabeza, y el plan que trazó dio un magnífico resultado, toda una estrategia militar digna de la mismísima OTAN.

BotonesComo cada vez que íbamos a montarnos en los coches locos y a buscar novia los maireneros nos amargaban la noche, la táctica consistió en reunir una especie de ejército popular armado con garrotes, varas de acebuche y otras armas de similares características, acudir una noche a Mairena y moler a garrotazos al enemigo. Aquella noche estrenamos hasta nuestras propias armas químicas, como en la primera guerra mundial: boñigas de vacas recién liberadas. Éramos unos quince, soldado arriba soldado abajo, pero la mayoría se quedaron en la entrada del pueblo escondidos en el campo de fútbol que hubo frente al almacén de aceitunas de Benito Villamarín. Solo algunos fuimos a los coches locos. Si no recuerdo mal éramos el Pirri, Curro el de Pancho, Juanillo Barrera, su primo el Moreno y el Poli. Cuando nos vieron aparecer los maireneros pavoneándonos delante de las niñas y charlando con ellas, comenzaron a hacernos señales de que nos iban a sacar del pueblo a patadas. Era precisamente lo que queríamos, que se picaran y quisieran gresca, porque el plan consistía en que nos acompañaran a las afueras para pelearnos en el campo de fútbol, donde esperaban escondidos diez o doce palomareños armados hasta los dientes y con ganas de machacar a los de Mairena de una vez por todas. El trayecto desde los coches locos hasta el campo de fútbol fue angustioso porque nos iban pegando manotazos, patadas y empujones. Si hubiésemos respondido a las provocaciones, está claro que nos hubieran majado a palos antes de llegar al campo, y queríamos darles la sorpresa de sus vidas. Y así fue. Cuando llegamos al campo de fútbol el Poli se lió con el cabecilla de los maireneros, Emilio, que se las traía el mocito. Los demás nos enredamos también y cuando la pelea estaba en todo su apogeo salieron los que estaban escondidos en un naranjal y hubo palos para montar la célebre obra de Salvador Távora. Fue una auténtica batalla campal a garrotazo limpio. El Niño llevaba un garrote y a más de uno los dejó medio tullidos. Menos mal que, como estábamos en la misma carretera de Mairena a Palomares, paró un coche y un señor de Mairena puso un poco de orden dándonos unos coscorrones a unos cuantos y alguna que otra patada en el trasero a otros. Les salvó la campana, sin duda alguna, porque los teníamos contra las cuerdas, a punto de arrojar la toalla. Regresamos a Palomares celebrando la victoria con alegres cánticos y convencidos de que aquella gesta marcaría un antes y un después en las malas relaciones entre un pueblo y otro. Al día siguiente, algunos de los que participamos en la trifulca infantil fuimos a bañarnos a la piscina de Sartarén, que era frecuentada igualmente por nuestros vecinos. Esta piscina estaba entre Palomares y Almensilla y fue donde todos aprendimos a nadar. Los maireneros estaban también allí y no tuvimos ningún problema con ellos. Al contrario, se mostraron amables y acabamos siendo amigos. Palomares y Mairena arreglaron por fin sus ancestrales diferencias vecinales. Siempre que España tiene algún roce diplomático con otro país me acuerdo de aquella histórica y larga noche de los garrotes en la que palomareños y maireneros solucionaron sus problemas. No veo al Poli de ministro de Exteriores de nuestro país. Pero a veces hay que coger al toro por los cuernos y echar mano del garrote para poner ciertas cosas en su sitio. Siempre que las armas químicas que se utilicen sean solo boñigas de vacas recién liberadas y que en vez de bombas de racimo se solucione el conflicto a garrotazos.

13
Sep/2013

Cosas que deben saber

Juanaca

Juana Escalona ‘La Juanaca’. 1883.

