Monthly Archives: Julio 2013

30
Jul/2013

Triana, la otra orilla flamenca

La semana pasada se presentó en Triana un libro, Triana, la otra orilla del flamenco, de Ediciones Giralda, en un acto de gran pomposidad al que asistió el alcalde de Sevilla, además de artistas y decenas de aficionados del barrio. La obra ha sido magníficamente editada, pero como dije en este mismo periódico el pasado viernes, es parcialmente fallida si tenemos en cuenta que el autor, Ángel Vela Nieto, trataba de contar la historia del flamenco en Triana publicando novedosos datos biográficos de las principales figuras históricas de lo jondo en el arrabal. Y en esto, que era lo fundamental, se ha estrellado porque no aporta nada nuevo sobre aquellas legendarias figuras que forjaron el arte flamenco en la otra orilla. No ha podido desvelar el misterio de quiénes fueron Frasco el Colorao, Francisco la Perla, Juan y José el Pelao, Curro Puya, Ramón el Ollero, La Bilbá, Juana Ruca, El Quino, La Josefa, La Cuende y La Gómez. En ningún momento demuestra con documentos que fueran nativos del arrabal. Sin embargo da fechas, equivocadas todas, como en el caso de Francisco la Perla, asegurando que nació en Triana en 1850 sin decir cuáles fueron sus apellidos. Da por buenas todas las teorías, sin contrastarlas, lo que deja al descubierto su escasa solvencia como investigador, al menos del arte flamenco.

Pensaba que tan reputado cronista estaba dispuesto a llevar a buen puerto este proyecto, pero ha fracasado. Con Francisco la Perla y con todos los fundamentales. Con Frasco el Colorao, que era el primer misterio que había que resolver para comprobar si es verdad que pudo ser, como aseguró Rafael Pareja, el que enseñó a cantar al mismísimo lucero del alba: al Fillo, al Nitri, a Silverio, al Lebrijano y a los Cagancho. El conocido autor no ha dicho nada nuevo sobre este mítico seguiriyero. Si era o no de Triana o si llegó a vivir en el barrio alguna vez. En cambio asegura que el Planeta y el Nitri tuvieron mucha relación con el arrabal. ¿Qué tipo de relación, que fueron de visita alguna vez? De otra figura clave del cante trianero, Ramón el Ollero, tampoco aporta nada novedoso. ¿Cómo se llamó, quién fue, de dónde era, dónde y cuándo murió? ¿Era de Triana o de Carmona? ¿Cuál fue su relación con el barrio? Y lo mismo podemos decir de Noriega, Blas Barea, el Tío Rivas o el Tío Martín. Por otra parte no se corta un pelo al especular con que cantaores como Antonio Revuelta o José Lorente pudieran haber sido trianeros, sin aportar documentos. Tiene la creencia, equivocada, de que todos los artistas del XIX eran de Triana o fueron al arrabal a aprender a cantar y a bailar. Nunca ha aceptado que la mayoría de las grandes figuras de este arte fueran de la otra orilla. O sea, de Sevilla, sin hablar de Cádiz o de Jerez.

Un baile en TrianaPero el patinazo más escandaloso del libro lo mete con el célebre Juan el Pelao, que era otra de las asignaturas pendientes. Encontró en el padrón de vecinos a un Juan Filigrana Moreno, que tenía un hermano llamado José y dijo, seguramente dando un salto de alegría, acabo de localizar a Juan y José el Pelao. Ni siquiera se molestó en buscar sus partidas de nacimiento y defunción. ¿Cómo asegura entonces que los célebres martineteros eran de la Cava? ¿En qué se basa, si Triana estaba llena de gitanos y payos con estos nombres? En cuanto a los Cagancho, las nuevas aportaciones brillan por su ausencia. No publica la partida de nacimiento y defunción de Antonio Cagancho y tampoco dice hasta cuándo vivió el célebre Manuel Cagancho, su hijo. Hace un refrito de lo ya conocido y vámonos que nos vamos. En el caso de Manuel Cagancho hubiera sido fundamental saber hasta qué año vivió para conocer qué influencia pudo ejercer en posteriores cantaores. Y tampoco se ocupa del hijo de este, Joaquín, cantaor y padre del famoso torero calé. Desconoce que murió en un barco, camino de Marsella, en plena Guerra Civil española.

Asimismo, oculta deliberadamente que Fernando el de Triana nació y pasó parte de su infancia en San Luis, entre la calle Pozo, donde nació, y la calle Feria, donde vivió. Fue bautizado en San Gil en 1867. Ángel conocía estos datos, que publicamos en el blog La Gazapera, pero los ha ignorado para que no se sepa que era de la otra orilla, como lo escondió a veces el propio Fernando Rodríguez. Como ya dije el pasado viernes, Triana, la otra orilla del flamenco, es un libro que falla estrepitosamente en lo esencial. Enreda demasiado, especula mucho y no descubre nada que no supiéramos ya. En vez de aceptar la crítica y reconocer que esto le ha venido grande, ha publicado en un blog de su barrio que intento desacreditar el libro por envida o porque me ha pisado datos para un futuro ensayo. Es verdad que la noche de la presentación de la obra le dije que había sentido envidia sana por la estupenda presentación y la cantidad de personas que hubo. Pero una vez leído el libro lo que de verdad siento es lástima. Juan el Pelao era de Triana, pero no quien dice él sino otro que nació cuarenta años después. También lo era el primo hermano de este, Francisco la Perla, nacido casi veinte años antes de lo que afirma. Y a Garfias lo da como natural de una provincia errónea. Podría señalar cien errores más, pero no soy tan ruin. Esperaré a que venda el libro, por consideración hacia el editor.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, págin 4. Desvariando

