Monthly Archives: Agosto 2013

31
Ago/2013

Aquel gitano de Jerez al que llamaban el “simpático” Frijones

Alameda de Hércules

La Alameda de Hércules, de Sevilla, en los inicios del siglo XX. En las casas que se ven en la fotografía vivieron a finales del XIX una gran cantidad de artistas de Jerez. Entre ellos, los Frijones. Dejen volar la imaginación.

Frijones fue un gran cantaor de Jerez de la Frontera, creador de algunas soleares, seguiriyas, tientos y tangos, que vivió algún tiempo en Sevilla, dejando un gran recuerdo en esta tierra. Nació en la ciudad gaditana, en la calle Alegría, en mayo de 1846. Era hijo de Vicente Vargas Valencia, de Sanlúcar de Barrameda, y de María Dolores Fernández Acosta, de la localidad sevillana de Badolatosa. Cuando nació este niño, Antonio, sus padres no estaban aún casados y fue reconocido por otro matrimonio, parientes de los citados. Frijones fue registrado como Antonio Vargas Salguero. Sus verdaderos padres no se desposaron hasta 1861 y fue entonces cuando, según José Manuel Barbadillo, reconocieron al primogénito. La primera noticia sobre la condición artística de Frijones se reflejó en un cartel de 1873, del Salón Recreo de Jerez, donde se le anunciaba como “Antonio Vargas (a) Frijones”, que cantó charangas, seguidillas y soleá, acompañado a la guitarra por Manuel Álvarez. Este cartel publicado por Barbadillo me dio la pista para comenzar a buscarlo en Jerez, y fue cuando descubrí que los datos del artista no cuadraban con los aportados por José María Castaño en De Jerez y sus cantes (Almuzara, 2007), asunto que quedó ya aclarado, siempre según el ya citado José Manuel Barbadillo. Pero lo que más me interesaba era saber qué ocurrió con aquel “simpático Frijones”, y le seguí la pista en Sevilla, donde solo aparecía su hermano Manuel (Jerez de la Frontera, 1849), curiosamente sí reconocido por sus padres, al igual que otros hermanos, antes de estar casados.

Antonio Vargas Salguero 1846

Frijones fue registrado al nacer como Antonio Vargas Salguero. En 1861 recuperó su verdadera identidad. Índice de Nacimientos en Jerez, 1846.

Vargas Fernández Manuel 1904

Padrón de Sevilla, de 1904, donde aparece Manuel Vargas Fernández. En la Alameda de Hércules. Vivió en este lugar hasta 1911. Fue, además, vecino de la Niña de los Peines y su familia.

Vivió este Manuel en la Alameda de Hércules, donde se censó a principios del pasado siglo, en 1903, con su esposa la lebrijana María Vargas Molina, y dos hijos de ambos. En vista de que Antonio Vargas no aparecía por ninguna parte, pensé en la posibilidad de que fuera Manuel el verdadero Frijones, y no Antonio. Sin embargo, continué el rastreo y al final apareció empadronado en Sevilla Antonio Vargas Fernández, en varios domicilios y fechas. En 1895, en el número 24 de la trianera calle Puerto, en el Puerto Camaronero, soltero, de 50 años, jornalero. Según este padrón, el cantaor llevaba 26 años residiendo en Sevilla. Un año más tarde, en 1896, aparece viviendo en el número 47 de la calle Palomas (hoy Faustino Álvarez), vecino de Ramón el Ollero y del también cantaor sanluqueño Francisco Viache. Aquí Frijones ya no vivía solo, sino con la sevillana Dolores López Navarro, bastante mayor que él. Y vuelve a aparecer en 1898 viviendo con esta mujer en el número 46 de la calle Resolana, en la Macarena. Le volví a perder la pista porque no estaba en el índice del censo de 1900, ni tampoco en el de 1910.

Antonio Vargas Fernández 1895

Frijones viviendo en el número 24 de la calle Puerto de Triana, en 1895. Vivía solo.

Al parecer, el cantaor regresó a Jerez. Como siempre se había dicho que murió en Sevilla a principios del pasado siglo, busqué su muerte sin resultado alguno. Al simpático Frijones se lo había tragado la tierra, pero no sabía dónde ni cuándo. Fue José Carlos de Luna, en un artículo publicado en ABC de Sevilla el 30 de enero de 1959, que dijo haberlo conocido ya octogenario, quien me animó a buscar su fallecimiento en Jerez. Entonces descubrí que se fue a morir a su tierra, seguramente enfermo y buscando el amparo de sus hermanos. Antonio Vargas Fernández, Frijones, murió el 8 de agosto de 1917 en el Hospital General de Santa Isabel de Jerez, viviendo en el número 7 de la calle Escuelas, viudo de Francisca Pabla y a consecuencia de cardiopatía arterial. Tenía ya 71 años y era un sencillo y agotado jornalero del campo.

Def. Antonio Vargas Fernandez-b

Certificado de defunción de Frijones del Hospital General de Santa Isabel. 1917.

Def Antonio Vargas Fernandez 2

Certificado de su muerte en el Juzgado, Distrito de Santiago. 9 de agosto 1917.

Por tanto, si este era el verdadero Frijones, no es cierto que muriera en Sevilla y que fuera enterrado por los padres de la Niña de los Peines, como dijeron Ricardo Molina y Antonio Mairena. En 1917 ya había muerto el padre de Pastora Pavón (Sevilla, 1915), luego no cuadran las fechas. Conocidos ya estos datos,  ¿qué relación pudieron tener Pastora y Tomás Pavón con Frijones de Jerez? Muy poca, si es que tuvieron alguna. Al menos con Antonio, porque eran niños aún cuando el jerezano andaba por Sevilla. En cambio, sí pudieron tenerla con Manuel Frijones, su hermano, que fue vecino de los Pavón en la Alameda de Hércules. Si, como sospecho, los Frijones eran dos, Antonio y Manuel, hay algo que no cuadra. Tío Borrico de Jerez habló alguna vez de “Frijones el viejo”, refiriéndose a Antonio. Es que habría dos, entonces. Por otra parte, ¿qué hacía Manuel Vargas Fernández, un jornalero del campo, de Jerez, viviendo en la Alameda a principios del pasado siglo, vecino de Paco la Luz, los Junquera, Diego Antúnez, las Coquineras, Fernanda y Juana Antúnez, y otros artistas jerezanos? Su hijo Vicente, además, se casó en Sevilla con una de las tres hijas de Paco la Luz, María Dolores Valencia Rodríguez, hermana de María la Serrana y Juana la Sordita. En definitiva, sabemos ya que el “simpático” Antonio Vargas, alias Frijones, estuvo años en Sevilla y que murió viejo en Jerez. El que cantaba aquella famosa letra: Me llamo Antonio Frijones/ yo no me caso con la Farotita/ pa no echarme obligaciones. Este era el auténtico Frijones de Jerez, el único que ha aparecido en un cartel y del que hablan todos los flamencólogos. Lo que hay que aclarar ahora es quién era su hermano y qué fue de él. En eso ando para intentar acabar de desvelar este misterio, el de un cantaor tan genial que solo fue reconocido cuando murió. Ahora, algunos cantaores se están forrando con sus cantes y con el valioso legado musical de otros grandes genios olvidados. No es justo, pero así son las cosas del cante.