Llama poderosamente la atención que haya pueblos sevillanos en los que todavía desconocen que grandes figuras del XIX, del cante, el baile y el toque flamencos, eran naturales de esos pueblos. No salgo de mi asombro. Y ocurre también lo contrario: que en algunos pueblos presumen de ser la cuna de célebres artistas flamencos que no nacieron en esas localidades. ¿Saben en El Garrobo que el guitarrista Robles, el que actuaba en el célebre Café del Burrero, era de este pueblo? Se casó con una mujer de Carmona y de esa unión nació Rosario Robles, la cantaora y bailaora sevillana que actuaba vestida de varón. La llamaban la Niña Robles, que competía con la Juanaca de Málaga, la  Águeda y la Rubia Colomer en los cafés cantantes. Hay importantes figuras del género andaluz que son considerados naturales del barrio de Triana y que en realidad eran de Écija, Lora del Río o Camas. Artistas como la Morenita, la Guaracha o    Frasco el Colorao. Sé que para algunos no tiene mucha importancia. Sin embargo, para mí es importante saber qué artistas eran de mi pueblo y qué artistas no lo eran. Con independencia de que se criaran o no en Arahal, que sería otra cuestión. El celebre Miguel de la Barrera, el bolero tenido por sevillano, era en realidad de Antequera. Fue la figura más importante del baile sevillano y quien empezó a profesionalizar a los cantaores en sus academias sevillanas, antes que el mismísimo Silverio Franconeti. Y, aunque venga en los libros, Manuel de la Barrera no era su hermano. Ambos boleros mandaban en la Sevilla flamenca de mediados del siglo XIX. Fueron los maestros de la Nena, Pétra Cámara y la Campenera. Por cierto, los dos artistas totalmente olvidados, como si no hubieran existido, como si no hubieran sido fundamentales. La cantaora Paca Aguilera, que era rondeña, se vino a Sevilla siendo una niña y aquí se hizo artista. Era imitadora de la Trini de Málaga, pero de la escuela sevillana. Artistas como la Macarrona, la Malena o la Serrana, que eran jerezanas de nacimiento, se afincaron en Sevilla siendo niñas y aquí murieron de viejas. Lo mismo que la Juanaca de Málaga o Carito de Jerez. La cantaora malagueña vivió muchos años en Sevilla y aquí tuvo una hija con un tío de Pastora Imperio. Por tanto, a la hora de hablar de la escuela sevillana del cante, el toque y el baile, siempre debemos de tener en cuenta esto, el mestizaje geográfico. Sevilla es muy gaditana, jerezana y malagueña, en cuestiones de lo jondo. Lo mismo que Madrid es muy sevillana porque muchos de los grandes maestros de la capital andaluza se afincaron allí y no regresaron nunca. Como ejemplos válidos, los de Manuel Escacena y el Mochuelo.

09
Sep/2013

Si queremos, podemos

Anillos

Es extraño que nos hayan negado organizar las Olimpiadas del 2024. Como la siguiente será con toda seguridad en Francia y la del 2032, en algún país africano, a algunos nos va a pillar ya muy mayores para correr los cien metros lisos. Y no es que a mí me importe mucho, la verdad. Pero hay que reconocer que había mucha gente ilusionada con las Olimpiadas de Madrid. Es extraño, repito, que nos hayan despreciado porque, como es bien sabido en el mundo entero, España es un país con una razonable cuota de desempleo, donde los deportistas nunca se han dopado y sus gobernantes jamás han metido las manos en la caja publica. Además, los sindicatos son todo un ejemplo de honradez y nadie cuestiona a las instituciones democráticas. Somos un ejemplo, con unas cuentas saneadas, sanidad pública universal asegurada para todos y un sistema educativo que es la envidia general. Somos el único país de Europa en el que los jóvenes no tienen que emigrar para estudiar en buenas universidades o sobrevivir con trabajos dignos. Por otra parte, en cuestiones de seguridad estamos también a la cabeza, con ETA ya en los balnearios, una vez entregadas las armas, y el problema de Gibraltar resuelto. Tenemos los mejores trenes del globo, que incluso exportamos, aunque a veces descarrile alguno por exceso de velocidad, que ocurre en todos los países. Y por último, somos una tierra inmejorable para distraer a los turistas: toros degollados, flamenco desnaturalizado, playas contaminadas, monumentos históricos medio abandonados, y sol. Mucho sol. Por tanto, si no vamos a organizar las Olimpiadas en Madrid dentro de nueve años no es porque no lo merezcamos, sino porque nos tienen manía. A parte, claro está, de que ahora mismo no somos un buen negocio para el COI (Comité Olímpico Internacional), lo que cuesta entender. Ni siquiera hemos tenido el apoyo del príncipe de Mónaco, que viene a España a ligar y a ponerse tibio de todo, y a la hora de echarnos un cable pregunta por el terrorismo o las deudas de nuestro país. Pero no pasa nada. En vez de Olimpiadas, ahora nos ponemos todos a trabajar a ver si batimos un récord creando mucho empleo en el menor tiempo posible, o una maratón en la que todos los corruptos se salgan de España corriendo. Si queremos, podemos. Con dos huevos.