 

22
Jul/2013

Manuel Torre, el “cantaó”

A Juan de la Plata

Manuel Torre junto a Manuel Vallejo en una fotografía de 1926, cuando don Manuel recibió la Llave de Oro del Cante.

Manuel Torre junto a Manuel Vallejo en una fotografía de 1926, cuando don Manuel recibió la Llave de Oro del Cante en el Teatro Pavón de Madrid. Torre es el tercero por la izquierda, de los que aparecen sentados. 

Llevamos doscientos años discutiendo sobre lo que es un cantaor de flamenco, su diferencia con un cantante, sobre lo que es el cante jondo y el cante flamenco, sobre lo gitano y lo andaluz, sobre el cante de pellizco y la suave caricia en el alma. Para algunos, como Caballero Bonald, Silverio y Chacón eran dos “copleros”. En el caso de Silverio, José Ortega Morales, uno de los hijos del gran Enrique Ortega de Cádiz, dijo en una entrevista hecha en 1922 que el sevillano fue el más largo por seguiriyas, según le aseguró su propio padre, que cantó muchas veces con él. Y en cuanto a Chacón, solo un desorientado puede decir que no era tan flamenco como cualquiera de los de su generación. Silverio Franconetti fue quizás el primer cantaor que se puso “artista” en los documentos oficiales. Lo hizo ya cuando se casó en Málaga, en 1868. Y lo volvió a hacer cuando en los 70 se empadronó en Sevilla, en la Alameda de Hércules. El de la Alfalfa fue un auténtico adelantado en cuanto a la dignificación del cantaor de flamenco, como en tantas otras cosas relacionadas con el arte. En el siglo XIX los cantaores aparecían siempre como tablajeros, herreros, alfareros o jornaleros, que eran sus verdaderos oficios. De esta manera rezan en los padrones figuras históricas como el Planeta, el Fillo, Curro Durse, el Nitri o Francisco la Perla. El gran cantaor jerezano Manuel Soto Loreto, Manuel Torre (Jerez de la Frontera,1880-Sevilla, 1933), se dejó ver por Sevilla la primera vez apenas comenzaba el siglo XX. Los cafés cantantes de más solera, como fueron los de El Burrero y Silverio, se habían clausurado ya y el Salón Novedades era la mejor plaza para torear a compás y con jondura. Manuel vino a cantar al célebre salón de la Campana y lo hizo acompañado de Antonia la Gamba, su amante, de Cádiz y catorce años mayor que él. La bailaora le dijo que había que empadronarse, y cuando rellenaban la hoja del censo le preguntó el responsable del Ayuntamiento:

-¿Usted en qué trabaja, don Manuel Soto?

-Yo soy cantaó -le respondió el gitano de Jerez.

-¿Artista?

-No; cantaó.

-¿Cantante?

-Le he dicho que no. El cantante es mi paisano Chacón. Yo soy cantaó por to lo jondo.

Soto Torre Manuel Torrejón 1901Cantaó

En efecto, don Antonio Chacón aparece empadronado como “cantante” en un censo sevillano de algunos años antes. Tras una agria discusión entre Manuel y el encargado de rellenar la hoja, y ante el asombro de la Gamba, éste escribió la palabra cantaó en la casilla del oficio del sobrino de Joaquín Lacherna, siendo la primera vez que en Sevilla se reconocía en el Padrón el noble oficio del cante con la denominación laboral cantaó. Que sepamos, claro, porque todavía hay mucho que investigar para llegar a conclusiones certeras. Manuel Torre llegó a Sevilla comenzando el siglo XX y ya no se fue de la capital andaluza. Murió en 1933, en la miseria, como era habitual en aquellos tiempos. No sin dejar una huella imborrable en la historia del cante gitano. Siempre tuvo claro, según el documento que hoy comentamos, que era “cantaor” y no “cantante”. Así quiso que rezara en el Padrón Municipal de Sevilla, quizás sin saber la importancia que le daríamos al hecho ciento doce años después, cuando del Torre no se conservan ni sus huesos. Pero ahí están sus discos.

20
Jul/2013

El milagro de la pava desorientada

Hace dos semanas leí una noticia en la prensa que me revolvió la sangre. La de un matrimonio joven que dejó a sus dos hijos en el Ayuntamiento de Talavera de la Reina por no poder darles de comer. Que esto ocurra en un país como España, con una clase política podrida y una banca estafadora y sanguinaria, es para decir hasta aquí hemos llegado. Pero no pasa nada. Esta noticia me hizo recordar las fatigas que pasó mi madre en aquella otra España negra, la de Franco.