30
Ago/2013

Le llegó la hora a Frijones

Foto Frijones

Mañana, en la página de opinión de los sábados, Desvariando,  desvelaremos otro gran misterio de la historia del cante flamenco de nuestra ciudad. Sabrán ustedes quién fue el cantaor Frijones y qué ocurrió con aquel genio jerezano, creador de seguiriyas, soleares y tangos, que murió en la pobreza hace ya casi un siglo. Era otra de las asignaturas pendientes de la flamencología, y tras meses de duro trabajo por fin vamos a contar quién fue, cuál fue su relación con Sevilla, cómo fue su vida y dónde y cuándo murió el “simpático” Frijones. Dijo el gran cantaor gaditano Aurelio Sellés sobre el excéntrico artista jerezano, que a este cantaor nadie le echó cuenta mientras estuvo vivo, pero que cuando murió se convirtió en una referencia para todos. Y es cierto. Fue cantaor de cantaores. Dicen que don Antonio Chacón, Manuel Torre y la Niña de los Peines fueron grandes seguidores de su arte, y que siguieron su estilo. Tendremos que desmentir muchas cosas que se han escrito sobre él. Por ejemplo, que muriera en Sevilla y que lo enterraran los padres de la Niña de los Peines. A no ser que hubiera dos Frijones, que es probable, esto es una fábula, aunque lo dijera Antonio Mairena. Antonio Vargas Fernández, el simpático Frijones que anunciaba un cartel de 1873, en Jerez, estuvo viviendo en Sevilla pero murió en su tierra, pobre, solo y olvidado. Y en Jerez ni lo sospechaban. Los artistas flamencos de Jerez aterrizaban todos en Sevilla, que es donde estaba el trabajo en la última mitad del siglo XIX. Aquí se afincaron Paco la Luz, Carito, Juan Junquera, la Macarrona y la Malena, Luisa Junquera, Ramírez, el Estampío, Antonio Chacón y Manuel Torre. Y casi todos hicieron aquí su carrera y se enterraron en nuestro cementerio, casi siempre en tercera categoría o en fosas comunes. Muy pocos regresaban a sus lugares de origen. Ocurrió lo mismo con los malagueñeros de Málaga, como el Canario o el Perote viejo, ambos de Álora.  Sevilla era entonces la capital del flamenco, con cafés tan importantes como los de Silverio o el Burrero, por donde pasaron absolutamente todos los grandes. Por eso, cuando hablamos de la escuela sevillana, la del cante, siempre deberíamos tener presente la influencia que ejercieron en su creación los artistas gaditanos y malagueños. Igual que cuando nos referimos a las del toque y el baile. Esto no puede entenderse sin la fundamental aportación de Cádiz. Frijones vivió en Sevilla , aquí dejó la esencia de sus cantes y se fue a morir a su tierra. Murió con lo puesto, que era su único patrimonio. Pero casi un siglo después de su encuentro con la tierra que lo cubrió, se sigue hablando de sus seguiriyas, soleares, tientos y tangos. Mañana le haremos justicia sacándolo del olvido.

24
Ago/2013

Qué divertido era aquel aburrimiento

Bohórquez en Palomares 2

Ahí me ven (a la izquierda) con mis hermanos en Palomares, en 1963.

Enri Maret dijo que nos aburrimos porque nos divertimos demasiado. El aburrimiento es también una forma de descansar. Me encanta practicar este deporte en el sofá de casa, sin ir más lejos. En Palomares del Río nos aburríamos muy poco, a pesar de que apenas había ofertas atractivas para los adolescentes. Los niños cultivábamos el nada estresado entretenimiento de sentarnos en el malecón de Ricardo a ver pasar los coches, y había días en los que no pasaba ninguno en muchas horas. Se asomaba uno de nosotros a la cuesta y cuando divisaba un coche que venía desde San Juan de Aznalfarache o Mairena del Aljarafe, salíamos corriendo y anunciábamos con gritos enfervorizados que estábamos de enhorabuena. Le montábamos un espectacular recibimiento, como si hubieran llegado al pueblo Juanito Valderrama o Kubala. Lo mismo ocurría con el autobús del pueblo, La Viajera. Solo había dos llegadas al día y lo esperábamos a la entrada, en el cruce de Mairena del Aljarafe, para correr delante de él gritando como locos: “¡La Viajera! ¡La Viajera!”. Anunciaron en el pueblo que iba a pasar por la plazoleta la Vuelta Ciclista a España. Se pueden imaginar la que se montó en Palomares. Luís García Berlanga había estrenado ya su genial película Bienvenido Mister Marshall (1952), y nuestro alcalde quiso hacer lo mismo para dar a conocer el pueblo a través del telediario. Era domingo por la mañana y todo el vecindario había acudido a la farola a ver el paso de la serpiente multicolor, dando por hecho que vendría el gran Bahamontes a la cabeza. Manolito el municipal ponía orden y concierto en el desbarajuste matinal y algunos vendedores ambulantes hicieron su agosto. El Burri fue a esperar a los ciclistas y cuando vio la cabeza del pelotón se volvió para avisar a todos los que esperábamos impacientes con los papelillos y las serpentinas. Como ocurrió en la película del gran Berlanga con los americanos, los ciclistas pasaron a la velocidad de un galgo y todo duró solo tres segundos. Al final no era la Vuelta Ciclista a España, sino una carrera de aficionados. En aquellos tiempos no funcionaban bien los gabinetes de prensa de los ayuntamientos, pero durante varios días soñamos despiertos con ver a Federico Martín Bahamontes cruzar el pueblo y a los palomareños salir en el televisor de Ricardo.

Palomares

Aunque les parezca una fábula, en los años sesenta no había campo de fútbol en Palomares, al menos que yo recuerde. Se hizo uno en el Raso del Nono, en la carretera de Mairena del Aljarafe, con una inclinación lateral tan pronunciada que para tirar un corner había que ponerle un terrón al balón y dos cirios a la Virgen de la Estrella para que no se moviera. Tenía mérito jugar en medio de los terrones con una pelota casi siempre ahuevada y con tanto sebo dado que al que le daban un balonazo en la cara le pringaban el bigote y el flequillo durante toda la semana. Las porterías eran dos eucaliptos, y en vez de larguero colocaron unas sogas. Cuando el portero se percataba de que un tiro a puerta del equipo contrario amenazaba con entrar ajustado a la cuerda, la bajaba y el balón siempre pasaba rozando el larguero, pero por encima. Dependía siempre de los tintos que se hubiera tomado el guardameta, que solían ser unos cuantos antes de cada partido. En aquel campo hizo su debut el primer equipo de infantiles de Palomares. ¡Todo un equipazo! Eran Antonio el de Cristina, el Antúnez, el Juan Antonio, el Vicente, el Chico y el Marcelino de la Filomena, el Fuli, Rafael del León, el Rebollo, el Mejías y el Bohórquez, que no era otro que mi hermano Antonio. La vestimenta era blanca, como la del Real Madrid. Recuerdo que, como el debut fue en primavera y entonces había pocas duchas en el pueblo, los minúsculos futbolistas aparecieron con una costra en las rodillas que daba verdadera repulsión. Era del tiempo, decían en el pueblo. Del tiempo que hacía que no los lavaban a fondo en una caldera, que era donde nos solían lavar.

Más adelante se hizo ya un campo en condiciones, digamos que reglamentario, en la zona conocida como La Laguna. Tuvieron que ir por los palos para las porterías a un pinar cerca de Almensilla, pero se hizo el campo. Estaba un poco lejos del pueblo y al principio no había vestuarios. Los futbolistas se vestían en un colegio de la carretera de Coria del Río y se iban andando al estadio, con lo que, cuando llegaban, algunos les pedían el cambio a Juan de Pancho antes incluso de comenzar el partido. No sé si eran o no buenos los jugadores, porque era muy pequeño para saberlo, pero recuerdo con nostalgia la potencia en la zurda de Rafael de la Nena, las paradas del Salvador del León y el Quinini, la técnica de Ricardo y su hermano Quico, la velocidad de El Rácano, los férreos marcajes del Benacho, las genialidades de El Chapa y la clase del Moreno, cuyo debut fue todo un acontecimiento porque tenía solo dieciséis años. Fuimos a verlo todos los alumnos del colegio, chiquillas incluidas. Porque el muchacho era un pincel. ¡Y como jugaba al fútbol! No comió de la pelota pero llegó a ser el alcalde del pueblo, que no es moco de pavo.

Aquel aburrimiento era muy divertido. El político y periodista francés Enri Maret tenía toda la razón. A veces nos aburrimos porque hacemos demasiadas cosas. Puestos a aburrirnos, lo mejor es no hacer ni el huevo. No es tan divertido, pero tiene su punto.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

19
Ago/2013

Ramón el Ollero, un ‘gachorcito’ de Triana que sale del anonimato

El Ollero

Única imagen conocida de Ramón el de Triana. .

El cantaor Ramón el Ollero es una institución flamenca de Triana, aunque nadie hasta ahora se había preocupado de averiguar si era natural del arrabal sevillano o si, al menos, residió en él el tiempo suficiente como para ser considerado un cantaor trianero. Fernando el de Triana y Rafael Pareja, que lo conocieron sobradamente, apenas dieron a conocer su trayectoria en la medida que tan importante cantaor merecía. Se le atribuyen varios cantes por soleares y se ha asegurado que era más importante que Antonio Chacón. Según Rafael Pareja, era el cantaor mejor pagado de Sevilla hasta que llegó el genio jerezano y lo desbancó. La experiencia me ha enseñado que estas afirmaciones hay que ponerlas siempre en cuarentena. Pero, ¿quién fue en realidad Ramón el Ollero, o Ramoncillo el de Triana, que de ambas formas se le conoció en el mundo del flamenco?

¿Cómo hemos conseguido dar con él y, sobre todo, cómo podemos asegurar quién fue el célebre cantaor alfarero? Muy sencillo. Hace unos trece años aportamos un artículo de prensa del siglo XIX en el que el firmante de la crónica, El Rancio, daba a conocer su nombre y sus dos apellidos. Solo había que buscar en el censo de Sevilla a alguien que se llamara Ramón Rodríguez Vargas. Localizado ya en el padrón de vecinos, donde constaban su nombre y apellidos, oficio, lugar de nacimiento, edad y nombre de sus padres, el siguiente paso fue buscar su partida de nacimiento en Sevilla. No fue fácil porque en uno de los padrones lo hacían nacido en la localidad sevillana de Carmona y bautizado en la Parroquia de San Pedro. Pero en otros padrones constaba que era de Sevilla y que había sido bautizado en la Parroquia de Santa Ana. En realidad, la que era de Carmona fue su compañera, de ahí el error en el padrón.

Padrón Ramón Rodríguez Vargas-1904

El cantaor viviendo en la calle Palomas junto a Gracia Pérez Pérez. Año 1904.

Localizada su partida de nacimiento en el Registro Civil de Sevilla, en Santa Ana, supimos que, en efecto, se llamó Ramón Rodríguez Vargas y que nació en Triana, en el número 4 de la calle Caballeros –la actual calle Procurador–, el 22 de diciembre de 1857. Fue hijo del alfarero Antonio Rodríguez Manteca y de María del Amparo Vargas-Machuca Vázquez, de Triana. Por línea paterna, era nieto de Manuel Rodríguez y de Rita Manteca. Y por línea materna, de Juan Vargas y Ana Vázquez. Fue hijo y nieto de alfareros trianeros, de reputados profesionales del barro que vivieron siempre en la Cava Vieja, en la Triana considerada menos flamenca que la Cava Nueva o Cava de los Gitanos. Por tanto, lo de Ollero no es porque hiciera hoyos en las calles o porque se apellidara Ollero, como alguna vez se ha insinuado, sino porque era alfarero y hacía ollas de barro. Al parecer, el apodo era heredado de su padre, Antonio el Ollero, de ahí que a él le dijeran en Triana Ramoncillo el Ollero.