Cuatrovientos

Nuestra casita de Cuatrovientos, la del techo de uralita. Quico Pérez-Ventana

El primer recuerdo que tengo de mi estancia en Palomares del Río es la llegada de mi hermano mayor a nuestra humilde casa de Cuatrovientos, que construyó mi abuelo materno con sus ahorros y el dinero que le dieron a mi madre por la casita que mi padre construyó en el Camino de la Mata, de Arahal. Cuando murió mi padre, Pepa Casado tomó la difícil y dura decisión de ingresar a mi hermano en la Casa Cuna de Sevilla porque le resultaba imposible salir adelante con los tres niños en aquellos años tan duros del franquismo. La convencieron de que allí lo educarían y harían de él un hombre de beneficio, sin que ello significara perderlo. Nunca estuvo totalmente de acuerdo con meterlo en aquel orfanato, pero se vio obligada a hacerlo y lleva pesándole toda su vida como una losa de granito. A los pocos meses de inscribirlo fue a por él y ya no la dejaban llevárselo. En 1961 escuchó por la radio que el caudaloso Tamarguillo se había desbordado y que los niños que estaban internos en la Casa Cuna habían sido llevados al tejado para que no corrieran peligro alguno, porque el agua había inundado parcialmente el centro educativo. Presa del pavor, al ver las fotografías en un periódico, cogió un autobús -La Viajera, como lo llamábamos en Palomares-, se presentó en el internado y pidió que le dieran a su niño para llevárselo a Palomares. Las monjas le dijeron que ni en sueños, que eso no era tan sencillo como ella pensaba.

“¿Por qué no puedo llevarme a mi hijo a casa?”, preguntó doña Pepa, enfurecida. Tan fácil como entrar por la fuerza y llevárselo, que es lo que tuvo que hacer con el hijo de sus entrañas, su primogénito. Alguien le había advertido de adopciones anómalas en los orfanatos y no estaba dispuesta a correr el más mínimo riesgo. “La que quiera un hijo que lo para”, dijo mi madre algo furibunda mientras abandonaba el orfanato con su retoño de la mano.

san telmo

La Casa Cuna de Sevilla

Cuando mi hermano llegó a Cuatrovientos era un niño asustadizo, con la cara tan blanca como la nata y una extrema timidez. Aquel día en el que esperábamos impacientes el gran momento sentí tanta emoción que me puse a dar saltos como un mono. Margari la de Murillo me cogió en brazos y era tal mi estado de excitación que le daba puntapiés en las piernas para que me soltara. Era una alegría lógica porque acababan de traer a casa a un hermano de seis años al que prácticamente no recordaba y que conocía por dos fotografías, como a mi padre. Solo sabía de él que tenía la cabeza muy gorda. Se asustaba de cualquier cosa, de los pollitos, de las gallinas cluecas, de los gatos, de los perros, y hasta de los pájaros. Con el tiempo supe por él mismo que una limpiadora del internado se aficionó a maltratarlo y que lo hacía de una manera artera: lo metía en una bañera vacía, lo tapaba con una manta y luego lo molía a palos. Supongo que lo de la manta sería para no hacerle moretones, porque no creo que fuera para evitar ver la cara de espanto del indefenso párvulo mientras sufría el castigo por sus pillerías. O para que no la viera Dios, que todo lo observa, aunque en este caso concreto hiciera la vista gorda.

Mi hermano aún palidece como un niño cuando habla del asunto, después de tantos años. Sin embargo, se crió como un chiquillo normal y en vez de devolver los golpes que recibió de niño agrediendo a sus conciudadanos, convirtiéndose en un sanguinario terrorista, se caracteriza por ser un hombre pacífico, una buena persona y un gran trabajador. Miraba tanto por sus hermanos pequeños que protagonizó una historia de una ternura conmovedora. Al regreso un día del colegio observó que una de las pavas de un vecino, Carmelo, salía de la cuneta a la altura de la cuesta de Cuatrovientos dando claras señales de que acababa de poner un hermoso huevo, casi de avestruz. Miró en el desaguadero y, en efecto, encontró el exquisito manjar entre las húmedas hierbas. Aquello fue para él como una quimera celestial. Aun sabiendo de quién era el ave, cogió el huevo y se lo llevó a mi madre para que se lo echara al guiso de papas a lo pobre, que aquel día fue menos menesteroso de lo habitual. ¡Menuda fiesta flamenca le montamos al huevo, que ocupaba casi toda la olla! Pero ahí no acabó esta tierna historia. Todos los días rondaba a la descaminada pava y siguió trayendo el huevo a casa durante dos semanas. Hasta que mi madre supo de quién era el ave y, con algún que otro disgusto entre vecinos, se aclaró el asunto. ¡Cómo echábamos de menos los huevos! Me cuesta entender que en estos tiempos un matrimonio joven deje a sus dos hijos en un ayuntamiento por no poder mantenerlos. Una de dos: o España es un país sin solución posible o ya no hay padres como los de antaño. En cualquiera de los dos casos, es algo que invita a la desesperanza.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía. Desvariando.