Ramón Rodríguez Vargas-1857nac

Partida de nacimiento de Ramón Rodríguez Vargas. 22 Diciembre de 1857.

Por tanto, queda demostrado mediante documentos absolutamente fiables y contrastados que Ramón era natural de Triana y descendiente de trianeros dedicados a la alfarería tanto por línea materna como paterna, al menos desde el siglo XVIII. Sin embargo, está por demostrarse aún que se criara y se hiciera cantaor en el arrabal. En el censo de vecinos de Triana de 1865 ya no aparece empadronado en el barrio. O sea, que con menos de ocho años emigró a otra parte y nunca más volvió a censarse en Triana, salvo sorpresa. Tampoco aparece en los libros de quintas de Sevilla, lo que indica que con veinte años tampoco residía en la capital andaluza. En el censo general de 1885 sigue sin aparecer como habitante de Sevilla, y tampoco en el de 1895. Ramón Rodríguez Vargas aparece empadronado por primera vez en la ciudad de la Giralda en 1899 y ya no se va de ella hasta su muerte. Al menos, es lo que hemos podido averiguar hasta ahora, aunque habrá que hacer un rastreo más exhaustivo. Lo localizamos viviendo en la calle Palomas, en Omnium Sanctorum, donde murió a la corta edad de 47 años. Vecino, por cierto, de otro cantaor muy olvidado, el sanluqueño Francisco Viache, que cantaba en la compañía de Silverio Franconetti junto a José Lorente, el Pintor y el Maestro Pérez. Y que en un padrón reza como artista.

Juan de Vargas

Su tío Juan Vargas Vázquez en un padrón de quintas de 1840. Cava Vieja.

Ramón vivió hasta sus últimos días con Gracia Pérez Pérez, nacida en Carmona en 1862, con la que no tuvo descendencia.  Una vez muerto el cantaor, esta mujer se afincó en la Macarena, en la popular calle Torrijiano, en una humilde accesoria de alquiler, lo que indica que el artista trianero murió tan pobre como solía ser frecuente entre los cantaores de aquel tiempo.

¿Dónde se crió Ramón el de Triana? Todo indica que fue en Córdoba y en la actualidad estamos buscándolo en los censos de vecinos para demostrarlo o desmentirlo. Siempre se ha hablado de su relación con esta ciudad andaluza y de que cantó mucho en sus cafés cantantes, aunque sin pruebas. También pudo emigrar a algún pueblo cercano a Sevilla. El hecho de que fuera un cantaor general, que llevara en su amplio repertorio palos como las malagueñas y las seguiriyas, la caña y las serranas, puede hacernos pensar que no se formara como cantaor en Triana, cuyos cantaores eran fundamentalmente intérpretes de soleares, seguiriyas y tonás. En el artículo ya citado, dice El Rancio, que por los datos que da de él suponemos que tuvo que conocerlo muy bien, que era de la escuela de Silverio. De hecho, cantó algunas temporadas en su famoso café de la sevillana calle Rosario, entre 1881 y 1884. También llegó a actuar en el Café del Burrero. Esto indica que fue profesional del cante, aunque nunca dejara de ser alfarero. Sin embargo, Ramón fue fundamentalmente un cantaor de fiestas privadas, en las que llegó a alcanzar cierta notoriedad y estuvo muy bien pagado. En 1899, según una noticia aparecida en El Guadalete el 27 de enero de este año, localizada por Antonio Barberán, participó en una fiesta en el Hotel Madrid de Sevilla, en la Plaza Nueva:

Después del banquete se improvisó en el casino una agradable fiesta en la que el conocido cantaor flamenco Ramón el de Triana, se cantó por soleares y malagueñas como él sabe hacerlo.

Suponemos que en la fiesta habría más artistas, pero el cronista solo nombró al cantaor trianero, lo que deja claro que era muy conocido. ¿Tanto como para crear escuela, como para ejercer alguna influencia en los cantaores más jóvenes que él? ¿Por ejemplo, en Rafael Pareja, Fernando el de Triana, Pepe el de la Matrona o el Colorao de la Macarena? Lo cierto es que sus soleares sí crearon escuela, porque han sido grabadas por innumerables cantaores desde la etapa de la discografía hasta la actual. Hay quien asegura que fue quien creó la llamada soleá alfarera, la que se conoce como del Zurraque, lo que es mucho decir. Al no ser un cantaor gitano, sino un gachorcito de la Cava Vieja de Triana, Ramón el Ollero ha sido poco menos que un proscrito. Acusado, además, de adulterar y devaluar las verdaderas soleares de Triana. Ramón no fue gitano y, al parecer, tampoco se esforzó nunca en parecerlo a la hora de cantar. Quizás por este motivo, Ricardo Molina lo trató tan injustamente en el Diario de Córdoba, en 1963:

Ramón el Ollero, la Gómez y la Cuende, generaciones bastardas que desfiguraron los cantes auténticamente sevillanos.

Abuelos Ollero

Los abuelos paternos de Ramón viviendo en el Barrio Nuevo en 1851.

¿Cómo se puede decir eso de un cantaor que no grabó, como Ramón el Ollero? Solo hay una explicación: que no era gitano. Sin embargo, este mismo escritor pone por las nubes a Joaquín el de la Paula, quien tampoco grabó. Y que, según me confesó un guitarrista que lo acompañó muchas veces, El Negro, desafinaba como una guitarra de solo tres cuerdas. Dicen que la voz de Ramón era un caramelo, una voz redonda y bien timbrada, melódica. Con una facilidad pasmosa para ligar los tercios, que es una técnica muy trianera. No hay que descartar que alcanzara a conocer a Frasco el Colorao, cantaor que según mis pesquisas tampoco fue gitano, que falleció en Triana cuando Ramón era ya un mozalbete. Desde luego, por edad pudo alternar con Tío Antonio Cagancho y su hijo Manuel, el Quino Lorente y la Cuende, la Gómez y la Bilbá, la Josefa y Juana Ruca, el Tío Martín y Diego el Lebrijano. Incluso con María la Andonda, que vivió en Triana poco tiempo, pero a la que pudo escuchar sus soleares en alguna fiesta privada. En cuanto a los cantaores de la otra orilla, el Ollero alternaría con todos, desde Silverio, que al parecer fue su referencia, hasta José Lorente. Asimismo, pudo disfrutar de todos los cantaores y cantaoras que vinieron a Sevilla en aquel tiempo a trabajar en sus cafés: Dolores la Parrala y María Borrico, Carito y Salvaorillo de Jerez, Paco la Luz y Juan Junquera, el Canario de Álora y Juan Trujillo El Perote, la Peñaranda y la Trin de Málaga, Enrique Ortega y Fernando Ortega El Mezcle, la Juanaca de Málaga y el gran Paco el Sevillano.

Como, según cuentan, era un estupendo aficionado, se formó entre Triana y Sevilla, dos grandes escuelas de cante, lo que le sirvió para ser un cantaor largo, enciclopédico. Lástima que nunca vayamos a saber cómo cantaba, porque no llegó a grabar cilindros, al menos que se sepa. Y, aunque pudo hacerlo, tampoco impresionó nunca los famosos discos de pizarra. Ramón el de Triana, pues, seguirá siendo un cantaor misterioso. Pero a partir de hoy, al menos, sabemos quién fue, de dónde era y dónde acabó sus días el gran cantaor trianero.

Ramón Rodríguez Vargas-1904b

Firma de Ramón el Ollero en el último padrón que hizo. Calle Palomas, 41.

Ramón Rodríguez Vargas, apodado El Ollero, aunque anunciado siempre como Ramón el de Triana, pudo acabar sus días en su barrio natal pero prefirió, por las razones que fueran, agotar su penosa existencia en el número 41 de la calle Palomas, en el Barrio de la Feria. Esta calle se llama hoy Faustino Álvarez. Le diagnosticaron tuberculosis pulmonar y murió de esta cruel enfermedad el día 25 de abril de 1905. Tenía solo 47 años. Fue enterrado al día siguiente en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, en tercera clase. Concretamente, en el número 12 de la calle Santito:

Como capellán del Cementerio de San Fernando certifico haber dado sepultura al cadáver de D. Ramón Rodríguez Vargas, de Antonio y Amparo, natural de Sevilla, de 47 años, soltero. Murió de tuberculosis en Palomas 41. Parroquia Omnium Sanctorum. Se inhumó en la sepultura de 3º clase número 12, derecha. Grupo Primero. 4ª  Cuartelada. Santito.

Sevilla, 26 de abril de 1905.

Muerte Ramón 2

Registro de la muerte de Ramón de Triana en el Cementerio de Sevilla.

Ahora ya sabemos por qué el pobre Ramón el Ollero cantaba aquella soleá terrible, desoladora, que es parte de su obra:

Estoy ético de pena,

nadie se arrime a mi vera,

que el que de mi mal se muere

hasta la ropa le queman.

 Pueden hacerse una idea del esfuerzo y el coste económico de un trabajo de investigación de este tipo. No quiero ninguna medalla. Solo un poco de respeto para quienes queremos sacar del injusto anonimato a aquellos que nos legaron esta maravilla cultural que tanto amamos. El resto de la documentación sobre Ramón el de Triana lo daremos a conocer en el libro que preparo sobre el flamenco y los flamencos de Sevilla, donde irá un extenso capítulo de Triana.

Calle Palomas 2

El actual número 41 de la calle Palomas, hoy Faustino Álvarez.

19
Ago/2013

El televisor de mi madre

Una tía mía del pueblo tenía una radio de aquellas de mueble, en la que solo se podía sintonizar Radio Sevilla. Cuánto mimaba a aquella radio. Hasta le hizo su ropita, un traje de lunares con volantitos de encaje. Una vez intenté girar el dial y tenía tanta mugre acumulada que no hubo manera. Hasta Mister Proper se rajó. Mi tía se acostumbró a esa emisora y estuvo toda su vida acostándose con Agustín Embuena y levantándose con Pepín Cuesta. En el televisor de mi madre solo se ve bien Canal Sur y estoy tan harto de coplas y de Juan Imedio que un día de estos voy a tirar el monitor por la ventana. La intento convencer de que hay otros canales, que hay vida más allá de Toñi Moreno y Eva González, pero no entra en razón. Lo de su televisor es un fenómeno digno de ser tratado en Cuarto Milenio. Se le van todos los canales menos Canal Sur. Hemos puesto el caso en manos del mejor técnico de Padre Pío, pero no ha sabido decirnos qué le pasa al dichoso aparato. Consultado también un experto en fenómenos paranormales, la hipótesis que baraja es que la energía mental de mi madre, que ya apenas sale de casa, está tan concentrada que ha acabado por doblegar al televisor. Eso explica, dice el parasicólogo, que se le haya averiado el sintonizador de canales y que solo se vea el que ella quiere ver. Pero aún hay más. El mando a distancia funciona perfectamente, salvo cuando aparece Juan Imedio en la pantalla. Entonces, parece tener vida propia y no obedece las órdenes. Intento poner el volumen al mínimo pero mi madre entra en una especie de trance y no hay manera de callar al espigado presentador. ¿No han notado que estoy perdiendo un poco la chaveta, que escribo soleares en Twitter mientras medio mundo se mata y el otro medio ve el fútbol, que es otra manera de auto aniquilarnos? Creo que es de tanto ver Canal Sur. Hasta tal punto me está afectando, que sus presentadores y presentadoras me persiguen por todas partes. He tenido horribles pesadillas con Toñi Moreno, despertándome muchas veces, sudoroso, diciendo tiene arreglo, tiene arreglo. Este tiempo atrás tuve averiado el televisor de casa, el que no domina mi madre, por espacio de un mes y decidí anotar en un blog los síntomas que iba experimentando. La primera semana fue de un sosiego y una paz increíbles, pero a partir de esa primera semana empecé a notar claros síntomas de depresión. Veía a Juan Imedio por todas partes, siempre rodeado de niños repelentes, chistosos y cantarines, y a Paco Marhuenda defendiendo enérgicamente a Mariano Rajoy. Pero cuando en la tercera semana empezaba a ver claro que podía superar la dependencia, el técnico trajo el televisor y he sufrido una recaída. Les aseguro que no sé qué va a ser de mí.