 

13
Jul/2013

El poncho y la flauta de Pepe Suero

Que la política es un juego sucio de compadres ya lo dijo don Pío Baroja hace muchas décadas. Hoy no sé lo que diría, porque dan ganas de vomitar en el retrete. Más que un juego sucio de compadres, la política es hoy una mafia de amiguetes, un negocio como otro cualquiera en el que unos cerdos engordan aprovechándose del trabajo de la mayoría de los ciudadanos. Si aún creo algo en la política de base es por la gran cantidad de hombres y mujeres que siguen trabajando con verdadera vocación de servicio al ciudadano. Personas que incluso no cobran estipendio alguno, que luchan en los pueblos y en los barrios pobres de las grandes ciudades y que ahora tienen que morderse la lengua cuando a la hora de hablar del desprestigio de la política los metemos a todos en el mismo saco. No es justo, porque el juego sucio de compadres no tiene casi nada que ver con ellos, sino con quienes dirigen los partidos, que están casi todos podridos. En lo que se refiere a Andalucía, no acabo de explicarme que el Partido Socialista tenga aún más de cuarenta mil afiliados, a pesar de lo de los ERE flatulentos, por lo que apesta este asunto. ¿No son cómplices de todo lo que está pasando, al financiar el partido con sus cuotas?  Y qué decir de quienes les continúan votando en las urnas, de quienes les siguen dando licencia para mangar y para tener a Andalucía a la cola de casi todo. Tampoco entiendo esta especie de extraño síndrome de Estocolmo, a esas pobres ovejas que abrazan al lobo de la derecha  aun a sabiendas de que acabarán siendo víctimas de sus afilados colmillos. Aunque jamás he militado en ningún partido, cuando abandoné el pueblo y me afinqué en Sevilla, primero en Su Eminencia y luego en Padre Pío, contacté con militantes del ya desaparecido Partido de los Trabajadores de Andalucía (PTA) para meter el hombro en la lucha que llevaban a cabo para cambiar la realidad de entonces, recién muerto el dictador. En Padre Pío vivíamos como las ratas, con las calles sin asfaltar, sin ni siquiera alcantarillado. Para ir al cine los domingos, al de Rochelambert, tenía que salir de casa con una botas de pocero y cambiarme de zapatos en casa de un familiar. A la vuelta del cine, otra vez las botas de pocero y a volver a enterrarme en barro hasta las orejas para entrar en el barrio, sin iluminación en las calles. Cuando llegaba a casa, los pantalones vaqueros acampanados pesaban un quintal.

Suero 1

No entendía nada de política, pero Antonio el Menda, un alicatador de Marchena que murió joven -el mejor político que he conocido en mi vida-, me dejó algunos libros, como, por ejemplo, Los vecinos en la calle, de Tomás R. Villasante, y La Madre, de Máximo Gorki. Y me regaló un disco del cantautor Pepe Suero, Andalucía, la que divierte, que se nos ha ido estos días, con el que tuve tanta amistad que hasta llegó a comer en mi casa. Estaba un día en un bar del barrio, con su poncho, su bolso negro de piel y su flauta y me pidió que le diera un bocadillo. Mi madre le preparó uno de caballa y se lo zampó con dos medianas de Cruzcampo. En agradecimiento, el mejor cantautor que ha tenido Andalucía en toda su historia me dio todo un concierto de flauta y cante en mi propia casa. Nunca algo de tan escaso valor económico fue recompensado con una joya tan valiosa desde el punto de vista espiritual. La muerte de Pepe Suero me ha hecho recordar aquellos años en los que llegué a creer en la política y en los políticos andaluces. Sus conciertos en las veladas de los barrios y el trabajo de políticos modestos como El Menda o José Luis Molano crearon mi conciencia política. He recordado cómo cuando cortábamos el tráfico en la Carretera de Su Eminencia para exigir asfalto en las calles y colegio para los niños aparecíamos siempre en un periódico conservador de la ciudad como meros delincuentes aficionados a quemar viejos neumáticos. También he recordado a un vasco que venía a darnos lecciones de cómo luchar en la calle para conseguir derechos y justicia, que se tuvo que ir a su tierra después de que en la Gavidia le metieran la cabeza en una bolsa de carne podrida y los pies en cáustica para que confesara que fue él quien mató a Manolete, quien como todos sabemos murió como consecuencia de una bomba lapa. Todo ha sido un puro desengaño en la Andalucía de Pepe Suero. La que divierte. Grabado a fuego lleva un puñal, de yunques viejos, que la dirigen y la enseñaron solo a rezar. El hombre que cantaba esta desgarradora canción, que para mí ha sido, es y será siempre el verdadero himno andaluz, se nos ha ido con una Medalla de Andalucía que hubo que limosnear. Aquel hombre sencillo de Lora del Río que vivía en el Cerro del Águila y que hizo más por Andalucía que toda esta panda de mangantes juntos, se ha ido y lo habrá hecho avergonzado por tanta corrupción. Nos deja una pequeña pero fundamental obra. Es su legado artístico y no hay nada tan importante para un artista como su obra. Pero con ser valiosa su música, lo que me gustaría tener sería aquel poncho con el que iba a Padre Pío, su bolso negro de piel en el que siempre llevaba unos folios con apuntes, y su flauta. Aquella que sonaba tanto a Sevilla como una petenera de la Niña de los Peines o un martinete de Triana. Con la que puso música a una Andalucía por la que mereció la pena luchar. A pesar de todo.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