17
Ago/2013

Un nido de amor en la Alfalfa

Las historias de amor no pasan nunca de moda. No decaen jamás, son hermosas o tristes en todas las clases sociales y las han protagonizado ricos y pobres, poetas y arrieros, mendigos y toreros, carpinteros y enfermeras. Las colecciono desde que era un niño y podría escribir un libro desgarrador. La última que me ha llegado ha transcurrido en Sevilla y me la ha contado estos días un señor de noventa años. Nacido en Málaga en 1923, en el Barrio de la Trinidad, se casó en San Felipe Neri y al acabar la Guerra Civil española se afincó en Sevilla junto a su esposa, malagueña también. Tuvieron tres hijos en San Bernardo, donde regentaban una tienda de comestibles. Eran aparentemente felices, pero una tarde entró en la tienda una hermosa mujer de ojos grandes, como dos lunas de otoño, y de una preciosa melena de pelo negro. Antonio, que así se llama el protagonista de esta historia, se sintió atraído por ella nada mas verla. Quiso saber sobre su vida y supo que residía en Valencia y que había venido a enterrar a su padre. Herminia, que este era su nombre, estaba casada con un médico catalán y tenían una hija adolescente. La lujuriosa mirada  del atractivo tendero hizo que se sintiera también atraída por él y ambos se dieron cuenta de que algo hermoso acababa de nacer. La bella mujer enterró a su padre y permaneció en Sevilla algunos días para vender la casa familiar y arreglar los papeles de la herencia. Cada día iba a la tienda a comprar alimentos y productos de limpieza, y Antonio, enamorado ya de ella hasta las trancas, se declaró y fue correspondido por Herminia. Vivieron un tórrido romance de dos semanas, dando rienda suelta a la pasión que sentían en una conocida fonda de la Alfalfa. Los pequeños ojos de Antonio todavía brillan como una luciérnaga en la noche cuando narra cómo eran aquellas furtivas y apasionadas citas en la fonda. Aquellos abrazos eternos.

Beso

Cuando Herminia abandonó Sevilla para regresar a su casa de Valencia, Antonio se dio cuenta de que aquella mujer se había llevado su corazón. No podía vivir sin ella y fue a buscarla a su tierra, donde continuaron viviendo su historia de amor. Acordaron solucionar cada uno su situación familiar y vivir juntos en Sevilla, en la Alfalfa. Cuando Antonio regresó a casa lo habló con su mujer y decidieron acabar con el matrimonio, que ya hacía aguas. Con lo que le correspondió por el reparto de las propiedades se compró un pequeño piso en la Alfalfa, en la misma calle de la fonda donde se veían, la calle Águilas. Lo decoró a su gusto, con muebles comprados en las casas de antigüedades y una canariera de bambú llena de canarios en la terraza. Mientras tanto, Herminia intentaba solucionar lo de su separación y fueron pasando las semanas sin dar señales de vida. Pasados dos meses, empezó a llamarlo una vez por semana y lo animaba a tener paciencia, diciéndole que era el hombre de su vida y que acabaría viviendo con él. Eso le daba fuerzas par sobrellevar tan dolorosa espera. Pero pasaron unos meses y Herminia ya solo lo llamaba cada tres o cuatro semanas, siempre para decirle que no le estaba resultando fácil dejar Valencia debido a una inoportuna enfermedad de su marido y a la corta edad de su hija, que no estaba de acuerdo en trasladarse a Sevilla, y mucho menos para vivir junto a otro hombre que no fuera su padre. Antonio sufrió como un condenado, pasó alguna que otra depresión y estuvo a punto de cometer una locura. Pero vivía con la ilusión de que su amada llegara algún día y eso le ayudó a no arrojar la toalla.

Alfalfa

Cuando Herminia se desconectó del todo, Antonio fue un día a buscarla a Valencia y ya no pudo localizarla. Al parecer, se había ido a vivir a Barcelona con su marido y su hija. Tras descubrir que había desaparecido, que posiblemente no volvería a saber de ella, regresó a su piso de la Alfalfa y después de medio siglo aún la sigue esperando sentado en su hamaca, casi siempre en la terraza, rodeado de sus canarios y con la compañía de su fiel perrita Dora. A pesar de que hace quince años recibió una carta con matasello de Barcelona, de la hija de Herminia, en cuyo sobre solo había la necrológica de un diario catalán, la de Herminia Pérez Olmedo. Pero Antonio nunca quiso aceptar la triste realidad de que jamás volvería a ver a aquella hermosa mujer de ojos grandes y tristes, que un día entró en la tienda de San Bernardo para cambiar su vida para siempre. Todas las mañanas mira el buzón por si hay carta de ella y cada vez que suena el teléfono le da un vuelco su ya maltrecho corazón. Una vez al mes recibe la visita de alguno de sus hijos y nietos, se distrae y mejora su aspecto, que ya es enfermizo, decrépito. Pero cuando se queda solo en su piso de la Alfalfa, en calle Águilas, se entristece de nuevo y se pasa las horas y las horas mirando una ya deteriorada fotografía de la bella Herminia. Lejos de mirarla con rabia, odio o sentimiento de rencor hacia ella, lo hace con una dulzura que sacude el velo del alma. La última vez que hablamos me dejó una frase que alguna vez había leído. “Puede uno amar sin ser feliz. Puede uno ser feliz sin amar. Pero amar y ser feliz es algo prodigioso”. La frase es de Moliére, pero citada por Antonio uno puede llegar a creer en la eternidad del verdadero amor.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

13
Ago/2013

Arturo, Pastora y Tomás Pavón, vecinos del arrabal de Triana

Pastora 1901TrianaEn mi libro La Niña de los Peines en la Casa de los Pavon (Signatura Ediciones, 2000) me referí a la vinculación de la artista con el arrabal de Triana, donde tuvo algunos familiares. Ya dije entonces que también vivieron algún tiempo en Triana. Tanto ella como Tomás nacieron en la Puerta Osario, Pastora en 1890 y Tomás en 1893. Residieron en ese castizo barrio sevillano muchos años, que fue donde los tres hermanos comenzaron a cantar. En aquella época era un asentamiento importante de gitanos, sobre todo en San Román y San Roque. Pero como la investigación de un artista dura toda la vida, al fin encontré la prueba definitiva de esa vinculación de los Pavón con Triana, que fue más allá de visitar a sus familiares. En el Padrón de Triana de 1901, los Pavón aparecen viviendo en el número 130 de la popular calle Castilla. Por tanto, los trianeros ya pueden decir que la cantaora más grande de la historia, la Niña de los Peines, y sus hermanos Arturo y Tomás, grandes cantaores también, residieron algunos meses en esa calle trianera, en una gran casa de vecinos. Pastora tenía 12 años, edad con la que ya cantaba para paliar la precaria economía familiar. Lo que ya adelanté hace trece años lo demuestro hoy con este importante documento.