11
Jul/2013

Aquel chaval de Ermua

miguelangel

La última vez que estuve en una manifestación fue el día que ETA asesinó vilmente a Miguel Ángel Blanco. De eso hace ya tres lustros. No me gustan las manifestaciones, aunque he estado en muchas y hay que reconocer que son efectivas. O lo eran hace décadas, cuando importaban las decisiones del pueblo. Aquellos dos días, los del secuestro y asesinato del infortunado chaval de Ermua, acabaron con lo poco que ya me quedaba de radical de izquierdas y mi sensibilidad hacia la causa vasca, que no la de ETA. No recuerdo haber pasado dos días tan amargos en mi vida, como aquellos. Los recuerdo estos días y me pregunto si sirvió para algo aquella ejecución tan cobarde. España se conmocionó y se echó a la calle, quizá como nunca en toda su historia, con rabia. Nació el Espíritu de Ermua y muchos políticos se aprovecharon de él para promocionarse. Los mismos que han permitido, que quienes ejecutaron al hijo de un humilde albañil por pertenecer a un partido de derechas estén hoy en las instituciones democráticas y hablen en las televisiones de “proceso de paz”. Ningún crimen de ETA debería de ser olvidado, pero el de Miguel Ángel Blanco, aquel chaval de Ermua, debería significar algo muy especial y no es ya sino un nombre más en la larga lista de víctimas de ETA. Recuerdo que aquella tarde era la Reunión de Cante Jondo de La Puebla de Cazalla. No tenía ganas de cante, pero tuve que ir. De regreso a casa, después de disfrutar de la honda voz de Menese, supe en la carretera del fatal desenlace y tuve que parar y echarme a llorar en medio del campo. Tanto lloré aquella noche, que tuvieron que consolarme las aves nocturnas y los conejos de Monte Palacio. Cuando por la mañana me puse a escribir la crítica para el periódico no me salía ni una puta frase. No he vuelto a leer aquella crítica, pero apenas hablé del festival morisco: la rabia no me ayudó a buscar las palabras idóneas para contar cómo cantó Menese. Pero tuve fuerzas para llamar a los asesinos por sus nombres. Por la tarde, cuando aún seguía llorando y maldiciendo a aquellos hijos de perra, José Menese me llamó y me dijo que no me preocupara por la crítica, que había entendido perfectamente mi estado de ánimo y que compartía mi rabia. Es el recuerdo que tengo de la ejecución de Miguel Ángel Blanco y he querido compartirlo con ustedes esta noche. Media botella de vino y unas lágrimas son mi homenaje a aquel chaval de Ermua, al que me hubiera encantado conocer. Todavía no he olvidado cuando lo sacaron de la ambulancia en la que fue trasladado a un hospital para intentar salvar su vida. Ni la cara de su pobre padre, con la ropa manchada de yeso y cemento, cuando al llegar a su casa vio a tantos fotógrafos y periodistas en la puerta y preguntó sorprendido, aunque temiéndose la respuesta: “¿Qué ha pasado?”. No sé ustedes, pero yo no perdono a aquellos asesinos que ejecutaron a un chaval de Ermua por ejercer su derecho a ser un hombre totalmente libre. Hoy hace 16 años y sigo indignado.