Pastora 1901

10
Ago/2013

Aquellos canastos llenos de exquisitos manjares de Arahal

Cuando se habla de lo mal que se vivía en los pueblos sevillanos hace algunas décadas, en la época franquista, se olvida decir que para algunos no fue una etapa tan dura porque apenas sabíamos que en otros lugares del mundo se viviera mejor. No podíamos comparar porque carecíamos de la información necesaria. Solo cuando llegó la televisión a Palomares del Río, que la mayoría de los chiquillos teníamos que ver en el bar de Ricardo, empezamos a sospechar que el hermano sol no nos calentaba a todos por igual. Fue también cuando descubrimos que Pelé hacia magia con un balón en los pies y que las carreras de Gento por la banda izquierda del Santiago Bernabeu eran tan reales como habíamos escuchado tantas veces por la radio. Como apenas teníamos nada, los niños valorábamos mucho las cosas, los pequeños placeres. ¡Aquella primera pelota de trapo, la pistola de agua, unos zapatos nuevos para la feria o un lapicero! En aquellos años era habitual recibir una vez al año la visita de algún familiar de tu tierra de origen, que llegaba cargado de manjares: chacina casera de la matanza, dulcería navideña, aceitunas y vino. En Navidad solíamos recibir cada año la visita de mi tío Antonio, uno de los hermanos de mi padre, que murió hace unos tres años. Camarero de profesión y empedernido catador de la vida, además de soltero, se encargaba una vez al año y cumpliendo las órdenes de mi tía Rosario la Serena, de visitarnos y llevarnos un generoso canasto de empanadillas, morcillas de asadura, aceitunas aliñadas, mantecados y chorizos frescos para los potajes. Mi tía nos solía avisar de la visita a través de una carta y sabíamos el día exacto de su llegada. Casi siempre era mi hermana Loli la primera que lo veía aparecer subiendo la cuesta de Cuatrovientos y, como tenía muy buena voz, solía gritar, eufórica, anunciando su llegada: “¡Ahí viene un calvo! ¿Será el chacho?”, preguntaba. Cuando nos asegurábamos de que era el rabillo de su boina el que asomaba por la cuesta echábamos a correr hasta llegar a él sin apenas resuello, sin fuerzas para agarrarnos fuerte a su cuello.

Cuatrovientos 3

Cuatrovientos, en Palomares del Río. Fotografía de Quiico Pérez-Ventana.

Mi tío era muy buena persona, un buen hombre, cariñoso y agradable. Se les llenaban los ojos de lágrimas cuando nos veía dando saltos de alegría al aparecer por Cuatrovientos. Cuando se sentaba en la mesa camilla del salón buscando el calor de la copa de cisco, después de darle la mano a mi madre y a mi abuelo, llegaba el gran momento: abría el canasto y comenzaba a poner sobre la mesa los manjares de Arahal. Aquellas morcillas de asadura y las empanadillas de sidra que le daban para nosotros en la calle Dorado, donde vivían los primos hermanos y las primas de mi padre. ¡Ay, aquellos dulces caseros de la Pandera, qué deliciosos! Pero lo mejor llegaba cuando abría su portamonedas y nos daba un duro a cada sobrino, de los de la cara de Franco. En Cuatrovientos, en aquellos años, con un duro eras capitán general con mando en plaza. Los demás niños del barrio nos hablaban de usted en aquellos días, en los que anochecía más tarde y amanecía más temprano. El chacho Antonio no se quedaba a dormir en casa por falta de espacio y, sobre todo, para evitar los chismorreos de los vecinos. Era soltero y eso de dormir en casa de una viuda, en aquel tiempo, siempre era motivo de cortes de traje y no precisamente de los de Izquierdo Benito. A la caída de la tarde, el chacho nos daba un beso a cada sobrino, la mano a mi madre y a mi abuelo, y cogía de nuevo La Viajera para volver a Arahal cuando el cielo parecía pintado con brochazos de oro y ya se escuchaba el croar de las ranas en las lagunas y el monótono canto de los mochuelos en los olivos del Cucadero. Cuando el autobús se perdía por la carretera en dirección a San Juan de Aznalfarache volvíamos a casa los tres hermanos con el pájaro de la tristeza posado en el rostro, pero soñando despiertos con que el próximo año, cuando la Navidad se acercara, el chacho Antonio volvería a asomar por la cuesta el rabillo de su boina cargado con un canasto preñado de ricos manjares y el monedero repleto de duros con la efigie del Caudillo. Se ha perdido aquella atávica costumbre. Ahora los familiares de los pueblos suelen visitarse poco y cuando lo hacen es porque han calculado cuándo han ido al Mercadona y, además de no llevar el canastito lleno de productos, como antaño, suelen dejar las neveras para fregarlas. Se presentan sin avisar posiblemente para que no haya tiempo de quitar de en medio las gambas de Huelva y el mejor Ribera del Duero. “Es que pasábamos por aquí y hemos dicho, anda, vamos a llegarnos a ver a la familia, que estamos muy descastados últimamente”, suelen decir. “Por eso no hemos traído nada, porque ha sido todo improvisado”, apostillan mientras ves cómo les crece la nariz como a Fátima Báñez cuando habla de los brotes verdes. Te pones contento, porque la familia es la familia, pero echas de menos aquellos años en los que la parentela aparecía con la morcilla de hígado, la garrafa de gordales aliñadas y los dulces navideños. En estos tiempos de crisis no estaría mal que volviera aquella costumbre. Todavía sueño con que el chacho Antonio asoma el rabillo de su boina por la cuesta de Cuatrovientos, y hasta veo cómo sonríe cuando corremos hacia él.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

09
Ago/2013

¿Quieren los aficionados de Sevilla saber la verdad?

El Ollero

Ramón el de Triana por fin va a salir del olvido.

En Sevilla hay quienes tienen miedo de que se investigue sobre el origen y la vida de los artistas pioneros. Prefieren seguir creyendo en los embustes y el escaso rigor de quienes han venido contando en libros lo que les ha parecido, desde Demófilo, que se buscó un asesor y documentalista muy de partidista, Juanelo de Jerez, hasta Ricardo Molina, quien cometió el mismo error con Antonio Mairena. Salvo conocidas excepciones, la mayoría de los nuevos escritores de flamenco se siguen documentando en Serafín Estébanez Calderón, Demófilo, Núñez del Prado, Fernando el de Triana, Ricardo Molina, Antonio Mairena y Rafael Pareja. Dan por válida la información que aportan en sus tratados y no se preocupan de contrastar sus afirmaciones. Y, claro, así nos luce el pelo en el arte flamenco, declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial de la Humanidad. Si nos referimos a Triana, una de las cunas principales de este hermoso arte, alguien tendrá que decir algún día quiénes fueron Frasco el Colorao y Ramón el Ollero, de quienes en el arrabal sevillano no saben absolutamente nada. Ni siquiera si eran del barrio o si vivieron en él alguna vez. Sin embargo, se sigue asegurando que estos cantaores fueron fundamentales en la creación del cante jondo en ese lugar. Sin base ninguna, claro. ¿Alguien puede demostrar que Frasco el Colorao fuera de Triana y que hiciera su vida en el arrabal? El cantaor trianero Rafael  Pareja dijo en un libro que fue quien enseñó a cantar al Fillo, al Nitri, al Lebrijano viejo, a Silverio y a Antonio Cagancho. Pero no aportó nada más sobre él. Se refirió también a Ramón el de Triana, del que ni siquiera sabía sus apellidos, a pesar de que era su gran amigo. Que sigamos dando por buena esta información para sacar conclusiones sin contrastar nada, deja claro que hay mucho trabajo por hacer en el flamenco. Lo importante sería tener la certeza de si los trianeros quieren saber la verdad o seguir  en la fantasía. A lo mejor no les va a gustar el resultado de una investigación rigurosa, seria, con sus consiguientes conclusiones. Animamos desde aquí a que alguna institución cultural de Triana organice unas buenas jornadas de estudio sobre el flamenco en el arrabal y sus verdaderos protagonistas, nacidos o no en esa orilla, que no es lo más importante. Mientras no se lleve a cabo algo de esto o se promueva de algún modo un buen trabajo de investigación no vamos a saber de verdad qué importancia tuvo Sevilla en la gestación del flamenco. Se nos llena la boca refiriéndonos al arte jondo como un hecho cultural de enorme importancia, pero algunos siguen tratando de ridiculizar a quienes nos pasamos la vida en los archivos para documentarnos. Muy propio de Sevilla, aunque me duela decirlo. En breve vamos a publicar aquí una completa biografía sobre Ramón el Ollero, de quien en Triana aún no saben nada. Ni siquiera si era natural del arrabal o si vivió alguna vez en él. Vamos a seguir metiendo la linterna en las cuevas de la historia de lo jondo para encontrar la verdad. Aunque duela.

 

 

07
Ago/2013

53 años sin Manuel Vallejo

Vallejo y MezquitaEn la actualidad hay tantos genios del cante jondo como piedras de mechero. Hoy todo el mundo es un genio de este arte al que llamamos flamenco, que unos llaman cante gitano-andaluz y otros, los menos, cante andaluz, a secas, que es  como lo denominaban los aficionados antiguos. Hoy se cumplen cincuenta y tres años de la muerte de un verdadero genio del cante, el sevillano Manuel Vallejo, que en realidad se llamó Manuel Jiménez y Martínez de Pinillo. Nació el 15 de octubre de 1891 en la barreduela de Padilla, en la calle San Luis, o sea, en San Marcos, este descendiente de extremeños de Olivenza y de sevillanos de pura cepa. Vino al mundo con el don de la voz, una voz que para muchos no es flamenca, por ser laína, “excesivamente musical para lo jondo”, dicen los más puristas de la cantelogía patria. Desdeñan su compás, su increíble afinación, su manera de vocalizar y el almíbar de su sonido, sin ni siquiera conocer su obra discográfica. Ocurre igual con otro genio del cante, el Niño de Marchena, al que un día habrá que hacerle justicia. En cambio, estos mismos puristas elevan a los altares de la idolatría a cantaores mediocres por el simple hecho de que sonaron bien o se dieron con arte una pataíta por bulerías. Y es que el problema está en el apasionamiento, en los gustos particulares. Que esto ocurra entre los aficionados se puede llegar a entender. Pero cuesta aceptar que suceda entre los analistas, críticos o flamencólogos. El día que se estudie la obra de Manuel Vallejo con objetividad, sin apasionamientos ni prejuicios, Sevilla descubrirá que un hijo de esta ciudad era un verdadero genio del cante, como lo fueron la Niña de los Peines o Manolo Caracol. Este genio, Vallejo, se nos fue hace ahora cincuenta y tres años, en la pobreza y sin más honores que un par de coronas de flores y la presencia en su entierro de un puñado de personas. Triste adiós a quien tanto hizo por el cante sevillano. Quienes lo conocieron bien aseguran que era huraño, raro, esquivo, desconfiado. Se cuentan decenas de anécdotas que delatan una personalidad compleja, que contribuyó poco a ser más reconocido de lo que fue. Pero independientemente de cómo fuera como persona, lo que interesa ahora es su legado, su obra discográfica, que, por cierto, está ya remasterizada y al alcance de los aficionados. Se da la curiosidad que cuando murió Manuel Vallejo, en el Hospital Central de Sevilla, este crítico se debatía entre la vida y la muerte en una urna de cristal, en la habitación de al lado. Supe hace años que fue a visitarme un par de veces. A lo mejor por eso adoro su cante, su voz de cristal, su música flamenca y sevillana.