10
Jul/2013

La navaja y la piedra de amolar

Fíjense en el pequeño de la izquierda

En vista de que esto no tiene arreglo, de que ningún político nos va a solucionar nuestros problemas -que ellos mismos crean para que les pidamos soluciones y así sentirse imprescindibles en la sociedad-, de que los ricos siguen siendo ricos y los pobres, pobres, lo que tenemos que hacer es volver a ser lo que fuimos -en los pueblos de Andalucía, sobre todo-, gente sencilla, buscavidas sin complejos y orgullosos de nuestros antepasados, que siempre estuvieron en crisis, aunque, como no había televisión y no podían comprar periódicos, se murieron sin saberlo. De niño nunca escuché la palabra crisis, que ahora tanto detesto. Mi abuelo Manuel me enseñó siendo todavía un chiquillo cómo alimentarme en el campo sin robarle a nadie. Ni siquiera a los ricos del pueblo, que entraban en la Caja Rural con las botas llenas de barro y encima les reían las gracias. Me enseñó qué hierbas eran comestibles, cómo poner una costilla para cazar zorzales, qué se podía rebuscar en cada época del año, cómo hacer cisco para calentarnos en los fríos inviernos, qué alternativas había ante la falta de aceite de oliva o leche y cómo hacer unas papas con carne a lo pobre: sin carne, pero con papas, ajos, tomates y huevos cuajados. Y su hojita de laurel recién cortada. Cuando no había dinero para dulces mi madre cogía dos o tres huevos del gallinero, les sacaba las claras, las batía con un tenedor y hacía un merengue tan espeso que algunas veces nos engollipábamos, como los pavitos con el afrecho. Gracias al rebusco siempre teníamos garbanzos, habas, guisantes, aceitunas aliñadas, papas, sandías y melones debajo de las camas, mazorcas de maíz para las gallinas o para hacer unas tortas muy duras que hacían las veces de pan. Nadie nos dijo nunca que éramos pobres, y mucho menos como un insulto arrojado a la cara como una saliva. Era nuestra herencia, el legado de nuestros antepasados. ¡Cómo íbamos a avergonzarnos de algo tan valioso! Estos días me he entretenido en informarme sobre el patrimonio de aquellos políticos de izquierda que nos hicieron creer que se podía vivir en la luna, sin ser astronautas. Podría aburriros aportando datos, pero no lo voy a hacer. Para eso está La Gaceta. Ahora me preocupa más ponerme al día en cómo guisar las tagarninas, que averiguar por qué Joaquín Almunia gana en un mes, como comisario europeo, lo que yo ingreso en dos años, o cómo Felipe González puede construirse una mansión en Tánger y no ha movido un solo dedo para evitar que decenas de miles de humildes familias hayan sido echadas sin piedad de sus casas por no poder pagar la hipoteca. Las mismas familias que hace treinta años creyeron que podrían vivir en la luna sin ser navegantes espaciales. Creo que fue Voltaire quien dijo que no siempre depende de nosotros ser pobres; pero siempre dependerá de nosotros hacer respetar nuestra pobreza. Todavía no he derramado una sola lágrima por la crisis, aunque debería porque hay gente a la que quiero que está sufriendo mucho. Tampoco la he derramado nunca pensando en lo pobres que fueron mis antepasados, que lo fueron. La única herencia que me dejó mi abuelo Manuel fue una vieja navaja y una piedra de amolar. Con la piedra podría partir el televisor para dejar de ver a quienes nos engañan cada día, pero prefiero apagarlo cada vez que entran en mi casa sin mi permiso. Y con la navaja cortarle el cuello al que le roba al pueblo, pero tendría que estar todos los días lavando la perica en la pila del patio, y todo cansa. Prefiero utilizar la piedra para afilar la navaja y ésta para buscar espárragos trigueros, tagarninas y sandías olvidadas en el campo. ¿Quién dijo miedo? Conquistar el miedo es el comienzo de la riqueza.

07
Jul/2013

Las Cabezas se rindió a Fosforito

04 Fosforito

La Yerbabuena de Las Cabezas es un clásico de los festivales flamencos del verano. Es uno de los más antiguos, de 1971, aunque no ha tenido la continuidad de los de Mairena del Alcor o el Potaje Gitano de Utrera. El pasado viernes se celebró la XXII edición y hubo un protagonista, el maestro Antonio Fernández Díaz Fosforito, que recibió la Yerbabuena de Plata de manos del alcalde de la localidad, el socialista Francisco José Toajas Mellado. Pero antes de la celebración del festival, el veterano cantaor, V Llave de Oro del Cante, estuvo en el Ayuntamiento donde fue recibido por el propio alcalde y el resto de la Corporación Municipal. Fosforito agradeció el homenaje diciendo que “ningún premio es más importante que otro”, en referencia al galardón que recibió en el festival. Recordó que formó parte del cartel de la primera edición, en la que compartió protagonismo con El Lebrijano, Tío Borrico de Jerez y Pepa Montes, entre otros artistas.

02 ArgentinaCuarenta y dos años después de aquella primera Yerbabuena, el maestro de Puente Genil acudió a recoger el preciado galardón con la ilusión del que empieza, como si no tuviera los 81 años que tiene. Y, además de la distinción, recibió el cariño de los cientos de aficionados que se dieron cita en la Plaza del Santísimo Cristo de la Vera- Cruz y el homenaje de los artistas participantes, entre ellos, la cantaora onubense Argentina y el cantaor jerezano Jesús Méndez -en las fotografías-, que demostraron por qué hoy son dos voces fundamentales del cante. Pero también actuaron el cantaor local Pepe de Perico y el cuadro flamenco Empeñaos, compuesto por el joven bailaor sevillano Sergio González, las cantaoras Natalia Segura y Encarni, de Paradas y Gines, respectivamente, el guitarrista malagueño Antonio Herrera y los palmeros Pechuguita y Parrete, de San Juan de Aznalfarache. A Pepe de Perico, natural de Lebrija aunque criado en Las Cabezas, lo acompañaron el guitarrista Manuel Navas Peña y, en el compás, Clemente Peña, José Vargas y Manuel Peña.

06 Jesús Méndez

Sin restar méritos a Pepe de Perico, que acusó la falta de oportunidades, pero que dio pinceladas interesantes en las bulerías lebrijanas, el más aplaudido de la noche fue Jesús Méndez, quien levantó varias veces al público, además de a Fosforito. Él y Argentina dieron las notas de calidad en un festival que tiene que mejorar en algunas cosas, sobre todo en la parte de organización. Un festival con tres cantaores y un cuerpo de baile no puede acabar a las cuatro de la mañana. Al margen de esto, la Yerbabuena de este año creó buen ambiente y el público disfrutó con los artistas. Pero sobre todo, lo hizo con la presencia en el escenario de un maestro del cante, Fosforito, que dejó claro, sin cantar, por qué está donde está.

Fotografías: Antonio Rodríguez

06
Jul/2013

Cuando Coria del Río era casi París

Una de las muchas cosas que he descubierto en Twitter es lo que se liga en las redes sociales, aunque ya esté más que ligado. Cuánto hubiera cambiado mi vida si llega a existir Internet cuando vivía en Palomares del Río. Nuestra manera de ligar era irnos a Coria a cogerles el trasero a las corianas, porque en Palomares los había muy hermosos pero éramos cuatro y no era plan de meterse en problemas con el cabo Benito. ¡Menudos galanes estábamos hechos! Ahora lo recuerdo y siento una gran vergüenza porque tengo fama de ser uno de los pocos caballeros que quedan ya en España. Mi manera de ligar ha cambiado. Ahora sería incapaz de tirarle los tejos a una mujer sin la presencia de mi abogado. No hace mucho tiempo estuve en un bar de Coria tomando una cerveza y reconocí a una señora a la que hacía cuarenta y cinco años que le había cogido el pandero en la puerta del Cine Estrella y me soltó un guantazo que estuve diez minutos dando tumbos por la margen derecha del río. Era la primera vez que lo hacía y la inexperiencia jugó en mi contra. Menos mal que la señora no me reconoció en el bar, porque me hubiera tirado al río. Cuento esto porque por aquel entonces tendría unos once años. Con esa edad y en aquellos tiempos sabíamos de la vida lo justo para andar por el pueblo. Así que cuando íbamos a un municipio grande como Coria del Río, o más cercano a Sevilla como San Juan de Aznalfarache, se nos notaba demasiado que éramos de Palomares, donde se solía decir que dos huevos eran dos pares. Nunca tuvimos sala de cine, al menos mientras viví allí, que siempre ha sido un buen sitio para ligar. Teníamos que ir a Coria, al Cine Estrella, para matar el gusanillo del celuloide. Este pueblo era para nosotros muy especial porque en él había campos de fútbol, piscina olímpica, biblioteca pública, billares y tiendas de ropa más o menos a la moda. Era casi París. Desde niño me fascinó el cine y antes de que me llevaran por primera vez a ver una buena película era ya director y protagonista de mis propias historias. De noche, cuando me acostaba y apagaban el perico de petróleo, cerraba los ojos y comenzaba a proyectar en la pantalla imaginaria de mi mente historias en las que siempre era el héroe, el que rescataba del campamento apache a la niña más bonita de Cuatrovientos, el que domaba hermosos caballos salvajes en el rancho de Bonanza, el que toreaba de muleta, de ensueño, en la Maestranza, el que le marcaba un gol a Iríbar en el último minuto del partido o encontraba los tesoros ocultos en las pirámides de Egipto.

el-ladron-de-bicicletas

Pero mis primeras películas las disfruté en el techo de nuestra casa, donde se proyectaban las personas que andaban por la calle debido a los rayos de sol que entraban por las grietas de la puerta y la ventana. Eran tan perfectas las imágenes que reconocía a los viandantes. Les estoy explicando los orígenes de la fotografía y del cine. Era genial porque al ser el techo de uralita los cuerpos se veían muy deformados y mis siestas eran la mar de divertidas viendo en el techo a Murillo llevando su burra a pastar o a Currillo el Latero con la boca más torcida de lo que ya la tenía de por sí. Sin embargo, la primera gran película de verdad que pude ver fue en el citado cine de Coria, Mi novio está loco, loco, de 1964. ¡En color, claro! Tenía solo siete años y fue toda una experiencia. De tal manera me cautivó el cine que los domingos cogía el autobús y me iba solo a ver una película a Coria. Con un duro tenía para La Viajera, la entrada del cine y un paquete de pipas de calabazas o un polo napolitano. Como en mi casa lo único que se podía leer era el Libro de Familia o alguna novela del oeste de mi abuelo, el cine me sirvió para conocer el mundo, para irme de vacaciones a Roma con la bella Audrey Hepburn, dejando a Gregory Peck con dos palmos de narices. Para saber dónde estaba el Cañón del Colorado o cómo era de alto el Empire State. Incluso me atrevía a cambiar el guión de las películas. El día que fui a ver El ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica, sufrí tanto que a punto estuve de escribirle al célebre director italiano para que rodara otra versión de la cinta, porque no me parecía justo que a aquel hombre le robaran su bicicleta sin que le importara a nadie, y que ocurriera todo lo contrario cuando él robó otra por pura necesidad. El protagonista, Lamberto Maggiorani, se convirtió en un personaje importante en mi vida, en una especie de ejemplo de hombre menesteroso e infeliz. Hasta tal punto influyó en mi personalidad esta película basada en la miseria de la Italia de los años cuarenta del pasado siglo, que una vez me robaron una bicicleta y llegué a pensar en mangar otra. El cine fue una escuela para mí y siempre eché de menos una sala en Palomares del Río, de aquellas de verano con el suelo de albero recién regado y el puesto de higos chumbos en la puerta. Ni siquiera eso tuvimos. A lo mejor por eso desarrollé tanto la imaginación. Una vez pinté sobre una tabla a una mujer desnuda y cuando la vio don Celso, el maestro, le preguntó a mi madre que si alguna vez se había mostrado en pelotas delante de mí. “Nunca jamás”, le dijo. “Es bastante raro, porque lo ha puesto todo en su sitio”, le hizo saber el pasmado don Celso. Y aún no existía Twitter.

 

05
Jul/2013

Honores a Fosforito en Las Cabezas

FosforoComo ya les adelantamos hace un par de semanas, la Yerbabuena de Plata del Festival Flamenco de Las Cabezas ha recaído este año en el último gran maestro del cante jondo, Antonio Fernández Díaz Fosforito, quien a pesar de ser un artista muy galardonado aceptó la distinción y agradeció el detalle. Nada extraño si tenemos en cuenta que es un trofeo que se les ha concedido a importantes personalidades del mundo de la cultura, el periodismo, la copla o el toreo. José María Pemán, Concha Piquer, Curro Romero, Rocío Jurado, Jesús Quintero, José Manuel Caballero Bonald o el poeta arcense Antonio Murciano, son algunos de los galardonados. Y este año, el honor será para la actual LLave de Oro del Cante, el ya octogenario cantaor cordobés de Puente Genil, retirado de los escenarios aunque no del flamenco, puesto que sigue vinculado a él dando conferencias y participando en semanas culturales y otras actividades. Como ocurrió con Antonio Mairena, Fosforito se ha ido de los festivales pero no del sentimiento del cante. El Ayuntamiento de Las Cabezas ha tenido ciertas dificultades para poder hacer un cartel que esté a la altura del maestro, por lo de la crisis económica. Pero al final ha logrado reunir en el escenario a dos de los nuevos valores del cante más contratados y seguidos por los aficionados: Argentina y Jesús Méndez. Argentina es natural de Huelva y en la actualidad es una cantaora muy valorada tanto por los aficionados más cabales como por el gran público. De gran voz y un indudable dominio de muchos palos, su carrera ha sido meteórica y se ha hecho imprescindible en festivales y semanas culturales, sobre todo a raíz de su último disco, Un viaje por el cante, que ha sido muy bien acogido por el público y valorado por la crítica especializada. Pero si hay en la actualidad un joven valor del cante que esté creciendo, ese es el jerezano Jesús Méndez, de la familia de La Paquera, con una voz espectacular que maravilla donde quiera que va. Su primer disco, Añoranza, editado en el sello de Miguel Poveda, está recibiendo buenas críticas en todo el país, lo que indica que  es un cantaor con futuro. Como suele ser habitual en el festival cabecense, actuará también un cantaor local. Este año le ha tocado a Pepe de Perico, admirador de Antonio Mairena y Camarón de la Isla. Además, actuará el cuadro de baile local Empeñaos, con el baile de Sergio González, los cantes de Natalia Segura y Pechuguita, y la guitarra de Antonio Herrera. Será en la Plaza del Santísimo Cristo de la Vera Cruz a partir de las 22.30 horas. Una hora antes, Fosforito visitará el Ayuntamiento de Las Cabezas, donde será recibido por la corporación municipal.

 

 

 

04
Jul/2013

La buena y la mala leche

Según un reciente estudio científico de indudable solvencia, las vacas con nombre dan mejor leche que las que solo se llaman vacas, a secas. O sea, que si una vaca se llama Azucena y su dueño la llama por su nombre, con dulzura, la leche que dará será de más calidad que la de aquella a la que llamen solo vaca. El secreto está, sobre todo, en el cariño con que el vaquero trate al animal. Si el caporal llama a Azucena para ordeñarla y exprime sus senos con cariño, la leche será de una calidad extraordinaria. Si, por el contrario, la llama vaca  y estruja sus ubres como si fuera una bota de vino peleón, el oro blanco convertido en líquido no sería chipén. Ya sabemos de dónde viene la buena leche. ¿Y la mala? No hace mucho tiempo crié a dos conejos y les puse por nombre Federico y Ángel. El de Federico fue en honor de Jiménez Losantos, desterrado en alguna gazapera de Internet. Ángel y Federico eran totalmente distintos, lo cual demuestra que el nombre influye en la naturaleza de los animales, como en la personalidad de los seres humanos. El conejo Federico tenía una mala leche increíble. Se tiraba todo el día criticando a las gallinas y defecando en el plato del pienso de los pollitos. La vitrocerámica le dio un día su merecido. En cambio, Ángel era una dulzura, siempre pendiente de su hermano Federico y emulando a Bugs Bunny para ayudarnos a sacar nuestras mejores carcajadas. También acabó en la olla, pero lo guisamos con todos los honores por su buen comportamiento. Así que ya lo saben. Cuando compren leche tienen que exigir que en el envase venga el nombre de las vacas, como garantía de calidad. Algo así como la denominación de origen. Si no ven los nombres de las vacas, pasen de la leche. De la mala leche.